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Marioantonio Rosa:
“La poesía, como única ambición que necesito, es una libertad”

domingo 6 de junio de 2021
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Marioantonio Rosa
Marioantonio Rosa: “Es todo personal en mi obra”.

Marioantonio Rosa (San Juan, Puerto Rico, 1965) es poeta, editor, crítico literario, periodista y docente e investigador adscrito a la Universidad de Puerto Rico. Oriundo de Puerto Rico, es egresado de la Universidad de Puerto Rico en Pedagogía. Obtuvo su grado de maestría en Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Guadalajara, Jalisco, México. Es autor de, entre otros trabajos, Misivas para los tiempos de paz (Isla Negra Editores, 1997), Tristezas de la erótica (Isla Negra Editores, 2004), Duelo a la transparencia (Editorial Instituto de Cultura Puertorriqueña, 2006) y Kilómetro sur (Palabra Pórtico Editores, 2013). Parte de su trabajo creativo ha sido publicado en Luvina (Universidad de Guadalajara), Tierra Baldía (Universidad Nacional Autónoma de México), Exégesis (Universidad de Puerto Rico), Claridad (Puerto Rico), El Post Antillano (Puerto Rico) y Poetas del Mundo, Voces para la Educación (Sindicato de Maestros del Estado de México). Rosa ha respondido a mis preguntas, y todas sus respuestas son para compartirlas con vosotros.

 


 

—Hace algún tiempo publicó Tristezas de la erótica. ¿De qué trata usted en dicho poemario? ¿Cómo surgió la oportunidad de trabajarle?

—La existencia, sobre todo. Vivido y en memoria, lo escrito en ese poemario. Tristezas de la erótica plantea, en poesía, lo que sucede cuando ese cuerpo en comunión contigo ya no está, y se ha marchado. Desde el paroxismo que nos ilustra el hambre y la medida del amor, hasta la lenta lumbre que queda hundida en las sábanas vacías, la memoria… y la idea de escribir versos.

Me confieso puertorriqueño, caribeño y latinoamericano, sobre cualquier cambio, a toda prueba y en infinito.

—¿Qué relación tiene su trabajo creativo previo a Tristezas de la erótica y su trabajo creativo-poético previo y posterior? ¿Cómo lo hilvana con su experiencia de puertorriqueño-caribeño y su memoria personal con lo caribeño dentro de Puerto Rico y el Caribe?

—Antes de Tristezas de la erótica existió Misivas para los tiempos de paz, también con la siempre queridísima Isla Negra Editores. Poemas extensos inspirados en un libro que desde muy joven caminó conmigo: La estación violenta, de Octavio Paz. También habría un atisbo de Los cantos, de Ezra Pound, un poco Lord Byron, algo presente de Lorca y S. T. Coleridge, en fin, un viaje. En Misivas para los tiempos de paz hay reafirmación puertorriqueña, caribeña y latinoamericana, que es la esencia que me define como ser humano y poeta. He escrito versos patrióticos, sí, varios y muchos. Abundo en la teoría del abandono de nuestras raíces y lo que nos define como esencia, a cambio de apostar por tambaleantes diatribas del progreso económico y de abrazarnos a un país que no nos incumbe y en nada nos dialoga como caribeños en sangre y espíritu. Bajo resumen, me confieso puertorriqueño, caribeño y latinoamericano, sobre cualquier cambio, a toda prueba y en infinito, si acaso el infinito nos comprueba un toque humano.

—Si compara su crecimiento y madurez como persona, poeta, artista, editor y escritor con su época actual en Puerto Rico, ¿qué diferencias observa en su trabajo creativo? ¿Cómo ha madurado su obra? ¿Cómo ha madurado usted?

—Pregunta profunda, esta. Creo que en el andar del poeta, que es un caminar a la buena manera de Antonio Machado y su “converso con el hombre que va conmigo”, es decir, ese ininterrumpido diálogo interior entre el silencio, la lectura, el proceso de las imágenes, el desprendimiento, el buen uso de la soledad, y la palabra; aquí ese hombre elemental se robustece, madura, se impone a sus propias fórmulas previas en la creación. La existencia es un árbol innumerable de cortezas y semillas. O sea, digo, los temas perduran y nos persiguen: alma, espíritu, cuerpo, miedo, patria en derrumbe, la mentira del voto y la necesidad de libertad. Mi estimadísimo, somos esclavos. La poesía, como única ambición que necesito, es una libertad. Creo que he madurado, que se distancian unas materias de otras, pero que el lanzamiento al vacío a la hora de enfrentarme al poema, y de cómo irán las imágenes en el poema, continúan siendo un principio.

—¿Cómo visualiza su trabajo creativo con el de su núcleo generacional de escritores con los que comparte o ha compartido en Puerto Rico? ¿Cómo ha integrado su trabajo creativo a su quehacer poético y su trabajo de docente-investigador?

—Vengo de una generación de escritores y creadores, de la cual aprendo. Un marco de referencia absoluto en diversidad y temas, otras presencias, buenas divergencias, estilos, discursos, protestas. Inclusiva, la generación o cauce de generaciones por las cuales he cruzado; antes, la muralla tenía la palabra; era el rito del canon, de la atalaya de marfil que se desangraba perfilando luces. Ahora la mesa siempre tiene un sitio, donde nos sentamos y hablamos. Visualizo un trabajo compartido, en constante proceso de discurso y en brecha luminosa.

—Ha logrado mantener una línea de creación enfocada en una poesía ausente de “los aceites que dictan las caducas modas literarias” en Puerto Rico. ¿Cómo concibe la recepción a su trabajo creativo dentro de Puerto Rico y fuera, y la de sus pares?

—¿Será atrevido exclamar que he sobrevivido a la crítica? Soy muy tímido al momento de trazar visualizaciones exteriores a mi obra. Se me hace muy difícil —por el mismo rigor que exige la poesía, como un orden contra el “mayor orden de las mayorías”— poder ubicarme en un tiempo, espacio, discurso, traslación o continuidad en un camino cada vez en desafío; escribir es libertad, y la libertad nos desnuda al desafío.

—Sé que es usted de San Juan, Puerto Rico. ¿Se considera un escritor puertorriqueño o no? O, más bien, un escritor, sea éste puertorriqueño o no. ¿Por qué? José Luis González se sentía ser un universitario mexicano. ¿Cómo se siente vos?

—No soy capitalino, eso vino después bajo ciudadanía de estudios. Al tiempo fue Guadalajara, Juan Rulfo, Arreola, Efraín Bartolomé, Elena Poniatowska, Carlos Fuentes, y más aún, el Caribe. Mi pueblo es Naguabo; ahí mi escuela Rafael Rocca con su centenario árbol y repleta de tardes tranquilas entre la biblioteca, buenos amigos, una primera novia y el ajedrez. En esa escuela mis primeros escritos, en la revista Ondas, y el honor de escribir el poema de la clase graduanda. Soy escritor puertorriqueño, echando de menos el abrazo de esa Latinoamérica y esa Cuba que el coloniaje nos niega. Y sí, fui universitario mexicano, hice periodismo en México y también mi primer saltillo mediático en Radio Universidad de Guadalajara con Páginas de Puerto Rico y el Caribe. Recuerdo aún la primera grabación: “La Confederación Antillana”.

La moneda lleva una sola cara, supongo: la poesía en su libertad y como aprendizaje.

—¿Cómo integra su identidad étnica y de género y su ideología política con o en su trabajo creativo y su formación en Puerto Rico?

—Mucho. Es todo personal en mi obra. Siempre pasa algo donde nuestra identidad irresoluta saca el rostro. Hay un espejo que se rompe y muestra otro. Hay una soledad crucificada por la ceguera de un pueblo sin verdaderos líderes y el circo del voto. La existencia también es otro hemisferio que camino descalzo y sin clima.

—¿Cómo se integra su trabajo creativo a su experiencia de vida como estudiante antes y después de su paso por la Universidad de Puerto Rico? ¿Cómo integra usted esas experiencias de vida en su propio quehacer de escritor en Puerto Rico hoy?

—La moneda lleva una sola cara, supongo: la poesía en su libertad y como aprendizaje. Mi meta ha sido en la universidad y después, mantenerme en ese “aprendiz de poesía”. La lectura de contemporáneos que no siguen charoleos mediáticos, o de creerse alpinistas en su propio ego. El poeta, bien ha dicho Miguel Hernández, “es viento del pueblo”. Su voz recae en su patria, que le necesita. Punto. Me encantan los poetas o escritores enteramente libres, directos al hombre y sus circunstancias. Gusto del escándalo de un gran poema, no de lo enano del desorden o la soberbia. En eso y para eso yace toda mi integración en la energía ordenadora que me impone la poesía.

—¿Qué diferencia observa, al transcurrir del tiempo, con la recepción del público a su trabajo creativo y a la temática poética del mismo? ¿Cómo ha variado?

—Siempre —creo, y con el margen de error alto— ha habido un diálogo limpio y receptivo con mis lectores. La reacción ha sido caminante con el abrazo al desconocido que de momento camina conmigo y los mensajes que intento transmitir. No tengo queja. La vida me ha saludado en ese aspecto a manera de estímulo y con felicidad. Lo que pasa es que, de nuevo —vale repetirlo—, la poesía no es aspirar, es caminar, evolucionar, aprender a entrar desnudo al oráculo, que es la palabra. Confieso que fracaso a diario, pero la lucha me deslumbra y creo que mis lectores así lo sienten.

—¿Qué otros proyectos creativos tiene pendientes?

—Actualmente comparto un espacio con la queridísima poeta y productora radial Rosa Vanessa Otero en su programa Alapoesía, que transmite Radio Universidad de Puerto Rico todos los miércoles a las 3 de la tarde y donde reseño las nuevas publicaciones del país; también trabajo entrevistas con ella y sus invitados. Tengo dos libros producidos, y uno en construcción: La era del cielo, que espero publicar el año próximo. Lo otro es editar, que siempre hay mucho trabajo, hay pujanza en nuestros autores y quieren presentar sus propuestas a la patria. Editar es un oficio entre la imaginación, la inteligencia y el silencio, y a su vez, una forma de nacimiento: sabes que la causa no está perdida.