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Federico Irizarry Natal:
“El minimalismo antipoético es uno de los espacios más relegados en la poesía puertorriqueña”

domingo 11 de septiembre de 2022
Federico Irizarry Natal
Federico Irizarry Natal: “Soy escritor lento, nunca poseído por el demonio de la grafomanía”.

Federico Irizarry Natal (Ponce, Puerto Rico, 1972) es poeta, ensayista, docente e investigador. Ejerce la docencia en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Ponce, y en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, entidad esta última de cuyo doctorado en Literatura de Puerto Rico y el Caribe es egresado. Estudió su Maestría en Artes en la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico y realizó estudios doctorales en la Universidad de Chile. Es autor de Kitsch (2006) y Minoría absoluta (2011), ambos libros de poesía, y La escritura del Gremlin: posmodernidad y minimalismo antipoético en tres poetas puertorriqueños: Salvador Villanueva, Edgardo Nieves Mieles & Jorge David Capiello (2020). Irizarry Natal ha contestado nuestras preguntas; todas sus respuestas son para ser compartidas con todos vosotros.

 


 

—Recientemente publicó La escritura del Gremlin (2020). ¿De qué trata dicho ensayo de investigación? ¿Cómo surgió la oportunidad de trabajarle?

—Quiero pensar La escritura del Gremlin como un intento por abordar uno de los espacios más relegados en la poesía puertorriqueña: el minimalismo antipoético. Así me arriesgo a nombrar una forma particular de textualización que, según constato en el libro, habita entre nosotros desde la década de los 70. Es un quehacer estético de carácter contratextual, transgresor y lúcido, que está constituido, en el marco de la brevedad, a la manera de una práctica de alteridad discursiva organizada en torno de un ágil ingenio perturbador que se caracteriza por un espíritu revisionista y transformativo. Creo que, ante el agotamiento del proyecto de cualquier empeño monumentalizador y totalizante en la isla, prepara con irreverencia el espacio de su enunciación marginal para la ácida reconstrucción de un quiebre o para una toma de la palabra desde el cinismo desenfadado. Por eso la impronta del gremlin (la figuración la extraigo de Sandino Núñez): una suerte de demonio menor que empuja hacia una transformación del espíritu del mundo, pues ya no es un motor fáustico y optimistamente delirante disparado hacia la realización de un porvenir superior, sino una especie de trickster o simia dei (juguetón e incordio) cuya operación arqueológica y bufa, contraria a las tareas creacionistas de los pequeños dioses (huidobrianos o de cualquier otra estirpe), se concentra en la realización de visitas críticas al pasado en función de examinar, evaluar, conculcar y reescribir a saco. Debo decir que el libro apunta hacia tres poetas puertorriqueños: Salvador Villanueva, Edgardo Nieves Mieles y Jorge David Capiello. En los libros estudiados de estos poetas, sin la necesidad de proponer nuevas formaciones canónicas, el minimalismo antipoético genera visiones alternas que directa o indirectamente terminan por replantearse la escena literaria de la isla. Preguntas cómo se dio este libro. Pues, debo decir que primero lo pensé en clave de poesía chilena. Durante mucho tiempo fui lector de Nicanor Parra y de poetas vinculables con la antipoesía: Gonzalo Rojas, Enrique Lihn, Rodrigo Lira, Gonzalo Millán, Claudio Bertoni y Bruno Vidal, entre otros. Mi intención era trabajar la poesía de Manuel Silva Acevedo, que recorre, desde la antipoesía, un discurso nihilista que termina por derivar hacia una reconstrucción religiosa. No obstante, con el tiempo cambié la dirección y empecé a mirar hacia nosotros. Antecedentes como los del noísmo, los tirabuzones de Salvador Tió, las greguerías de Gustavo Agrait y algunos poemas de Manuel Álvarez Calle, Manuel Abreu Adorno y Hjalmar Flax, expusieron las bases para atender una poesía conscientemente antipoética y muchas veces minimalista como la que produjo Villanueva en Poema en alta tensión. El resto lo escribí en La escritura del Gremlin y ojalá posibilite una perspectiva fresca desde donde asumir textos como los de Ventriloquus de Juanmanuel González o los de Lengüilargos y Poemas peores (a lo Girondo este último) de Iván Collazo, por ejemplo. Son los primeros que me vienen a la mente.

“La escritura del Gremlin”, de Federico Irizarry Natal
La escritura del Gremlin, de Federico Irizarry Natal (Isla Negra, 2020). Disponible en la web de la editorial

—¿Qué relación tiene su trabajo creativo-investigativo previo a La escritura del Gremlin y su trabajo creativo-investigativo posterior? ¿Cómo lo hilvana con su experiencia de puertorriqueño y su memoria personal de la literatura actual de Puerto Rico o fuera?

—Sin duda, Wilkins, La escritura del Gremlin tiene su resonancia en mi trabajo creativo. Quiero decir que ha sido también una investigación para entenderme; entender un poco la poesía escrita en Kitsch y Minoría absoluta. Me ubico en el lado B de la poesía puertorriqueña, ese que constituye un punto ciego ante la moda y el canon literarios vigentes. Kitsch fue un experimento de carácter antipoético, una especie de picaresca poética en que el hablante lírico es una suerte de saqueador del capital simbólico contra el que atenta. No es más que un reorganizador de textos que descree de la creatividad en tanto mito de originalidad alrededor del cual se ha pensado una gran parte de nuestro imaginario lírico. Pienso que el lenguaje no me pertenece, pero que sí tengo todo el derecho del mundo para rearticularlo a gana suelta. Identifico Kitsch con Casquillos de Capiello, en ese sentido. Y es satisfactorio. Minoría absoluta, por otro lado, está escrito sobre una base aforística en la que pesó mucho en su momento la escritura de Cioran. Busqué explotar el ingenio en un apalabramiento que fuese lo más acotado posible. La idea era acercar la pólvora al fuego. De más está decir que me granjeé la expresión de algunos insatisfechos; al menos, el desdén de los que esperan la repetición de fórmulas hechas o de alteridades complacientes.

Me ubico en una línea de desarrollo que no necesariamente implica evolución. No me gustan las teleologías.

—Si compara su crecimiento y madurez como persona, docente, investigador y escritor con su época actual en Puerto Rico, ¿qué diferencias observa en su trabajo creativo-investigativo? ¿Cómo ha madurado su obra? ¿Cómo ha madurado usted?

—Pienso que crecer y madurar son cosas distintas. Me gusta pensar que crezco; no necesariamente que maduro. Quita chispa. Así que me ubico en una línea de desarrollo que no necesariamente implica evolución. No me gustan las teleologías. Sus expectativas restan importancia a los desvíos y equívocos. Hay riqueza en ello. Así que me ubico en un fluir en que asumo el asombro como metodología.

—¿Cómo visualiza su trabajo creativo-investigativo con el de su núcleo generacional de docentes, investigadores y estudiantes con los que comparte o ha compartido en Puerto Rico y fuera? ¿Cómo ha integrado su trabajo creativo-investigativo a su quehacer de docente e investigador y su trabajo escrito de interés literario?

—En principio, lo veo como el proceso de una práctica deconstructiva. Como una crítica experimental potencialmente creativa capaz de repensar la tradición a la luz de un proceder de carácter hospitalario que aloje lo otro, aun cuando ello implique atender lo imprevisto, lo incómodo, lo diferente o, incluso, lo demencial. Una práctica como esa redunda en el desmantelamiento de lo convencional, lo definitivo y lo fundante. Ya en los 70 se hablaba de la sospecha, ¿no?, y hace un tiempo ya Duchesne hablaba además sobre insanidad y rareza. En cierta medida, es así como asumo, cuando me toca, el ejercicio crítico: una forma de apertura y desestabilización que apunta hacia una dislocación de los supuestos garantes de un orden ya construido y fijado permanentemente, sea cual sea. En ese sentido, La escritura del Gremlin se suma a este tipo de crítica que viene desarrollándose. No es nihilismo como puede malpensar alguno; es el intento por lograr un cambio sustancial en las visiones de mundo establecidas. En ese sentido, lo veo también como una forma de despojo que abra caminos para el abordaje de nuevas escrituras y discursos literarios entre nosotros. Y sí, en la docencia hago lo posible, sin desatender la tradición, por instaurar esta mirada crítica. Los resultados han sido fructíferos. Leer literatura tiene que ver con el posicionamiento crítico con que se lee.

—Ha logrado mantener una línea de creación-investigación enfocada en la literatura en y desde Puerto Rico. ¿Cómo concibe la recepción a su trabajo creativo-investigativo dentro de Puerto Rico y fuera, y la de sus pares?

—¿Qué decir? Nunca se sabe el destino del trabajo realizado, ¿sabes? La recepción que ha tenido ha sido diversa. Kitsch, por ejemplo, fue reconocido en su momento en El Nuevo Día como uno de los diez libros de poesía más importantes del año, pero Minoría absoluta fue mal visto por el mismo medio años después y ninguneado posteriormente. De La escritura del Gremlin la primera reseña provino inesperadamente de España de parte de José Luis Morante; la segunda provino de Ana Nadal Quirós y fue publicada en Claridad. De mis pares, la recepción siempre ha venido de forma muy puntual en el proceso de producción. En El Sótano, por ejemplo, la práctica ha sido siempre la del diálogo crítico: las lecturas de Julio César Pol, Juanmanuel González Ríos y Jorge David Capiello repercutieron en observaciones agudas y en reedición. Francisco Font Acevedo también ha sido un amigo lector de mucha importancia. Para La escritura del Gremlin conté también con la crítica valiosa de mi esposa (Lourdes Torres Rivera, antes de fallecer, por supuesto), Roberto Echevarría Marín, Edgardo Nieves Mieles y Carlos Roberto Gómez Beras, bajo cuya editorial, Isla Negra, terminó siendo publicado. Recientemente los miembros del jurado del PEN le dieron una mención. Como te digo: nunca se sabe el destino del trabajo realizado. Es un golpe de dados sobre el tablero del azar.

—Sé que vos es de Puerto Rico. ¿Se considera un investigador puertorriqueño o no? O, más bien, un investigador, sea éste puertorriqueño o no. ¿Por qué? José Luis González se sentía ser un universitario mexicano. ¿Cómo se siente usted?

—Investigador, poeta, docente, persona o lo que sea, soy puertorriqueño sin reserva o duda alguna. No obstante, la respuesta merece una pausa. No estoy ajeno a la idea de que toda identidad tiene mucho de imaginario y construcción. La puertorriqueñidad la asumo, así, sobre la base de una apertura hacia alteridades enriquecedoras. Lejos todo esencialismo perturbador, asumo la puertorriqueñidad críticamente. Algo de eso hay particularmente en Kitsch. Al escribirlo sobre la base de una intertextualidad invasiva, estuve consciente de que pudo verse como un poemario textualmente colonizado. Sin embargo, ello no imposibilitó que se expresara una suerte de excedente capaz de constatar una voz propia e independiente. La rearticulación intertextual viabilizaba así un plus indispensable que trasciende toda penetración al punto de revelar un golpe de voz inesperado e inédito. Ahí está (o, por lo menos, decido construir) la instancia que me define como enunciador libre e independiente. Igual pasa (aunque quizás de forma más engorrosa y complicada) en términos ideológicos. Es en ese excedente donde somos (y seremos) libres como país.

Haber estado viviendo en Chile durante varios años me multiplicó y me dio las perspectivas necesarias para asumirme como puertorriqueño de forma más fluida y gozosa.

—¿Cómo integra su identidad étnica y de género, y su ideología política con o en su trabajo creativo-investigativo y su formación en Chile y Puerto Rico?

—Creo que, de alguna manera, respondí esta pregunta en la anterior. Ideológicamente creo en un Puerto Rico libre e independiente. Como escritor, creo, a su vez, que esto se puede manifestar, más allá de la dimensión discursiva, en el estadio escritural. Haber estado viviendo en Chile durante varios años me multiplicó y me dio las perspectivas necesarias para asumirme como puertorriqueño de forma más fluida y gozosa. Creo que hay que viajar y asumir el viaje sin ser turista o visitante de ocasión. ¿El género? Al fin se descolonizó de los binarismos enfermos y limitantes. Bienvenida sea la diversidad radical.

—¿Cómo se integra su trabajo creativo-investigativo a su experiencia de vida tras su paso por el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe? ¿Cómo integra esas experiencias de vida en su propio quehacer de docente, investigador y escritor en Puerto Rico hoy?

—No solo en el CEAPRC, sino también en la UPR. Enseño desde 2008, en la UPR en Ponce, Literatura y Sociedad en Puerto Rico. La experiencia ha sido extraordinaria. Los estudiantes salen con una perspectiva más amplia de la literatura puertorriqueña y el Caribe. Mi intención ha sido siempre desestabilizar convenciones y generar el espacio necesario para nuevas miradas críticas. La impronta de Benítez Rojo y Glissant, entre otros, ha sido vital en ello.

—¿Qué diferencia observa, al transcurrir del tiempo, con la recepción del público a su trabajo creativo-investigativo y a la temática del mismo? ¿Cómo ha variado?

—Pues, no mucho, de verdad. Trabajar creativa e investigativamente el lado B de nuestra literatura no garantiza una recepción profusa. El trabajo está hecho y está ahí. El tiempo dirá o devora todo.

—¿Qué otros proyectos creativos-investigativos tiene recientes y pendientes?

—Fíjate, tengo dos libros más ya escritos. Uno de poesía y otro de ensayos. Espero en los próximos años publicarlos. Soy escritor lento, nunca poseído por el demonio de la grafomanía. También tengo pendiente la investigación sobre las transformaciones de la poesía de Manuel Silva Acevedo. Y un lujo, joder: quisiera escribir la historia del rock en español en Puerto Rico. Quizás ese sea mi último proyecto.