correcciondetextos.org: el mejor servicio de correccin de textos y correccin de estilo al mejor precio

Saltar al contenido

Isaac Abraham López:
“El país se nos volvió un lugar áspero”

domingo 18 de julio de 2021
¡Compártelo en tus redes!
Isaac Abraham López
Isaac Abraham López: “La poesía, como las religiones, quiere creer que vivimos más allá de este breve paréntesis”.

Si usted conoce de trato y de comunicación a Isaac Abraham López, notará de inmediato que es un hombre bien plantado. Un ser humano firme y sereno. Tiene ojos de profundidad marina, como de marinero que vigila el comportamiento de las aguas. Isaac López es un hombre de mar, al estilo de aquellos que navegaron desesperadamente con Ulises: nada les podía parecer asombroso. Es un hombre de mar como los marineros que cruzaron las aguas tormentosas hasta encontrar un nuevo continente. Y sin embargo el océano está enfrente como una posibilidad remota, como una tentación que jamás lo atrapará, porque él es un cautivo de lo que ocurre en tierra firme, en la orilla cuarteada y agrietada donde sobrevive la vegetación xerófila. Isaac es historiador de profundos estudios, que ha escudriñado con fervor la historia del estado Falcón, que ha buscado como palito de romero toda la auténtica cultura de esa tierra bendita, y ha escrito sobre cada ser humano, sobre cada cují, cardón, retama, solazo, animal, sentimiento, que conforman la vida y el espíritu de Coro y Paraguaná.

Sus libros son una manera deliciosa y humana de expresar la historia y la realidad. Hace poco ha publicado De memorias y nostalgias: nuevas crónicas de Coro y Paraguaná, y ese es un libro que debería ser conocido por todos los lectores de habla hispana. Fue publicado por la Biblioteca Guaruguaja, en su Colección Pliegos del mar.

¿Qué lo convirtió en historiador y escritor? Precisamente, en el nombre de esa biblioteca puede estar una de las claves. Hace un tiempo, Isaac López escribió sobre el lugar llamado Guaruguaja, y basta leer un fragmento para darse cuenta de que su vida tenía que ser una forma de amor hacia la tierra y sus diversas almas. He aquí la memoria invocada como génesis:

Guaruguaja

La cría de caprinos en Guaruguaja forjó un espíritu que caracterizó al paraguanero hasta la llegada de las compañías petroleras, un espíritu expresado en la comunión del hombre y la tierra, del hombre y su entorno. Allí transcurre una vida apacible cargada de significaciones.

Cierro los ojos y vuelvo a estar allí. Mi madre prepara plátanos, arepa frita y chocolate. Mi padre nos pide quitarle las botas y buscar sus alpargatas. Nos acaricia con una ternura infinita. La casita cobija de la lluvia que empieza, de los rayos y de los truenos. Buscamos las barajas, la dama china, el bingo, el ludo… la lámpara de kerosene deja un olor embriagante. Aprendemos a caminar en la oscuridad, a no tenerle miedo a la noche. De repente otra imagen: andamos entre matorrales inventando caminos, huele a monte, a orégano y a salvia, nos sorprende el canto del turpial y el vuelo de la guacoa, los colores de las piedras, hay semerucos y chiguares, una coral serpentea frente a nosotros y salimos corriendo. Otra más: identificamos árboles, perseguimos lagartos, nos ciega el resplandor de la salina. La placidez de un tiempo perdido para siempre. La belleza estoica y el paso sereno de la vida. Un universo se abre frente a nuestra niñez, toda la libertad habita este lugar sagrado en mi memoria. Como en el poema de Palomares —quien quiera alguna vez encontrarme no busque en otra parte— habré de estar allí, hecho barro, resolana, cardón, viento.

Uno se despide insensiblemente de pequeñas cosas.
Lo mismo que un árbol que en tiempo de otoño se queda sin hojas.
Al fin la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas.
Esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón.

 

Las playas próximas traían siempre restos de naufragios, contrabandos, relatos, noticias de las islas.

“Un historiador busca las significaciones”

—¿Qué es lo que te fascina del paisaje que caracteriza a la tierra coriana?

—Para mí esa es una pregunta muy difícil. Una pregunta formulada desde afuera. La misma me sitúa fuera de ese lugar y ese contexto, y no puedo verme así. Difícil verse en el espejo. Yo soy parte de esa tierra, me expreso en sus contrastes, en su aspereza y generosidad, en los ríos pródigos de la sierra, en el batallar paraguanero de siglos por mitigar la sed y el hambre. No es metáfora: ese paisaje soy yo.

—¿Qué te dice ese paisaje?, ¿qué cuenta?

—El paisaje y el hombre, el binomio que una y otra vez exaltó Alí Primera, cuentan de tensiones, relaciones, conflictos, anhelos y luchas; del estoicismo, austeridad y precariedad de una vida, pero también de dignidad y optimismo para afrontarla. De una gente de la que escribió el historiador Carlos González Batista: “Sacaban siempre coraje, dignidad y hasta alegría de donde no se podía”. Mis años de niñez y adolescencia se desarrollaron entre ellos, en el campo de Paraguaná, en la casa de hato de mi padre. Allí se reveló el mundo maravilloso de nombres, olores, sabores, animales, sitios de monte, que fijaban las características de lugar, pero al mismo tiempo la cercanía al mar forjó la mirada. Las playas próximas traían siempre restos de naufragios, contrabandos, relatos, noticias de las islas, gente extraña por sus fisonomías, palabras y modos. Así que esa noción de lo rural como fenómeno antimoderno nunca la he compartido. Soy un hombre de mar que, como dijo el fotógrafo venezolano Luis Brito, cada mañana se despierta y tiene todo el firmamento por delante.

—¿La historia se consigue entrando al paisaje hasta dejar de verlo?

—No. La historia se consigue abriéndote a la comprensión. No perdiendo de vista nunca al paisaje, que por supuesto es mucho más que sus elementos externos y evidentes. Un historiador busca las significaciones, la vida que aún no estando deja huellas por las cuales somos y estamos. Para ello es fundamental el bagaje que aporta la disciplina de la historia, sus supuestos teóricos y metodológicos, perspectivas de análisis y discurso. El trabajo disciplinado y riguroso en los archivos, la recogida de testimonios orales, el examen de restos arqueológicos, la mirada a los haceres de la gente que muestran herencia y tradición… En ese intento por comprender muchas veces no basta la pericia profesional, es fundamental la sensibilidad, la crítica, la capacidad de entender el conjunto como un todo y la historia como proceso. La historia que es vida. Superar una noción de la historia como relato pasadista —cuestión que impera en el público general— y concebirla en la necesidad de entender cómo y por qué vinimos a dar aquí.

—¿Cuándo te diste cuenta de que la escritura te ayudaría en tus planteamientos?

—En la adolescencia descubrí el amor por los libros y la lectura. Afortunadamente mis padres, mis tíos y mis primos eran aficionados lectores. Por esos años también comencé a escribir largas historias que pocos llegaron a leer. Luego vino la conciencia política y la creencia en la idea. Había que hacer la revolución, cambiar el estado de cosas, combatir la intolerancia, las desigualdades. Fui dirigente estudiantil del liceo y descubrí, gracias a los envíos de la institución cubana Casa de las Américas, mucha de la literatura latinoamericana. Esa idea de lo social me llevó al teatro, que, al igual que la música y la pintura, asumí que también eran armas de la revolución. Para 1983 iniciaba mis estudios de Historia en Mérida, pero los tratos de la izquierda universitaria hicieron que me alejara de la militancia. Al mismo tiempo comenzaba la aventura con el Grupo Tiquiba en Paraguaná, que formalmente se inauguró en 1986 con su participación en una muestra de teatro regional. Esa dualidad también soy, vivir entre las montañas y el mar. Escribí una “pieza de teatro” que trataba sobre la emigración de una familia paraguanera desde la zona rural hasta los centros de explotación petrolera. Tenía veintiún años y para mí fue algo maravilloso que esos diálogos se tradujeran en gestos de los jóvenes jugando a ser actores. Comenzó así eso que señalas: ver cómo podía decir cosas que causaban un efecto en la gente. Posteriormente empecé a publicar notas y artículos para la prensa regional, principalmente para visibilizar el trabajo que adelantábamos en el Archivo Histórico de Paraguaná, rescatando la documentación de mayor antigüedad de la península. Después vinieron los artículos de especialidad como parte de mi trabajo de historiador. La escritura pública de la historia es para mí fundamental. La necesidad de dialogar, controvertir, argumentar, romper con verdades consagradas por una historiografía de tintes arcaicos. Superada la etapa de mayor rebeldía y crítica, sigo creyendo en la necesidad de dejar la alternativa al lector de otra mirada a la historia.

Entonces, en un país de toderos, decidí que apostaría por intentar ser historiador y en ese intento sigo.

—Tu poesía eres tú. ¿Cuándo comenzaste a detallarte, a analizarte, a sentirte que escribías y vivías poesía? ¿Qué marcó en tu infancia el destino poético?

—Agradezco conmovido esa expresión y preguntas, José, pero no creo eso. Yo no soy poeta, ni creo haber tenido o tener un “destino poético”. Ojalá así fuera. Como escribió alguien, “ser poeta es una cierta forma de ser y estar”. Para mí es una especie de dedicación al cultivo del espíritu y la trascendencia a través de la palabra, a la cual no tengo acceso. Creo que es un oficio exigente el hacer poético, y respeto mucho a sus oficiantes. Hay una vulgarización de la palabra “poeta” que no comparto, y que rechazo. Entre 1986 y 2005 organizamos en Falcón el Encuentro Puntual de los Amigos, como parte de las actividades del Grupo Tiquiba; era una forma de dialogar con el país. Gracias a ese espacio conocimos a poetas nuestros como Alberto Hernández, José Luis Ochoa, Miguel Marcotrigiano, Ramón Ordaz, Julio César Blanco Rossitto y muchos otros. Allí se incrementó el respeto por el arte. Dejé el teatro, rompí los intentos de poemas, cuando entendí que el teatro y la poesía exigen calidad, entrega, formación, disciplina, y yo no podía dárselas. Entonces, en un país de toderos, decidí que apostaría por intentar ser historiador y en ese intento sigo. En El laberinto de la soledad, Paz dice que la historia es un conocimiento que se sitúa entre la ciencia propiamente dicha y la poesía. Allí sí hay una identificación, una aspiración. En tiempos de mi país en los que todo mundo es historiador, yo llevo algunos años en tal intento. Es también una tarea que exige formación y seriedad. Sigo tratando de ser historiador.

 

“Mi sueño más preciado es un sueño colectivo”

—Escribir, en el fondo de todo, ¿es encontrarte con cierta felicidad de ser tú?

—No puedo dejar de citar a la entrañable Mery Sananes, quien escribió alguna vez que “no se trata de reunir datos, de acumular información, sino de producir desde el estremecimento, un cierto temblor en quien lee, para que ese corazón que anida en toda escritura regrese a ser un pájaro vivo y lleno de trinos”. Eso me parece fundamental en la escritura pública de la historia. Y creo que eso ha sido lo que ha logrado la receptividad en el público de historiadores nuestros como Elías Pino Iturrieta, Inés Quintero o Tomás Straka, gente que escribe muy bien. Claro, escribir es ensayar un placer, vivir un disfrute, que además luego compartes con otros. Uno lee gente que admira: Rafael Cadenas, Guillermo Sucre, José Pulido, Pino Iturrieta, Miguel Ángel Campos, Tulio Hernández, Milagros Socorro, Federico Vegas, Gustavo Guererro, Miguel Gomes, Rubem Fonseca, Carlos Monsiváis, Jesús Díaz, Héctor Abad Faciolince, Alberto Salcedo Ramos, Darío Jaramillo Agudelo, Martín Caparrós, Leila Guerriero, Pedro Lemebel, Juan Villoro, Alejandro Zambra… por nombrar los del entorno, y quisiera escribir como ellos. Una ambición cuesta arriba. Es satisfactorio reconocerse en la escritura. A veces quisiera ser más como escribo que como hablo, más sosegado, más reposado. Pero todo eso soy.

—¿Cuál ha sido tu sueño más preciado?

—Esa es la pregunta de las preguntas. Mi sueño más preciado es el mismo de aquel niño que descubría como maravilla el florecer del curarí o el fruto de una tuna, el nacimiento de un cabrito o la inmensidad del mar. El mismo del adolescente que descubrió la palabra como instrumento de diálogo político o de goce del decir. Mi sueño más preciado es un sueño colectivo, que se traduce en un mundo sin hambre, sin grotescas desigualdades, sin vergonzantes injusticias. Esa utopía que seguirá existiendo mientras tengamos algo de humanos, mientras no terminemos de convertirnos en bestias.

—¿Qué parte de la vida no puedes explicar, qué se te escapa?

—Muchas cosas no puedo explicar, muchas más se me escapan. Como profesional que estudia eso que algunos llaman vida y otros historia, sé de mis muchas carencias y deficiencias, múltiples limitaciones y de lo tanto que tengo por aprender. Sin embargo, como bien sabemos todos, la muerte es el gran enigma, el gran escándalo contra la maravilla que es la vida, diría Cortázar. La poesía, como las religiones, quiere creer que vivimos más allá de este breve paréntesis, pero ese es el gran enigma del hombre.

—¿Cuál es tu gran pasión?

—Muchas también. La vida, de la que no creo sea una pasión inútil, sino un privilegio de goce. La historia, la escritura, la música, la poesía, el mar… Una cerveza bien fría en aquel sitio exacto de Bajabaroa, un tinto en la Taberna El Ángel 28 de Sevilla con Taiz.

Hay muchas formas de irse, muchas formas también de no estar. A veces parecemos los fantasmas de una casa en ruinas.

—¿Estás muy cerca de ti o te mueves como si estuvieras en un lugar que no te corresponde?

—Trato de conciliar la confederación de almas que soy, como diría Tabucci. Antes era muy nostalgioso, ahora lo soy menos. Por la situación nacional los viajes a Falcón han debido disminuir, así que la nostalgia del mar es persistente. Sin embargo, he logrado reconciliarme con las montañas de Mérida. Fue hace unos cuatro años, cuando emprendí la caminata hasta un lugar que quería conocer: el páramo de El Tisure, el lugar mágico donde vivió el escultor campesino Juan Félix Sánchez. Escalar nueve horas hasta allá. Encontrarme con todo aquel mundo creado por sus manos, en armonía con la naturaleza, fue una especie de llamado a valorar más un entorno al cual le debo tanto. Poco después me detuvieron, golpearon y vejaron durante más de una semana por participar en una protesta pacífica en Falcón, por la carencia de servicios públicos. Sentí entonces una especie de desconexión, como si yo no correspondiera con ese país siniestro. Pero ese también es nuestro país y sólo asumiéndolo podemos superarlo. Hay muchas formas de irse, muchas formas también de no estar. A veces parecemos los fantasmas de una casa en ruinas. Nos falta querencia, ciudadanía, responsabilidad, respeto, gravedad y amor por este país de todos. Igor Barreto tiene un texto que, me parece, lo sintetiza: “El país me dejó atrás, pero el país no fue a ninguna parte”. En estos días vivimos esos exilios, ese fenómeno duro de la migración interna y externa. De cuerpo y de alma. A veces me asalta el deseo de marcharme, pues pesa sobre mí un “proceso judicial” por el cual me recomiendan hacerlo. El país se nos volvió un lugar áspero, sin brillo.

—¿Dónde vives? ¿Casa? ¿Familia? ¿Apartamento? ¿Perros? ¿Gatos?

—Vivo en Mérida desde hace casi cuarenta años, pero mi casa está en el mar, como en la canción de Pedro Guerra. Desde hace unos doce años vivo en un pequeño y cálido apartamento tipo estudio, en una espaciosa avenida donde las nevadas dejan observar toda su belleza, y las flores del jacarandá ayudan a la evasión de la nostalgia. Como dice Soledad Bravo, “hay que tratar de rodearse de cosas gratas, que te hagan feliz, bien sea en un páramo, un erial o un desierto. Lo importante es que tengas agua para la sed y el amor”. Allí me acompaño de la misma Soledad, de María Bethania, Bob Dylan, Alejandro Filio, Eugenia León, Nina Simone, Ana Belén, Marley, Sabina, Serrat y tantos otros seres fraternos. Ya lo ves a lo largo de esta conversa, muchos ecos me acompañan. No hice familia y soy pésimo para vivir en pareja. Mi familia son mis hermanos, mis sobrinos, tíos y primos. Los amigos puntuales. Me gusta la soledad al estilo de Alberti. No soy amigo de los gatos y en Paraguaná siempre tuvimos perros mi hermano y yo. Nerón, Rebelde, Acaboa y Arajó, con el que recorrí toda la comarca. Un compañero fiel y consecuente. Hemos perdido tanto en estos años, por lo cual también debemos aprender a amar y valorar más lo que nos queda. En Mérida están mis libros de historia, la poesía en Paraguaná.

—¿Qué haces en esta etapa de peste y dramas?

—Trabajar, esa es la enseñanza, lo que aprendí en tantas conversaciones con viejos de mi tierra: el valor del trabajo. Lo que al final te muestra más que cualquier otra cosa. Con Borges, espero que aunque sea dos líneas de lo publicado se salven. Tengo varios trabajos que debo corregir sobre familias judías en Coro, Paraguaná en el siglo XIX, lucha armada de los años sesenta… Recientemente edité dos libros de crónicas titulados De memorias y nostalgias: nuevas crónicas de Coro y Paraguaná, recopilación de textos escritos para el espacio público y estrategia para sobrevivir en este tiempo difícil apelando a la evocación de la tierra que hacen mis paisanos desperdigados por el mundo; soy desde 2019 el editor de Presente y Pasado, la revista de la Escuela de Historia de la Universidad de los Andes, lo cual me lleva a coordinar un equipo de gente muy valiosa que publica dos números al año bajo las mayores dificultades; hago trabajo de asistencia de investigación bajo los signos de limitaciones de acceso a centros de documentación; dicto una materia optativa sobre la lucha armada de los años sesenta en América Latina, vía redes sociales, y complemento intentando terminar la tesis de doctorado en Historia para la Universidad Católica Andrés Bello. Además de seguir escribiendo para mi cuenta de Facebook, revistas de la especialidad y diarios digitales de Falcón. En mucho de este trabajo he contado con el inestimable apoyo de profesores y compañeros. Son tiempos de solidaridad, de auxiliarnos, de reivindicar la cercanía.

—¿Cómo ha cambiado dentro de ti la ciudadanía en relación con Venezuela?

—Como te decía antes, vivimos en el exilio, en un tiempo al que parece no pertenecemos, pero del cual todos somos responsables y lo mejor será encararlo sacando a flote la madera de la cual estamos hechos. La dignidad, el estoicismo, el esfuerzo del trabajo y la alegría. ¿Somos ciudadanos? ¿De verdad creemos en la democracia? Pues con ciudadanía y democracia es que debemos encarar esta noche que pareciera no tener fin. El deterioro ético y físico del país nos hace pisatarios de un mundo en ruinas que busca el futuro en el pasado. Responder al totalitarismo y la segregación con más totalitarismo y segregación no parece la vía. Desde 2001 trabajo como profesor universitario y he sentido en la propia universidad, “autónoma y democrática”, el peso de no saber aceptar la crítica, de imponer visiones únicas, el personalismo y dominio de los grupos de poder. Elías David Curiel, mi paisano coriano-sefardí, cuyos abuelos vinieron desde las islas en largo peregrinar como los míos, escribió que había mil caminos, pero todas las brújulas estaban extraviadas, así parecemos tantear en la oscuridad. Todo se ha vuelto negocio, aun el trabajo intelectual de hacer oposición y cuestionamiento al régimen. Esa poesía intimista de Antonia Palacios en Oscuro animal del sueño pudiera reflejar algunas busquedas, sabernos solos, pero anhelar la compañía para la transformación y el renacimiento.

Duele y conmueve el incremento de la pobreza y la marginalidad, el hambre de los niños, la profusión de enfermedades.

—¿Tienes alguna definición particular de la poesía?

—Creo que es eso, un oscuro animal del sueño. Una forma de ser y de estar. Un espacio al que los seres como yo no tenemos acceso, pero al cual gustamos acercarnos con el mayor respeto, con reverencia. Como quien mira en la distancia un lugar profundamente amado.

—¿Qué duele más hoy en día? ¿Qué te conmueve más?

—Ese destierro de lo humano, la desconfianza en el otro, la clausura del futuro, la incoherencia que nos define. La profusión de discursos que promueven como alternativa al perverso populismo socialista la imposición de las leyes del mercado, la sobrevivencia feroz del más apto y la competencia vil. La búsqueda de puntos medios debiera ser el legado de estos años terribles. Duele y conmueve el incremento de la pobreza y la marginalidad, el hambre de los niños, la profusión de enfermedades. Somos eso: un dolor, una huida, una llaga. Como en la canción de Carlos Varela: una fotografía de familia, donde lloramos al final.

José Pulido