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José Alejandro Moreno Guevara:
“Aquí estoy si no me han visto”

domingo 29 de mayo de 2022
José Alejandro Moreno Guevara
José Alejandro Moreno Guevara: “A lo mejor no soy exactamente de ninguna clase social, de ningún gremio, de ninguna cofradía”.

—Ahí le mando un cuento a ver qué le parece.

—Bueno. Lo voy a poner al inicio de la entrevista.

—¿Usted cree que eso funcione, maestro?

—Claro que sí. La gente lo leerá y te conocerá un poco más.

El hombre tiene el cuello sucio

“¡No señor! Ahí entran nada más los grandes”. La frase retumba en los oídos del niño. Pero él insiste en que quiere entrar a curiosear al bar, está decidido. En algún momento, cuando nadie se dé cuenta, va a entrar al bar. Ha visto el rebullicio que se ha formado en San Agustín, el hombre anda por ahí. Desde chiquito le dicen Mon, porque él mismo no sabía pronunciar su nombre: Ramón, Ramón Carrillo. Mon escucha que el hombre tiene tres días parrandeando con la gente de San Agustín, de San Angustias como dicen los echadores de vaina.

Desde afuera, puede escuchar muy claramente la voz del hombre cantando. Ya Mon no aguanta las ganas de meterse en el bar a verlo de cerca. No tiene idea de cómo va a hacer para entrar al bar. Desde afuera sigue escuchando la música y se siente ansioso porque quisiera estar adentro oyéndolo cantar ahí mismo en vivo y directo. No haber podido entrar al teatro La Alameda a ver al hombre cantar le da más fuerza para hacerse el loco y meterse en el bar, ese templo prohibido al cual no tiene acceso. No tiene idea de cómo pero cuando los de la puerta se descuiden se mete.

Listo, nadie se da cuenta y entra. El bar lo saluda con el ruido de los vasos y las botellas, y con el olor de la cerveza tibia derramada en el piso. Ahí está él, conversando con todos. Es muy flaco y se mueve como un títere gigante. De pronto Mon, en su mente de niño, siente una emoción indescriptible. Está cerquita de Benny Moré, y sólo puede concentrarse en el cuello de la camisa de Benny, totalmente mugriento. El hombre toma su guitarra y empieza a cantar otra canción, Mon sigue concentrado en el cuello mugriento. La voz del Benny de pronto lo invade todo. Menos mal, todavía nadie se ha percatado de que Mon está parado allí escuchando también al Benny, ojalá que nadie se dé cuenta hasta que termine esa canción.

 

Explicación

Este es uno de los relatos breves de José Alejandro Moreno Guevara. La sencillez se torna contundente en sus historias. La sencillez popular. El modo de hablar y conducirse.

Cuando lo conocí, en el año 2007, estaba recién graduado en Letras en la Universidad Central de Venezuela. Apenas lo conocí nos hicimos amigos. Su talento y su amabilidad iban juntos. Su modo de escribir podía ser un retoño de las sensaciones que sembraban en el ámbito de la lengua española Alfredo Armas Alfonzo y Juan Rulfo.

 

Desde que comenzó a escribir lo leo con interés. Pero no sabía que también cantaba.

José Alejandro Moreno Guevara

El calor de Caracas no detenía su avance. Se llevaba el viento con su pecho como un jugador de fútbol americano y bajaba la cabeza igual que un toro embistiendo. Pero de casualidad se le notaba una sonrisa, que lucía imborrable como si estuviera pensando en algo que le hacía gracia todo el tiempo. Ese día casi chocamos de frente. Desde que comenzó a escribir lo leo con interés. Pero no sabía que también cantaba, hasta ese momento en que usábamos la misma acera, pero en sentidos contrarios.

—¿Para dónde vas tan apurado, José Alejandro?

—¡Épale, magíster! ¿Cómo está su vida? Voy para un ensayo. Tenemos un toque.

—¿Un toque de qué?

Sonrió, y aunque estaba apurado respondió con su paciencia y su simpatía de costumbre:

—Soy cantante.

En ese momento supe que su canto se vertía de dos maneras. Porque José Alejandro también pone en actividad la música cuando escribe. Desde que nos conocimos he creído en su escritura. Y luego tuve mucha curiosidad por escucharlo cantar. Cuando al fin lo escuché cantando, pensé: “Ojalá que no se pierda como escritor”, y al mismo tiempo me dije: “Ojalá que no se pierda como cantante”. Vaya. Ese talento de Cumaná trasciende en medio de una temporada muy difícil, pero trasciende.

 

En el maní

José Alejandro Moreno Guevara culminó sus estudios de Letras en la Universidad Central de Venezuela. Su escritura es como la savia que brota del árbol herido: revela el sentir de una gente muy especial. Como también lo revelaba Alfredo Armas Alfonzo. Tienen la similitud del amor por sus pueblos orientales.

Es casi imposible vivir de la escritura en nuestro país y en muchos otros países. Aunque José Alejandro vive de su escritura, pero no de las joyas que escribe sino de la edición, la corrección de textos, cosas así. Por eso es que “mata tigres” cantando. Canta en bodas y bautizos, en cualquier festejo que lo contraten. Es un cantante de calidad, a la altura de su talento narrativo. Quienes lo escuchan mientras comen y beben, ignoran que se trata de un escritor que escribe sobre gente como ellos.

Ha cantado en fiestas diversas, pero también lo ha hecho en El Maní es Así. Quienes lo han leído sin saber que canta, habrán pensado alguna vez: “Este cuento parece un bolero cantado por Benny Moré”.

El Maní es Así, ese lugar emblemático de Caracas, también conocido como “el templo de la salsa”, está por cumplir 36 años de actividad. En ese espacio han actuado unos cuantos grandes. Hay que nombrar a algunos artistas que han pasado por ese lugar para que se comprenda que la voz de José Alejandro no suena en vano: Ismael Rivera, Aquiles Báez, Aldemaro Romero, Ray Barreto, Eddie Palmieri y Charlie Palmieri, Cheo Feliciano, Pete “Conde” Rodríguez, Rubén Blades, Gilberto Santa Rosa, Cheo Feliciano, Willie Colón, Celia Cruz, Johnny Pacheco, La Sonora Matancera, El Canario y Oscar D’León.

Pero como escritor, aunque no ha tenido escenarios comparables a ese de la música popular, hoy en día se sienten su voz y su sabrosura de escritor latinoamericano.

 

La entrevista

¿Te sientes a veces fuera de lugar?

La verdad es que muchas veces me he sentido como que no encajo. Aunque debo decirle que esa sensación viene cargada de contradicciones y matices que no sabría cómo explicar. Siendo niño y adolescente ya tenía esa sensación de no encajar. Creo que mi infancia tenía dos registros distintos: uno de jugar futbolito, beisbol y cuanto juego hubiera. Y el otro registro era leer Miguel Strogoff, Veinte mil leguas de viaje submarino, Las mil y una noches, Oliver Twist y cualquier literatura que cayera en mis manos. Eran dos mundos aparte y quizás en ese primer mundo más lúdico, hormonal y social de correr y jugar me sentía como un poco desamparado. A lo mejor en la lectura me sentía más seguro y protegido, no sé exactamente de qué, pero me sentía más seguro. También en la adolescencia hubo quizás esa sensación. Allí me conseguí con lecturas más políticas, un poco más “profundas”. Esa etapa en donde uno cree, inocentemente, que el mundo puede cambiar.

 

Sentía que no encajaba en algunos círculos: era como un intelectualito de closet.

¿Cambiaste mucho?

Me volví un carajito más intelectual (risas). Y ciertamente sentía que no encajaba en algunos círculos: era como un intelectualito de closet. Así fueron pasando los años y luego vinieron la Escuela de Letras de la Universidad Católica Andrés Bello (Ucab) y posteriormente de la Universidad Central de Venezuela (UCV), y después llegó la música. Y cuando digo “llegó la música” me refiero no a la melomanía, que siempre fue también una adicción desde niño, sino a ser músico, a ser cantante. Que, la verdad sea dicha, creo que es lo que más me gusta hacer: cantar. Y no sé si este recorrido servirá para responder la pregunta, pero siempre he estado como en varios mundos que de repente no encajan mucho. A lo mejor no soy exactamente de ninguna clase social, de ningún gremio, de ninguna cofradía.

 

¿Te sientes a veces como si no hubieras acertado?

En cuanto a haber acertado, déjeme decirle que sí siento haber dado en el blanco de vez en cuando. Incluso en una coyuntura tan difícil de Venezuela como la que estamos viviendo, uno siente que ha hecho cosas que han valido la pena hacer: cantar, escribir, editar, compartir y, sobre todo (aunque suene cursi), amar, en todas las formas posibles. Claro: no todo es un mundo rosadito y caramelizado. Sin duda que la frustración y la rabia siempre andan por ahí rondando como dos sinuosas serpientes que nos ahogan y nos desordenan. Quiero pensar que eso sólo sucede a ratos y que son más los momentos de alegría. En mi caso particular, esa sensación de no haber acertado es más una sensación colectiva que individual, y no porque sienta que no me he equivocado individualmente. Pero es más una sensación colectiva porque como sociedad no hemos sabido acertar en cuanto a proveernos el bienestar material y espiritual que nos merecemos. No sé si será romantizar mucho el asunto, pero creo que nuestro potencial para crecer y estar mejor no ha llegado a su punto máximo. Podemos dar más como sociedad.

 

¿Te sientes mejor cantando que escribiendo o al contrario?

Creo que me siento mejor cantando. Cantar para mí es una forma maravillosa de estar en el mundo, es una manera casi poética de decir “aquí estoy yo si no me han visto”. Estar en una tarima cantando es siempre una experiencia de vida que no sé cómo calificar con palabras. Desde niño la música provocaba en mí un deleite estético que me hacía sentirme pleno de felicidad. Una línea melódica de un oboe, el vibrato de una voz, o la progresión de acordes de un montuno de piano, siempre ha sido una cosa inexplicable y mágica para mí. Y a pesar de que la música, como sabemos, tiene un carácter social ineludible, siempre he dicho que el poder de la música está en su propia esencia.

En cuanto a la escritura, debo decir que escribir también es una forma maravillosa de estar en el mundo. Y al igual que sucede con la música, es un mecanismo delicioso para ser otro y no uno mismo. La Escuela de Letras de la Ucab y también la Escuela de Letras de la UCV (en donde finalmente obtuve el título de licenciado en Letras) me dieron herramientas para desarrollar la escritura, cosa de la cual estaré agradecido toda la vida porque gracias a eso y a la música uno se ha podido ganar el pan. Con la escritura me pasa algo curioso: nunca tuve esa pretensión o deseo de ser escritor; escribía porque tenía que responder los exámenes en la Escuela de Letras, o hacer los informes de lectura de los libros asignados para leer o escribir un ensayo equis. Y luego vino una cosa como más lúdica de escribir poemas y arranqué a escribirlos, muy malos por ciertos. Eran poemas como de un Rubén Darío, pero con 180 de average (risas).

Sin embargo, empecé a escribir algunas historias. Uno va adquiriendo herramientas que le van abriendo caminos. Aunque ahora, en este punto, debo detenerme para decir que gracias a mis lecturas infantiles y adolescentes pude ir adquiriendo esos modelos sintácticos que hacen que lo que uno escriba tenga sentido para ser leído por otros.

Aunque me sienta mejor cantando, he hallado en la escritura una forma maravillosa de decir: “Aquí estoy yo, el hijo de Elizabeth, por si no me han visto”.

 

En paralelo a las actividades musicales, y desde principios del año 2021, estuve también editando para la editorial de un amigo.

¿De qué vives hoy en día?

Bueno, maestro, debo decirle que vivo hoy día de cantar y escribir, o al menos es lo que pretendo. Los últimos tres o cuatro años (incluyendo los dos años de pandemia) han sido muy complicados económicamente para los venezolanos. La ruptura de cierta “normalidad” ha sido demoledora. Y bueno, se podrían decir muchas cosas sobre esto, pero tal vez ya se ha dicho tanto que no vale la pena ahondar en ese tema. Para hacer el cuento corto, afortunadamente han salido “tigres” por aquí y por allá que han permitido llevar la arepa al plato. Por ejemplo, el último trimestre de 2021 estuve cantando en un restaurante en Macuto, haciendo dúo con una magnífica cantante llamada Heilyn Mayora. En paralelo a las actividades musicales, y desde principios del año 2021, estuve también editando para la editorial de un amigo. Allí me toca investigar, transcribir entrevistas, hacer corrección de estilo a textos. Y pare de contar. También (y esta ha sido tal vez una de las formas más curiosas de ganar dinero) me ha tocado publicar pequeños relatos, crónicas y poemas, en un par de redes sociales (Hive y Steemit).

En estas redes sociales le pagan a uno por publicar contenidos. Todavía no entiendo muy bien cómo es eso posible, pero tampoco es una pregunta que me quite el sueño. Lo cierto del caso es que me pagan por escribir. Y junto con todas estas cosas soy editor de la editorial El Perro y la Rana, una editorial del Estado venezolano que tiene unos quince años de vida y forma parte del Ministerio de la Cultura. Sin embargo, el desmantelamiento de los sueldos de los empleados de los entes gubernamentales provocó que todos los que estamos allí busquemos otros recursos económicos para poder comer.

 

¿Qué te ha hecho sentir como narrador? ¿Cuándo sentiste que querías ser escritor?

No sabría decirle qué me hizo sentir narrador. Creo que fue en 2005 cuando vivía en Puerto La Cruz y viajaba todos los fines de semana a Cumaná, que tuve la suerte de conocer a Rubi Guerra (uno de los grandes narradores venezolanos, cumanés como yo, para más señas), quien dictaba un taller de escritura de cuentos en esos tiempos en la biblioteca Armando Zuloaga Blanco de Cumaná. Creo que es a partir de allí cuando realmente comienzo a sentir que podía escribir narrativa, convertirme en narrador. Fue una época muy feliz. Aquellas reuniones con Rubi (en la biblioteca y luego en otro espacio) en donde conversábamos y leíamos lo que habíamos escrito fueron una delicia.

 

¿Qué te motivó para estudiar Letras?

Debo confesar que llegué a la Escuela de Letras porque, habiendo optado por Comunicación Social, mi prueba de admisión en la Católica no fue tan buena; la universidad me dio entonces la opción de estudiar otra cosa y me decidí a estudiar Letras. Allí viví experiencias maravillosas, tanto en la Ucab (en donde inicié mis estudios) como en la UCV (en donde finalmente concluí). Tuve maestros maravillosos como mi adorada profe Lyl Barceló Sifontes, Miriam de Valdivieso, Ítalo Tedesco, el padre Olza, todos estos en la Ucab. Luego en la UCV tuve oportunidad de aprender de María Fernanda Palacios (quien fue la tutora de mi tesis de grado sobre el Titán Héctor Lavoe), Rafael Castillo Zapata, Gisela Kozak, Jorge Romero, Teresa Berbín, Jaime López Sanz, Irania Malaver, entre otros. En ambas universidades coseché amistades entrañables, que hasta el sol de hoy me acompañan en mi viaje. Aunque algunos estén un poco lejos, siempre andan conmigo.

Creo que lo que me motivó a quedarme en Letras fue que me enamoré perdidamente de lo que vimos en ese primer año. Me di cuenta de que me encantaba la literatura y también todo lo que tenía que ver con el lenguaje y la palabra. Además, tuve la suerte (aunque inicialmente fue un poco traumático) de que me expulsaran de la Ucab por haber repetido dos veces tercer año, y eso me hizo migrar a la UCV. Y digo esto porque esas dos visiones de los estudios de letras me dieron algo que hasta el sol de hoy agradezco: la herramienta de la escritura. Ambas visiones me fueron muy útiles para las cosas que actualmente hago. Incluso me atrevo a decir que hasta para ser sonero (cantar salsa) aprendí muchas cosas del hecho de haber estudiado Letras. Una manera de vivir a través del canto y la escritura fue alimentada por mis estudios de literatura.

 

¿No te sucede que a veces puedes comenzar un escrito a partir de una frase?

¡Claro! De hecho, quiero contarle una anécdota: una vez reunido con el maestro Rubi Guerra y con mi compadre Reinaldo Cardozo, escritor y editor, estábamos hablando sobre literatura y de repente mi compadre Reinaldo se refirió a un texto de Ricardo Piglia y dijo “el lector de Piglia”, pero yo escuché mal y creí haber oído “el lector de tigres”. La frase me resultó tan poderosa que de inmediato quise corroborar lo que había escuchado y pregunté a Reinaldo: “Oye, Reinaldo, ¿qué dijiste?”. Y Reinaldo me hizo saber que simplemente se trataba de que había oído mal y que no se trataba de ningún lector de tigres sino de un texto del argentino Ricardo Piglia titulado “El lector”. Lo cierto del caso es que la frase se quedó revoloteando. Tanto fue el revoloteo que cuando llegué a casa empecé a escribir un cuento llamado “El lector de tigres”. Y fue así como nació una de las historias para niños que más he disfrutado escribir: la historia de un hombre peculiar que iba por la vida leyendo historias maravillosas en las rayas de los tigres, fueran tigres de Bengala, de Sumatra o incluso de Siberia.

 

La combinación de la ruptura de nuestra rutina con la paranoia de contraer el Covid y morir fue una experiencia fuerte.

¿Cómo has vivido la pandemia?

A pesar de todo, debo confesar que no ha sido una experiencia tan traumática. Incluso, me parece que ha pasado más rápido de lo previsto, tanto así que hasta parece mentira que ya pasaron dos años. Al principio creo que fue muy duro para todos. La combinación de la ruptura de nuestra rutina con la paranoia de contraer el Covid y morir fue una experiencia fuerte. Había momentos de tensión e incertidumbre cuando algún amigo o conocido contraía la enfermedad y se ponía mal e incluso en algunos casos moría. Tuve la amarga experiencia de que una tía mía falleció de Covid. Ella estaba enfermita y en una visita al médico, al parecer, contrajo el Covid y falleció. Un colega y amigo cantante, con el cual había hablado un par de días antes, también falleció de manera sorprendente. La verdad, pasaron cosas muy tristes a nuestro alrededor. Un ex compañero de la editorial también falleció, era joven. En esos dos años de pandemia visité mucho el parque El Calvario, que es un lugar muy hermoso, con una vista de Caracas como pocas. En un momento iba todos los días y era realmente fascinante. La pandemia también me dejó una relación de pareja que recién comienzo y ha sido una maravilla en mi vida. Y por supuesto no puedo dejar de mencionar los relatos breves (escribí unos ciento veinte) que fui publicando y que nunca creí que tuviera tantas ideas para escribir esa cantidad de historias. Por supuesto: hay muchas regulares y malas, pero creo que algunas están bien. También me tocó cantar durante la pandemia. A pesar de todo, la gente seguía haciendo reuniones sociales. El año 2020 fue bastante flojo con la música, pero 2021 fue más activo. De alguna u otra manera la gente sentía que las cosas debían continuar. A veces siento que la pandemia fue una especie de sueño que había que vivir. Y hoy, a pesar de los tapabocas que seguimos usando (al menos aquí en Venezuela), uno siente que la pandemia ha quedado atrás, en mayor o menor medida.

 

¿Dónde vives?

Vivo en Caracas, Venezuela. Vivo en El Paraíso, esa urbanización caraqueña que exhibe un maravilloso túnel vegetal que va desde la redoma La India hasta la plaza Madariaga. Sin duda uno de los paseos más grandiosos de Caracas. Sigue siendo ese trayecto una de las mejores cosas de la vida. Vivo muy cerca de la redoma La India. Allí estoy con mi compañera Neorelys, su hija Isabella y la sensacional Jackie, una perrita absolutamente genial. Allí estamos los cuatro, cuando quieran visitarnos.

José Pulido