“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Jacqueline Goldberg
“Un escritor nunca logra vaciarse del todo”

domingo 6 de febrero de 2022
Jacqueline Goldberg
Jacqueline Goldberg: “Nunca sé qué genero adoptará lo que comienzo a escribir”. Fotografía: Umar-Timol

Leer, comprender y sentir lo que se lee. Sentirlo en carne viva, recibirlo a modo de intemperie, con la mente desnuda.

Esa sería una etapa de la vida sumamente difícil pero muy satisfactoria. Y amar luego todo ese proceso hasta más no poder. Esa sería una etapa de la vida en la que se descubrirían niveles de observación impresionantes, quizás fabulosos. Como si descubrieran un ave o un insecto capaces de mirar a través de los muros.

Digo esto para expresar que la escritura de Jacqueline Goldberg se asimila, se atesora y se disfruta alcanzando un nivel de lectura y de sensibilidad determinados, porque ella se apaga para brillar, florece de improviso y se marchita para florecer. Si apartas los ojos de la noche no ves la estrella fugaz. Igual ocurre con su escritura. Es una poeta que no permite jamás una lectura amorfa y desmayada. Es una poeta digna de ser leída con respeto, pero con adoración.

En su libro más reciente, Ochenta días en Iowa: cuaderno de inapetencias, publicado por Editorial Eclepsidra, Goldberg dice que llegó a Iowa City el día en que cumplió un año de fallecido su padre, y en esa parte del escrito salta su poesía esbozando una especie de autorretrato que se queda flotando como una canción de compleja sencillez:

Descalza de una vida anterior.
Con el talle relativo de los ensimismamientos.

Hay párrafos y frases en ese libro que ocuparán un espacio concreto, como una plaza, no sólo en el lector y en su memoria sino también cada vez que alguien repita en un papel, en una conversación, lo que Jacqueline Goldberg quiso decir en tal obra, cuyo ingrediente esencial es la poesía. Estas interrogantes, por ejemplo:

¿Qué queda del alimento en su tránsito corpóreo? ¿Cuánto nutre, cuánto va al alma?

Y también el autorretrato y la poesía se funden en este fragmento:

La vimos mezclar, servir. Luego invitó al público a sentarse en torno suyo en unos pequeños cojines. Yūshō me propuso acercarme. Pero. Temblé ante la idea de temblar y derramar sobre la alfombra el té. Me negué, lucí grosera. Me arrepentiré siempre. En ese momento no pude explicar mis complejos y la distonía mioclónica que llevo desde niña. Lo haría al final del viaje, cuando el temblor de mis manos era ya familiar para todos.

Todo lo que Jacqueline Goldberg ha resistido y obtenido sobre su cuerpo heredado de sobrevivencias, ha servido para que escribiera de ese modo, con una escritura que en todo momento se desprende de ella y corta de cuajo cualquier relación que no sea el resultado de una inteligencia muy elevada y de un respeto verdadero hacia la vida.

Para decirlo en una línea: Jacqueline Goldberg te arma y te desarma.

Las ternuras tienen que empezar a renacer con fuerza nueva de lo mustio, de lo enfermo, de lo inexplicable doloroso. Las ternuras tienen que renacer como hierbas frescas a los lados del camino donde están los que observan el transitar consciente, el transitar meditado y sin aspavientos. El transitar con destino claro no es desfile.

 

Nos hemos visto

Nos hemos encontrado muchas veces en el ambiente de las presentaciones de libros, en el efímero y apreciado bullicio cultural. Nos hemos saludado y sé que la he leído. Creo que la última vez que nos vimos fue en Ciudad Banesco, ese lugar de encuentro que alegraba como el patio trasero de un banco, el fantasma esplendoroso de una ilusión, donde en el mismo momento podías hablar con unos amigos que hacían de mesoneros, con conocidos poetas, narradores, músicos, periodistas, y de repente pasar al lado de Derek Walcott, tropezarte con el protagonismo cultural de los años ochenta y noventa y, al subir o bajar un escalón, hallarte de frente con Jacqueline Goldberg y su sonrisa de niña, con esos ojos descreídos.

 

Biografía inconclusa encontrada por ahí

Jacqueline Goldberg (Maracaibo, 1966) es doctora en Ciencias Sociales por la Universidad Central de Venezuela y licenciada en Letras por la Universidad del Zulia. Poeta, narradora, ensayista, editora y autora de libros testimoniales e infantiles, desde comienzos de los años noventa su trabajo discurre entre la literatura, el periodismo, la gastronomía y las artes visuales. Con su tesis doctoral, La instalación, tácticas y reveses, bajo la tutoría de Luis Pérez Oramas, Goldberg obtuvo el Premio de Ensayo de la Bienal de Crítica y Ensayo Roberto Guevara (2001).

En el área de las artes plásticas ha ocupado diversos cargos: jefa de la Unidad de Investigación y directora de Programación de la Fundación Museo de Artes Visuales Alejandro Otero; jefa de la Oficina de Extensión y Relaciones del Instituto Universitario de Estudios Superiores de Artes Plásticas Armando Reverón; directora de la Galería Espace Futur Simple de la Alianza Francesa de Maracaibo.

Sus trece poemarios publicados entre 1986 y 2006 fueron recogidos en Verbos predadores, poesía reunida (2007). Luego publicó Postales negras (2011), Limones en almíbar (2014) y Nosotros, los salvados (2015). En 2013 apareció su novela Las horas claras, que obtuvo el XII Premio Transgenérico de la Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana (2012) y, una vez publicada, ganó en 2013 el Premio Libro del Año de los Libreros Venezolanos, la Medalla Internacional Lucila Palacios y fue finalista en el Premio de la Crítica a la Novela del año. Su poesía ha obtenido importantes premios en su país y aparece incluida y reseñada en antologías de España, Italia, Rumania, Inglaterra, Corea del Sur, Puerto Rico, Estados Unidos, Perú, México, Chile, Colombia, Argentina, Brasil y Venezuela.

Ha colaborado con sus textos en diversas exposiciones, la más reciente en Austria junto a la artista venezolana Nayarí Castillo en la colectiva Hotel Metropole: dar futuro a la memoria, que formó parte del circuito “Into the City” del Wiener Festwochen 2015 (Viena, 2015 / Graz 2016).

“Ochenta días en Iowa: cuaderno de inapetencias”, de Jacqueline Goldberg
Ochenta días en Iowa: cuaderno de inapetencias, de Jacqueline Goldberg (Eclepsidra, 2022). Disponible en Amazon

De Caracas no podría decir qué he salvado, sigo en ella, atrapada, acariciada, a ratos maltratada.

La entrevista

—Ochenta días en Iowa. ¿Lo tenías en mente antes o después de llegar a la universidad?

—Mi proyecto de escritura en la residencia de Iowa fue la novela Destrucción, ten piedad, que terminé allá y se publicó el año pasado en Madrid por Varasek Ediciones. Sabía que en algún momento escribiría sobre mi estadía en Iowa, pero no imaginaba qué ni cuándo. En 2020 me inscribí en el Diplomado de Alimentación y Cultura en Venezuela que dictó la Universidad Central de Venezuela y ahí, en las pocas semanas que tuvimos de clases presenciales antes del comienzo de la cuarentena en marzo, me vi hablando de mi comportamiento alimentario en ese viaje maravilloso y a la vez marcado por todo lo que cargaba a cuestas como venezolana. Eso se fue convirtiendo en mi trabajo final, que presenté en octubre de ese año y que luego con más calma convertí en libro durante buena parte de 2021.

—¿Qué dejaste en Iowa?

—Espero haber dejado algo y bueno. Dejé, eso sí, magníficos amigos que siguen contándome de otoños, mis libros en la biblioteca de la universidad, una relación extraordinaria con el que hoy es mi traductor al inglés. Dejé textos producidos allá mismo, un entusiasmo y mi agradecimiento por todo lo recibido en el International Writing Program. Sé que dejé también la imagen de la escasez y la crisis venezolana, que en aquel año 2018 me hizo traer a casa productos de higiene personal, de lo que fueron testigos algunos de mis compañeros y el personal del programa que me llevaba a hacer mercado. Eso hoy a mí misma me resulta nebuloso, casi un olvido si no lo hubiese escrito.

—¿Qué has salvado de Iowa y Caracas en ti?                                    

—De Iowa puedo hablar horas enteras. Quedó una memoria inmensa, no toda en el libro. Quedó la ilusión de que la escritura puede llevarnos lejos, tan lejos como al Midwest estadounidense. Quedó el libro publicado, por supuesto, y que no es poco en estos tiempos tan agrios. De Caracas no podría decir qué he salvado, sigo en ella, atrapada, acariciada, a ratos maltratada. Más me preocupa qué va quedando de mí en Caracas, con tanto hartazgo que siento, tanto dolor y miedo.

—¿En qué se diferencia la satisfacción de probar una comida hecha por tu hijo y terminar un libro como el de Iowa?

—Son mundos aparte. Ver a mi hijo cocinando es una síntesis de muchas cosas que me dan paz. Podría quedarme con eso y no pedir más. Escribir es otra cosa, siempre agridulce. Para mí el proceso de la escritura es angustiante, se me tuerce el estómago, tiemblo, puede faltarme el aire, es casi desagradable. Prefiero el tiempo de la reescritura y la corrección, eso sí que lo disfruto, es como si otro hubiese hecho el trabajo y yo pudiera, irresponsablemente, quitar y poner. Por eso me gusta tanto mi trabajo como editora, leyendo a otros. Luego el proceso editorial y de llegada a los lectores es también un subibaja, es impredecible e incontrolable, cuando da satisfacciones son las más grandes (me ha ocurrido sobre todo con mis libros infantiles, también con mi novela Las horas claras), pero cuando trae amarguras son para siempre. No pienso en eso, está fuera de mi control.

—¿Qué es lo que más deseas expresar cuando escribes?

—Sería muy fácil inventar que expreso mi existencia y profundidades de ese orden. Pero no puedo. No es verdad. Yo misma no sé nunca, al principio, qué quiero decir. Luego viene lo que puedo decir y mucho más tarde lo que logro decir, si es que puedo vislumbrarlo. En Ochenta días en Iowa sabía que quería narrar mi experiencia allá, los detalles de estar en una habitación de hotel, los viajes, la ciudad, ser una escritora en la distancia, una venezolana en lo lejos. Un escritor nunca logra vaciarse del todo, decir todo lo que quería y creía poder decir sobre un tema, por mucho que lo obsesione. Para eso está el resto de la vida, lo que quepa en ella.

No hay individualidades impermeables. Somos un todo con el país, con nuestra comunidad más cercana.

—¿Cómo encuentras la forma de decirlo?

—Nunca sé qué genero adoptará lo que comienzo a escribir. En el proceso se transforma: cuando creo que escribiré un ensayo sale un poema, cuando creo que será un poema sale una novela breve. He dejado de preocuparme por esto. Prefiero más bien admitir la transgenericidad, una escritura en la que convivan géneros y formas sin pedir permiso ni perdón, como pasa en Ochenta días en Iowa. Eso suele ser preocupación clasificadora de editoriales y librerías. Con este libro Eclepsidra valoró precisamente que no hubiese necesidad de etiquetas, que las contuviera todas. Y lo que pasa en librerías sólo me genera curiosidad. Recuerdo con gratitud que en la librería El Buscón había ejemplares de mi libro Las horas claras en el estante de poesía y narrativa. Sueño con un día visitar o regentar incluso una librería de obras transgenéricas, inclasificables.

—El sufrimiento por nuestro país ¿hace diferente el sufrimiento personal, el que cada quien lleva?

—Sin duda alguna. No hay individualidades impermeables. Somos un todo con el país, con nuestra comunidad más cercana. Somos parte de un colectivo que sufre las mismas precariedades, aunque a cada quien lleguen en lo material de manera distinta y se transformen en muy variopintas maneras de sobrevivencia espiritual. Aun los más insensibles, los que se han creído a salvo, los que están lejos, cargan con el dolor del país. Sabemos que, desafortunadamente, ni siquiera segundas y terceras generaciones logran salvarse de las huellas del país, que termina convirtiéndose en una huella genética.

—¿Cuál es hoy tu gran pasión?

—Ver faros en Instagram, soñar que voy a fotografiarlos y escribirlos.

—¿Cómo has vivido la pandemia?

—Muy encerrada y escribiendo mucho. Ya desde 2011 trabajaba desde mi casa y esto no supuso mayor cambio en mis rutinas. Al principio traté de dar cuenta de todo lo que me ocurría, llevé un diario escrito y fotográfico, escribí sobre estar encerrada. Luego me harté de lo que había dejado de ser excepcional y ocurrió el extremo: escribí sobre Iowa y aquella experiencia de la inapetencia, y además terminé un libro de poemas sobre viajes, sobre moverse y estar lejos. Estuvo bien que así fuera, todo lo que he leído sobre la pandemia (novelas, poemas) tiene aún rostro de panfleto, del lenguaje que da la inmediatez, casi siempre superficial. Todo lo que se ha escrito desde la pandemia sobre la pandemia no es para nosotros sino para los lectores del futuro, los aún ágrafos cuando esto ocurría.

José Pulido
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