“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Obertura de mar, del poeta Ramón Ordaz:
un libro puesto al sol como el pescado salado

domingo 5 de junio de 2022
Ramón Ordaz
Ramón Ordaz: “No gozo de la dicha de ser un iluminado”.

Ramón Ordaz es uno de los hombres que se parecen más al mar, porque es un poeta que contiene en las profundas simas de la sinceridad todas las notas que pronuncia el mar cuando canta. Cuando embruja. Cuando forma parte de tu vida. El mar que hizo los tiburones y las sirenas. El mar ese que nos inventó mientras se acostaba y se mecía con la luna.

Ni siquiera la vez que construyó el lenguaje poético visible que llamó Grafopoemas (creado para ser visto y averiguado en la idiosincrasia de sus letras y sus formas), nunca perdió el ritmo de lo que decía, ese sonoro vaivén que te va tocando con su poesía hasta que la parte pétrea del alma se emociona y acepta que el oleaje la transforme.

Cuando dices mar dices adiós y cuando pones en juego un adiós surge la posibilidad de que retornes, de que haya un muelle, un puerto, otra orilla esperando. Y se te vienen encima las imágenes azules, las quillas, los velámenes, los mástiles, las gaviotas y el sol convirtiéndose en un incendio que va del verde al púrpura. Y un olor de algas que atraviesa las noches y los amaneceres.

El mar de Ramón Ordaz es el que inventa islas a lo largo del día para apartarse del bullicio mecánico.

El mar de Ramón Ordaz no es sólo ese que nos transforma en hijos de la playa con el bautismo del agua de coco y con una ostra para probar las carnes del silencio; no es el mar que se le perdió a Homero con todo y Ulises. El mar de Ramón Ordaz es el que inventa islas a lo largo del día para apartarse del bullicio mecánico. Ese mar suyo que contiene todos los rumbos y todos los vientos, a veces queda encerrado en un verso; es un cachorro de mar, un mar en su infancia, y el poeta lo cría hasta que crece como un canto que parece huracanado pero en realidad nos va reconstruyendo interiormente con un soplo de libertad serena.

Su mar lo acompaña cuando lee, cuando duerme, y en el momento en que despierta sigue a sus pies como el mejor amigo. Es el oleaje donde viven y saltan los cardúmenes de palabras gestadas en la lengua del tiempo. Ahí, en esas aguas donde el poeta pesca la palabra precisa. La palabra sagrada. La palabra de plata. La perla de su amor.

Estoy hablando como si fuera una misa de admiración. Porque en estos días, sus lectores, sus amigos, estamos celebrando que la Editorial La Castalia y Ediciones La Línea Imaginaria han publicado, en la colección “Alfabeto del mundo”, el libro Obertura de mar, con un amoroso empeño, con un estilo que hace de la obra un objeto de arte en toda su extensión.

En el prólogo que escribe Gregory Zambrano se descubren también los sabores del libro:

Apertura y comienzo del viaje hacia el principio de los tiempos, de los primeros versos escritos sobre los hombres trasegando las aguas al vaivén de los velámenes. El origen: la presencia de Ulises en batalla contra el destino; viajero extraviado, dueño del mar y astuto evasor del canto de las sirenas, nos pone frente a los motivos múltiples del viaje, pero no de un viaje cualquiera, sino el de la introspección, del despojo y la soledad. La mirada que apuesta por buscar la luz del faro en la oscuridad, tal vez la esperanza. También nos trae el mar de Baudelaire, que permite al hombre contemplar su alma reflejada en las olas agitadas. El mar necesario, amplio y enigmático, o tan pequeño que abarca el tamaño de una ostra, que cabe todo en una gota de luz. El mar del origen, alfa de ese mundo desconocido que ilumina la vida y alberga los misterios oscuros de la muerte. Y en el medio, el hombre como una isla en la intemperie, solo, balbuceando las palabras primigenias, colmadas de sal y viento.

Y las fotografías son del fotógrafo invitado Juan Carlos Astudillo Sarmiento, poeta y escritor también, quien ha publicado once libros de poesía, investigación y fotografía.

Ahora pongo un poema de Ramón Ordaz, antes de que la entrevista se acelere:

Camino hacia la bahía

Me perdí en la noche de puertos
hechos a mi manera;
mar de leva en mi costado izquierdo,
azotando, azotándose
en su libre albedrío por los acantilados,
frugal el paso por los litorales;
perro nostálgico husmeando en las arenas,
buscando entre moluscos y algas
el eslabón perdido

 

“Obertura de mar”, de Ramón Ordaz
Obertura de mar, de Ramón Ordaz (La Castalia / Ediciones de la Línea Imaginaria, 2022). Disponible para su descarga gratuita en la web de la editorial

Las coordenadas de Ramón Ordaz

Escritor venezolano en los géneros de poesía y ensayo. Licenciado en Educación (mención Castellano y Literatura, Universidad de Oriente). Magister en Literatura Iberoamericana (Universidad de los Andes). Director-fundador de la revista de arte y literatura En Ancas (Caracas, 1976-1981, nueve números). Director del periódico Oriente Universitario (Cumaná, de julio de 1981 a noviembre de 1983). Director del Centro de Actividades Literarias José Antonio Ramos Sucre (Cumaná, de 1983 a 2000). Director-fundador de la revista Trizas de Papel del Centro de Actividades Literarias José Antonio Ramos Sucre (trece números). Director de la Poda, Revista Latinoamericana de Poesía (trece números).

Ha participado en diversos congresos y simposios sobre literatura en Venezuela y el exterior.

Algunos títulos de su obra: Potestades de Zinnia (Caracas, 1979), Antología del otro (Caracas, 1990), Grafopoemas (Barcelona, 1992), Diario de derrota (Caracas, 1993), Kuma (Caracas, 1997), El pícaro en la literatura iberoamericana (Biblioteca de Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, México, 2000; Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 2007), Profanaciones (Mérida, 2002), Albacea (Barcelona, 2003).

 

La entrevista

Tus lecturas, ¿en qué han variado?

Mis lecturas han mantenido siempre la misma dirección. Leo textos de historia como quien atraviesa un camino minado. Nunca he tenido fe ciega en el texto histórico; me sirvo de él como guía, pero sé que está lleno de falsedades, de invenciones que nos han vendido las generaciones que han sido sus artífices y falsarios. La historia la disfruto como ficción; no se equivocaba Ramos Sucre cuando advertía que lo único que se podía hacer con la historia era falsificarla, vale decir, falsificar lo que de suyo es falso. Hizo poesía de la historia. El idealismo de la historia ha propiciado leyendas y mitos por los que luego veremos correr ríos de sangre en defensa de verdades que no existen. El político, con una buena dosis de ignorancia en su currículum, sacará de esos estercoleros todas las argucias posibles para arrastrar a otros más ignorantes que él y llevarlos al combate por el poder, que luego derivará en venganzas, retaliaciones, guerras fratricidas y todo un mundo en discordia, es decir, un viejo libreto sin final; no, sí tiene un final la historia: la estupidez. En la misma dirección leo buenos textos de ensayo, poesía, las obras clásicas que son inagotables. No me seducen novedades o experimentos escriturales ni autores de moda.

Creo que siempre leo lo mismo, que me doy el placer de volver atrás porque tengo la sensación de que he dejado páginas abandonadas.

No leo por leer a un autor, leo porque ando tras el rastro de algo, porque sospecho que en alguna obra posible debo hallar un punto de encuentro, un espacio para alcanzar la identidad con el otro. De no darse esa empatía, lo abandono, no me interesa. ¿En qué ha variado mi lectura? Muy poco, creo que siempre leo lo mismo, que me doy el placer de volver atrás porque tengo la sensación de que he dejado páginas abandonadas y tengo el deber de rescatarlas. Leo, tal vez, con más intensidad y pasión porque el tiempo no se detiene. Ah, leo a mis contemporáneos porque, ¿de qué otra manera puedes establecer un diálogo?

 

¿Ha cambiado tu poesía? ¿En qué ha cambiado?

Soy muy malo para los autorretratos, José, de manera que saber yo si ha cambiado mi poesía es una tarea de revisión que no hago. Tengo pereza, no lo hago, no leo mis libros anteriores; cuando por alguna circunstancia tengo que hacerlo, soy duro e implacable con esos textos, cuestiono esa ligereza con que salieron a la luz. Quisiera llegar a ese momento numinoso del extrañamiento, a esa relampagueante pregunta: ¿y esto lo escribí yo? ¡Qué maravilla! Esa instancia, ese clímax es el más deseado por un creador. De allí que no siempre estemos conscientes de lo que vamos dejando atrás. Tengo dos libros inéditos en los que presiento que otra suerte de escritura, otros ritmos asoman, pero lo importante, a fin de cuentas, es que en ellos siempre estén los ecos de una voz que se repite, tu voz; nuestro deber es traerla, invocarla, otorgarle diafanidad en nuestra escritura para que sea, para que lave, si es posible, cualquier mala conciencia de nuestro paso por la vida. Hay voces que llegan, te seducen, te maravillan, lo importante es saber que no son tuyas, que debes desecharlas.

 

¿Cuál de tus obras te satisface más a estas alturas?

Si me pongo inquisidor, te diría que ninguna; por una sencilla razón: lo que ha quedado atrapado en esos libros son criaturas que también tienen su tiempo de vida, a veces caducan, o mueren, y qué otra cosa podemos sentir si no es desasosiego porque somos los culpables de la presencia de esos huérfanos en la calle. Ellos, como nosotros, van de tránsito. El lector es inteligente, le paga con ignorarlos, con no mover nada de ese lúgubre silencio. Potestades de Zinnia fue un libro que me gustó mucho, es un solo poema que corre paralelo con el que va integrándose como otro texto en los títulos. Tiene cierta gracia que trasciende, que la hace aceptable. Kuma es un poemario breve que tiene su extensión en Obertura de mar. Obertura… ha estado en la curtiembre durante años, ha sido aireado y puesto al sol como el pescado salado. Son muchas las especies que podríamos encontrar allí, y como apenas ha salido a la luz, espero que sea consumido antes de que se descomponga. Aquí tengo que ser leal, ha sido un fiel compañero de viaje durante estos años, no puedo hablar mal de él. Habrá a quien le guste; habrá a quien no. La poesía es rizomática, estamos escribiendo y reescribiendo siempre el mismo poema, ese poema que es nuestra vida y se engasta y desgasta en esa marea de las palabras.

 

¿Es la poesía una esencia de toda tu escritura?

Lo suscribo totalmente. Baudelaire decía “Sé siempre poeta”, lo que no significa que por cualquier bagatela estés excretando poesía. Ser poeta lo interpreto como asumir un sacerdocio. Nada hay escrito al respecto, porque los augures nunca llegaron a escribir manuales de predicción, escribir una guía para las profecías, pero cuán importante ha sido su oficio en la historia de la humanidad; igual que los chamanes, los infaltables pensadores de la tribu, esos desprendidos personajes que vinieron con la misión de echar las cartas con la inculta lengua de los antepasados. Eso ha ocurrido siempre, los servicios de la pitia, bajo distintas máscaras, se manifiestan en nuestra vida cotidiana.

El poeta es aquel que se ha apropiado del logos, esa palabra que ha sido la matriz de nuestra cultura, y de ese logos, que es universal, se desprende, no hay por qué dudarlo, un logos lírico, ese espíritu que disiente, que se rebela, que interroga, que advierte, que se extasía en la palabra, no con vocación intemperante, violenta, sino como destello que se piensa a sí mismo, como silencio que articula las voces ocultas, que puja y repuja cada oficio de esa palabra que no le pertenece, que es prestada, y que no deja de ser un compromiso y una responsabilidad colocarla en el mundo de los otros. Un auténtico poeta, eso creo, no propongo recetas, la palabra de que es dueño transitorio debe contemporizar con cualquiera de sus manifestaciones. Es un credo, el que debe estar presente en sus múltiples acciones. Se es poeta por la gracia del dios que te acompaña, no por el capricho o la obstinación de querer serlo, porque da prestigio y crea privilegios. He conocido excelentes poetas que apenas si dejaron a su paso unas pocas líneas. Me intriga Joubert, quien soñaba con expresar en una página todo el decir del mundo.

 

Una lectura a fondo de Obertura… nos revelaría el desencanto que corre por sus páginas.

¿El mar? ¿No es como un diccionario anímico? ¿Tu libro reciente estaba en el mar desde que comenzaste a escribir?

Te agradezco la pregunta. “Un diccionario anímico”, claro que sí, sus páginas están allí, cualquiera puede consultarlas. El mar se rebela, desvela, vela y revela también. Todos somos sus lectores, con la inevitable diferencia de que cada traductor, cada intérprete da a conocer su versión de esas inconsolables páginas, porque el mar nuestro de este tiempo aciago, más que retozar en la orilla, llora. Una lectura a fondo de Obertura… nos revelaría el desencanto que corre por sus páginas. He tratado de jugar con lo que a primera vista parece maravilloso, deslumbrante, pero en ese contrapunto de voces del mar se esconde una dolorosa pérdida, una tragedia para la humanidad.

No somos tierra, somos mar, y el deterioro que padece, los deshielos, la basura terrestre que ensombrece ese cristal que nos otorga transparencia y vida, corre peligro en cada una de sus orillas en el mundo. Obertura… no es una catarsis, es algo que nos sobrecoge, nos perturba, nos tiene en la orilla del acantilado, próximo a la caída, a presentir el no deseado espectáculo del Apocalipsis. Si esto que expreso no está en ese libro, tendría que confesarte mi desilusión, he fracasado, qué prematura ha sido la muerte de otra de mis creaturas. No nos achicopalaremos mientras el logos líricos esté vivo.

 

¿Recuerdas el momento en que sentiste que serías escritor? ¿Qué te movió para seguir ese destino?

Es posible que existan esos actos de anunciación. No gozo de la dicha de ser un iluminado como ocurre a otros. Te cuento que estudiando bachillerato, en tercero o cuarto año, no recuerdo, me peleé con mis compañeros de estudios durante el recreo porque apresaron una lagartija y empezaron a jugar voleibol con ella. Como pude, rescaté el indefenso y maltratado animal y lo devolví al monte. Se burlaron de mí, me ridiculizaron. Regresé a casa de mis padres deprimido, triste. Me desahogué escribiendo un texto que titulé “Elegía a un saurio”. Se lo di a leer a unas primas y a unas amigas. Me llega el recuerdo de alguna de ellas que soltó esta frase: “Tú como que si eres poeta”. Olvidé el texto y olvidé el hecho. Estimo, en mi ingenuidad, que aquello era una huella, una sombra que te persigue. Por aquí andamos todavía, perseguido por las sombras, porque son ellas las que pueden hacer luz, ponerte en el camino de la diferencia.

 

¿No te sucede que a veces puedes comenzar un poema a partir de una frase o de una imagen que se ha ido?

Las imágenes, las frases llegan como impromptus. Son remanentes de un sueño; atajos de la memoria que busca liberar la sobrecarga de tantas cosas contenidas. Me han llegado versos luminosos, como dictados por alguien, y si no lo registras a tiempo se escapan, y la memoria, sabia, los deja huir. Tú lo interceptaste, no era para ti ese mensaje. Hay los que revolotean como estribillo, persisten, continúan repicando como una señal que debes atender. Esa es la tesis de correlación orgánica de Cuvier: “Dadme un hueso y reconstruiré el animal”.

 

¿Qué valoras más en este tiempo?

La familia es fundamental, no voy a disertar sobre lo imprescindible, lo prioritario que nos tiene en la vida. Luego están los amigos, los que nos van quedando en esta tempestad que corre para tres décadas sin mayores acontecimientos que celebrar, porque la vida sin celebración no tiene sentido. Para los antiguos y para los modernos, la vida está concebida como fiesta, como ágape de agradecimiento, y en eso no hay discordia posible; habitar el mundo no tiene sentido si no lo mueven esos ímpetus de encontrarse y reencontrarse para compartir los excedentes. Andamos cargados de cariños, de afectos, de luces, de ilusiones; qué necesarias y óptimas son las ilusiones; sin ellas, como diría Pursewarden, ese ecuménico personaje de El cuarteto de Alejandría, nunca nos enamoraríamos, y no hay que temer a las desilusiones, son parte del juego del mundo.

Esos amigos que se torturan con la ideología son nuestros satanes.

Yo he sufrido la pérdida de familiares porque han muerto, pero se padece más largamente cuando se van por el camino del exilio. Es un dolor recurrente. Se padece peor cuando son amigos de toda la vida, y la ingrata como esterilizante política los pone en el camino del vía crucis: que renuncies a acompañarlos en el tránsito de ese calvario por donde llevan sus muertos, te convierte en un estigma para ellos, en un indeseable. Somos seres marcados por gente que se apropió de la “verdad”. Nosotros moriremos buscándola. Esos amigos que se torturan con la ideología son nuestros satanes. Dios y el diablo en la tierra del sol, recordemos a Glauber Rocha, esa es nuestra comedia y nuestra tragedia. Muchos amigos deben estar felices en esta contienda, espero que sí; que hayan pateado la amistad se agradece también, porque nos nacieron ojos en la espalda. Oh, maravilla de mundo, nunca dejes de asombrarme.

 

¿Cómo has vivido la pandemia?

Hemos vivido ese peligro con mucha cordura. Cuidándonos, como manda el deber. No es mucha la diferencia con la pandemia-país. Si se trata de escasez, precariedad, incertidumbre, mundo a la deriva, enclaustramiento obligado, ansiedad y pocos horizontes, puedo decirte que corren los años veinte de este siglo bajo el pathos de una política insana, brutal, oscurantista, que afecta tanto como el coronavirus.

 

¿Cuál es tu nostalgia de mayor peso en estos tiempos?

Se me ocurre este improvisado texto para responderte.

El nostos, la saudade, esa barraquera nuestra, ese despecho, ese cielo nublado, esa cripta en mitad del camino, ese espejismo de ebrias consonancias en los pasos ciudadanos, ese orgullo de arroparnos de otredad en medio de la calle, ese vasto esplendor de lo fugaz, esa circuncisa nada de lo que no hemos hecho, ese canto de gallo en el claror del día, esa creadora omnisciencia de esperanzas, ese postín de trascendencias aldeanas, esas lumbres de Cristos sin audiencia, esa fogata que no aprovecha nadie, ese amar en las puertas del infierno, esos pueblos sin nombre que nacen al vacío, esa pulcra loción de salvajismo que llamamos política, esta herida de contumaz presencia en mi costado izquierdo, este cuero de pobre absolución en la frontera, esta calcinada arteria de lo que fue posible, este vaso que hiere su contenido sin tenerlo, esta búsqueda abstrusa en lo imposible, esta locuaz presencia que busca su reverso en el oculto cieno, este callar inevitable porque alguien llora su soledad conmigo, esa callada prístina novela que nunca escribiré, este húmero hueso que le robé a Vallejo, esta grosería de ser en un mundo al que no pertenecemos, este crítico momento que aspira a regresar a la luz, a la simiente donde ha de florecer lo que no somos, este mar que arroja sus alfombras para que todos pasen. Aquí todo es nostalgia, poeta, porque, como nunca, la incertidumbre es nuestra reina de belleza. A ella cantamos.

José Pulido
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