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Lázaro Álvarez:
“No hay mundos perfectos; sólo podemos mejorar el que tenemos”

domingo 22 de enero de 2023
Lázaro Álvarez
Lázaro Álvarez: “Escribir es, esencialmente, bajar a un oscuro fondo primordial de donde luego, muy duramente, debemos rescatarnos a nosotros mismos”. Luis Monzón

“Escuchar un poema leído, igual que leerlo, no se parece a ningún otro tipo de contacto con el lenguaje. Nada nos prepara para la poesía”, escribió Mark Strand, uno de los poetas que han ejercido la poesía con más oficio meditado y a través de un hondo mirar que a veces nos descubre como poseedores de una ceguera que no conocíamos.

Sócrates opinaba que “la musa inspira a los poetas, éstos comunican a otros su entusiasmo, y se forma una cadena de inspirados”, pero hay diversas maneras de entrar en los terrenos de la poesía y salir con una buena muestra de ella para seguir amándola.

Han existido y existen poetas cuyo oficio minucioso y paciente, silencioso y persistente, no necesita que aparezca la inspiración. Leyendo al poeta Lázaro Álvarez (San Felipe, Yaracuy, 1954) se tiene la impresión de que pertenece a ese grupo.

La verdad, lo natural, lo lógico, son como herramientas que él va usando en su oficio cotidiano para construir sus poemas. Aunque su emoción es como una cabecera de río que brota en la infancia. La infancia de Lázaro fue como una atalaya de observación perenne, de mirar fijamente a las personas, los objetos, y descifrar cada mensaje de la naturaleza buscando respuestas. Quiero decir: buscando poesía.

Cuando leí el libro Asidua luz (1982) y algunos otros poemas de Lázaro Álvarez, no lo conocía. Me habían llegado sus resonancias desde Salamanca. La primera vez que nos vimos fue en San Felipe, Yaracuy, su región natal. Sobrio, y silencioso, lo conocí acompañado de otros dos poetas: Orlando Barreto y José Luis Ochoa. Con ellos tres hubiese bastado para no perder jamás la ruta de la poesía. Parecían la iniciación de un edificio sentimental unido con la argamasa de la sabiduría y la autenticidad. Desde esa vez los siento como amigos de toda la vida.

Lázaro Álvarez es un hombre con ojos de alcázar anímico y una sonrisa tan leve y discreta que sólo puede ser imaginada.

Nos reuníamos en San Felipe, en la Universidad Nacional Experimental de Yaracuy y en la casa de Lázaro. Cuando hablábamos de cualquier tema, escuchábamos el fluir de las aguas. Nunca dejé de imaginar como transparentes esas aguas, ese río. Era una presencia que transcurría formando parte de las sinceridades de aquellos poetas. Nunca me sentí más cerca de cierta magia guardada en sencillos rincones, colgada como aperos de duendes.

Lázaro Álvarez es un hombre con ojos de alcázar anímico y una sonrisa tan leve y discreta que sólo puede ser imaginada. Pero cada frase suya, cada verso suyo, adjuntan un mudo estruendo, un portentoso estruendo, como de galaxias apareciendo y desapareciendo. Cada poema suyo es como un libro de música y verdad concentrado en pocas palabras.

Es inevitable y sincero el movimiento del mar. Ese ritmo está ahí, de un modo permanente. El sonido del río es sincero también: indica que las aguas están pasando. La poesía de Lázaro Álvarez es de una sinceridad que asombra, porque logra expresar lo irreal divino con voz de ciudadano que ha meditado intensamente en la necesidad de no asombrar. Pero es inevitable que su voz asombre. Antes de la entrevista pongo este poema, como una muestra de lo que comento:

Alborada

Ha de ser difícil caminar sin amor
por el frío de la ciudad.

Sin embargo, ha de hacerse: llegar
a una estación de despedidas suaves
o cerca del fogón insomne cuyos leños
al alba reinician dulce conversación.

Y luego, el cavilar.
Y el dormir breve
de las imágenes del fuego.

 

“Escribir es bajar a un oscuro fondo primordial”

¿Qué significado, para tu poesía, ha tenido Salamanca?

Para mi poesía, o para aquello que escribo, no lo sé exactamente. Pero, sin dudas, la estancia en Salamanca es un lugar del espíritu finalmente conquistado y nuevamente perdido. Significa también el gran viaje espiritual como, quizás, quede en mi memoria. Un viaje de conocimiento y ampliación: lo sentí como el cierre y el comienzo de una etapa espiritual muy importante. Nunca fui tan libre para leer y estudiar como entonces, donde el tiempo, a pesar de sus cambios, era más lento y profundo como el mismo azul del cielo de Salamanca. Un lugar dentro y fuera de la historia. Con frecuencia, un verdadero ex-stasis, un modo de estar fuera de sí mismo y un encuentro con la otredad, quizás, más pleno o más consciente que los de las primeras experiencias de la infancia. Recuerdo aún el gozoso estado de extrañamiento del mundo que sentía, era casi un estado permanente de disposición poética, un desarreglo luminoso y natural de los sentidos.

(Llegó en autobús desde Madrid a Salamanca. En la estación había una cafetería y allí tuvo “esa sensación de desconocimiento absoluto, de una tierra distinta, donde todo brillaba de una manera única: la hora del amanecer revelando un lugar inimaginable y nuevo, el habla extraña y familiar a la vez, los objetos no conocidos…”).

 

¿Qué ha significado San Felipe?

Pues un lugar mítico, el lugar que esconde la gran fuente de todo. El lugar del origen. Un lugar de la memoria sagrada y el lugar de los primeros aprendizajes a cuyos deslumbramientos siguió la decadencia actual. Es un valle solar y vegetal en donde estuve, creo yo, siempre marcado por el umbral, por lo fronterizo, por un limes, después de la pérdida del paraíso que es, en mi caso, un valle de sol con quebradas de hermosas cuencas arenosas, dos enormes sunsunes y lluvias bajo la luz solar. Uno de los más lejanos recuerdos que tengo, el primer acto en que abría los ojos, cuando todavía el tiempo no se movía o no había empezado, el de la alegría por empezar a jugar y conocer cosas nuevas, en la mañana, al despertar, nada más sentir la luz tibia del sol calentando mis párpados. Despertaba con júbilo, como si naciera cada día en un bucle magnífico de constantes renovaciones.

Crecí en un pequeño barrio en los suburbios del San Felipe actual, que era otra frontera entre paisaje urbano y paisaje silvestre, entre otros dos barrios más grandes y en pugna permanente, entre dos quebradas secas: la Guayabal y la Camachera, cuyas repentinas crecidas, en tiempo de lluvias, eran proverbiales y cuyo rumor o, más bien, su rugido, aterrorizaba a todos.

(Cerca de su casa comenzaba a extenderse el muro del cementerio municipal. Él se subía a los árboles y veía las tumbas. Hoy cree que aquello era otra frontera más enigmática. Por eso cree que quizás esté marcado por la naturaleza de la encrucijada, de lo fronterizo. Era un niño contemplativo. De ahí surgió este hombre contemplativo que a veces parece extranjero en cualquier parte).

 

Lo más importante es resolverme, resolver un sentido trascendente del mundo a través de, o presente en el interior de todo lo que hacemos.

Hay una profundidad, una búsqueda muy propia, cierta tendencia a entender los orígenes… ¿Es lo que sientes más importante?

Sí. Es probable. Lo más importante es resolverme, resolver un sentido trascendente del mundo a través de, o presente en el interior de todo lo que hacemos. Y eso remite constantemente a un origen, a una forma de comprensión que resuelva el eterno conflicto, la sensación de falta de armonía del mundo, la disgregación, la permanente decadencia y el desgaste y la fugacidad de todo. Cierta amenazante e hipertrofiada insignificancia de la vida moderna, que no tiene nada que ver con la sencillez de la vida, donde todo es trivial y puede vivirse sin valorar u otorgar sentido a nada, sin creer absolutamente en nada.

 

¿Qué te causa miedo?

Quizás, eso mismo, el incremento de la terrible y posible falta de sentido de todo y de la ilusión de vivir que pareciera palpitar en el seno o en la raíz de ciertas formas o maneras de vivir actuales y de las cuales somos casi siempre partícipes inconscientes, un crecimiento terrorífico del caos y la desarmonía. Es vivir peligrosamente en esa grieta creciente, entre la cambiante modernidad con valores irrenunciables como los de democracia y los de una cierta racionalidad y la tradición como una necesidad de raíces más permanentes también irrenunciables, escisión que sólo pudiera suturar, por momentos, la capacidad simbólica de la poesía o de cierto sentimiento religioso. Quizás allí reside la pertinaz dificultad para coincidir con lo más verdadero o con lo más auténtico. Eso incluye todo lo demás: la soledad como pobreza vital, la incomunicación básica entre nosotros mismos donde dos desconocidos viven juntos durante muchos años sin que sus corazones se hablen mutuamente y de modo radical y auténtico. En el fondo, todo mundo está solo, nadie conoce a nadie, pero en la superficie todo parece estar muy bien.

También, el cinismo ante nuestro propio empobrecimiento, la absoluta incapacidad para vernos a nosotros mismos, y todo eso que construye tantos círculos viciosos en nuestra manera de vivir. Quizás sea eso lo que los griegos llamaban, mucho más que la hybris, la hamartia, y los cristianos, posteriormente, pecado, con matizaciones morales muy distintas.

 

¿Cuándo comenzaste a detallarte, a analizarte, a sentirte que escribías y vivías poesía?

No lo sé con certeza. Fui un niño observador y silencioso que se maravillaba fácilmente, y sólo fue mucho más tarde cuando me fui haciendo más hablador, más disipado o charlatán. Mi vida ha sido vivida, como es lo común, por etapas, por cambios de piel, o por fases marcadas por ciertas rupturas existenciales, como experiencias iniciáticas, cuyos comienzos intuíamos, a veces, hasta con cierto miedo.

Hay, al respecto, tres escenas inolvidables para mí, muy poderosas, hasta cierto punto, propias de una mitología muy personal.

Primera escena: el viajero

En su infancia, un viajero amigo de la familia regresó de tierras lejanísimas. Fue una visita inesperada. Se sentó con una vestimenta peculiar. Una chaqueta vistosa. Contaba sus historias y Lázaro estaba fascinado escuchando aquellos relatos. “Era un modo de hacer cosas extraordinarias con las palabras, un juego o un artilugio nuevo. Nunca había sentido tanta fascinación por las palabras, unas más extrañas que otras, que salían como maravillas, con un nuevo orden, de su boca. Señalando realidades nuevas, para un niño casi campesino que oía en un estado de revelación y epifanía verbal”.

 

Segunda escena: leer sin parar

Está en la parte trasera de un carro que conduce un pariente de su madre y, de pronto, a través de las ventanillas, como si resolviese repentinamente un código secreto, empieza a leer por primera vez de un modo corrido, sin necesidad de deletrear, y a medida que avanzan por la avenida, va leyendo todos los avisos comerciales, en un gozo absoluto, como si se le hubiese permitido el acceso a un nuevo mundo.

 

Tercera escena: el gran viaje

Y finalmente su largo viaje a Ciudad Piar: el primer gran viaje de su vida, tan distinto de los acostumbrados desplazamientos tribales, merodeadores, a las selváticas riveras de ríos y plantaciones al sureste de San Felipe. Este fue un viaje mayor y definitivo. No sabía que había, a través de interminables carreteras, tantos ríos y puentes. No dejó dormir a su tío Manolo preguntándole todos los nombres de esos ríos.

 

Y entonces descubrió la escritura…

En la tranquila soledad de la casa de otros tíos, ya en Ciudad Piar, en esa pequeña ciudad tan ordenada, pero a la vez aislada y detenida en el tiempo, tenía a su disposición, por primera vez, una biblioteca y una colección de discos que empezó a curiosear. Allí descubrió la escritura como una actividad muy especial, como un modo de objetivar sus estados anímicos, como ejercicios incipientes de autoconocimiento. “La soledad entre esos libros y discos fue entonces una soledad agradable que se convirtió en un espacio muy propio, como pasar tardes enteras en un agradable estanque imaginario muy personal”, dice ahora.

 

Creo que entonces empezó a acelerarse el tiempo y empecé a hacerme adulto.

“Todo se me escapa y todo me interesa”

¿Qué marcó en tu infancia el destino poético?

Probablemente ese primer gran viaje a Ciudad Piar, que fue un traslado iniciático. Pasaba mucho tiempo solo, con nuevas rupturas y nuevas emociones, la paradójica aparición de la experiencia de la ausencia y de la nostalgia. Me inicié en la vida social y en el descubrimiento de la sexualidad. Allí recibí la noticia de la muerte de mi tía Petra (con quien tenía una relación muy especial); fue la primera experiencia profunda de la muerte, fue un enorme dolor, un desgarro titánico para ese pobre niño de doce años, un dolor laberíntico e infinito, irresoluble, que no me podía arrancar del corazón. Nunca tuve padre porque mi padre murió antes de yo nacer y su muerte, tanto como su ausencia, no la viví con la intensidad de ésta. Creo que entonces empezó a acelerarse el tiempo y empecé a hacerme adulto. Recuerdo a mi tío diciéndome, impotente, algo como: “Estas son las experiencias que nos hacen hombres”, y eso apenas me alcanzaba para consolarme, pues nada podía zafarme de ese gran dolor. Pero, en general, en esa estancia allí, y bajo la influencia de ese tío, mi “tío negro” (y en cierta forma también bajo la influencia menos directa de mi otro tío escritor, mi tío Luis Álvarez), apareció la figura del escritor como una elección de vida, la experiencia de la lectura literaria y mis primeros deseos de escribir.

Y en la adolescencia más plena, debo mencionar mi encuentro con un grupo de jóvenes, ya universitarios, mayores que yo, que crearon un grupo literario donde se debatía y se leía apasionadamente a grandes poetas y escritores. Amanecíamos en las calles de San Felipe discutiendo sobre temas actuales y grandes poetas de Latinoamérica y el mundo (Ramos Sucre, Gerbasi, Sánchez Peláez, Cadenas, Vallejo, Huidobro, Lezama, Borges, Rilke, Henry Miller, Rimbaud, la autocrítica forzada de Heberto Padilla, etc.). Entre esos amigos estaban Ennio y Gabriel Jiménez Emán, Orlando Barreto o Rafael Garrido, con la presencia mayor, cercana y silenciosa del poeta Elisio Jiménez Sierra. A ellos debo mucho de mi pasión por leer y escribir poesía de un modo más intenso y permanente. Y a todas esas experiencias juntas debo el hallazgo o la revelación de la poesía como un espacio de autodescubrimiento y de acercamiento auténtico a la vida.

 

Escribir, en el fondo de todo, ¿es encontrarte con cierta felicidad de ser tú?

Sí, en cierta forma. Y, cada vez más, eso es más cierto. La imaginación literaria o la fruición del acto creador han sido formas de compensar carencias o encontrar vías de reflexión u objetivación de nuestras más duras incertidumbres. Y, en otro sentido, si bien nunca sé con certeza cuándo está ya concluido o logrado un poema, esa proximidad me produce un estado final de euforia como pocas veces me hacen sentir otras conquistas. Es salir a la luz de los días de siempre con un poco más de lo propio esencial. Pero no es, en sí, un acontecimiento feliz. La mayoría de las veces puede ser un proceso muy penoso que pocas veces puede ser llevado a buen término. Escribir es, esencialmente, bajar a un oscuro fondo primordial de donde luego, muy duramente, debemos rescatarnos a nosotros mismos. Y no siempre podemos salir bien librados de allí. Muchas son las veces que nos quedamos mirando atrás, sin nada, con Eurídice nuevamente perdida.

 

¿Cuál ha sido tu sueño más preciado?

No sabría decirte. No sé si tenga sueños de ese tipo, ni ídolos de ninguna especie y las utopías, sean de izquierda o de derecha, cada vez me parecen más sospechosas: no hay mundos perfectos, sólo podemos mejorar el que tenemos. Aparte de los deseos normales de todo mundo, podría decir, quizás, uno de los más constantes: llegar a ser un buen poeta y viajar más a menudo. Esto, en cuanto a los sueños como aspiraciones o metas fijas a perseguir. Otra cosa es el sueño como materia fundamental en el juego de la creación literaria, una especie de llama permanente del deseo donde el mundo puede transformarse.

Pero he estado lleno de deseos toda mi vida y me he nutrido, también, de muchas decepciones, pues, ambas cosas son muy importantes. Siento ahora que hay que vivir, como decía Magris, entre la utopía y el desencanto, en donde la realidad y el deseo se limaran o se amoldaran un poco mutuamente. Thoreau, una de mis lecturas predilectas de juventud, decía que había que vivir siempre en la dirección de nuestros sueños. Pero, al mismo tiempo, decía: “Vive el presente y simplifícate”. Eso es contradictorio, pero, a lo mejor, es una contradicción necesaria.

En mi niñez recuerdo que soñé con ser astronauta, luego explorador, después médico o científico para encontrar la cura de enfermedades crueles. En ciudad Piar creamos un grupo que operaba a algunos pobre animales: lo abandonamos porque no soportábamos la crueldad de las operaciones. Después, ya más crecido, quise que el mundo fuese mejor de lo que es y puse bombas de propaganda política en algunas esquinas de la ciudad de Mérida, donde empecé a estudiar Letras. Todo eso lo fueron tempranamente modificando los choques con la realidad, nuevas lecturas, nuevas concepciones y nuevas decepciones, y una mayor valoración de la dignidad humana, a través de la vuelta de los años. Y al final, se consolidó una interioridad distinta y el deseo de escribir como una de las pasiones más permanentes, un modo, también, de “hacer que se haga”, sin humillar ni ejercer violencia contra nadie.

En definitiva, lo que más sueño en los últimos años, a lo que más aspiro, es a vivir una vida lo más auténtica posible, cueste lo que cueste, vivir una vida verdadera. Es decir, mi sueño es despertar.

 

Todos los devaneos descriptivos de mí mismo no son sino derivas provisorias.

¿Qué parte de tu vida no puedes explicar?, ¿qué se te escapa?

Todo se me escapa y, a la vez, todo me interesa. No puedo explicar nada. Todos los devaneos descriptivos de mí mismo no son sino derivas provisorias, explicaciones inciertas, relativas, artificial y momentáneamente delimitadas. La vida, en su totalidad, es algo que no cesa, que está fluyendo siempre, indefinible, infinitamente, incluso en las muertes individuales de los seres vivos, que no cesa nunca. Es un enorme, sorprendente y poderoso enigma. No se puede explicar el sentido de estar aquí, vivos, entre la miseria y el esplendor, haciéndonos preguntas. Pero, al mismo tiempo, no hay nada más extraordinario que eso mismo.

 

¿Cuál es tu gran pasión?

Si te refieres a lo que más deseo, podría decir: viajar y merodear. Eso, quizás, quiera decir “conocer más” y comprender. Puede que haya allí cierta fascinación hacia lo otro. Nada más cercano a la pasión de comprender que la temprana vocación de ver y contemplar, como ocurría en nuestra infancia que encontraba, en el propio patio de su casa, un espacio infinito. Pero es un deseo muy vivo en mí. El desplazamiento, a veces precavido o también imprevisto, dentro de lo peligrosamente desconocido o lo distinto.

 

¿Estás muy cerca de lo que quieres o te mueves como si estuvieras en un lugar que no te corresponde?

Es otra pregunta para la cual no tengo respuestas inmediatas o rotundas. Creo que casi siempre me siento en el lugar que no me corresponde. Un inquietante “no sentirse en casa” que nos puede sorprender en cualquier parte. Y también muchas veces puedo sentirme cerca de lo que quiero. La sensación de estar de paso y muy cerca de lo que quiero, a pesar de insistir en el mismo territorio, quizás sea la que más me acompaña. Excepcionalmente hay epifanías imprevistas, más fugaces que la sensación de ir en marcha hacia algún sitio mientras presentimos algo esencial. La vida pareciera ser, en su mayor parte, una pura aproximación, una posibilidad esplendorosa llena de matices a veces alegres, a veces dolorosos.

 

¿Dónde vives? ¿Casa? ¿Familia? ¿Apartamento?

Vivo entre San Felipe y Caracas. Dos lugares en cierta forma muy distintos pero que se compensan mutuamente, dos espacios con exigencias y dones muy distintos. Me pasé casi toda mi juventud peleando con la ciudad, hasta que me convencí de lo mucho que le debo. Aparte de las miserias que conviven en la penumbra de las ciudades mal concebidas, el anonimato y el desarraigo propician una condición, sobre todo en las grandes ciudades, que las convierte en desiertos espirituales muy puros y propicios para la educación del alma. Pero también son los espacios de intercambio social en los cuales nos podemos realizar como hombres, como seres humanos, de un modo más pleno que en la soledad y la tranquilidad de los espacios rurales. La experiencia del espacio público es el espacio que funda las democracias y la ciudadanía misma como valores occidentales, espacio que se hace ahora para nosotros irrenunciable, como lo son, además, nuestros derechos políticos. Si el sol y el esplendor natural de San Felipe me enseñó que la historia no es todo, el espacio urbano de Caracas me enseñó el valor indeclinable de la amistad y el diálogo y la necesidad irrenunciable del compromiso humano. En San Felipe vivo en una casa y me fascina su horizontalidad y la presencia inmediata y mágica del jazmín en el patio y del sol en la cocina. En Caracas me encanta la visión alta, fresca y suspendida de los apartamentos, la alegre visita de guacamayas y el vuelo de los pájaros, que es como tener en el balcón la posibilidad de una visión de lo sublime.

 

¿Qué haces en esta etapa de peste y dramas?

El confinamiento ha tenido muchas consecuencias en mi: recuperé el hábito de encerrarme en la escritura como en el interior de una semilla, pero al mismo tiempo me hice más antisocial. Por razones accidentales, y necesarias también, me quedé solo en San Felipe y me aislé más de tres meses casi sin ver a nadie. Con pocos viajes a Caracas, estuve más de un año solo. Y, siendo ya de naturaleza un poco esquiva, el confinamiento me aisló mucho más, al punto de que hubo un momento en que se me hacía insoportable la presencia de cualquier visita. Recuperé cierta intensidad perdida, pero creo haberme descuidado un poco en el cuidado de mí y de haber relajado ciertos hábitos urbanos y de cortesía elemental. Así como descuidar la que considero la experiencia social más esencial del siglo: la experiencia de la amistad, ese piadoso ejercicio de aprender a salir de sí mismos y dialogar con el otro. Personalmente lo viví como un peligroso ensimismamiento, como una transición difícil, un punto de rupturas y despedidas dolorosas. Y no hay que olvidar que nosotros vivimos la pandemia como una doble peste: la de la epidemia misma y la del régimen. De hecho, mucho antes en Venezuela ya estábamos incomunicados, aislados y extremadamente limitados. Para muchos fue, más que la experiencia de un feliz hortus conclusus, algo parecido a vivir en la “colonia penitenciaria” o, más bien, en “la madriguera”, como en ese cuento magistral de Kafka donde un indefinido roedor se aísla en su guarida obsesionado con su seguridad y un presunto enemigo invisible. Pero como te digo, se trata de una doble peste, pues, desde antes, dentro de la peste neototalitaria ya todo espacio social era hostil y se vivía la experiencia de la ciudad como una experiencia políticamente degradada.

Sin embargo, ha sido, desde muchos aspectos, una experiencia determinante. Sin dudas que se abre un nuevo período para la cultura occidental, quizás casi inadvertidamente. En los signos que dejó la pandemia, quizás vivida como nunca antes otra pandemia (por las reacciones institucionales y el eco decadente y contradictorio que tuvo en las redes sociales), hay una especie de discurso incipiente sobre el estado actual en que se siguen acumulando las ruinas de la historia. Han quedado marcas que no hemos sabido leer, quizás signos o palabras que son los que pueden despertar la tempestad, porque, como decía Nietzsche, “pensamientos que caminan como pequeñas huellas de palomas son los que dirigen el mundo”. Es probable que nos haga falta un nuevo arte de leer. Pero es muy difícil saber o estar consciente de todo lo que nos ha ocurrido. No sólo es que se nos ha revelado la condición de fragilidad humana de un modo rotundo e inapelable, sino que quizás nunca habíamos sentido la sombra de la muerte recorriendo tantas ciudades como ahora, ni lo tanto que dependemos los unos de los otros ni el tamaño de nuestra incoherencia, a pesar del desarrollo tecnológico para dar respuestas adecuadas a grandes problemas como este.

 

La experiencia poética es una de esas experiencias indefinibles, pero, al mismo tiempo, cercanas o posibles como la experiencia de la libertad o la del amor.

Hay gente siempre definiendo lo que es poesía, y hasta apropiándose de la poesía, aunque es inatrapable, ¿tienes una idea que te defina lo que es poesía?

No. No la tengo. La experiencia poética es una de esas experiencias indefinibles, pero, al mismo tiempo, cercanas o posibles como la experiencia de la libertad o la del amor, en sus distintos grados o naturalezas. Se que, mientras más lo intente, más precarios me parecerán los resultados. Es, quizás, una experiencia variada pero muy cercana a las experiencias cumbres de toda vida humana: reveladoras, excepcionales, elevadoras, sublimes quizás. Pero a la vez, muy sencillas y muy universales también. Tampoco pretendo mistificar o enrarecer esa experiencia. Muchas maravillas o misterios están más cerca de nosotros de lo que imaginamos. Es una experiencia muy humana y cercana a cualquiera. Pertenece a todo ser humano que se deje tocar por ella y, ojalá, como quería Lautréamont, llegara el día en que pueda ser hecha por todos.

Otra cosa es el poema como obra de arte lograda, nada fácil ni común para quienes tenemos que hacer un gran esfuerzo para intentar acercarnos a ese logro. En mi caso es una vocación muy dura, un demonio difícil, frente al cual tengo que batallar mucho, pues no me se rinde tan frecuente ni tan fácilmente. Sólo disfruto las finalizaciones, pero muy raras veces se me da como una gracia y no como producto de un largo y penoso proceso.

 

¿Qué te duele más hoy en día? ¿Qué te conmueve más?

No soy muy afecto a esos narcisismos colectivos que son los patriotismos y los nacionalismos, pero nunca me había dolido tanto el país como ahora. Tenemos ya muchos años nutriéndonos de relatos de una diáspora dolorosa, de relatos de miseria y decadencia, de hambre, ruina, abandono, degradación humana y destrucción frente a lo cual los jerarcas del régimen sólo responden con sarcasmo, prepotencia y propaganda ideológica. Nunca había tenido yo una pasión tan sensible como esa, de tal modo que me vengo en lágrimas muy fácilmente cuando escucho estos cuentos, ni había sentido esa vaga palabra tan agudamente clavada en el pecho con un dolor tan hondo como ahora. Dolor aún más profundo cuando, si hacemos un inventario más riguroso, caemos en cuenta de que necesitaremos mucho tiempo y muchas generaciones para recuperarnos, más allá del puro problema económico, de los daños morales, culturales o espirituales que se le han causado al país en estos últimos veinte años. Y me sorprende que todavía haya intelectuales latinoamericanos y europeos de mucho prestigio que sigan apoyando este régimen, sólo porque es de izquierda: al parecer, no es lo mismo ser sensible que ser inteligente, o quizás se deba a que hay inteligencias de distinto tipo, o a que hay cierto tipo especial de ignorancias muy esquivas y evasivas. O que se puede ser inteligente y, al mismo tiempo, políticamente muy infantil, un infantilismo político que puede cultivarse y ser muy refinado. Paralelamente, al parecer, la ignorancia también progresa, decía Milan Kundera. Pero lo más claro es que las pasiones partidistas o sectarias, pegajosas y espesas, aparte de que no diferencian bien entre los hechos y las opiniones, vuelven muy opacas a las más finas inteligencias. Decía por lo mismo Madame de Staël que, de todas las pasiones, la pasión partidista (la de quien se aficiona a una sola parte) es la que más se opone al claro despliegue del pensamiento.

José Pulido
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