“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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La poeta Ingrid Chicote:
“Busco memorias menos crueles”

domingo 13 de febrero de 2022
Ingrid Chicote
Ingrid Chicote: “Mi búsqueda, mis palabras están llenas de gente. Nadie crece solo”. Fotografía: Gipmar Martínez

Me gustaba mucho, muchísimo, ver a mi madre sentada frente a sus matas, a punto de descubrir que estábamos llegando a la casa, y que de repente mi hermano Arnaldo dijera:

—Mi comadre te dejó unos poemas…

Todo eso constituía un modo de armonizar con la existencia, de andar contentos al margen de los dramas. La comadre de mi hermano es Ingrid Chicote.

Ingrid Chicote y Rosana Hernández Pasquier son como raíces que hacen fluir la savia de nuestro pueblo pequeño y extraño. Todas juntas las mujeres de la Villa son poesía al por mayor. Creo que escribí uno de los primeros prólogos a un poemario de Ingrid, pero es un recuerdo que no tengo muy claro. Cuando la conocí me sorprendió de un modo inolvidable su personalidad íntegra, sólida, de mujer capaz de poner en su sitio a cualquier montaña descarriada.

Ingrid era muy amiga de mi madre. Ellas hablaban de todo. Ingrid agarraba su libreta y lo escribía. Mi madre le dijo un día a su amiga Ingrid Chicote:

Cuando las arepas están gruesas
me como la concha
y el corazón se lo doy a los pájaros.

 

La entrevista con Ingrid

¿Cómo llegaste a Villa de Cura?

No llegué: me trajeron. Eso fue en 1971. Mi familia paterna, luego del terremoto de Caracas, decidió migrar de la ciudad y buscar un pueblo tranquilo. Cuando pienso en esto siento una gran nostalgia. Vivíamos en la calle principal de Cotiza: Parque Forestal, Nº 29. A veces me pregunto qué hubiera sido de mi vida si nos hubiéramos quedado en Caracas.

Carmelo Aponte era el abuelo del poeta Aly Pérez. Vendía un terreno en Camejo. Compraron esa parcela y nos mudamos. Había una casa de bahareque y la tumbaron para hacer una de bloques. Le tenían miedo a los chipos que transmitían el mal de Chagas.

Mucho más tarde me di cuenta de que el mal de Chagas era una enfermedad transmitida por los chipos pero que había otros métodos para controlarlos. No era necesario tumbar esa casa. Me di cuenta de que necesitaban vendernos el hierro procesado y convertido en cabillas y el cemento proveniente de las minas de San Sebastián de los Reyes. De esta manera comenzamos a perder la memoria, a sentir vergüenza de la originalidad de las casas de bahareque.

 

Recuerdo que decían que no podían enterrar a un angelito sin bautismo y mi mamá y mi papá fueron sus padrinos.

Tu intensa memoria es muy importante para tu poesía.

Yo entiendo que el progreso es necesario, pero la memoria es vital. Yo no quisiera perder la memoria. Amé cada planta del hogar donde crecí, cada frutal de Camejo. Allí descubrí los olores del mango en floración, de las ciruelas de huesito, los mereyes. Recuerdo a una niña, tan pequeña como yo, llamada Crisálida, y a su tía Antonia, que venían a buscar agua del tanque que habían hecho para la casa. Ellas sabían llevar las tinajas en la cabeza. Las latas. Yo las admiraba. Secretamente intentaba hacer eso. Una vez me escapé a su casa. La mamá de Crisálida se llamaba Josefa y tenía un hermano que se llamaba Víctor y un marido que nunca estaba. La mamá de Crisálida estaba embarazada y su bebé murió. Recuerdo que decían que no podían enterrar a un angelito sin bautismo y mi mamá y mi papá fueron sus padrinos. Recuerdo la urnita blanca en el corredor de la casa, las flores. Decían que no se llora a los angelitos.

 

La vida en el campo formó parte del origen en tu poesía, ¿no?

En Camejo aprendí oficios del campo. Me gustaban mis amigas campesinas. Amaba a dos señoras que me parecían bellísimas: Máxima Díaz y Justina Pulido. Máxima tenía una hija: Belkis, y con ella siempre íbamos por esos montes comiendo guayabita de monte y otras frutas y semillas, recogíamos florecitas, tumbábamos panales, hacíamos vasos con hojas de croto para recoger agua de los manantiales y calmar la sed.

Tomábamos leche recién ordeñada, comíamos caraotas cosechadas por nuestras familias. Camejo fue para mí una escuela en todos los sentidos: descubrir el gran manantial de La Toma que cuidaba el señor José Pirona, un hombre muy recio y muy respetuoso de la naturaleza, fue el gran regocijo de mi infancia. Escuchar que quienes subían la pequeña montaña tenían que bajar de día porque después de las seis de la tarde los podía agarrar la bola de fuego o un venado matacán que salía por allí, era una aventura que algún día quería experimentar.

En Camejo le tuve terror a los espantos, al fantasma del señor Carmelo Aponte, a las ramas de un enorme samán en las noches de luna, al fuego fatuo. Pero también tuve la gran fortuna de ver paso a paso la metamorfosis de las mariposas amarillas, que nacían de los gusanos verdes con negro que se reproducían en los guásimos. Allí, la mamá de Máxima Díaz, la señora Candelaria Díaz, me llevó a los bailes de joropo central. Una experiencia vivificante. Con ellas conocí los caminos toponímicos de la zona que conducían a Los Tanques, a Las Cenizas, a El Milagro, a Chaguaramas. Hacíamos ese recorrido a pie, a veces a caballo.

Así llegué a Villa de Cura.

 

¿Qué te gusta de Villa de Cura?

Villa de Cura tiene una luz mística que se expande sobre sus casas y sobre sus cerros. Esa luz se vuelve amarilla en enero y febrero y cambia de tono según varía la posición del sol. Sé que esto sucede en todas partes, pero la Villa tiene la particularidad de brillar gracias a su luz. Cada trimestre la luz tiene fulgores diferentes y asombrosos que se notan en la fronda de los árboles, en la sombra de sus cerros, en las tejas de las casas. Esa luz me da la sensación de que voy viajando en la Tierra.

Me gustan sus calles, sus casas viejas. Villa de Cura es un pueblo de gente pulcrísima y ordenada. Aprendí a apreciar los detalles de esas casas de bahareque con piso de tierra tan cuidada que provocaba quedarse en esos templos. Me gusta caminar por sus calles, me gusta su iglesia y su casa parroquial, las grandes puertas de las casas antiguas que aún quedan en pie, la historia de sus batallas, de los héroes que han surgido de aquí. La vibrante historia que cada día nos va contando.

Me gusta la familiaridad. Yo vivo en uno de los barrios fundadores de este pueblo. Todos se conocen y se ayudan. Por supuesto que hay también quienes odian y tratan de despreciar la belleza. He sufrido por el derrumbe de las casas coloniales en el casco histórico, reducidas a negocios que no sólo afean el pueblo: deterioran la historia.

Me gusta la microhistoria de este lugar, los testimonios de los campesinos, la vitalidad con que españoles, italianos y árabes construyeron nuevas relaciones comerciales y cómo lo hicieron crecer. La relación que tiene la gente con los chinos. Aquí para resumir asiáticos se dice chinos.

Me gusta el espíritu religioso de este pueblo. Sus actividades religiosas católicas. No porque yo sea religiosa sino porque admiro la fe de la gente, la manera de reunirse en torno a la Virgen de Lourdes o del Santo Sepulcro.

Ingrid Chicote
“No puedo escribir desde otra visión que no sea la mía, la de mi propio sentido íntimo de la feminidad”. Fotografía: Gipmar Martínez

En la medida que la gente y su mirada cambia de aspecto, también cambia mi poesía. Me busco en el arraigo.

Hay una profundidad, una búsqueda propia, un acercamiento siempre a las raíces tuyas, a las de la gente. ¿Es lo que sientes más importante?

Sí. Mi búsqueda, mis palabras están llenas de gente. Nadie crece solo. Mirar a la gente, saber verla, ha sido y es el núcleo central de mi poesía donde se encuentran las sábanas oreadas en las casas vecinas, los diferentes olores del agua en cada uno de los quehaceres, la brisa en el cabello de un recién nacido, el olor del sol sobre los trabajadores, el olor a clavito de especie sobre las dulceras, el olor a lápiz de los maestros; todo lo que escribo tiene que ver con la gente, el olor a las cuerdas de la guitarra cuando suena en las manos del profesor Freddy Pulido o el olor maravilloso de las flautas dulces en la casa del profesor José Nadal.

En la medida que la gente y su mirada cambia de aspecto, también cambia mi poesía. Me busco en el arraigo. Aprendí a ser leal a la amistad, a la belleza, porque respeto las raíces de donde provengo. Esta es una feliz coincidencia que comparto con Rosana Hernández Pasquier. Investigo constantemente mi procedencia.

Tenemos una mirada equivocada en cuanto a la constitución de la patria —y disculpe que use esta palabra tan manoseada—, por eso la guerra que estamos viviendo está dirigida a la familia: a desmembrarla, a desarraigarla, a disolver su memoria. Con esta guerra del poder contra la gente se busca, según mi visión, desestimar los viejos y antiguos oficios que tanto bien les hicieron a los constructores del pueblo para dar paso a una nueva esclavitud y destruir el alma de esa patria que está entrañablemente guardada en cada hogar.

Me afecta la diáspora, el sufrimiento de la gente que se va buscando otros horizontes y de la gente que se queda. Veo a los jóvenes sumidos en los vicios y siento una pena profunda. Entonces voy a la memoria a ver si limpio algún camino para mostrar otras lógicas, un atisbo de esperanza. Busco memorias menos crueles que las que se están construyendo en nuestro presente para dejar por sentado que se pueden hacer las cosas de manera diferente. Amo el poema de Enriqueta Arvelo Larriva, “El odio”:

El odio

No quiero mirar hacia ese sitio;
ahí está el odio.

Tiene los ojos curtidos
de mal fuego.

Lo esquivo.
No quiero saber siquiera
cómo hace sus incendios.
No quiero ver su factoría.
Lo rehúyo abiertamente.
Y yo no soy su blanco.

Estoy convencida de que el bloqueo no es económico: es espiritual, y aunque escarbo lo oculto para que la luz se manifieste en mis palabras, sé que mi poesía también está cargada de desasosiego. Mi poesía es un lugar de tránsito con el presente.

 

¿Qué marcó en tu infancia el destino poético?

Mi infancia estuvo marcada por muchos factores: los cuentos de mis tías maternas, de mi padrino. Tuvimos el privilegio de que nos contaran cuentos antes de dormir. Cuando nací, papá comenzó a formar su biblioteca. Crecí rodeada de libros y de historias fantásticas.

Mi tío Miguel Aurrecoechea nos contaba las historias de los mágicos seres de la mitología vasca. Crecí entre lamias, sorguinhas, gentilillerris y brujas de Zugarramurdi, mezcladas con las brujas nuestras: esas que caían en los techos de las casas.

A medida que fuimos creciendo nos contaban los exorcismos practicados por los franciscanos y cómo el demonio salía desesperado de los cuerpos que habían poseído cuando azotaban a la víctima con el cordón bendecido del cura. Sobre esto ahora tengo otras apreciaciones.

Quien más me sensibilizó hacia la literatura y hacia la poesía fue mi profesor de inglés, Jesús Gregorio Díaz. Nos abrió la puerta a las palabras a través de las traducciones de las canciones.

Más tarde descubrí la lectura. En casa siempre estaban leyendo y no nos pusieron freno. Leíamos todo: hasta las instrucciones de los aparatos que compraban. “La lectura se aprende practicando”, decían. Mis tías fueron adolescentes en los años veinte, en una Caracas cosmopolita, donde la pujante cultura de la época inspiró las más altas luchas de justicia. Amaban la poesía de Cruz Salmerón Acosta, de Bécquer. Leían con avidez a Teresa de la Parra y a Edgar Allan Poe.

Mi madre también escribía. Aún lo hace. Entré a la poesía a través de lo epistolar. Presencié muchas veces la alegría de mis familiares al recibir las cartas y esa mirada sobre el cartero con un amor indescriptible. Cartero era sinónimo de felicidad, de tristeza, pero siempre fue el gran mago de mi infancia y de mi adolescencia. Me hubiera gustado tener ese oficio.

Mis profesores de literatura en el bachillerato fueron fundamentales: Ángela Serrano y Pedro Luis La Cruz. Con ellos recibí la orientación de la lectura y dejé de leer indiscriminadamente. Cada lectura tenía su objetivo. Pero quien más me sensibilizó hacia la literatura y hacia la poesía fue mi profesor de inglés, Jesús Gregorio Díaz. Nos abrió la puerta a las palabras a través de las traducciones de las canciones. Con él se nos abrió y se nos amplió el universo musical y el de los idiomas. Y entonces vinieron otras palabras sentidas. Otras vivencias, el despertar a la realidad.

 

¿Es determinante lo femenino en tu poesía?

Soy mujer, soy femenina y me gusta ser como soy. No lo tomo desde el punto de vista de una causa. No: me gusta ser mujer y lo disfruto. Me gusta mi ser y asumo totalmente todos mis roles y me cuido de no olvidarme de mí. Yo quisiera consentirme mucho, con muchas cosas que quisiera tener y sueño con ellas, pero como no las puedo tener, escribo desde la mujer que soy.

Es la mujer la que escribe. No como un apostolado. No puedo escribir desde otra visión que no sea la mía, la de mi propio sentido íntimo de la feminidad. Es allí desde donde nace mi poesía. Cuando digo que “lavar es un acto poético” es porque me parece que todas las cosas que hacemos son actos poéticos y que todo entra en el discurso poético. Lo escribo desde mi yo mujer porque es lo que soy.

La práctica del zazen me ha ayudado a desarrollar el sentido estético de todo lo que hago: los oficios de la casa, las palabras que uso, el cuidado que le doy a mi cuerpo, a mis sentidos, a mis gestos, a mi serenidad. Eso sí que es primordial.

Siento enorme felicidad de ser siempre yo. Pero escribir me permite ser más feliz porque expreso quién soy con total libertad. Con la palabra escrita no se puede mentir. Quien escribe de verdad su verdad no puede estafar a nadie.

 

¿Cuál ha sido tu sueño más preciado?

Sueño un mundo de libertad y de respeto. Un mundo humano. Un mundo donde se comprenda que no se puede tratar igual a lo diferente, que no puede haber tanta justificación para que los poderosos sigan arremetiendo contra la gente sensata. Sueño un mundo de gente despierta, con oportunidades de desarrollo, de gente respetuosa y responsable de sí misma y de los demás.

Mi mayor sueño es volver abrazar a mi hija y a mi nieto que se fueron hace cuatro años. Sueño que no haya más hogares destruidos por la diáspora y por las persecuciones. Sueño que se vuelvan a recuperar los ritos, especialmente los ritos que necesitan los que parten de este plano.

 

¿Qué parte de la vida no puedes explicar, qué se te escapa?

No puedo explicarme cómo pueden mentirnos a través de las redes, de los medios, y desfigurarnos el alma. No puedo entender cómo pueden torcer la verdad si es tan evidente cuando salimos a la calle. Esta mañana, yendo a casa de Rosana Hernández, vi un cartel en una esquina que decía: “Sí hay cupo para Arauca”: la gente se sigue yendo, sigue la diáspora en su apogeo.

Se me escapan las razones que usan los poderosos para justificar los sinsentidos.

No sé si sea el arte del escapismo lo que no entiendo, lo que no puedo explicar: irse pese a los miedos, quemar las barcas, obligarse a salir adelante desde cero en un lugar desconocido. Eso no lo puedo explicar, quizás porque he echado raíces profundas en este pueblo, aunque muchas veces también he querido irme.

No puedo explicarme la normalización de la delincuencia, de las adicciones, la deformación del ser humano. Criminalizar la pobreza, como si entre los ricos y los poderosos no existen criminales. Eso no lo puedo entender. Se escapa a mi comprensión que quienes matan, castigan, persiguen, se muestren como benefactores. Que los poderosos tengan seguidores y defensores escapa a mi entendimiento.

Ingrid Chicote
“No sé qué es la poesía, pero sí sé que surge del estado metafísico del alma”. Fotografía: Gipmar Martínez

He aprendido a lidiar con los duelos de las madres de mi barrio, con los duelos de familias completas que han sido afectadas por la delincuencia o por la policía.

¿Qué haces en esta etapa de pestes y dramas?

Mantengo mi consulta de acupuntura, atiendo a la gente. He tenido que formarme sobre el duelo y todas sus formas. Nosotros no tenemos cultura del duelo. Esta nueva etapa que estamos viviendo nos está acercando a buscar respuestas al dolor metafísico. Acompaño a la gente y sigo haciendo mis talleres de literatura, esta vez vía WhatsApp. Recientemente se me dañó el teléfono.

He aprendido a lidiar con los duelos de las madres de mi barrio, con los duelos de familias completas que han sido afectadas por la delincuencia o por la policía. Ya no importa. Lo importante es que la violencia existe y causa daños irreparables venga de donde venga, y el problema es estructural. No lo puedo cambiar. Lo que puedo es acompañar el dolor de las personas. Lamento mucho que la droga ha intervenido tanto en el destino de los jóvenes que necesitamos educarnos para lidiar con la adicción como enfermedad y oriento a la gente sobre esas situaciones.

En esta etapa de pestes y dramas, las personas buscan alternativas para las dolencias propias causadas por el miedo, el aislamiento, la destrucción de la cotidianidad conocida. Esta época es, definitivamente, una transformación de la humanidad. Yo aporto mis conocimientos de medicina tradicional china a las personas y hago otras terapias que ayudan mucho a sanar el alma.

Escribo diarios de lectura. Me encantan los diarios de lectura. Así voy registrando lo que leo respecto a las situaciones que vivo. Corrijo mis libros y los libros de otros y practico zazen.

 

Hay gente siempre definiendo lo que es poesía. ¿Tienes una idea que te defina lo que es poesía? ¿Cuál es tu definición?

No puedo definir la poesía. Ni siquiera sé si lo que escribo es poesía. Lo que sí puedo definir es el proceso de develación de las palabras como un proceso de epifanías. Todos los días escribo algo como ejercicio para no perder la sintonía, pero la poesía viene como cuando el viento alisa el monte agreste.

Vienen las palabras una tras otra, suavemente. A veces como olas rutilantes, a veces como una vaguada que puede durar una noche o una semana. Llegan las imágenes impregnadas de sentimientos y emociones y entonces las palabras se convierten en aleteo de mariposas, en alas de azulejos, en puñales, en cerbatanas envenenadas, en un lazo amoroso, en una florecita morada para recordar la ternura.

Esas palabras surcan el cielo con el aroma a azahar del naranjo en flor. Nacen desde la íntima esencia del vientre hasta la boca, y van a las manos en forma de caricias o tormentos.

Para mí la poesía es la vida, la existencia, lo innombrable que colma los sentidos, inundándonos hasta que se plasma en la página.

No sé qué es la poesía, pero sí sé que surge del estado metafísico del alma.

 

¿Qué te duele más hoy en día? ¿Qué te conmueve más?

Me duele profundamente la diáspora y la pérdida de tanta gente querida. Me conmueve la tierna y terca esperanza de un mañana mejor.

José Pulido
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