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Sergio Ramírez:
“Soy ciudadano de esta lengua”

viernes 18 de junio de 2021
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Sergio Ramírez
Sergio Ramírez: “Sentí que volvía a ser yo mismo como escritor cuando todo lo de cargos públicos y de la actividad política quedó atrás, y pude sentarme delante de la literatura sin esos ropajes y ser juzgado como escritor”.

Sergio Ramírez (Masatepe, Nicaragua, 1942) es Premio Miguel de Cervantes, Madrid, España, 2017, año en que se le confirió también un doctorado honoris causa por la Universidad de Chile. Es ensayista y narrador de cuentos y novelas. Ostenta el grado de doctor en Derecho (1964) de la Universidad Nacional Autónoma de León y recibió medalla de oro en calidad de mejor estudiante de su clase. En 1979 fue finalista del Premio Rómulo Gallegos por su novela ¿Te dio miedo la sangre? En ese mismo año, tras el triunfo de la revolución sandinista, pasó a formar parte de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional de Nicaragua. En 1984 fue electo vicepresidente de Nicaragua por el Frente Sandinista de Liberación Nacional. Ramírez tiene a su haber ocho doctorados honoris causa de universidades en Ecuador (1984), Francia (2000), Honduras (2007), Argentina (2007), Panamá (2011), Chile (2017), México (2018) y Perú (2018). Su obra literaria ha sido traducida al alemán, búlgaro, chino mandarín, chino simplificado, danés, esloveno, finlandés, francés, hebreo, holandés, inglés, italiano, japonés, noruego, portugués, ruso, serbio y sueco. Ha sido docente y conferenciante universitario en Estados Unidos (2000, 2002, 2003, 2009), Alemania (2001), España (2014), Perú (2015) y Chile (2015). A partir de su primer libro, don Sergio da respuesta a nuestras preguntas. Todas sus respuestas son para ser compartidas con todos vosotros.

 


 

Lo único que sabía era que sólo escritor no podía ser en América Latina.

En 1963 publicó Cuentos en su país natal, Nicaragua. Un tiempo después, en 2017, la Universidad de Chile le confiere un doctorado honoris causa, y su otro país, España, le otorga el Premio Miguel de Cervantes. ¿De qué trata Cuentos? ¿Cómo surgió la oportunidad de trabajarlo? ¿Cómo se sintió en 2017, al mirar hacia atrás, y ver el camino andado por aquel Sergio Ramírez que nació en Masatepe, Nicaragua?

Los cuentos de 1963 los fui escribiendo en un período de tres años, desde que llegué a estudiar Derecho a la Universidad de León, y empecé a escribir cuentos y en 1960 empezamos también a publicar una revista literaria, Ventana, y esos primeros cuentos se publicaron en esa revista, y también en el suplemento La Prensa Literaria, en Managua, que dirigía Pablo Antonio Cuadra. De modo que reuní esos cuentos y decidí publicarlos en una edición pequeña, pero muy bien cuidada, que hizo mi amigo Mario Cajina-Vega, escritor nicaragüense que tenía una imprenta, la Editorial Nicaragüense, y bueno, fueron quinientos ejemplares los de esa edición. Era mi primera exploración en la narrativa, en vista ya en su punto, y era mi experiencia de entonces; mi primer cuento de esa colección se llama “El estudiante”, sobre mi llegada a León, los contrastes que encontraba entre el pequeño pueblo donde había nacido y la ciudad a la que llegaba, que era una ciudad más grande, ese paso de lo pequeño a lo grande, del pueblo a la urbe, fue una experiencia literaria importante, porque estaba comprometido con la escritura de cuentos, no pensaba que alguna vez sería novelista, que con el cuento se podía ver por separado como un oficio, un género literario que tenía su propio peso, y se podía ser sólo cuentista, que es lo que predominaba en América Latina; entonces había muchos cuentistas, y se publicaban libros de cuentos, lo que no ocurre en el día de hoy. De manera que la perspectiva de ese primer libro fue mi primer intento literario. La primera vez que tenía en mis manos un grupo de trabajos, un conjunto de trabajos cortos, que consideré que valía la pena ponerlos juntos, y dar el paso de reunirlos en un libro.

Son épocas distintas de la vida. A los diecisiete años cuando llegué a la universidad y comencé a escribir cuentos, todo estaba por delante, la expectativa incierta de lo que va a pasar, no sabía qué iba a ser de mí. Sí, lo único que sabía era que sólo escritor no podía ser en América Latina. No era posible sobrevivir como escritor, y tampoco sabía si alguna vez iba a ejercer la carrera de abogado, que estaba estudiando, no tenía la vocación de abogado, tampoco, pero no me preocupaba por eso, a los diecisiete o dieciocho años nadie se preocupa por cómo organizar su futuro, tiene que ser uno muy calculador desde entonces, y las cosas se van decantando en el camino, de manera accidentada. Después me fui a Costa Rica, con un cargo en el Consejo de Universidades de Centroamérica, en relaciones públicas; fui ascendiendo en ese organismo hasta que fui electo secretario general por los rectores de las universidades centroamericanas, cuando tenía veintisiete años. Luego, tampoco encontré que tenía la vocación de hacer una carrera burocrática y, así como había decidido salir de Nicaragua cuando me gradué, entonces decidí que tenía que salir de Costa Rica. Tuve dos perspectivas, una, la de estudiar una maestría en la Universidad Stanford, donde ya estaba admitido, o irme con una beca de escritor a Berlín, y entonces escogí la beca de escritor. Son escogencias que van surgiendo en el camino, pero que van determinando ese mismo camino. Entonces, de alguna manera, miraba lo que en el fondo quería ser, que era ser escritor, pensando solapadamente que alguna vez pudiera ser un escritor profesional. Tampoco resolví en ese momento esa preocupación; tenía 31 años cuando me fui para Berlín, ya tenía una mujer, tres hijos, y era una aventura, a ver qué salía. Y cuando regresé a Nicaragua, al cabo de dos años, volvía a hacer otra escogencia, entre irme a París a trabajar en el Centro Pompidou, que estaba recién abriéndose y donde me habían ofrecido trabajo, o volver a Nicaragua, donde ya sonaban los ruidos de la revolución, y entonces decidí volver a Nicaragua. Esto es como un juego de carambolas, como buscando las esquinas, y luego, entonces, eso es lo que uno piensa ya cuando llega el tiempo de la cosecha y uno empieza a recibir premios, honores, pero ya uno no está mirando hacia adelante tanto como entonces, no, ya uno puede reflexionar sobre lo que ha pasado, y bueno, siempre he visto mi vida como una obra de escritura, vida, aventuras, desafíos, y me gusta lo que veo, no me arrepiento de ninguna manera de los pasos que he dado, sino que contemplo lo que he sido y está bien, fui construyendo mi propio camino.

 

¿Qué relación tiene su trabajo creativo previo a Cuentos y su trabajo creativo-investigativo entonces o posterior y hoy? ¿Cómo lo hilvana con su experiencia de nicaragüense e hispanoamericano y su memoria personal o no de lo hispanoamericano dentro de Nicaragua e Hispanoamérica?

En aquel entonces, lo que hice a los diecisiete años fue romper el cascarón vernáculo en el que uno viene metido. Lo que dominaba el aire en Centroamérica entonces, a finales de los años cincuenta, era el cuento, el teatro, que se montaba alrededor de los indígenas, que tenía una factura académica, no era la vivencia del lado del campesino, ver cómo era esa vida realmente, sino que era una visión vernácula, desde el balcón, lo académico, asomarse a ese mundo con un habla distinta. Entonces comencé a romper ese cascarón leyendo, leyendo cuentos modernos. Comencé a leer a Chéjov, Poe… y a aprender la factura del cuento, que además de los contenidos es muy importante aprender las técnicas de la factura, cómo resolver el cuento. Entonces me dediqué a eso, a leer muchísimo, muchísimos cuentos hasta poder decir que ya estaba en el otro lado, que estaba del otro lado de la modernidad de la escritura, que me había abierto un horizonte, que había roto con esas barreras, que podía sentirme libre, buscando temas, buscando formas distintas a las formas vernáculas, y eso significó mi primer libro, que queda ahí un solo cuento vernáculo en esa colección; los demás buscan otras temáticas, más humanas, más universales.

La obra mejora en la medida que se reflexiona más sobre la palabra, la literatura, el lenguaje.

En esto pesa mucho la identidad; uno va buscando en qué asentarse. Entonces era, lo veo como un asunto de círculos concéntricos, en el primer círculo soy nicaragüense, en el siguiente soy centroamericano, soy caribeño, y así hasta llegar a mi círculo más amplio, que es el círculo latinoamericano, pero hacerse uno escritor latinoamericano no quiere decir abandonar el origen, sino búsqueda de la homogeneidad, buscar que el origen, sobre todo el lenguaje, tenga un peso universal. No hay un escritor latinoamericano que no escriba en su propio idioma, su propio idioma local, no existe más que otros traductores de un idioma homogéneo. El idioma siempre está teñido de las enseñanzas que el lenguaje le da a uno desde la infancia, y por eso siempre me hablan de Chomsky en Francia, cuando se traduce un libro desde América Latina, se dice traducido desde el guatemalteco, el nicaragüense, el peruano, entonces dice del español, porque la verdad es que todos estos matices pesan mucho, y eso no quiere decir que no nos entendamos desde una lengua local a otra, el idioma al fin y al cabo es el mismo, pero los énfasis son bien importantes. Sin embargo, me parece que la creatividad no sería posible, y estas identidades que uno encuentra, y busca, busca y encuentra a través del idioma la manera de cómo identificarse. Me siento a gusto con la lengua, con el paisaje en Cuba como con República Dominicana, Panamá, Colombia, Venezuela, y si vamos a Perú, también. Siempre siento un gusto, y una nostalgia, como si fuera el dueño de ese idioma, y ese modo de ser, y me parece que es la manera de apropiarse de esas identidades y acabar de entenderme a mí mismo.

 

Si compara su crecimiento y madurez como persona, escritor, periodista, político y jurista con su época actual de escritor en Nicaragua, ¿qué diferencias observa en su trabajo creativo? ¿Cómo ha madurado su obra? ¿Cómo ha madurado usted?

La obra mejora en la medida que se reflexiona más sobre la palabra, la literatura, el lenguaje. Quizás uno pierde esa dinámica entusiasta inicial, en donde las palabras surgen de manera muy espontánea, y uno tiene poco tiempo de corregir, y se pasa poco a poco a la madurez de la escritura, que tiene mucho que ver con la reflexión sobre lo escrito. Me parece que eso es un fenómeno natural; no se le puede pedir a un escritor que sea maduro desde el principio, estaría perdido. La espontaneidad es necesaria en ese momento, la alegría de escribir, de descubrir la escritura, pero de ahí necesariamente se pasa a la reflexión, sin que eso quiera decir que a estas alturas no siga buscando cómo experimentar sobre la escritura. La escritura es experimentación, tanto en el lenguaje como en la estructura de la narrativa. Me siento siempre muy libre, la imprevisión me domina en ese sentido, no cerrarse nunca, no dar por cerrado un estilo y empezar a repetirse dentro de ese cajón cerrado, sino siempre sentir ese desquicio por el cual salir a encontrar cosas nuevas, en ese sentido permanente de experimentación que debe tener la escritura.

 

¿Cómo visualiza su trabajo creativo con el de su núcleo generacional de escritores con los que comparte o ha compartido en Nicaragua e Hispanoamérica? ¿Cómo ha integrado su trabajo creativo e investigativo a su quehacer literario?

Estoy colocado en una generación de escritores inmediatamente posteriores a la generación del boom, en la cual están Alfredo Bryce Echenique, Manuel Puig, Antonio Skármeta. Por lo tanto, no es una generación que pueda tomarse en el sentido de que es una generación literaria, como tal, con una identidad generacional, no, son coincidencias en el tiempo. Así como los escritores del boom no tuvieron una identidad generacional, no. Entre ellos, incluso, había grandes abismos y distancias, abismos de edad, enormes distancias de edad. Luego, para mí la escritura siempre ha sido una reflexión ética sobre América Latina. Eso no he podido nunca abandonarlo. Esa identidad con América Latina de la que te hablaba antes termina siendo ética. Hay un compromiso con la escritura, qué tiene que decir la escritura. Tiene que representar de alguna manera lo que nosotros somos, de dónde venimos, cuál es el destino que deben tener estos países, sin volverlo retórico ni volverlo político. La escritura se da por sí misma, cuando la escritura se considera a un nivel mínimo de calidad. Lo demás, los discursos retóricos, políticos, salen sobrando. Para mí esa identidad ética con lo que es el continente, con lo que es el Caribe, es, ha sido muy importante.

 

A estas alturas no cambiaría la literatura por ningún otro oficio ni por ninguna fortuna material.

Ha logrado mantener una línea de creación literaria enfocada en la ficción. ¿Cómo concibe la recepción a su trabajo creativo dentro de Nicaragua y fuera, y la de sus pares?

La literatura ha sido para mí una fuente grande de satisfacción, de realizarme como escritor. Sé que en América Latina no es fácil, entonces poder decir que vivo de la escritura por la escritura, y que me dedico sólo a eso, para mí es una gran conquista en mi vida, no porque desprecie de ninguna manera a quienes tienen además que hacer otro oficio, ganarse la vida haciendo otras cosas. Creo que eso es lo más común no sólo en América Latina, sino en el mundo, un escritor siempre tiene otro oficio del cual sobrevivir. Los que hacen fortuna escribiendo son muy pocos, son algunos. Sí llamo vivir de la literatura no sólo lo que me producen los libros, sino que todo lo que está alrededor de la literatura, y vivir con la literatura. A estas alturas no cambiaría la literatura por ningún otro oficio ni por ninguna fortuna material. Si alguien me dijera, vas a ser millonario, vas a tener una renta, vas a tener una casa en París, vas a tener otra en Barcelona, pero no vas a escribir más, eso no lo acepto. Yo me quedo donde estoy escribiendo. Y es la razón de mi vida, porque además, no es sólo que es vivir, sino que la razón de vivir es la escritura.

 

Sé que usted es de Nicaragua, y que también tiene la nacionalidad española. ¿Se considera un escritor nicaragüense o no? O, más bien, un escritor, sea éste nicaragüense o no. ¿Por qué?

Soy un escritor de la lengua. Sí, soy un escritor nacido en Nicaragua, que aprendí mi oficio en Nicaragua, que he vivido mi vida en Nicaragua, que sigo siendo, que soy nicaragüense, porque realmente en España nunca he vivido, más que una temporada, más o menos apreciable, no he hecho una vida desde España. Entonces, se me concedió la ciudadanía española por un decreto del Consejo de Ministros; por lo tanto, lo considero como un honor. Claro, todos venimos de España, somos mestizos venidos de España, pero no tengo familiares que sean directamente migrantes españoles… vinieron aquí hace muchos siglos, por lo tanto eso para mí es un honor. Lo he agradecido mucho, me siento muy honrado pero la verdad es que soy ciudadano de esta lengua.

 

¿Cómo integra su identidad étnica y de género y su ideología política con o en su trabajo creativo y su formación de jurista?

Jurista nunca he sido. La verdad es que estudié Derecho, y creo que el instrumento, las herramientas que aprendí a usar en la Escuela de Derecho me han servido en la literatura. Algunas novelas, como Castigo divino, no las podía haber escrito sin haber estudiado cinco años la carrera de Derecho. Quizá podría decir que estudié cinco años de Derecho para escribir esa novela, y fruto de mis cinco años de derecho es esa novela. La Escuela de Derecho me dio también una preparación analítica importante, porque el estudio del Derecho tiene que ver con la filosofía, tiene que ver con la sociología, además de las propias leyes que hay que aplicar. Pero cuando uno estudia el Código Civil tiene que estudiar la Revolución francesa, la era napoleónica, desde la perspectiva humanística hay mucha tela que cortar dentro del estudio del derecho.

Creo que esos asuntos son elementos naturales que componen la identidad del escritor, pero que nunca he buscado ponerlos por delante. Ahora que se habla mucho de la perspectiva de género, se refiere a la literatura escrita por mujeres, porque se trata de una reivindicación. Hay todo un movimiento de reivindicación de la mujer que incluye a la escritura. Cuando se habla hoy día de escritoras que en su momento no ocupaban el lugar que debían en el panorama de las letras latinoamericanas, eso está muy bien. Hay que hacer una revisión y recolocar a las mujeres que quedaron olvidadas en el camino, porque evidentemente ha habido un dominio masculino en la literatura. Pero para mí la literatura vale, la escriba un hombre o una mujer, si es buena. De nada me serviría a mí tener una paridad literaria en mi biblioteca, igual número de hombres, igual número de mujeres, eso sería absurdo. Leo muchos libros escritos por mujeres porque son muy buenas escritoras. Si fueran malas no las leería, así como no leería escritores hombres malos, que no sepan escribir. Leo para enterarme, leo para aprender, para disfrutar de la literatura. La literatura para mí es un todo. Y en cuanto a la cuestión política, pues, nunca he creído en la intención deliberada de la literatura por motivo político. Nunca he creído que se deba escribir por motivo político, para hacer propaganda de determinadas ideas o para persistir en determinadas ideologías. La literatura es la vida, es la contradicción, y por lo tanto no es un discurso político.

 

En los tiempos de la política no hay tiempo para la producción literaria verdadera.

¿Cómo se integra su trabajo creativo a su experiencia de vida como estudiante antes y después de su paso por la Universidad Nacional Autónoma de León? ¿Cómo integra usted esas experiencias de vida en su propio quehacer de escritor en Nicaragua hoy?

Las experiencias uno las va acumulando por etapas. Son experiencias de vida, de lenguaje. Son las experiencias que van mandando la literatura a través de las distintas etapas que uno va viviendo. El lenguaje es un depósito en el que va cayendo de todo, desde las voces que uno vive en su infancia, las voces arcaicas, voces indígenas, los modos coloquiales de hablar. Luego, la experiencia, la juventud, que es la más intensa, y de la que mejor memoria se guarda. Un escritor es el lenguaje y la manera que uno aprende a dominarlo, que aprende a hablar, cómo aprende a trasegar las palabras orales en palabras escritas. Eso es el gran patrimonio de un escritor, el lenguaje aprendido y cómo transformarlo en lenguaje literario. El lenguaje escrito siempre ha sido o tiende a ser más conservador que el lenguaje oral, porque el lenguaje escrito tiene unas reglas muy estrictas, gramaticales. El lenguaje oral es más flexible, es más laxo, y es más rico. Y siempre se está alimentando de nuevas palabras, de nuevos giros, de nuevos términos, de nuevos énfasis coloquiales. Y el lenguaje escrito tarda en aceptar todo ese caudal, lo va filtrando, y entonces la viveza del idioma está en ver, en poder uno representar el idioma de la calle, el idioma de todos los días, y transformarlo en idioma literario.

Cuando llegué a León tenía diecisiete, dieciocho años. Mi mente era puro cemento fresco. Van quedando las huellas, las experiencias. Es cuando se va formando la conciencia narrativa, lo que se va depositando en la cabeza, y es ese depósito, ese rellenito del cual uno va echando mano. Eso, la parte de mi juventud que pasé en Costa Rica, la parte que pasé en Alemania, también. Apenas tenía treinta años cuando llegué a Alemania. Y todo eso es mi patrimonio, mi experiencia, mi vida, del cual sigo echando mano.

 

¿Qué diferencia observa, al transcurrir del tiempo, con la recepción del público a su trabajo creativo y a la temática ficcional del mismo? ¿Cómo ha variado?

Creo que hoy día me siento más quieto. En los tiempos de la política no hay tiempo para la producción literaria verdadera. Además, escribía menos, casi no escribía, estaba dedicado a otras cosas. Creo que es una mala confusión la política y la literatura. La verdad es que sentí que volvía a ser yo mismo como escritor cuando todo lo de cargos públicos y de la actividad política quedó atrás, y pude sentarme delante de la literatura sin esos ropajes y ser juzgado como escritor, no por las simpatías que en su momento tuve por la revolución, por el imaginario de la revolución, sino probar que mi propia obra literaria se sostenía sin ese aparato, y quedaba atrás, quedaba en el tiempo. Eso sí fue un gran desafío. Sentí que lo estaba cumpliendo cuando gané el premio Alfaguara en 1998 con Margarita, está linda la mar, sentí que había dejado atrás esa etapa, que me había despojado de esos ropajes y que podía dar comienzo a mi vida como escritor, con un pasado del cual obviamente no reniego, pero de ahora en adelante lo que prima para mí es que escribo.

 

¿Qué otros proyectos creativos tienes recientes y pendientes?

Comencé hace años un ciclo de novela negra que tiene mucho que ver con la realidad actual de Nicaragua, que he querido historiar a través de la literatura negra. Tiene como personaje al inspector Dolores Morales y tiene dos estancias ya, una que se llama El cielo llora por mí y otro libro que se llama Ya nadie llora por mí. Ahora, en septiembre, en España va a salir la tercera novela de esta serie, que no sé si terminará ahí, que tiene que ver con el presente de Nicaragua, con el ahora mismo de Nicaragua. No sé cuál será mi siguiente aventura después de esta. Esta novela se llama Tongolele no sabía bailar. Tongolele es un personaje de la obra. Mientras no se publique el libro, no sabré cuál es mi siguiente paso.