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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Cuando la fotografía no es sólo el producto de una cámara:
El tiempo sutil retratado por Carlos Ayesta

domingo 24 de octubre de 2021
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Carlos Ayesta
Carlos Ayesta: “Toda foto siempre revela al que la toma”. Fotografía: Carlos Ayesta

Carlos Ayesta me mira desde la pantalla y me pregunta si estoy listo. Todos los jueves hablamos a las once de la mañana de Caracas, que son las cinco de la tarde en Génova. Él habla comenzando el día y yo atardeciendo. Es un encuentro especial porque sigo conociendo más fotografías suyas. Y muchos aspectos de su vida que son como trayectos de águila. Quizás porque sus ojos escudriñan fijamente todo lo que hay. Ojos que “cazan” imágenes en el limbo compartido por la realidad y su reino sentimental.

A los ocho años de edad andaba de un lado a otro con una cámara fotográfica y es probable que desde un principio ese artefacto formara parte de su mente y de sus ojos. La cámara como algo atornillado en su cerebro, en su cabeza, en sus sueños. Porque su mente deseaba todo el tiempo saber, profundizar, comprender las imágenes y describir esa pasión por la luz con sombras, la luz sin sombras, el sol como presencia imperturbable.

—Desde niño cargabas una cámara.

—La primera vez fue un niño Jesús: le pedí al niño Jesús una cámara.

Lo de mi primera cámara, ahora lo veo mezclado con la relojería, porque yo tenía fascinación por la cámara de papá, una cámara de esas que se abren, un fuelle que se abre así.

—¿Y qué te trajo? ¿Una Agfa?

—Sí.

—¿Cuándo la usaste por primera vez?

—Lo de mi primera cámara, ahora lo veo mezclado con la relojería, porque yo tenía fascinación por la cámara de papá, una cámara de esas que se abren, un fuelle que se abre así. Más adelante papá me la dio o me la prestó y después terminé yo desarmándola, como hacía con todas las cosas, que desarmaba para saber cómo funcionaban. Yo siempre prefería hacer mis juguetes; cuando me caía uno en las manos lo desarmaba inmediatamente, y así también hice con los relojes hasta que llegué al punto en que desarmé uno, lo armé y funcionó.

Carlos necesita explicar y ambientar. Se queda un instante en silencio y prosigue:

—Mi padre es de Curiepe, íbamos a Higuerote en vacaciones. Se llegaba por un camino de tierra y había que esperar el mes de julio para ir de vacaciones a Higuerote. Siempre fui buen nadador, fascinado por el mundo submarino. Cuando se me dio la oportunidad le pedí al niño Jesús una cámara. Pero mi idea era tomar fotos submarinas.

Fotografía de Carlos Ayesta
El comercio. Fotografía: Carlos Ayesta

—Esa es la parte científica tuya.                        

—Sí, para mí las fotos eran submarinas. Las fotos de gente me parecían aburridas en ese momento, las fotos familiares… No me gustaban las piñatas, no me gustaba que me pusieran unas velas, las piñatas me parecían horrendas. Entonces me pregunté cómo hago para tomar una foto submarina. Eso fue en diciembre. Tenía seis meses para hacer mi proyecto. Un día se me ocurrió: ¿y si meto la cámara en un frasco? Pero el frasco tiene que ser cuadrado, no puede ser redondo. Me di cuenta de que mamá tenía unos frascos grandes de boca ancha donde guardaba harina. Pero no me iba a dar uno porque todo costaba, era difícil la vida, la familia se levantó con esfuerzo. Bueno: conseguí un frasco de mayonesa, se lo pedí a mamá y empecé por ahí. Entonces se me ocurrió una idea, y la vi tan infalible, que me sentí como un genio: era agarrar un guante de hule, volteado, para meter la mano y tomar la foto.

—Era más fácil conseguir un guante de beisbol que uno de hule, ¿no?

—Exacto. Me pregunté: ¿dónde consigo un guante de goma? En aquella época no era fácil, mamá tenía unos que cuidaba mucho. Bueno: era una cosa insólita tener unos guantes de hule. ¿Quién podía tener unos guantes de hule? Y por eso pensé: “Mamá no me va a dar los guantes ni de vaina”. Probé con un guante y funcionaba. Y ahí viene la parte maliciosa —mamá no se acordaba de esto—, y es que le hice un piquete a uno de los guantes y lo dejé ahí.

—Entiendo el plan…

—Y aquel lío que se formó en la casa porque el guante se había roto. Eran esos guantes negros de antes. Y entonces me regalaron el guante de la otra mano y empecé a hacer mi prueba, acomodé la cámara ahí, la amarré, me metí en la regadera a ver si funcionaba. Todo esto sin tomar una sola foto.

—La fotografía submarina debe tener varias historias de dificultades como la tuya —digo para que Carlos siga contando. No es amigo de hablar mucho.

—Finalmente llegamos a Higuerote, nos instalamos y esperamos por la lancha que nos iba a llevar a Carenero, donde uno de los sitios dilectos era Buche, una playa preciosa. Allá llego con mi bojote misterioso, me pongo mi máscara y me tiro al agua, contento. Pero cuando trato de sumergirme lo que hago es flotar porque aquello que hice era como una boya. No me pude sumergir. De todas maneras, me senté sobre la cámara en la playa y tomé fotos. Sólo quería regresar para que me revelaran el rollo, que era pura arena.

(Imagino su carta: “Querido Niño Jesús, necesito que me traigas una cámara de tomar fotos como la de mi papá, no importa que sea más chiquita” y después destapando la caja Agfa en la mañana del 25 de diciembre y a continuación el rápido aprendizaje de poner los rollos y cerrar un ojo mientras el otro permanece pegado al visor.

También trato de visualizar el instante en que subrepticiamente entra a la cocina, busca en una gaveta, saca los preciados guantes de su madre y corta la punta de uno de los dedos. Años después, cuando vea un guante o una tijera se reirá de su travesura, que en realidad era sólo una aventura a favor de la ciencia y del arte. Todo al mismo tiempo.

¿Y el frasco bocón? Para otros niños era símbolo de chucherías, de caramelos guardados, de galletas, para el niño que fue Carlos, aquel frasco era como un proyecto de submarino estilo Julio Verne).

 

El profesor Carlos Ayesta es el jefe del Laboratorio de Fotografía de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central de Venezuela.

Los tres fotógrafos

En la Universidad Central de Venezuela, tres fotógrafos han hecho méritos para que el mundo observe con atención y emoción el arte que han desplegado con pasión y ciencia, con espíritu y laboratorio.

No es posible pasar por alto que han sido tres Carlos en un mismo lugar y con una preciada vocación: Carlos Herrera, Carlos Puche y Carlos Ayesta.

El profesor Carlos Ayesta es el jefe del Laboratorio de Fotografía de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central de Venezuela. Ese laboratorio fue fundado por el maestro de la fotografía venezolana Carlos Herrera. Dos destacados fotógrafos venezolanos fueron alumnos de Herrera: Carlos Eduardo Puche y Carlos Ayesta. Los tres tuvieron la fotografía como amor común.

En el año 1959, Carlos Eduardo Puche comenzó a estudiar fotografía y microfotografía en ese laboratorio y se convirtió en alumno de Carlos Herrera. En 1961 Puche fue nombrado director del Laboratorio de Fotografía y Fotomicrografía de Cuerpos Opacos en la Escuela de Ingeniería Metalúrgica de la Universidad Central de Venezuela. Carlos Ayesta y Carlos Puche se hicieron amigos inseparables. Ayesta es biólogo celular, pero su oficio es la fotografía y su actividad es profesoral. Ayesta es uno de los imprescindibles y ejemplares fotógrafos venezolanos.

Fotografía de Carlos Ayesta
Fotografía: Carlos Ayesta

Y ha dicho esto: “La fotografía es, para mí, síntesis emocional de una situación vista afuera a través de una cámara, y siempre reflejo de una cierta disposición interior. Toda foto siempre revela al que la toma; en un instante se concreta una imagen del infinito que hace eco en las profundidades de nuestros complejos psíquicos”.

—¿Cómo llegaste al Laboratorio de Fotografía de la Universidad Central de Venezuela?

—Visité la universidad buscando una carrera, algo que tuviera que ver con fotografía todo el tiempo, y llegué al laboratorio de Carlos Herrera aun sin haber terminado los estudios. Sólo recorría la universidad para ver. No quería estudiar Arquitectura. Medicina tampoco: ya yo era biomédico por así decir. Había estado en el terremoto de Caracas y el Grupo de Rescate Venezuela actuaba en accidentes e incendios, salvando gente. Para esa época hacía paracaidismo, era rescatista.

—Y descubriste el laboratorio.

—Entré en el laboratorio de Herrera. No lo vi a él. Vi el laboratorio y dije: esto es lo mío. En esa época conocí a la poeta Elizabeth Schön por la entrevista que me hizo en el Grupo de Rescate Venezuela. En ese período de 1968 a 1972, ya había agarrado el primer curso con Carlos Herrera. Fue lo primero que hice cuando terminé la matemática, la física y la química, y ahí quedé fascinado. En el laboratorio conocí a Carlos Puche y mi afinidad por la microscopia, después fui profesor de microscopia por años; además era fotógrafo de microbiología. Eso me llevó a lo que Herrera llamaba fotobiólogo. Te imaginarás los problemas que hay que resolver con fotografía.

Herrera era un caso particular. Llegué a ver como él, me conecté con Herrera: las atmósferas, las sutilezas, la riqueza expresiva de la luz.

—¿Qué fue lo más valioso que aprendiste de Herrera y de Puche?

—Lo más importante son cosas relacionadas a un vínculo humano, un vínculo de amistad. No la parte técnica, porque la parte técnica eran retos que yo estaba constantemente asumiendo. Yo aprendí historia contemporánea a través de las fotos. El reto de Herrera para mí fue siempre la luz. Él decía lo que siempre yo he escrito por ahí: no hay niños prodigio de la fotografía, hay viejos prodigios y el proceso de captar la luz es un proceso de no menos de diez años. Empecé a realizar trabajos de investigación en biología y en cardiología y me dediqué a hacer cine en serio, cine 16, de cosas científicas. Herrera tenía la cámara e hicimos una película juntos, de revelado en el laboratorio, todo esto afortunadamente sin la retórica del cine, sin la retórica del montaje; por intuición, por decir las cosas como uno las quiere decir. Herrera era un caso particular. Llegué a ver como él, me conecté con Herrera: las atmósferas, las sutilezas, la riqueza expresiva de la luz, la luz como elemento compositivo, la luz como esencia y la individualidad de la imagen; es decir, la potencia de una imagen como imagen propia.

En cierta ocasión, Carlos Ayesta le comentó a la poeta María Elena Huizi lo siguiente: “Detrás de la puerta de su laboratorio en Metalurgia, en un papelito pegado, Puche tenía escrito el primer versículo del Tao Te Ching: ‘El Tao que pueda ser nombrado no es el verdadero Tao’. Esto revela en cierta forma el espíritu y conexión de Puche con sus imágenes”.

 

Dos notas puntuales

María Elena Huizi escribió esto sobre Carlos Herrera:

Desde joven Carlos Herrera fue apasionado del cine y de la música, y especialmente de la música académica. En una conversación con dos amigos, siendo ya un hombre maduro, a la pregunta de si recomienda algún esfuerzo psicológico en el desarrollo de la fotografía pictórica, responde: “Oír mucha música de Juan Sebastian Bach, y cuando digo Bach quiero decir mucha música buena”. Y les explica que, en el ritmo y composición de su obra fotográ­fica, se siente in­fluenciado por los cánones de la música, aunque —añade— a veces le gusta cometer adrede algún disparate o pequeñas imperfecciones y que si alguien las busca en sus fotos las encuentra.

Elizabeth Schön escribió esto sobre Carlos Puche:

Carlos Eduardo Puche es el gran artista de la fotografía. Mirar su obra es acercarse a un lenguaje propio, homogéneo, en su abierto planteamiento, en el que prevalecen la naturaleza, objetos abandonados, la propia materia interna que sostiene las formas preceptivas de las realidades primordiales para el mundo tangible de los humanos. ¿Qué significado tiene decir que este fotógrafo es un gran artista? Y si es cierto, ¿cómo obtuvo ese lugar de tan alto privilegio? La obra por sí misma lo confirma.

 

Alfredo Cortina y Carlos Herrera
Alfredo Cortina y Carlos Herrera. Fotografía: Carlos Ayesta

Los Rosales

La desaparecida poeta, investigadora de arte y ensayista María Elena Huizi hizo notar que en la obra de Carlos Puche “está la resonancia del espíritu de un grupo de creadores y amigos. Vivían en la urbanización Los Rosales, en Caracas, en casas vecinas, y se reunían con frecuencia en la casa de la poeta Elizabeth Schön, de origen alemán, y su esposo Alfredo Cortina. La poeta sostuvo una larga amistad desde la infancia, en Puerto Cabello, con las dos hermanas Gramcko, Ida y Elsa, también de origen alemán. Ida, poeta, ensayista, dramaturga, cuentista y periodista; Elsa, pintora y escultora, y quien fue la esposa de Carlos Puche. A la vida de estas jóvenes se vincula el multifacético Alfredo Cortina, tío de las hermanas Gramcko, pionero de la radio en Venezuela, libretista, afi­cionado de la relojería, también fotógrafo, quien se enamora y se casa con Elizabeth Schön”.

A ese grupo se vinculó muy pronto Carlos Ayesta, cuya actividad intelectual y artística fue también muy importante en la cohesión fraterna de ese grupo.

 

Carlos Ayesta, Nelson Garrido y Luis Brito
Carlos Ayesta, Nelson Garrido y Luis Brito.

Cuando tenía ocho años de edad Carlos Ayesta ya había incorporado una pequeña cámara Agfa a los ojos de su espíritu. Fotografiaba todo lo que deseaba descubrir.

Rescate y fotografía

El gran amor de Carlos Ayesta es la fotografía. Sus amigos constantes han sido Luis Brito, Nelson Garrido, Carlos Herrera, Carlos Puche, Alfredo Cortina, Joaquín Cortés y Ricardo Armas, entre otros fotógrafos. Pero cuando era rescatista y socorrista nunca llevaba la cámara. Aunque se presentaban imágenes contundentes, estremecedoras. Prefería perderlas porque sólo deseaba ayudar, buscar sobrevivientes.

Siendo integrante del Grupo de Rescate Venezuela, Carlos Ayesta nunca pudo llevar una cámara fotográfica. Detestaba esa posibilidad. Aunque amaba y ama la fotografía, consideraba absurdo tomar fotografías de un siniestro en vez de ayudar.

En una ocasión, cuando un avión de pasajeros se estrelló en una montaña, Carlos y su grupo fueron al rescate. Carlos comenzó a moverse entre restos humanos y fragmentos de la nave. De repente levantó un trozo de metal y ahí estaba una mano blanquísima, limpísima.

Un brazo de mujer, de blancura tersa, con dedos finos, de uñas bien cuidadas y pintadas, y luciendo un anillo de diamante que lanzaba destellos. Era sólo un brazo lo que había quedado, pero se erguía como una escultura. Se elevaba intacto, como si proyectara a una mujer despidiéndose de alguien en un aeropuerto.

—Esa imagen dolorosa, insólita, nunca se me olvida… —murmura Carlos.

Cuando tenía ocho años de edad Carlos Ayesta ya había incorporado una pequeña cámara Agfa a los ojos de su espíritu. Fotografiaba todo lo que deseaba descubrir.

Jamás dejó de usar la cámara. Sólo cuando creó el Grupo de Rescate Venezuela, junto con otros jóvenes arriesgados y románticos, hizo un alto en la fotografía. Pero después de eso, nunca más se apartó de su cámara. Aunque ya no es la misma que le trajo el Niño Jesús.

 

Las protestas

Cuando las protestas políticas en Venezuela, Carlos estuvo muy activo en las calles. Y se mantuvo tomando fotografías completamente aterrorizado. Sin embargo, registró esos momentos consiguiendo unas fotografías que serán parte imborrable de una memoria que resulta dramática y bella simultáneamente. Cruda y hermosa memoria.

Le recuerdo algo que escribió al respecto:

Aterrorizado, no por las bombas lacrimógenas, empujones y maltratos, ni siquiera por la detonación de las armas. Me aterrorizan las imágenes. Las imágenes de la locura.

El clic de la cámara nos provee la imagen de nuestra locura, mi locura. Viendo y sintiendo centenares de imágenes fotográficas que he tomado en estos tiempos, como miradas al espejo, hoy reconozco mi locura. No sé si el simple hecho de aceptarlo me ayudará en algo… quizás a tener menos miedo. Tampoco sé si decir que estoy loco pueda ayudar a otro. En cualquier caso, ofrezco mis imágenes a quien quiera reconocerse en ellas.

 

Fotografía de Carlos Ayesta
Esquina. Fotografía: Carlos Ayesta

Así es su obra

Las fotografías de Carlos Ayesta equivalen a estar de repente en medio de una acción. Porque hasta la imagen de una nube flotando sobre un árbol solitario, logra que quien observa se sienta formando parte de lo que sucedió en ese espacio, cuando el fotógrafo consiguió retener para siempre lo mirado.

Como hacedor de imágenes o hallador de imágenes, es sutil y al mismo tiempo en cada fotografía acentúa la fuerza de lo que ha visto y sentido. No hay detalle al descuido, se trata de una carrera hacia la perfección inmediata, la perfección efímera. Es un lenguaje que necesita sensibilidad para ser íntegramente apreciado. Cada foto suya es como una maravilla revelada en lo cotidiano.

Para Carlos Ayesta la fotografía es un mundo interior, “como cosa del alma”. Él dice que el momento fotográfico se esconde en el tiempo, es siempre un instante. Y quiere explicarlo para que yo lo entienda perfectamente:

—Hay una nubecita que pasa y abajo hay un árbol que es igual a la nube: un milagro, pero después volteas y desaparece. Fue una sintonía con el alma del momento.

—Está bien, Carlos —es todo lo que le digo antes de despedirnos, porque ya he visto esa fotografía. Y no he podido explicarla ni describirla.

José Pulido