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Carlos Pérez Ariza:
una y mil veces periodista

domingo 8 de mayo de 2022
Carlos Pérez Ariza
Carlos Pérez Ariza: “El periodismo es literatura de urgencia, si está bien narrado y escrito”.

Éramos periodistas de reportear en cualquier terreno. No porque fuéramos veteranos en acción sino porque leíamos mucho, teníamos sueños de escritura y la audacia nos poseía. No sabíamos lo que significaba el aprendizaje de la calle para el periodista, pero lo aprendimos. Carlos Pérez Ariza y yo nos conocimos cuando estábamos destinados a escribir de cultura, a establecer puentes entre el público y los artistas, los creadores de toda disciplina en el arte, los intelectuales.

Éramos un lote poco ceremonioso y muy agudo. Si se quiere, deliciosamente inspirados por la idea de hacer un periodismo más literario. No éramos escasos, pero ahora voy a decir que nos encontrábamos a menudo en esa brega Carlos Pérez Ariza, Luis Lozada Soucre, Édgar Antonio Moreno Uribe, Patricia Guzmán, Maritza Jiménez, Miyó Vestrini y yo. Y un brillante joven, que se iniciaba en el periodismo y en el teatro, cuya vida periodística se tradujo en brevedad, pero fue un resplandor inolvidable: Marco Antonio Ettedgui. Él estaba pendiente de que ninguno de los antes mencionados se hallara ausente cuando iba a comenzar una rueda de prensa, por ejemplo. Su solidaridad era una de sus tantas virtudes. Miyó nos inspiraba. Eso también hay que decirlo.

Yo admiraba la soltura, el desenfado y el conocimiento que tenía Carlos Pérez Ariza del teatro. De la literatura. Y su vocación periodística era incomparable. Parecía diseñado para ser periodista de altos objetivos. Sus preguntas eran certeras, escudriñadoras. Preguntaba lo que él deseaba transmitir a los lectores y se aseguraba de que eso quedara como una memoria imprescindible.

Se movía como un gato. Parecía ronronear como un gato cuando le gustaba algo, una pieza teatral, un libro, una obra de arte, un instante. Pero si lo empujabas podías escuchar el rugido. Era un tigre guardado. Lo sigue siendo. Siempre ha sido un hombre cabal. Bien estructurado en su moral. Irónico y digno simultáneamente. Una y mil veces periodista.

 

Nos dedicamos a recordar que al Hotel Nacional llegaban las actrices y los actores más famosos de Hollywood y los peligrosos gánsteres que después inspiraron películas.

Una pequeña aventura

Carlos Pérez Ariza por El Diario de Caracas y yo por El Nacional, fuimos invitados a La Habana para escribir sobre un festival de teatro donde actuaría de manera destacada el grupo venezolano Rajatabla. Carlos y yo vivimos esa vez una experiencia inolvidable. No nos pusieron a disposición ninguna máquina de escribir y por lo tanto no podríamos enviar a Caracas nuestros reportes. Entonces, Carlitos tomó una máquina de escribir enorme y vieja que vio en una oficina y la llevó a mi habitación del Hotel Nacional donde estábamos alojados. Escribimos sin parar nuestras notas. Y al tercer día nos llamaron a recepción. Nos llevaron a un ministerio donde un funcionario, con nuestros pasaportes en la mano, anunció que debíamos salir de la isla porque habíamos dispuesto de una máquina que era propiedad del Estado.

Carlitos le dijo al funcionario: “¿Cómo íbamos a reseñar entonces este festival de ustedes sin una máquina de escribir? Y no la hemos robado: la hemos tomado prestada hasta que la cinta se acabe”. Sus argumentos fluyeron con serenidad y logró convencer al hombre de que nos devolviera los pasaportes y nos regresara al hotel. Pero seguimos sin máquina de escribir. Y nos dedicamos a recordar que al Hotel Nacional llegaban las actrices y los actores más famosos de Hollywood y los peligrosos gánsteres que después inspiraron películas. Yo me conformaba con pensar que estaba alojado en la habitación donde durmió Rita Hayworth.

 

La entrevista

¿Cuándo te fuiste de Venezuela?

En enero de 1991. Tras ganar el Premio Iberoamericano de Periodismo. Estaba en mi segunda etapa en El Diario de Caracas pilotando, con Luis Lozada, la sección Cultura/Espectáculo.

Los convocantes del premio —la Sociedad del V Centenario del Encuentro de Dos Mundos y el Gobierno de Canarias— habían fijado el tema “La libertad de expresión en Iberoamérica y España”. Así que me puse a la tarea, con entrevistas y análisis sobre esa forma de libertad, que pese a estar garantizada por la Constitución venezolana del 59, tenía defectos en su aplicación.

(Tres decenas de periodistas de América y España participaron. Ganó el trabajo de Carlos. Como tenía que ir a recibir el premio a España y su madre se había ido ya a Málaga, viajó en enero de 1991).

Hubo otras circunstancias que aproveché. Había sucedido el “Caracazo”, un episodio oscuro en ese momento, pero que mi olfato periodístico me decía que aquello no podría haber sido sólo una algarada popular sin liderazgo, sin un plan. Sabemos ahora que fue un ensayo de todo lo que vino después: golpe fallido de Hugo Chávez, la revolución bolivariana, el régimen cubano tras todo aquello… en fin, hubo y hay un plan. Olí, en aquellos días del 89/90, que todo iba a ir a peor. Lamentablemente no me equivoqué.

Por otra parte, los directivos de ARS me ofrecieron trabajar en su sucursal de Madrid. Así que tomé la decisión —nada fácil y arriesgada— de, con la excusa de ir a recoger el premio a España, quedarme a probar suerte, y renuncié por fax a mi cargo en El Diario un mes después. Tras recoger el premio en Canarias fui a Málaga a ver a mi madre, a quien no veía desde 1979, pues se había ido de Venezuela a nuestra ciudad natal. De ahí me instalé en Madrid y comencé a colaborar con ARS-Madrid, pero fue por poco tiempo, pues decidieron cerrar sus relaciones con ARS-Caracas y tuve que comenzar a colaborar como periodista en un nuevo diario: El Sol de Madrid. Eso fue de 1991 a 1993. Años duros.

Tras el cierre de El Sol, abrí una agencia de comunicación con una periodista española, Concha Vargas, hermana del alma. Nos fuimos bandeando un par de años, hasta que se pudo. En ese lapso se vino a vivir y estudiar en Madrid mi hijo Juan Carlos, que se graduó en la Real Escuela de Arte Dramático como director de escena. Y en verano de 1997 decidí mudarme a mi ciudad natal, Málaga, a dar clases de periodismo (redacción) en el campus malagueño de la Wales University, con un contrato precario, pero estaba cerca de mi madre.

 

¿Cómo llegaste a la universidad en Málaga?

Hice los cursos de doctorado en la Universidad de Málaga (UMA) y la tesis doctoral entre 1997 y 1999, y la propia tesis de ahí al 2000. El 16 de febrero de 2001 defendí mi tesis, titulada La libertad de expresión en España y nuevas tecnologías (década de los 90). El tribunal, formado por cinco catedráticos de distintas universidades españolas, dio la máxima calificación (sobresaliente cum laude), que es necesariamente por unanimidad. Ese mismo año la tesis concursó en el certamen nacional de trabajos doctorales sobre comunicación y, oh sorpresa, contra 72 contrincantes, ganó mi tesis. El premio fue la publicación. Y a finales de ese año 2001, concursé por tres plazas de profesor con sendos trabajos y currículo… otra sorpresa es que gané las tres, pero sólo se permite ocupar un puesto, que fue diversas asignaturas de Periodismo en el grado y el desarrollo de mi tesis sobre libertad de expresión en el posgrado (doctorado).

Tras tantos años de ejercicio, me pareció que enseñar a pensar como periodistas a esta nueva generación enfrascada en lo digital merecía la pena.

En 2015, tras haber ascendido en el escalafón académico, mi decano me propuso dirigir la campaña electoral de un vicerrector y rector en funciones. Era un reto, porque le consideraban un continuista de la rectora con quien había sido vicerrector doce años. No le conocía personalmente, pero en la primera entrevista le puse dos condiciones para hacerme cargo de su campaña: una, que me hiciera caso; dos, que en el momento que no lo hiciera lo dejaba. Hizo caso, y ganamos la primera y la segunda vuelta. Fue muy estresante, porque hubo tres candidatos y me dejé seis kilos de agosto a diciembre de ese año, pero ganamos. El rector electo me nombró vicerrector de Comunicación y, al mismo tiempo, del Gabinete del Rectorado. En eso estuve hasta el 1 de octubre de 2017. En la academia española al cumplir setenta años es obligatorio jubilarse. Una norma absurda, pero ya sabes, dura lex, sed lex. Sobre todo porque yo estaba en funciones de gobierno de la UMA (40.000 estudiantes, 2.000 profesores, 1.500 empleados) y la docencia estaba reducida sensiblemente, sólo clases en el doctorado sin nada en el grado.

 

¿Qué te hizo escoger la docencia como máxima actividad como periodista?

Al salir del ayuntamiento seguí mi actividad docente, que mantuve sin alteraciones; en 2008 y durante los siguientes once años, hasta 2018, mantuve mi columna de opinión cada martes sin falta en el diario La Opinión de Málaga. Una muestra de esos artículos está recogida en mi libro de abril de 2021, La prensa mancha y letras urgentes, que tiene dos partes: una de reflexión sobre los derroteros del periodismo actual y otra con los dichos artículos, donde toqué todo tipo de temas de actualidad, y no sólo los locales. La docencia fue una salida laboral y vocacional. Tras tantos años de ejercicio, me pareció que enseñar a pensar como periodistas a esta nueva generación enfrascada en lo digital merecía la pena.

 

¿Por qué no continuaste escribiendo de teatro?

Ya sé que me recuerdas como un modesto dramaturgo e implacable crítico de las artes escénicas, con aquella columna Tramoya de mis tormentos. Fue una etapa hermosa, que me puso en la dirección de comunicación en dos ediciones del Festival Internacional de Teatro, de nuestro querido e inolvidable Carlos Giménez. También en el consejo de redacción de la revista Imagen. Y en varios premios a mi obra de aquellos días. Una vez en España, mi cuerpo literario pidió novela, donde la prosa poética y el diálogo vinieron a ensanchar mi universo creativo. En Madrid escribí la primera, Pagadero al portador, una aproximación a la historia de Venezuela en su devenir de la democracia a la dictadura. Fue publicada por la Editorial Betania en 1997. Y he seguido esa ruta. Sin olvidar mencionar los libros y artículos académicos.

 

¿En qué se diferencian las satisfacciones de docente y de reportero?

Son distintas, aunque parecidas. En ambas tienes que estar montado en la actualidad. Mis clases de la cátedra de redacción comenzaban comentando las noticias locales, nacionales y extranjeras. Les formaba el hábito de estar informados, de pensar como periodistas. El resto era enseñarles a escribir bien. Mi mismo ejercicio era paralelo a las clases, ya que escribía todas las semanas la columna Mare Nostrum. Pero sabes tan bien como yo que hacer reporterismo es para la juventud, la tropa es la que tiene la vitalidad, resistencia y fuerza para esas jornadas interminables que tú y yo nos chupamos tantos años.

 

¿Qué recuerdas de Miyó Vestrini y otros amigos?

De Miyó aprendí el amor por la letra urgente pero exacta, a la que ella no le daba cuartel. Implacable con la mala escritura, con la falsa cultura de los superficiales. Crítica con la hegemonía cultural venezolana radicada en algunos cenáculos del poder. Una periodista insuperable, sin darle margen al desaliento. Una profesional de altísima altura. Con un halo de humildad ante los bisoños que éramos a su lado. Crítica hasta la exasperación. No pasaba una mala redacción. Nuestro amor profesional era mutuo. Compartimos tantos momentos en aquella redacción, en su casa de Caraballeda, en la de Sebucán. Fue siempre una fiel compañera delante de la máquina de escribir, que golpeaba con la furia de su genio. No hay día que no la recuerde, especialmente cuando escribo, me encomiendo a ella y le pido corrección. Fue una grande periodista e inmensa amiga. Fue una fortuna, un honor trabajar a su lado durante aquellos años en El Diario de Caracas. Cuando la despidieron del periódico fue el día más amargo para mí. Ella, aunque lo tomó con la entereza que la vestía, sintió y sentimos que era una injusticia mayúscula. También recuerdo con inmenso cariño a otro compañero, hermano querido, que falleció el año pasado, Luis Lozada. Fuimos cómplices en aquel Diario en la primera y la segunda etapa nuestra. Fue un periodista de alto vuelo y de inmensa sensibilidad.

 

Al cerrar la UCV el presidente Rafael Caldera, me inscribí en Periodismo en la Ucab. De esa etapa son mis recuerdos más preciados.

¿Cuáles son tus mejores recuerdos de tu trabajo y de tu vida en Caracas?

Mis recuerdos de Caracas entre 1960 y 1991 son media vida. Desde los doce años hasta los 44 años viví en aquella urbe que crecía de un pueblo grande a la megametrópolis que ya era a finales de los ochenta. Tengo un profundo cariño de mi etapa infantil y juvenil como scout. Viví intensamente esos años de reuniones con el grupo scout, que se juntaba los sábados por la tarde en la Capilla Universitaria de la UCV en la plaza Venezuela. Fue una educación en democracia y hermandad, que me enseñó un país de camaradería. Allí aprendí a cantar el Gloria al bravo pueblo y eso no fue poca cosa a mi corta edad, viniendo de un país donde la dictadura franquista era la ley. Terminé mi bachillerato, que había empezado en los Maristas de Málaga, en La Salle La Colina. De allí a la UCV, donde intenté sin éxito entrar en Medicina, como querían mi madre y mi abuela. Hice un año de Psicología, pero la letra era lo mío. Al cerrar la UCV el presidente Rafael Caldera, me inscribí en Periodismo en la Ucab. De esa etapa son mis recuerdos más preciados. Hice casi toda la carrera trabajando en el diario 2001, que acababa de salir a comienzos de los setenta.

Estuve allí y en las revistas del Bloque Dearmas, Momento, Bohemia. De esa etapa recuerdo especialmente lo duro que fue cumplir con las tareas diarias en aquel 2001 de donde salía a las cinco de la tarde para ir a clases en la Ucab desde las seis hasta las diez de la noche. Fueron años duros de pelar. Tuve dos directores memorables en Bohemia: Oscar Yánez y Efraín de la Cerda.

Estuve en Chile en el año 1973 cubriendo el golpe militar contra el presidente Allende. Y en Nicaragua, en Solentiname, entrevisté a Ernesto Cardenal, una entrevista inédita rescatada, fue publicada el año pasado en dos revistas digitales: en El Tapete, que dirige Manuel Felipe Sierra, y El Sol Digital, de España, dirigido por Vicente Almenara.

Recién graduado en 1975 tuve una experiencia como redactor en Corpa, donde conocí a Chelique Sarabia, era mi jefe directo, participé en la creación de la primera campaña de PDVSA; creamos el lema “La empresa nacional”; fue durante el primer mandato de CAP. Otro recuerdo imborrable fue mi experiencia como director de comunicación del Ministerio de la Juventud, con Charles Brewer Carías de 1979 a 1980.

Sobre mi vida en Málaga (hasta mis once años), mi llegada a Caracas (de los doce a los 44) y mi vuelta a España (a los 44 años y hasta hoy) estoy escribiendo una novela… No exactamente autobiográfica, pero con trazos de la misma y ficción añadida. Es un reto entre dos personajes protagónicos-periodistas. Voy por 150 páginas, será larga.

 

¿Qué añoras en este tiempo?

No tengo un sentimiento frágil o melancólico de aquellos años como estudiante, periodista, redactor de publicidad. Pero visto a la distancia miro lo que perdimos: una democracia imperfecta, que por su dejadez en desarrollarse plenamente y enfocar las muchas desigualdades propició, sembró el caldo de cultivo para que se diera la aventura del intento de golpe militar, tras esos cuarenta años de constitucionalidad, y la irrupción de la antidemocracia para acabar con la ilusión que vivimos durante esas casi cuatro décadas. Qué fácil hubiera sido aplicar con voluntad y precisión la Carta Magna. Mi adolescencia, primera juventud y adultez surgieron en Caracas, allí nacieron mi hijo y dos hijas. Sin embargo, como sino de la emigración, de retorno para mí, mis cuatro nietos han nacido fuera. Dos en Estados Unidos y dos en España. Son signos de los tiempos. Yo mismo he sido emigrante cuando me llevaron de Málaga a Caracas y de nuevo de allí a España, donde tuve que reconocer que era mi tierra original. No fue sencillo, España es dura con quien vuelve.

 

¿Cómo has vivido la pandemia?

Como a los Borbones su posibilidad de hemofilia —como canta Joaquín Sabina— me ha respetado el virus que vino de China. Otra cosa han sido las consecuencias de la pandemia. La primera fase en 2020 la pasé confinado en mi apartamento de Málaga, saliendo sólo al mercado y a la farmacia. En 2021 estuve en casa de mi hija Vanessa en Madrid, donde me vacuné dos dosis, para poder viajar a Estados Unidos, donde estoy ahora (Miami). Creo que esto es un experimento para controlar mejor y más a estas sociedades sumisas. Es claro que el Covid te puede matar, pero según cada organismo. A mí, toco madera, me ha respetado a esta hora. Para mí, que salgo lo indispensable, no fue tan grave estar confinado como para los miles de millones de personas en el mundo que han visto alteradas sus vidas. Y esto no ha terminado.

 

Las novelas son hijos de largo parto. Esta que ahora estoy tramando la vengo cotejando desde 2009.

Tu novela, ¿qué te motivó a escribirla? ¿Cómo te sientes ahora después de hacerlo?

Mi novela, que acaba de salir en esta primavera de 2022, se titula Andrés de Urdaneta en su tornaviaje. Mar de valientes. Un título largo, porque es un homenaje particular a un vasco-español cuya hazaña es poco conocida en España e Hispanoamérica. Y lo hizo navegando durante cuatro meses y una semana de Filipinas a México en 1565, en un barco de quinientas toneladas. Hacer aquel viaje atravesando el océano Pacífico para establecer la ruta del Galeón de Manila fue una hazaña de valientes. Me motivó a escribir esta novela, que se enmarca en el género de novela histórica, la investigación que coordiné en la Universidad de Málaga como director académico de la Cátedra del Mestizaje. Descubrí a este personaje, Andrés de Urdaneta, entre muchos otros olvidados por la historia gloriosa de la España de los descubrimientos.

Episodios de los siglos XV, XVI, de los primeros años de descubrimientos, que dan para contarlos de manera amena en ese género que se creó en la modernidad española. No en vano se inaugura la novela moderna con el Quijote de Cervantes. Pues este Urdaneta, un hombre representante del Renacimiento y de la Modernidad española, merecía tener una novela para él solo, donde se contara su epopeya, su vida fiel reflejo de su tiempo. Es mi humilde contribución al rescate de su memoria histórica. Su profunda cultura, sus conocimientos de la navegación, por tanto de la cartografía, de la cosmografía, su propia experiencia como soldado conquistador, lo lleva a la reflexión del sentido de la imposición por la espada y el sentido cristiano de la cruzada por la expansión del catolicismo, que lo lleva a dejar la espada y abrazar la cruz como fraile agustino. Vivió la mayor parte de su vida en México, la Nueva España, donde encontró grande fortuna material, y allí también halló la fe en Cristo para convertirse de soldado y adelantado en humilde fraile.

 

¿Viene la otra?

Sí, aunque las novelas son hijos de largo parto. Esta que ahora estoy tramando la vengo cotejando desde 2009. Fue ahora, recientemente, cuando encontré la estructura adecuada, aunque aún puede cambiar. Si no tengo el esqueleto de la narración, de la historia, no puedo avanzar. Si avanzo es cuando tengo claro esa armazón donde colgar los episodios. El argumento es en parte autobiográfico con elementos narrativos de ficción sobre el mismo protagonista. Yo sigo juntando letras, que es lo que hemos hecho toda la vida. El periodismo es literatura de urgencia, si está bien narrado y escrito. Una novela es lo mismo, sólo que más larga, más extensa que una noticia de cada día.

 

¿Qué recuerdas en relación con el teatro en Venezuela?

Los setenta y ochenta fueron años de intensa actividad creativa escénica en Venezuela. El espíritu de Carlos Giménez con su vanguardista grupo Rajatabla y su Festival Internacional, los veteranos Cabrujas, Chalbaud, Chocrón, el Nuevo Grupo, todo lo que se hacía en provincias, el Festival de Oriente, los creativos de la Sociedad Dramática de Maracaibo… en fin: fue un momento estelar para el desarrollo teatral. Recuerdo haber cubierto teatro en las cárceles, en liceos; por donde se miraba había alguien haciendo teatro aficionado o profesional. Tuve mi columna de crítica, Tramoya, que me creó amigos y enemigos. Yo mismo hice teatro para niños con El Chichón de Armando Carías (habíamos sido scouts en nuestra infancia). En fin, los recuerdos son inmejorables. También se reunió un grupo de críticos serios, documentados, que ayudó a impulsar y mejorar la acción teatral. Gracias por estar ahí.

José Pulido