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Juan Carlos Méndez Guédez:
“La literatura es ante todo un gran juego”

domingo 1 de agosto de 2021
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Juan Carlos Méndez Guédez
Juan Carlos Méndez Guédez: “Escribir. Allí está volcada mi energía”. Fotografía: Vasco Szinetar

En el año 2009 estuvimos en Albania visitando a la hija mayor, quien para esa época vivía en Tirana. Nos llevaron en teleférico a una montaña donde había un restaurante desde el cual fluían los paisajes que describe Ismaíl Kadaré en sus novelas. En la cabina del teleférico una joven leía un libro que me llamó la atención porque no era de Kadaré, un narrador que andaba de boca en boca, ni de cualquier otro autor de los prodigiosos Balcanes. La portada decía Hasta luego, míster Salinger, y el nombre del escritor saltaba como una rareza en aquel lugar: Juan Carlos Méndez Guédez. Cuando bajamos y llegamos al hotel donde almorzaríamos, le pregunté a la joven por qué le había interesado esa obra. Y al responder se le enredaban algunas palabras, pero había un sonido venezolano imborrable en su voz:

“Hasta luego, mister Salinger”, de Juan Carlos Méndez Guédez
Hasta luego, mister Salinger, de Juan Carlos Méndez Guédez (Páginas de Espuma, 2007). Disponible en Amazon

—Soy caraqueña y cuando supe que iba a estar en un teleférico, me traje este libro para completar mis ganas de recordar Caracas. Vivo en Italia y trabajo con una empresa exportadora de vinos y aceites.

En el restaurante tuvimos una de las mejores comidas de ese viaje. El chef se acercó a conversar con el pequeño grupo de turistas. Todos lo alabamos. En nuestra mesa se esmeró y hasta nos brindó un licor croata delicioso hecho con ciruelas.

En la sobremesa le dije a la joven lectora que yo conocía a Juan Carlos Méndez Guédez y a Juan Carlos Chirinos. Le comenté que en una ocasión habíamos intentado crear una editorial con José Balza, Carlos Noguera y Silda Cordoliani. Comenzó a preguntar por los libros de todos ellos. Al final dijo que tenía quince años fuera de Venezuela. Antes de que cada quien emprendiera su destino, en el retorno de la cabina del teleférico me comentó, como un secreto muy preciado, que tres meses atrás había estado en Venecia y había visto sentado en un café a un hombre leyendo un libro de Juan Carlos.

—Me le acerqué pensando “debe ser un venezolano” y cuando le hablé sobre el libro que estaba leyendo, me dijo: “Ha sido tan emocionante y sorprendente que lo he leído dos veces”, y me invitó a un café. Después de eso me contó que era español y trabajaba en Albania. Él tiene casi todos los libros de Juan Carlos. Ese español me regaló este ejemplar. Vine a verlo. Estamos en una relación. Fue algo muy rápido.

Juan Carlos Méndez Guédez es un escritor colocado en un alto nivel de preferencia por un cúmulo de lectores exigentes.

No pude evitar preguntarle:

—¿Por qué tu novio no está contigo en este paseo?

Y ella se quedó pensando la respuesta. Muchos minutos. Miró el paisaje que describe Kadaré. Mi esposa me hizo señas con los ojos. Esas señas de miradas que matan.

Entonces, después de un largo suspiro dijo, dirigiéndose a mi esposa:

—Es el chef. Pero es un hombre casado…

Después de eso prometí que alguna vez le echaría el cuento a Juan Carlos. Aunque fuera una historia tan breve.

 

“Chulapos mambo”, de Juan Carlos Méndez Guédez
Chulapos mambo, de Juan Carlos Méndez Guédez (Casa de Cartón, 2012). Disponible en Amazon

La muestra

Juan Carlos Méndez Guédez es un escritor colocado en un alto nivel de preferencia por un cúmulo de lectores exigentes. Su narrativa surge de un oficio fulgurante. Juan Carlos figura entre los narradores de habla hispana que compiten con los grandes autores de otros idiomas. Sus libros se leen en varios idiomas y pueden creerlo: son hermosas piezas del arte de la escritura en castellano.

Puede estar en la misma mesa con Cărtărescu, Kadaré, Paul Auster, Iris Murdoch y otros celebrados autores. Como muestra basta un botón, decían antes. Y por eso he puesto en seguidilla cuatro fragmentos de sus obras antes de iniciar la entrevista.

La ola detenida

Con el paso de los años, Magdalena comprendió con nitidez la situación de su padre. Lo comenzó a intuir en las fiestas de familia cuando contemplaba a sus tías, primas, amigas, rodeadas de sus hijos, hablando pestes de los hombres que las habían abandonado, insultándolos, escupiendo sobre su recuerdo, maldiciéndolos, renegando de cada minuto vivido con ellos. En ese momento descubría a su papá en una esquina, oscuro, como un error del paisaje: el único hombre, siempre el único hombre.

 

Los maletines

Donizetti salió a la calle. En una parada de autobús se fue quedando dormido. No recordaba en qué parte de la noche quedó su zapato, de dónde apareció esa guitarra que ahora llevaba encima. “Las madrugadas son como el mar —pensó—, traen cosas, se llevan otras”.

 

El baile de madame Kalalú

Lo primero que deseo, sor Liliana, es disipar en usted cualquier posible sospecha de que soy parte de una telenovela. Lo sé, tengo varios elementos en contra: haber nacido en Venezuela, el crimen que no cometí, el psiquiátrico; todo parece materia de culebrón. Faltaría un hijo perdido al nacer y un amor imposible, pero no poseo ninguna de esas dos cosas.

 

Chulapos Mambo

Pidió que le subieran una botella de vino. Como no supo escoger muy bien se guio por los precios. No pidió el más costoso. Él no era un imbécil. Pidió el segundo más caro. Eso sí era un gesto elegante.

 

Méndez Guédez es autor de quince libros entre novelas, volúmenes de cuentos y ensayos.

Algunos datos sobre su trayectoria

Juan Carlos Méndez Guédez nació en Barquisimeto, Venezuela, el 2 de marzo de 1967. Desde muy pequeño se trasladó a la ciudad de Caracas.

Obtuvo la Licenciatura en Letras por la Universidad Central de Venezuela con una tesis sobre los grupos poéticos Tráfico y Guaire. Posteriormente se doctoró en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Salamanca con una tesis sobre el narrador venezolano José Balza.

Es autor de quince libros entre novelas, volúmenes de cuentos y ensayos. Reside en España, país donde ha escrito y publicado la mayor parte de su obra.

La obra de Méndez Guédez ha sido situada por diversos investigadores literarios en la órbita de la narrativa sentimental hispanoamericana. Una línea de escritura que proviene de autores como Manuel Puig o Alfredo Bryce Echenique.

Méndez Guédez es uno de los autores que inician ficcionalmente el tema de la inmigración de la España del siglo XXI con su novela Una tarde con campanas, publicada en 2004. Entre sus obras destacan La resurrección de Scheerezade (1994), Historias del edificio (1994), Retrato de Abel con isla volcánica al fondo (1997), Palabras de agosto (1999), El libro de Esther (1999), Árbol de luna (2000), La ciudad de arena (2000), Tan nítido en el recuerdo (2001), Nueve mil kilómetros y tu abrazo (2006), Hasta luego, Míster Salinger (2007), El barco en que viajas (2007), Tal vez la lluvia (2009), La bicicleta de Bruno (2009), Ideogramas (2012), Chulapos Mambo (2012), Una tarde con campanas (2012), Arena negra (2013), Los maletines (2014), El abuelo de Zulaimar (2015), Y recuerda que te espero (2015), El baile de madame Kalalú (2016), La noche y yo (2016), Veinte merengues de amor y una bachata desesperada (2016), La ola detenida (2017), El vals de Amoreira (2019) y La diosa de agua (2020).

Ha obtenido los siguientes premios: ganador del 40º Premio Internacional Ciudad de Barbastro de Novela Corta (2009); ganador (ex aequo) del VI Premio de Cuentos Ateneo de La Laguna; Segundo Premio de Narrativa Breve de la Embajada de España, Caracas.

 

“La ola detenida”, de Juan Carlos Méndez Guédez
La ola detenida, de Juan Carlos Méndez Guédez (HarperCollins, 2017). Disponible en Amazon

El olor del futuro

Recuerda tus comienzos, de cuando eras un muchacho en Los Jardines del Valle.

Fíjate, en el año 2014 yo estaba mirando la plaza de Cibeles por la ventana, entonces abrí una edición infantil de El Quijote y sentí el olor del papel: era el olor a pintura de mi apartamento en Los Jardines del Valle en 1970.

Entonces hice un viaje inmediato a esos días. Luego pensé: ¿por qué no entenderlo de otro modo? ¿Por qué no pensar que en el momento en que entré a mi nueva casa en ese remoto año 70 en realidad estaba haciendo un viaje a ese futuro de 2014 en que estoy mirando una plaza de Madrid? En la imaginación, ese viaje tiene dos puntas: Los Jardines del Valle, la Cibeles. La Cibeles, Los Jardines del Valle. Hay una continuidad, hay un olor fresco, nuevo, a mundo que comienza, y desde lo imaginario me desplazo de un punto a otro.

Te comento esta experiencia porque mi parroquia de infancia siempre va a estar como una posibilidad de la imaginación, como una referencia, un universo protegido. Amo mi barrio caraqueño: peligroso, rudo, descuidado; lo amo. Muchas de mis historias vuelven a ese lugar, que es el lugar donde yo jugaba muchas horas cada día. Y la literatura es ante todo un gran juego. Seres adultos que pasan horas frente a un papel o una pantalla imaginando la vida de otras personas; seres adultos que viajan en el tiempo y en el espacio. Porque puedo asegurarte que cuando yo estoy escribiendo una historia que sucede en la Intercomunal del Valle en el año 89 no estoy en el presente, estoy en ese momento: oigo la música de ese tiempo, siento sus olores, los ruidos y colores.

Pero bueno, lo que intentaba explicarte: Los Jardines del Valle era el lugar de buena parte de mis juegos, y soy una persona que ha decidido seguir jugando el resto de su vida. Jugando con esa seriedad con que Cortázar explicaba el juego de los niños y su relación con la literatura. Así que mis comienzos en la escritura van ligados a mi barrio. Escribir era otro de los juegos de la infancia.

Yo conocí a mis hermanas ya casi en la adultez. Así que mis juegos eran los juegos del hijo único, que, como dijo Leonardo Padrón, son juegos en los que durante muchas horas debes inventarte los amigos. Yo en mi apartamentito de Los Jardines del Valle había inventado maneras de jugar al béisbol con dos equipos y ser los dos equipos a la vez. Allí ya estaba la ficción operando como un complemento de la vida.

Recuerdo que mi madre me regaló un cuadernito y yo escribía cuentos en los que juntaba la historia de Venezuela de una manera muy libre, sin cronologías históricas.

Cuando cumplí doce años una amiga de mi madre me regaló una máquina de escribir, así que, escuchando el ruido de la cancha de mi superbloque y el ruido de los carros en la Intercomunal, pasaba horas y horas imaginando historias. Volver a mi casa desde la escuela o el liceo o la universidad era regresar también a mi máquina de escribir. Un lugar donde yo era muy feliz.

Así vivo. En la escritura.

Eso tiene sus alegrías y también tiene su coste. Hace tres semanas estaba con Carlos Sandoval revisando quién era el autor de la primera novela escrita en una república latinoamericana. Revisábamos con pasión fechas y fechas, porque El Periquillo Sarniento, de José Joaquín Fernández de Lizardi, fue escrito cuando todavía no existían esas repúblicas, así que deseábamos pulir ese dato. Por cierto, confirmamos que tal vez una de las dos o de las tres primeras la escribió mi “parroquia” de El Valle: Fermín Toro, como ya nos había advertido Juan Carlos Chirinos, pero lo que deseo comentarte es que estuvimos con gran pasión revisando y cuando más o menos dimos con la clave, le dije: “Mira la euforia con la que hemos estado buscando este dato, mira las cosas que nos emocionan… por eso es que no hicimos real”.

 

España me sedujo de inmediato porque el tiempo de sus ciudades es un tiempo más amable. Luego sucedió que en pocos años conseguí un espacio para mis libros.

Iluminado por un merengue

Recuerda tu vida de escritor en el exterior…

Hubo un momento en que el exterior para mí dejó de serlo. Yo tengo dos lugares: Venezuela y España, así que puede decirse que vivo en uno de ellos y que no me siento exterior a nada. He vivido casi la misma cantidad de años en uno y en otro.

Yo viajé para hacer un posgrado de unos tres años y regresar. Pero a los pocos meses, estaba en una discoteca de Salamanca llamada La Biblioteca. Así que recostado en una barra escuché un merengue de Juan Luis Guerra. En el momento en el que la canción dijo: “Buscando visa, la razón de ser, buscando visa para no volver”, experimenté una suerte de iluminación, puse a un lado el cubata y pensé: “No voy a volver en muchos años, esto no es un viaje corto”. Y así fue.

España me sedujo de inmediato porque el tiempo de sus ciudades es un tiempo más amable. Luego sucedió que en pocos años conseguí un espacio para mis libros. Ya había publicado una novela en una pequeñísima editorial canaria, pero deseaba estar en un sello de ámbito nacional y con proyección internacional. Miré una nueva editorial que publicaba autores jóvenes y les envié un manuscrito. Una semana después me llamó Pote Huerta, el editor de Lengua de Trapo, y me dijo: “Acabo de abrir tu novela, no puedo parar de leerla; el caso es que estamos haciendo una antología de cuentos de autores hispanoamericanos; ¿podrías traernos un cuento para mirarlo? No vaya a ser que nos guste tu novela y no te tengamos en esa muestra de relato”. Esa misma tarde llevé el cuento y en la noche me avisó el editor que lo incluirían en la antología Líneas aéreas. A la mañana siguiente volvió a llamarme: “Nuestro lector de confianza se ha devorado tu manuscrito en una noche. Queremos firmar, y como hay un hueco en la programación, si estás de acuerdo publicaremos tu novela dentro de un mes”. Demasiadas bellezas juntas. Pote Huerta me invitó a almorzar ese mismo día para que firmásemos el contrato. Durante la comida siempre pensé que aparecería la cámara de esos programas en los que te hacen caer por inocente. Aquello no era posible. Una semana después de enviar un manuscrito tenía editor y en un mes tendría una novela en las librerías. Pero así fue.

De ese modo comenzó mi presencia en las librerías españolas. Luego he descubierto que eso fue un momento milagroso. Los tiempos son otros. Las esperas son más largas.

 

¿Por qué crees que los escritores en su mayoría no leen a los otros escritores de su país?

No lo sé. Hay dos vanidades en los escritores que me resultan muy divertidas. Una la escuchas en esa frase que dice: “no leo autores contemporáneos”; la otra es: “no leo a mis paisanos”. Cuando se escribe una narración uno se lee incesantemente a sí mismo. Por lo tanto, quien afirma que no lee autores de su país lo que realmente quiere decir es: “el único autor de mi país al que leo es a mí mismo”.

Las lecturas de un escritor son un espacio de absoluta libertad. No creo que estés obligado a leer por razones históricas, geográficas, sexuales, identitarias. Eso es un modo muy pobre de leer. Yo leo por pasión, por curiosidad. El caso es que siempre he leído mucha literatura venezolana porque encuentro allí autores espléndidos. Cierto que, además, me tocan de cerca porque hablan de elementos conocidos que han configurado mi vida.

Al hilo de tu pregunta miro que tengo en el escritorio para leer o releer. Encuentro la nueva novela de Miguel Gomes y los más recientes libros de cuentos de Juan Carlos Chirinos y Silda Cordoliani. Están rodeados de los libros de Iris Murdoch y de Joyce Carol Oates que estoy revisando de nuevo, pero están allí, como una inminente alegría. Y acabo de terminar Simpatía, de Rodrigo Blanco Calderón, que me conmovió hasta los huesos.

Te cuento además que hace un par de años, en una sobremesa, hablé de varios autores que reviso con mucho interés, y una persona me dijo: “Lees demasiada novela española; eso deja daños irreparables”. Sonreí. Soy incorregible, leo lo que me gusta, lo que me interesa, y lo que tengo a mano. Así como no leo para cubrir un expediente, no cumplo con la exquisitez de citar libros desconocidos con los que pueda impresionar a la gente. Juro que cuando hablo de una novela que poca gente conoce no lo he hecho a propósito; pido perdón por ello.

Pero para responder a tu pregunta concreta, se me ocurren dos respuestas. Una antipática y otra práctica. Te voy a dar ambas. La primera es que quizá una persona no lee autores de su país porque siente que son su competencia directa, no va a darles vuelo porque cree que le quitarán espacio. La otra es porque siente que esos autores cercanos están situados en el mismo proceso de crecimiento que él se encuentra; es preferible invertir en lecturas de escritores consolidados, en clásicos.

No me identifico con ninguna de estas respuestas. Para mí la literatura es una fiesta, es un inmenso y gigantesco acto de generosidad en el que la belleza es el centro. Yo quiero belleza en mi vida, así que no me detengo a pensar en otra cosa que no sea el libro mismo, y si me gusta, quiero que la gente lo sepa, que la gente conozca esa buena noticia que quiero darles.

 

“Los maletines”, de Juan Carlos Méndez Guédez
Los maletines, de Juan Carlos Méndez Guédez (Siruela, 2014). Disponible en Amazon

Paga algunos desayunos con sus libros

¿De qué vives en el exterior?

Te confieso que en el fondo me gustaría darte una respuesta emocionante. Confesar que soy espía y que me apropio de importantes secretos industriales o militares que pueden destruir el mundo. Pero tengo muy mala memoria y soy muy distraído. En el caso descartado de que yo tuviese el valor de acometer misiones suicidas y peligrosas, al regresar no podría hacer un buen informe porque habría olvidado los detalles o al escribir perdería el informe.

En una oportunidad me encontraba indignado porque viajé a una ciudad a dar una conferencia y nadie me estaba esperando. Llamé para reclamar. Los organizadores no podían creerlo. Había viajado quinientos kilómetros una semana antes. Eso del tiempo y los calendarios me parece un asunto muy difícil.

Pero respondiendo a tu pregunta: soy gestor cultural. Organizo actividades literarias. Desde el año 91 en Venezuela trabajo en esta área y eso es lo que me permite llegar a fin de mes. Y lo curioso es que allí nunca me confundo con las fechas y las horas. También escribo reseñas o cuentos para revistas. Mis propios libros me dan la alegría de pagar algunos desayunos. Intento que mis libros cada vez sean mejores para desayunar más copiosamente.

 

¿Qué añoras de tu país?

No sé si pueda darte una respuesta original. Añoro los abrazos de la gente querida. Y añoro ese tiempo en que iba temprano a la universidad, almorzaba con amigos hablando de libros y películas que deseábamos ver, iba a una exposición, luego a un concierto, luego a una fiesta, y al amanecer me ponía a leer o a escribir. Cuánta energía. Entre mis batallitas personales sigue figurando ese momento en que estuve tres días sin dormir en unos carnavales de El Tocuyo. Añoro ese momento en que todo estaba por construirse, por fundarse. Creo que fue Proust el que dijo que no se extrañan lugares sino tiempos.

Así que puedo decirte que añoro de Venezuela ese momento inocente en que ignorábamos tantas cosas, como que íbamos a ser un escenario privilegiado del Mal. Porque hemos vivido y estamos viviendo el Mal muy de cerca. Las dictaduras tienen ese poder corrosivo. Ellas encarnan el mal, pero lo esparcen por todos lados. Hace pocos años entré al metro y la gente se lanzó furiosa para pillar asiento, tumbaron a una mujer y a su niña. Las pisaron. Nadie pareció alarmarse. Yo llevaba una maleta y a maletazos logré abrirme paso y agarré a la niña por el vestido y la alcé para que no la siguieran pisoteando. Por el aire la llevé hasta un rincón y esperé que llegase la madre; la mujer me dio las gracias. Ninguna persona estaba alarmada o culpable. Era como ver en ellos el rostro del canalla de Maduro cada vez que ordena una masacre; esa impasibilidad. Querían un asiento y el más fuerte lo iba a conseguir. Fue desolador.

Pero añoro los jugos de parchita al mediodía, o que las desconocidas te digan amorcito, o las fiestas en las que te sacan a bailar, aunque bailes mal.

 

Pensé (dentro de lo inútil que un escritor se siente en estas situaciones en las que hace falta meter el hombro de inmediato) que nuestro trabajo sería posterior, cuando fuese necesario contemplar la tragedia en la que todavía estamos sumidos.

La pandemia es un inmenso silencio

¿Cómo has vivido esta temporada de pandemia?

Yo nací en una ciudad que tiene la peste como parte de su imaginario. Todos los eneros, la gente de Barquisimeto baja a Santa Rosa para subir a la Divina Pastora, pues ella hizo el milagro de acabar con una peste que azotó la ciudad en el siglo XIX. Pero la leyenda es más amplia y habla de un sacerdote que se ofreció como última víctima de la peste a cambio de que cesase la enfermedad.

En los primeros días de la pandemia tomé muchas notas. Respeto a quienes esos mismos días escribieron ficciones ubicadas en ese momento, pero yo no me sentía capaz de contar algo que sigo sin entender. Tomé muchas notas para no olvidar los momentos previos a esta pesadilla: esa mañana en que uno de mis mejores amigos al conocer las noticias reales me dijo mientras tomábamos el último café en una terraza: “Somos tan frágiles”, y comprendí que esa frase tan simple era una verdad feroz; o el momento en que una compañera de trabajo se despidió de mí a cinco metros: “Parece que no podemos abrazarnos; nos veremos en dos semanas”, y fíjate, ella estaba contagiada y ese mismo fin de semana lo supo. Estábamos perplejos. Hasta el fin de semana anterior se nos había dicho que era una gripecita, que saliésemos a las calles para ir al fútbol, al teatro, a las manifestaciones que convocaba el gobierno. Es terrible lo mentiroso que puede ser el poder.

Pero lo que me intrigaba en ese momento era la leyenda barquisimetana y esa hermosa idea de que una persona era capaz de ofrecer su vida en sacrificio para salvar al resto. Le di muchas vueltas a ese tema. Investigué. Y claro, cada vez que investigas la realidad te da un zapatazo. El sacerdote que ofreció su vida por salvar la ciudad había sido un político ultraconservador, acusado de asesinar a algún adversario. Luego encontré que sus rezos finales fueron frente a la imagen de otra Virgen, no frente a la Divina Pastora, y la guinda del pastel: ese sacerdote murió por otra enfermedad y cuando ya la peste había finalizado. Digamos que no me quedó nada en pie. Pero justo en esos días leí al maravilloso Joseph Campbell, y él explicaba que las leyendas, los mitos, se empobrecen si los lees desde un discurso histórico. Es como aburrirte en un juego de fútbol porque no hubo jonrones. Entonces quedé fascinado por el modo en que una comunidad había construido una historia de curación. Me dio lo mismo atisbar las intrigas políticas de la Venezuela del XIX, lo hermoso reposaba en esa leyenda en la que alguien recibía en su cuerpo todos los males y salvaba a sus seres queridos. Lo hermoso era la construcción literaria y ficcional con la que una comunidad había querido otorgarle sentido a la desolación de la muerte. Recuerdo que en esos días leí los diarios de Castillo Zapata y había una referencia allí al sacrificio que me pareció muy hermosa, y leí novelas de Svevo y Bryce Echenique en las que la palabra es curación. Pero en síntesis, digamos que pensé (dentro de lo inútil que un escritor se siente en estas situaciones en las que hace falta meter el hombro de inmediato) que nuestro trabajo sería posterior, cuando fuese necesario contemplar la tragedia en la que todavía estamos sumidos. Contemplar, nombrar la fragilidad, el miedo, la mezquindad, la solidaridad, el clima policial que se instaló en algunos, la lucidez de otros. Una lucidez de la que quizá yo no formaba parte del todo, porque miro mis atormentadas notas de esos días y encuentro esto: “Si toca morirse pues toca y ya… ¿Pero y los otros? No es morirse tan solo, es la posibilidad de matar a otros. Hay que vivir para que los que vienen después vivan…”. Imagino que ya en ese momento actuaba en mí el instinto: preservar a los cachorros; pensar en ellos. Un texto hermoso escrito en esos días por Fernando Iwasaki para la Unam se centraba en la figura de su hijo, en la esperanza de que el chico pronto pudiera contar que una vez en la vida tuvo que usar mascarillas, porque ese pretérito significaba que su hijo había salido adelante.

Así que sólo puedo decirte que viví este tiempo con ese aprendizaje venezolano de que la existencia queda marcada por distintas tragedias colectivas: el caracazo, los golpes de Estado, el deslave, las revueltas del 14 y del 17. Esos momentos en que eres una mota de polvo en un mar de lodo que arrasa lo que encuentra a su paso; esos momentos en que piensas en sobrevivir, y en alguna vez contar lo sucedido con palabras distintas a las que usará el poder para narrar esos tiempos.

Por ejemplo, me quedo con una imagen. Las tragedias que yo he vivido eran ruidosas. Los saqueos, los disparos, las ambulancias. La pandemia por el contrario era silencio. Un inmenso silencio. Para buscar comida yo caminaba por el medio de una calle en Madrid en la que no pasaba ni un carro y sólo se escuchaban mis pasos. Recuerdo que pensé: “Por esta ciudad ahora mismo sólo camina la muerte, y quizá la estoy molestando con el ruido de mis zapatos”. Y entonces pisaba más fuerte la calle.

 

“La diosa de agua”, de Juan Carlos Méndez Guédez
La diosa de agua, de Juan Carlos Méndez Guédez (Páginas de Espuma, 2020). Disponible en Amazon

Habla en italiano con los franceses

¿Cuál de tus libros te ha hecho sentir que vas hacia lo que deseas en la escritura?

Es tan difícil pensar en ello. Hay como varios niveles. Por un lado, los lectores han sido especialmente amables y cariñosos con libros como Los maletines o El libro de Esther. La opinión de los lectores tiene un peso en la percepción de lo que haces. Y con estos libros me han ocurrido historias preciosas; gente que ha bautizado sus hijos con nombres de los personajes; gente que para escapar de un aprieto finge ser un personaje de estos libros; una chica en Francia que me dijo cosas preciosas con los ojos húmedos pero que no comprendí porque no hablo francés; un amigo que cada vez que se enamoraba regalaba uno de estos libros como primera señal amorosa.

Te menciono esto porque uno en la escritura quiere emocionar a otros, formar parte de sus vidas. Pero quizá es en mi novela Arena negra en la que me he sentido más cerca de algunos de mis deseos literarios. Hacer libros susurrantes, libros en los que el tiempo se mueva con fluidez, y en que los personajes se reconstruyan con la fuerza de su memoria. Fíjate que hay un pintor que me encanta: Joaquín Sorolla, y uno ve sus cuadros y él reinventa la luz. Se nota su mano interviniendo la luz, los colores, se nota la textura. No reproduce lo real, sino que lo llena de texturas, es una luz que se toca. Bueno, quizá en Arena negra siento que logré en cierto modo ese efecto.

Pero también en La diosa de agua di un giro a mi escritura, toqué el tono fantástico, toqué el tono mítico. En ese volumen de cuentos trabajé con la voz de los espíritus de mi infancia; copié sus voces, regresé a la maravilla de lo sagrado que marcó mi infancia.

En unos años, imagino que te daré una respuesta distinta a esta pregunta. Siempre es así… mutamos, cambiamos, vamos viajando dentro de nosotros mismos.

 

Me irrita la gente que vive el arte como un proyecto, como una eterna posposición.

¿Cuál es tu gran pasión?

Eso va cambiando tanto. De chico era el béisbol. Escuchaba los juegos en la radio todas las noches y lo realizaba con esa pasión de quien amaba a un equipo que siempre perdía. Quizá en otro momento fue la radio: esas voces que acompañan desde la distancia, que te dan una impresión de proximidad y lejanía. En otros momentos ha sido el fútbol o la música tropical. Ah, claro, en algún momento fue el boxeo. Mirar el boxeo, porque yo no tengo en lo personal esa voluntad de vivir el dolor de la que habla Joyce Carol Oates.

Algo que me tiene contento estos tiempos es que muy pronto aparecerá en Colombia una novela corta: Round 15, en la que regreso a esa antigua pasión, y lo hago con la historia de un hombre insomne que en una noche repasa cuarenta años de vida, repasa su gusto por un boxeador venezolano que luchó cinco veces por el título mundial y no pudo ganarlo, y a la vez se prepara para sufrir el abandono de su esposa, que ha desaparecido esa madrugada y no tiene intenciones de regresar. Él es como una Penélope que en vez de tejer recuerda peleas de boxeo, pero que no tiene pretendientes y se encuentra a solas con sus recuerdos.

También otra de mis pasiones es la religiosidad popular que marcó mi infancia y mi adolescencia. Y en Francia aparece el próximo otoño la traducción de La ola detenida, mi novela en la que una detective marialioncera investiga la desaparición de una chica española en la peligrosa Caracas. Así que veo que la escritura es en el fondo un diálogo con lo pasional.

También otra de mis pasiones son los idiomas. He estudiado cinco o seis idiomas. Y nunca pude aprender ninguno. Pero eso tiene mérito, insistir en algo para lo que no tienes talento es una forma del entusiasmo. Algo que me gusta mucho de Francia es que allí hablo con algunas personas en italiano. Una amiga me dijo que en ese país hay personas que juran que hablan italiano, pero no es cierto. Quizá por eso nos comprendemos. Ni ellos ni yo hablamos italiano y eso hace que la conversación fluya. Pasamos horas hablando de literatura. El problema es que cuando viajo a Italia los italianos no me comprenden.

Y volviendo a los de las pasiones; te diría que el elemento común y continuo es la escritura. Parece una obviedad, pero en ocasiones siento que hay quienes viven la escritura sólo para ir a una fiesta, para hacerse una foto, para viajar, para conseguir un buen cargo. No me siento ajeno del todo a esto, no creo en la pureza. Pero lo que sigo queriendo hacer siempre y a toda hora es escribir. Quizá por eso me irrita la gente que vive el arte como un proyecto, como una eterna posposición. Era algo muy propio de cierta Venezuela que viví en mi juventud: la gente que iba a escribir un largo poema, que iba a hacer una película, que iba a construir una saga novelística. Todo colocado en un futuro que jamás llegaba.

Escribir. Allí está volcada mi energía. Lo que no evita que exista siempre un inofensivo reino del deseo al que me asomo con timidez. Hay dos estupendos escritores, la puertorriqueña Mayra Santos y el mexicano Ricardo Chávez, a quienes les encanta bailar. Yo los miro bailar y hay una felicidad tan infinita en sus rostros cuando bailan que me gustaría tener esa pasión y ese talento. Debe ser maravilloso que tu cuerpo se mueva con el sonido del mundo.

 

¿Has logrado con la escritura lo que un día soñaste?

En un sentido vital, la escritura me ha dado felicidad. Nada supera ese momento en que frente a la computadora te desdoblas en muchas otras personas. Vila Matas dijo en una ocasión que se siente una persona enferma de literatura. Puedo compartir esa idea.

Pero no. No lo he logrado. Y no se trata de esa glorificación del fracaso que realizan muchos autores; se trata tan sólo de que siempre sueñas un libro más sutil, más transparente, más emocional y perfecto. Y ese libro es el siguiente, el que vas a escribir o apenas estás comenzando a escribir.

José Pulido