correcciondetextos.org: el mejor servicio de correccin de textos y correccin de estilo al mejor precio

Saltar al contenido

Pablo Montoya:
“La vida de un escritor es breve”

domingo 20 de febrero de 2022
Pablo Montoya
Pablo Montoya: “Así la lengua sea tomada por algunos como la verdadera patria, ella está sometida también a los embates de la globalización y la mercantilización”. Fotografía: Marcela Sánchez • Semana

Disciplina, trabajo constante, manejo magistral de la palabra hacen de Pablo Montoya uno de los autores más notables en la literatura contemporánea de Colombia y Latinoamérica. Al leer su obra histórica, poética, narrativa, de sorprendentes particularidades estilísticas, de excelente recapitulación lingüística, nos damos cuenta de su compenetración con el entorno, de su imaginación sin límites, cómplices en el momento de trasladar sus pensamientos a la página en blanco. Este genial novelista no comulga con la camarilla de intelectuales deseosos de la oportunidad de mostrarse, como pavos reales del arte de escribir, en los salones elitistas de la cultura donde se enaltece a poetas y escritores que se congratulan entre sí.

Entre sus libros relevantes se encuentran Viajeros (1999), La sed del ojo (2004), Réquiem por un fantasma (2006), Cuaderno de París (2007), Lejos de Roma (2008), Adiós a los próceres (2010), Los derrotados (2012), Tríptico de la infamia (2014) y Terceto (2016), entre otros. Ha obtenido reconocimientos como el Premio Internacional Rómulo Gallegos (2015), el José Donoso (2016) o el José María Arguedas (2017).

Como director de la revista colombiana de arte y literatura Zwaan, fue un honor entrevistar a Pablo Montoya sobre su libro Lejos de Roma.

 


 

“Lejos de Roma”, de Pablo Montoya
Lejos de Roma, de Pablo Montoya (2008). Disponible en Amazon

—Desde el primer capítulo de Lejos de Roma se lee la desesperanza, que a la vez se traduce en ausencia del todo, ¿este desaliento es un refinamiento del existencialismo sartreano, por parte de Pablo Montoya?

—Tal desesperanza está vinculada con el fenómeno del exilio en la antigüedad romana. El exilio entonces poseía una doble condición: por un lado, estaba la experiencia del desamparo, que lo representa el Ovidio de las Pónticas y las Tristes. Y por el otro, la vivencia de él como una apertura al mundo de los otros. Esta última era más propia de los estoicos cosmopolitas, tipo Séneca y Marco Aurelio. Lejos de Roma inicia con un “desaliento” muy propio del Ovidio de sus últimos poemas. Pero después, y de manera gradual, su personaje va abrazando la segunda forma del exilio, que es una expresión más del sosiego y la esperanza. En realidad, nunca consideré el existencialismo de Sartre. Aunque uno de los textos que más estimularon la escritura de la novela fue Bodas, de Albert Camus, un libro que, a su modo, es un exponente de existencialismo poético.

¿Qué elementos nuevos aporta Lejos de Roma a la novela breve colombiana?

—La respuesta se la dejo a los lectores. Son ellos, y sobre todo quienes conocen nuestra literatura, los que podrían contestar. Ahora bien, no creo mucho en la novedad de la literatura en estos tiempos, y sobre todo tratándose de una novela como Lejos de Roma. Es un libro anclado en la antigüedad pero escrito a inicios del siglo XXI. Este vaivén de épocas, claro está, no es nada novedoso. Su poeticidad, su fragmentación, su brevedad y su hibridez genérica tampoco son criterios que la hagan nueva. Acaso lo llamativo es que se trata de una novela que se lo juega todo por alcanzar una cierta sobriedad en el estilo literario y la revelación de ciertos aspectos humanos. Una novela publicada, por lo demás, en un contexto en que la literatura colombiana estaba llena de sicarios, narcotraficantes, guerrilleros, paramilitares y otros personajes similares.

“La culpa de todo hombre en Roma es tener ojos. Una noche yo miré y fui castigado”. Es decir, ¿tener conciencia es llevar el lastre del destierro, de la muerte, del autoexilio?

—La conciencia del artista es la que moldea el conflicto en mis libros. ¿Con quiénes? Con los que ejercen brutalmente el poder. Con los políticos, los religiosos y los militares. Mi Ovidio comete faltas de orden político (conspira contra Augusto), de orden erótico y estético (escribe obras peligrosas para la reglamentación sexual de la época de Augusto), y de orden familiar (se ve entrometido en asuntos escabrosos con la hija y la nieta de Augusto). Nada raro entonces que haya sido condenado a la relegación. Por este motivo, Lejos de Roma es la confrontación del artista, ansioso de libertad, con el autoritarismo.

La ausencia de la gran ciudad, de su familia y sus amigos, hace que Tomos sea visto por Ovidio como un espacio de la melancolía.

¿Es Lejos de Roma una crítica poética a la tiranía que durante todas las épocas los gobernantes de turno obligan a vivir al ser humano?

—Sin duda. Tu oración, sin los signos de interrogación, me parece una excelente definición de Lejos de Roma.

—¿Considera que Lejos de Roma es una esfera del simbolismo que rueda por lo inconmensurable de la poesía?

—La poesía es lo que vehicula y hace posible la mejor literatura o, al menos, la que más me interesa. Una narrativa ajena a este alto motor que, a mi juicio, es la poesía, me resulta un poco desabrida. De alguna manera, sigo una premisa de la antigua literatura china: el genio de la prosa está en la poesía. Además, Lejos de Roma, en tanto que refleja la voz de alguien que se pregunta cómo escribir desde el exilio, es la novela de un poeta.

El lenguaje de los habitantes de Tomos “es apenas un vulgar retazo de la lengua de los helenos”, ¿esta forma de expresarse es por causa de un mundo impregnado de crueldad, ignorancia y melancolía?

—Tomos es para Ovidio, en las primeras páginas del libro, un lugar áspero, porque los bárbaros lo atacan con frecuencia. Son coordenadas ignaras porque, en ellas, nadie habla bien latín y son ajenas a la erudición y a la cultura helénicas. La ausencia de la gran ciudad, de su familia y sus amigos, hace que Tomos sea visto por Ovidio como un espacio de la melancolía. Pero, poco a poco, se produce un cambio en su precepción. El puerto del espanto del inicio va convirtiéndose en el lugar del amor, en el de la revelación del poema y del conocimiento de un mundo que se efectúa desde el margen y no desde el centro.

En Tomos, el poeta Ovidio se convierte en un rebelde orgulloso al no aceptar hablar el griego con los pobladores de esta región, que apenas improvisan el lenguaje helénico, ¿ es este un ejemplo más del ego de la raza humana?

—Su negativa se vincula con ese rechazo lingüístico que un tipo de exiliado manifiesta frente al nuevo lugar adonde llega. Ovidio no quiere hablar ni siquiera en su propia lengua porque se sabe extraviado y cree que nadie le va a entender. En este sentido, su ego de romano imperial se manifiesta. Es muy posible que el Ovidio histórico no haya tenido ese tipo de problemas en Tomos por su condición de noble. Pero a mí me interesó pronunciar en mi personaje, más que su arrogancia, su fragilidad. Y ésta es no solamente física, sino que se trasunta a través del escaso conocimiento de las lenguas bárbaras que tiene Ovidio. Sin embargo, las barreras impuestas por todo exilio se van franqueando en la medida en que el protagonista de Lejos de Roma se descentra, se vuelve paulatinamente excéntrico, y comprende que su prepotencia, expresada a través de su lengua, va despedazándose. Hasta reconocer que la esencia lingüística de todo imperio es de índole espuria y fragmentaria. Cuando Ovidio entiende los niveles de su metamorfosis se le devela, a su vez, la esencia de la verdadera poesía.

Parodiando el verso de Horacio, ¿moriría usted por su arte poética, como si ésta fuera su patria dulce y gloriosa?

—Sería una bella forma de morir. Pero en nuestro tiempo, y en este país, se muere por defender la tierra, por pelear por los derechos humanos y de los animales, por denunciar los atropellos que se cometen contra los bosques, por solidarizarse con los desfavorecidos. En Colombia se muere por salir a las calles a protestar por la injusticia, el hambre y la miseria impuestas por sus castas políticas caducas. Con todo, no olvidemos que, así la lengua sea tomada por algunos como la verdadera patria, ella está sometida también a los embates de la globalización y la mercantilización. Hasta tal punto se presenta este nuevo malestar en la cultura que no sabemos si nuestra palabra, la que a veces creemos limpia de manipulaciones, ya no está envilecida por el consumo y la estupidez gregaria.

Yannis Ritsos afirma que su obra “es esencialmente una lucha por la vida”. ¿Lejos de Roma, como sus otras obras, reafirman en su forma de escribir lo dicho por el poeta griego?

—La vida de un escritor es breve. Somos criaturas efímeras sometidas a la implacabilidad del tiempo. En medio de esta carrera vertiginosa hacia la muerte, algunos deciden escribir, pintar, componer música. De todas formas, si no lo hicieran, cualquiera de sus actos, desde el caminar hasta la cópula, está comprometido con la afirmación de la vida. Es Epicuro quien dice, en su epístola a Meneceo, que vivimos sólo para la vida y que la muerte es una experiencia que no nos atañe y, por lo tanto, no deberíamos angustiarnos por ella. En esta perspectiva, casi todo lo que hacemos demuestra nuestra capacidad no sólo de luchar por la vida, sino de gozarla o padecerla con la mayor intensidad.

¿Siente y vive esa sicología ovidiana del retiro, del “hastío de las relaciones mundanas”?

—Soy un escritor en permanente conflicto con esas relaciones. Es verdad que he ido y voy a eventos donde se me invita para hablar de literatura y de mis libros. Que, como escritor, tengo un vínculo con los lectores y lo he asumido con fuerza en estos últimos años. Pero, en el fondo de mí mismo, esos ámbitos no me atraen demasiado. Mi círculo de amigos, en realidad, es muy estrecho. No tengo una vida social agitada y soy bastante huraño. Evito ir a reuniones familiares y lamento que esto incomode un poco a mis hermanos, que son muchos. Sé que ahora, por otra parte, cierto prestigio pasa por los festivales literarios, por las ferias del libro, por la relación con agentes literarios, por ese lobby que algunos escritores cortesanos trabajan con los núcleos del poder cultural hispanoamericano para obtener premios y reconocimientos. Todas esas coordenadas, lo confieso, me fatigan. Prefiero el aislamiento y la calma de ese propio jardín al que se refiere Voltaire al final de Cándido.

El Ovidio histórico está subjetivado en Lejos de Roma. Aunque traté de que hubiese una suerte de simbiosis entre él y yo.

Al leer Lejos de Roma, sentí desolación por el Ovidio de todos los tiempos y felicidad por la poesía, ¿Pablo Montoya creyó lo mismo al escribirla?

—Traté de presentar en la novela los conflictos fundamentales de todo exiliado. Me basé en Ovidio, pero estaba siempre pensando en los vacíos y plenitudes que el exilio me ha otorgado. En tal amalgama, entre Ovidio y yo, fueron apareciendo las impresiones de otros más. En Lejos de Roma procuré que la condición del exilio se manifestara desde una perspectiva universalista. Que se hablara del Ovidio del siglo I y también de los millones de desplazados que hay en la Colombia de ahora. Pero todo esto tenía que decirse de una cierta forma. Y creo que si logré mi cometido, fue gracias al impulso que me ofreció la poesía.

¿Cuánto tiempo le llevó escribir Lejos de Roma?

—Un año y medio. La escribí entre enero de 2004 y julio de 2005.

¿Alguna dificultad histórica con la caracterización de Ovidio?

—Las adulaciones de Ovidio hacia a Augusto, sus ruegos un poco vergonzosos para que le perdonara su condena y lo regresara a Roma, o a un lugar menos inhóspito. En Lejos de Roma evité este perfil porque me interesaba resaltar el opuesto: el de la resistencia, la rebeldía, la independencia del poeta desterrado.

¿Dejó por fuera algún personaje que hubiera pensado incluir cuando gestó la novela?

—Están los que fui imaginando en la medida en que iba escribiendo la novela.

—¿Resaltó más las virtudes o las falencias humanas de Ovidio?

—El Ovidio histórico está subjetivado en Lejos de Roma. Aunque traté de que hubiese una suerte de simbiosis entre él y yo. Pero no podría decir con exactitud cuáles virtudes y falencias hay porque este asunto es, en cierta medida, relativo. Una virtud romana, entre la nobleza a la que perteneció Ovidio, era el respeto al padre, al poder, a la guerra. Y mi Ovidio se aleja de estas circunstancias, pues es un hombre solitario que ha sido expulsado por ese gran patriarca guerrero que es Augusto. Quisiera precisar, en todo caso, que las concepciones poéticas de Ovidio en la novela son, en general, mis ideas. Las del amor erótico están más balanceadas, algunas las tomé de sus textos y otras son mías. Las consideraciones frente a la autoridad del político y las alusiones a la rebeldía del artista son más mías que suyas. El rechazo de Ovidio al exilio, que aparece al principio de la novela, es también una mezcla de lo que él escribió en sus últimos poemas y mis experiencias frente a las diversas extrañezas provocadas por el exilio. Ahora bien, esa especie de expansión que se da hacia los otros, en una buena parte de la novela, no pertenece sólo a nuestros días multiculturales y globalizados, sino que ya existía en Roma y sus modos de asumir a los bárbaros. Por tal razón, no es para nada descabellado que Ovidio, un poeta de la nobleza más culta y erudita, termine enamorándose de una bárbara romanizada.

¿Hay lugares de Colombia que se parezcan a Tomos?

—Había un obstáculo frente a la escritura de la novela. Estaban más o menos claros los personajes, los temas, la estructura del libro. Había leído lo suficiente y tomado notas, pero no encontraba el tono de la escritura. Luego me di cuenta de que algo más detenía el inicio del libro: no sabía cómo era Tomos. Jamás pensé en ir a Constanza, en la actual Rumania, para hacerme una idea de ese paraje adonde había sido relegado Ovidio, dos mil años atrás. Por esos días, con mi esposa Alejandra decidimos ir de paseo a Nuquí, en el Pacífico colombiano. Comenzaba el año 2004. Al llegar a la cabaña de pescadores chocoanos donde nos instalamos, tuve la revelación. Así debía ser Tomos, pensé. Una aldea distante, con un mar gris y levantisco al frente y una selva enmarañada detrás donde iniciaba toda la extrañeza del mundo, y con unas playas sin nadie cuyos dueños absolutos eran los cangrejos. Una de esas tardes, fui a dar un paseo y me topé con una especie de escritura diseminada en una de esas playas solitarias y borrascosas. Evoqué aquellas tablillas en donde solían escribir los romanos del siglo I. Me dije: estas figuras y signos pertenecen a los cangrejos, pero también pueden ser el mensaje de un dios que se los ha dictado. Atravesé la playa, perplejo, y al llegar a uno de sus límites, una marea sobrevino y deshizo el dibujo. Ahí había una bella, ardua y poética metáfora de lo que significa escribir. Surge la epifanía del texto y luego ésta desaparece ante la voracidad del tiempo y las contingencias de la naturaleza. Entonces llegué a la cabaña y, con el océano Pacífico ante mis ojos, escribí el primer fragmento de la novela, el titulado “Los cangrejos”.

¿Qué poeta contemporáneo puede estar viviendo la misma situación de Ovidio?

—Todos aquellos que hayan sido expulsados de sus moradas por un orden político, religioso o sexual. Los poetas disidentes y rebeldes y jamás los neutrales y los cortesanos. Los que se oponen a toda autoridad exclusiva y espoliadora. Quienes están afuera, o se sienten de ese modo así habiten un supuesto centro, y escriban el poema.

En Roma, como en Grecia, están las bases de una buena parte de la cultura occidental, de lo peor y lo mejor que hay en ella.

¿Ha experimentado exilios semejantes como escritor y como persona?

—Mis primeras impresiones de extrañeza ante los otros las tuve en el seno de mi familia. Crecí en un medio muy conservador y católico y muy inclinado a los intereses bursátiles. Cuando me di cuenta de que no encajaba allí (abomino del conservadurismo antioqueño, no me gusta para nada ese catolicismo iletrado e intolerante que se practica por esos lados, y para los negocios no poseo ningún talento), se produjo el primer remezón. Para superar esa crisis, me fui de la casa, me retiré de los estudios de medicina que hacía a la sazón, y de Medellín, ciudad a la que no termino de adaptarme del todo. En Tunja, adonde fui a estudiar música y literatura, conocí la precariedad y la dureza del clima. Las impresiones ante el frío invernal, por ejemplo, que tiene Ovidio cuando llega a Tomos, son más o menos las que yo experimenté cuando llegué a esa ciudad altiplánica. Luego vino el exilio en Francia, que ha sido uno de los períodos más intensos y duros de mi vida. El saberme raro en otra lengua, la certeza de ser nadie en una ciudad gigantesca, pero al mismo tiempo descubrir la otredad y el anhelo de fundirme en una especie de espíritu cosmopolita desde la aceptación de otros hábitos y culturas, fueron conocimientos esenciales que me otorgó París. Pero más tarde, a mi regreso a Colombia, se presentó la otra faz del exilio, acaso la más compleja y desconcertante. Me refiero a aquella en la que, estando supuestamente en tu terruño, te sientes raro y, por ende, forastero en todas partes. Todo esto creo que está reflejado, pero intermediado por la imaginación literaria, en Lejos de Roma.

¿Está entre sus proyectos escribir una obra semejante a Lejos de Roma, con personajes y épocas similares?

—Ahora que he cerrado, con la publicación de La sombra de Orión, la parte de mi obra dedicada a la violencia en Colombia, creo que es hora de volver a la antigüedad romana. Es un período histórico que me fascina. En Roma, como en Grecia, están las bases de una buena parte de la cultura occidental, de lo peor y lo mejor que hay en ella. Por tal motivo, escribir sobre ese período es confrontar los núcleos fundamentales de lo que hemos sido y lo que somos. El advenimiento de la pandemia, la crisis climática y la impresión de que, como civilización, estamos ad portas de una catástrofe planetaria, me ha lanzado al tiempo en que los romanos empezaron a vislumbrar con claridad que ellos también habrían de sucumbir. Hay un personaje, Marco Aurelio, que me atrae por encima de muchos otros pertenecientes a esta época. Ahora estoy tratando de estudiar lo mejor posible su figura, su obra conformada por sus Meditaciones y sus cartas, su imperio, su tiempo, y creo que mi próxima novela girará en torno a él. Sé que el reto es supremo. Muy distinto al que me impuso la escritura de Lejos de Roma. En esta novela el protagonista es un poeta expulsado y se narra todo desde una determinada periferia. La que estoy construyendo ahora está dedicada a un emperador y por ello debo tratar de meterme a un imperio en la cabeza. Pero, como en Lejos de Roma, en este nuevo libro quien habla también lo hace desde un bastión bárbaro rodeado de niebla y olvido. Y lo hace con la certeza de que la embarcación de Roma, que él capitanea y está asediada por diversas tormentas, terminará encallando y hundiéndose en el mar.

¿Flavio es una representación del hombre revolucionario de todos los tiempos?

—El destino de Flavio, en tanto que conspirador de Augusto, es el de la mayor parte de los rebeldes cuando llegan al límite de sus acciones. A Flavio lo ajustician y a Ovidio lo destierran. Pero está el otro, el revolucionario que tan bien disecciona Camus en El hombre rebelde, el que promueve y realiza el cambio y luego forma parte del establecimiento, ejerciendo un poder que es, por lo general, siniestro. Los tres casos, finalmente, explican muy bien cómo se comporta el ser humano frente a estas circunstancias.

Augusto es la imagen de los gobernantes tiranos de cada época, ¿la historia seguirá marcada por este tipo de personajes, no hay esperanza de un mundo menos desastroso?

—El panorama actual es crítico y la esperanza de que podamos vivir por mucho tiempo, como especie, se hace cada vez más lábil. Hay quienes piensan que ahora estamos mejor que antes y que este, el que vivimos ahora, es el mejor de los mundos posibles. Hay democracias, hay derechos humanos, las mujeres votan y algunas son presidentas y primeras ministras, y están la ciencia y los medios de comunicación y la tecnología que avanzan a pasos enormes. En fin, estos argumentos hacen creer a muchos que vamos bien. Pero si estos desarrollos son reales, tampoco es menos cierto que sus beneficiarios no son la gran mayoría. Además, la economía capitalista y neoliberal le ha causado al planeta grandes males. Basta pensar en la naturaleza. Concebirla como una fuente inagotable para un consumo demencial es una manera errada de asumir nuestro paso por la vida. En este horizonte de debacle general, los poderosos del mundo, representados por Augusto y su autoritarismo, siguen pelechando. Se reproducen infatigablemente y casi que con los mismos comportamientos. Aunque, si fuéramos optimistas, diríamos que el ejercicio de una democracia más justa, que algunos países del mundo practican, quitaría del ruedo político a esas figuras que tantos problemas han ocasionado a las sociedades, pero que son y seguirán siendo festejadas por el redil.

Se me vino la idea de que Ovidio me serviría para decir todo lo que sobre el exilio, por una razón u otra, no había escrito.

Higinio cree que “en las bibliotecas nada es hallazgo y todo en cambio es extravío”. Según este enunciado, ¿escribir no tiene sentido?

—Higinio, en Lejos de Roma, es una mezcla del escritor latino que escribió fábulas magníficas y de Borges. Sus concepciones sobre la biblioteca vienen, por un lado, del escritor argentino, y por el otro, de Pascal Quignard. Es como si en Higinio hubiese algo de la espantosa biblioteca de Babel del primero y otro tanto de las consideraciones melancólicas del pequeño tratado “La biblioteca” del segundo. Este anacronismo literario se produce, valga la pena resaltarlo, en el espacio de la Biblioteca Palatina donde se encuentran Higinio y Ovidio para dialogar sobre libros y autores y guisas de entender la literatura. Pero a veces sospecho, y esta es una idea que planea en varios de mis libros, que escribir, componer o pintar cumplen una función meramente consoladora en medio del continuo desasosiego del mundo y de los hombres. Pero así esto represente un sinsentido, sigo escribiendo y los personajes que he creado hacen arte en medio de la crisis. Ellos y yo no tenemos otra alternativa.

¿Cuál es la génesis de Lejos de Roma?

—Está en un breve poema de Viajeros que se llama “Ovidio”, y que escribí por allá en 1996. Entonces no tenía idea de que mi segunda novela le estaría dedicada. Luego, ante el embate de mi experiencia exiliar, escribí Cuaderno de París, entre 2000 y 2002. Este libro recoge mi itinerario colombiano, en clave poética, por esa ciudad que celebro y fustigo al mismo tiempo. Pero me di cuenta de que muchas de las cosas esenciales del exilio no las había dicho en aquellas correrías entre delirantes y malditas. Fue entonces cuando se me vino la idea de que Ovidio me serviría para decir todo lo que sobre el exilio, por una razón u otra, no había escrito. Recuerdo que esta decisión la tuve cuando estaba recién llegado a Medellín, en 2003, y acababa de terminar mi primera novela, La sed del ojo.

Detrás del autor de Lejos de Roma está el intelectual, el historiador, el poeta, ¿el hombre desolado también?

—Vivimos tiempos caracterizados por un juvenismo y un consumismo excesivo. En esta perspectiva, la “euforia perpetua”, para emplear una expresión cara a Pascal Bruckner, pareciera ser la divisa. Me parece necesario, y porque obedece a mi temperamento, introducir en mis libros este matiz desolado y escéptico, aunque no nihilista. Actúa como un antídoto ante el optimismo, a veces ridículo y patético, de todos los populismos. Se trata de una especie de desesperanza de raíz entre estoica y epicúrea. Y digo epicúrea porque, a pesar de esta especie de melancolía, hay siempre en mis libros un toque luminoso. Y muy especialmente en Lejos de Roma, donde hay un homenaje al hombre solar. Ese ser, nutrido de luz, que se ha cantado desde La naturaleza de las cosas de Lucrecio hasta Bodas de Camus.

¿Cree que Colombia actual, que tiene concentrados los poderes políticos, económicos, militares y religiosos, como los tuvo Roma en el tiempo de Ovidio, pronto verá caer este imperio, o no es tan optimista?

—Espero que este proyecto nacional llamado Colombia, cuestionado ahora desde diversas atalayas, empiece a desmontarse. Es un país creado por unas élites políticas injustas y crueles. Continuado por ellas a través de un modus operandi violento, y espero que algún día podamos, democráticamente, elegir a dirigentes más sensatos. Es difícil conseguirlo a corto plazo. El nuestro es un país políticamente analfabeto y cooptado por las mafias narcoparamilitares. Sus índices de abstención son alarmantes y sus gentes, quienes votan, lo han hecho por personajes que no han estado a la altura de sus cargos. La desigualdad social y la pobreza, la guerra y el crimen, la corrupción política y la total falta de confianza en nosotros mismos como colectividad, han sido constantes en la historia colombiana, y no creo que este andamiaje pueda caer pronto. Quizás la situación climática nos obligue a transformar costumbres y comportamientos, y esto influya para el cambio de los poderes políticos, económicos, militares y religiosos que el país necesita.

En Tomos “la paz no es más que espanto y fuga”; en el mundo actual es aplicable esta sentencia, ¿esta es una realidad sin fin?

—Ha sido la constante en la historia de las civilizaciones. La última paz que se ha edificado en Europa, por ejemplo, surge como una consecuencia del matadero de las guerras napoleónicas y las mundiales del siglo XX, que son su corolario. Actualmente algunos de estos países, como Francia, por ejemplo, viven en paz, pero gran parte de su economía está basada en la venta de armas. Las grandes potencias del planeta, que gozan de una paz similar, exportan armas y así estimulan la guerra en otros lugares. A todas luces es una actitud hipócrita. En esto reside nuestro colaboracionismo en tanto que somos ciudadanos pertenecientes a proyectos nacionales fundados en el militarismo que apoyamos con nuestros votos. Hemos construido unas coordenadas malsanas y esto viene, justamente, al permitir que sean los guerreros los pilares de los sistemas sociales, desde los tiempos de la antigüedad romana. Por esta razón, por mi rechazo radical a los modelos civilizatorios basados en la guerra, es que en Lejos de Roma se levanta una crítica a este orden de cosas. Ahora bien, el Ovidio histórico jamás hizo una condena de este tipo, pero el de la novela no vacila en formularla.

Lo que escribo, y lo que escribimos la mayor parte de los colombianos, es necesariamente una literatura política.

¿Dónde queda la realidad al escribir Lejos de Roma?

—Está más allá de la página escrita. En tu casa, en tu ciudad, en el país, en el mundo que palpita a cada instante y cree avanzar en el tiempo en medio de los múltiples nacimientos y las muertes. Un libro es como una isla, como una burbuja, como un pedazo de imaginación hecho de signos que intenta reflejar la realidad. Y hacerlo es una empresa temeraria en la cual los escritores lo damos todo. Pero la realidad es muchísimo más compleja, más apasionante, más viva y por lo tanto más digna de celebrar que un libro.

¿Llegaría a considerar Lejos de Roma como un cuento extenso?

—La escribí pensando que era una novela poética que puede leerse como un largo poema en prosa dividido en capítulos que pueden leerse como cuentos cortos atravesados de consideraciones ensayísticas.

Resulta que ahora, de manera cínica, el gobierno colombiano habla de literatura neutra, ¿en qué fase está Lejos de Roma?

—Lo literatura neutra es el concepto de un embajador estulto que pertenece a un gobierno incompetente. Lo que escribo, y lo que escribimos la mayor parte de los colombianos, es necesariamente una literatura política. Lejos de Roma está anclada en la relación siempre conflictiva entre el poeta libertario y el político autoritario. Y, por supuesto, siempre estaré a favor del primero.

En Lejos de Roma hay un mundo atroz, descarnado, y a la vez un universo poético fascinante, ¿cómo logra compaginar estos acontecimientos a la perfección?

—Traté de establecer un diálogo entre el pasado romano y los tiempos de ahora. Ambos están atravesados de atrocidades, pero también existen los destellos de la belleza. El arte, todo arte, debe dedicarse a desentrañar tales paradojas.

¿Es Lejos de Roma una alegoría de la ferocidad humana?

—La novela no está escrita en forma alegórica. O, al menos, no la hice bajo esos códigos. Pero si hay una expresión de la ferocidad humana, reflejada en un imperio gobernado por autoridades férreas, se muestra igualmente la posibilidad de resistirla con cierta dignidad. Lejos de Roma lo hace a partir de las peripecias de un poeta abocado a la soledad del exilio.

¿El erotismo, la poesía, la catástrofe, el mundo bárbaro, el exilio, confluyen en Lejos de Roma como algo necesario para armar el rompecabezas de una literatura histórica-ficticia?

Lejos de Roma bebe de la historia pero no pretende ser una novela histórica. Se aleja de esas obras fundadas en la convicción, del escritor claro está, de que lo histórico es propio de la arqueología, y de que si la literatura se entromete en su dominio, pues debe también impregnarse de una reconstrucción fidedigna. Un lector se acercó a mi novela creyendo que allí podría hallar algo parecido a la Roma real o verdadera de Ovidio. Por supuesto se sintió decepcionado ante un universo literario más de orden onírico y poético que propiamente histórico y narrativo. Un universo que, como lo señalas, pone en diálogo diversas situaciones de la condición humana. En realidad, creo que lo que debería primar en las novelas históricas es la ficción. Y acaso por tal motivo, este tipo de libros ayudan a imaginar el pasado más entrañablemente que los mismos libros de historia. Ese inmenso territorio del pasado, aquello que poseemos los seres humanos en tanto estamos modelados por la memoria, es un vasto e inasible rompecabezas que entre muchos intentamos descifrar.

¿Se sentía prisionero de sí mismo mientras escribía esta estremecedora novela?

—Todo proceso de escritura, para mí, es ambivalente. Supone una ardua sensación de precariedad, en donde cabrían el encierro y la impotencia, pero también, y al tratarse de la gestación de Lejos de Roma, me produce una impresión muy sugestiva de liberación.

¿En la historia de la literatura mundial, cuál otro libro tiene semejanza con Lejos de Roma?

—En lo que tiene que ver con la reconstrucción literaria de Ovidio, Lejos de Roma se hermana con Dios ha nacido en el exilio, de Vintila Horia; Una vida imaginaria, de David Malouf, y El último mundo, de Christoph Ransmayr. Algunos lectores han visto lazos, que yo reconozco y celebro, con Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar.

El exilio posee una condición de marginalidad que me atañe demasiado en lo que tiene que ver con la escritura.

Si hubiese escrito Lejos de Roma en la época del boom hispanoamericano, ¿se habría sentido bien en este acontecimiento editorial?

—Hubiera pasado desapercibida. Lejos de Roma no tiene nada que ver con la estética literaria de ese movimiento. Por su esencia, ajena al bullicio de las mafias culturales y políticas y la comercialización editorial, la novela sigue circunscrita a un pequeño círculo de lectores. Sólo circula en Colombia y España en la edición de Sílaba e Igitur, que son editoriales independientes. Y en Dinamarca e Italia, donde ha sido traducida, ha pasado todavía más desapercibida. La novela goza del destino genuino de los desterrados. A su lado, una palabra como boom disuena completamente.

¿Se pensó exiliado de sí mismo al escribir esta novela?

—El exilio posee una condición de marginalidad que me atañe demasiado en lo que tiene que ver con la escritura. Me acojo a esa idea y a esa impresión cuando escribo cualquier libro. Jamás me he sentido dueño de un centro, ni en la vida real, ni en las ficciones que he tramado. En Lejos de Roma esta sensación es llevada, por momentos, al extremo. Es un libro cimentado en la extrañeza de sí mismo y de los otros.

¿En cuál país ha percibido, con más violencia, el mundo que describe en Tomos?

—Noé Jitrik leyó Lejos de Roma y opinó que una novela así sólo la podía escribir un escritor colombiano. No puedo afirmar que todo lo aciago que sucede en su trama haya pasado en Colombia, pero la escribí desde esta parte del mundo y muchas de sus violencias provienen de ella.

¿Habría escrito Lejos de Roma sin la tecnología actual de forma tan bien investigada?

—Cuando la escribí no había las redes sociales de ahora, yo no tenía teléfono celular y consulté muy poco la Internet. Leí mucho, viajé algo y estuve atravesado de pies a cabeza por las impresiones del desarraigo que viví cuando regresé a Colombia. Recuerdo que tuve un mapa de National Geographic de la Roma antigua, pegado en una de las paredes de mi estudio de Medellín, mientras escribía la novela. Lo veía, con sus vías estrechas, los templos y palacios suntuosos, el río Tíber y las colinas verdes, los altos acueductos y los barrios populosos. Luego cerraba los ojos y trataba de perderme en esa ciudad que Ovidio evocó tantas veces desde Tomos.

Últimas entradas de Carlos Alberto Agudelo Arcila (ver todo)