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Marcelle Liliane Jayé Tandura, una pintora delicada y onírica
Ella dibujó cadáveres antes de restaurar las obras de la Casa Natal de Bolívar

domingo 2 de abril de 2023
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Marcelle Liliane Jayé Tandura
Marcelle Liliane Jayé Tandura: “No podría siempre pintar de la misma manera, porque considero que el artista debe evolucionar”.

La conjunción de sus nombres y sus apellidos anuncia la rareza. El rasgo original. Marcelle Liliane Jayé Tandura. Personaje insólito de impresionante transitar. Artista sensible y sumamente inquietante en última instancia.

La pintura, la escultura y los dibujos de Marcelle Liliane Jayé Tandura muestran la trayectoria de una mujer dedicada al arte, a la minuciosidad del arte, a las técnicas avanzadas y al amor por la perfección, inquietudes exigentes que nacieron como requisitos básicos en los grandes y reverberantes talleres del Renacimiento. Ella es una artista al pie de la letra, centímetro a centímetro.

Ella viaja sobre la tela o el papel dejando huellas reales o huellas fantásticas: le da lo mismo porque su satisfacción estriba en conseguir que la obra tenga vida propia y se quede mostrando lo que debe mostrar.

El modo delicado y onírico que vierte en cada una de sus obras se convierte en una característica que atrae la mirada del más insensible de los espectadores. Puede ser un retrato realizado con pocos trazos o una imagen de muchos detalles: siempre se torna imán para los ojos asombrados.

Cuando estuvo viviendo en Venezuela fue reconocida como una minuciosa restauradora de arte y le encargaron trabajos puntuales, importantes. Mucho tiempo después regresó a Italia y de vez en cuando conversamos vía computadora, vía WhatsApp, vía correo electrónico.

Es una persona con mucha cultura, que ama el arte. Lo comprendí bien cuando un día me contó su vida a grandes rasgos.

 

Tuvieron que buscar a un anciano doctor jubilado porque ni la comadrona ni el médico joven de la localidad podían ayudar a la parturienta.

Nevaba mucho cuando nació

Marcelle Liliane comenzó contando su historia así: “En el lejano 1937 una joven italiana, emigrante, recién casada con un joven soldado belga, llevaba tres días tratando de dar a luz”.

La joven italiana que estaba dando a luz era su madre Argenide Tandura Pin. El joven soldado belga era su padre: Marcel Jayé Quewet.

Eso ocurría en el barrio Roux de la ciudad de Charleroi, en Bélgica. La joven italiana se hallaba dando a luz en la casa de los padres del soldado: Desiré Nikolas Jayé y Palmire Germaine Quewet Scory.

Estaba nevando fuertemente. Tuvieron que buscar a un anciano doctor jubilado porque ni la comadrona ni el médico joven de la localidad podían ayudar a la parturienta. Finalmente, el viejo doctor logró que naciera la niña, a quien llamaron después Marcelle Liliane. Se salvó de milagro: tenía el cordón umbilical alrededor del cuello. Afuera la nieve alcanzaba un metro de altura. El viejo doctor tuvo que permanecer siete días en esa casa. Marcelle Liliane tuvo atención médica siete días seguidos.

Ella es así: un rato de tragedias y otro de buena suerte. Es una artista que nunca se lamenta de nada. Ama su cotidianidad en el taller.

Dos años después, en 1939, estalló la Segunda Guerra Mundial. El padre de Marcelle Liliane fue llamado al frente y meses después fue hecho prisionero en Alemania. Lo pusieron a trabajar en unos viñedos. Cuando lo liberaron la familia decidió irse a Italia. Salieron de Bélgica a pie en 1944; estuvieron ocho meses en Alemania arreglando papeles. Llegaron a Italia el 23 de abril de 1945. Dos días después ocurrió lo que llamaron La Liberación.

“En Italia, en el Véneto, de donde era mi madre, encontramos refugio y hospitalidad con el hermano y la hermana de mi abuela. El francés fue mi primera lengua y después tuve que hablar alemán. Mi padre hablaba francés, wallon (valón, lengua románica), flamenco, holandés, alemán y polaco”, ha dicho Marcelle Liliane.

Durante varios meses he estado mirando sus obras, cuyas imágenes me envía cada vez que expone o participa en alguna exposición colectiva. Marcelle Liliane es admirable: a pesar de estar enferma y resistir los embates del tiempo, sigue dibujando y pintando. Lo hace con un carisma juguetón, con un arte que surge como en oleadas desde diversos momentos de su emocionante pasado. Le hice algunas preguntas. Y ella respondió con su pasión intacta.

 

Marcelle Liliane Jayé Tandura
La artista durante su exposición en la ciudad de Conegliano, en 2020.

Mi madre también era pintora y tocaba varios instrumentos musicales como la mandolina, el piano, la filarmónica.

El día que pintó palmeras sin conocerlas

Muchos integrantes de tu familia eran artistas, ¿no?

Mi madre, Argenide Tandura Pin, llegó a Bélgica a los siete años de edad con su madre, Olinta Pin, su padre, Costantino Tandura, tres hermanas y un hermano mayor, Eligio, de dos años. Mi abuelo Costantino era pintor, fue llamado para restaurar los frescos de la iglesia de Lodelinsart y unos palacios. Murió a los 49 años envenenado por el plomo que contenían los colores. Mi madre también era pintora y tocaba varios instrumentos musicales como la mandolina, el piano, la filarmónica. Mi tío Eligio, además de haber aprendido a ser panadero y pastelero, estudiaba arte por la noche.

Yo estudié arte en Italia, en las ciudades de Conegliano, Gorizia, Mestre y Venecia (Scuola d’Arte di Gorizia, academia en Venecia). Mi madre tenía primos y tíos que eran artistas y restauradores. Pude aprender con ellos muchos secretos y técnicas de la restauración. Uno de ellos era profesor en la Academia de Bellas Artes en Venecia, fui su ayudante y también ayudante de otros profesores.

 

¿Cuándo llegaste a Venezuela?

En octubre de 1956, cuando yo tenía diecinueve años; gracias a la intervención de los padres capuchinos y del Vaticano pudimos viajar en el barco Franca C, desde Génova a Venezuela. La compañía me regaló el pasaje, y en agradecimiento les hice un cuadro en una sábana mientras estábamos viajando en el barco. El cuadro representaba el mar con unas palmeras. Esa visión de las palmeras me ilusionaba. Nunca había visto de verdad unas palmeras de playa, pero vi fotos de las costas de Venezuela y las reflejé en aquella obra.

Ya en Caracas se encontraban mi abuela materna, Olinta; mis tres tías, Nadia, Diana y Lidia, y mis primos, los hijos de Diana. Mi bisabuelo materno, Giovanni (padre de Costantino), que también era pintor y había emigrado a Argentina en 1922.

Llegamos en noviembre de 1956, luego de casi un mes de viaje en el barco. En Caracas, de Peligro a Miguelacho, en Candelaria, fuimos a vivir con mi abuela y las tías solteras Nadia y Lidia.

 

¿Cómo fue esa primera temporada en Venezuela?

Comencé enseguida a trabajar en una librería de una señora judía que hablaba italiano. Quedaba de Madrices a Ibarra. Allí conocí a un médico, el cual oyéndome hablar en italiano me preguntó qué hacía y le dije que había estudiado arte; me dijo que necesitaba un dibujante para ayudarlo con unos dibujos. Me dio la dirección donde debía ir para hacerle los dibujos. Era la morgue de la Universidad Central de Venezuela y el trabajo consistía en dibujar cadáveres y partes humanas. Al momento me asusté, pero como había dejado el trabajo anterior y mi padre no había conseguido nada, no me eché para atrás y acepté.

Los primeros días vomitaba siempre. El doctor se llamaba Pepe Izquierdo: me daba fuerza y de paso me explicaba todo sobre las partes anatómicas. Él no era muy simpático, pero sí muy preciso, aprendí mucho. A él le agradaban mis dibujos y mi interés por la anatomía. Dejé el trabajo porque me enfermé, además iba a pie al trabajo y me cansaba mucho. En algunos de sus libros aparecen dibujos míos.

 

¿Qué pasó después?

Fui a trabajar en una pastelería como cajera en Sabana Grande. También trabajé haciendo la contabilidad en una fábrica de zapatos en San Martín, pero como el dueño me hacía trabajar también los domingos y era muy atacón dejé ese trabajo.

Conseguí un nuevo trabajo en Chacao, donde nos habíamos mudado. Se trataba de dibujar todo sobre hornos incineradores de basura, dibujo técnico. Luego se me presentó otra oportunidad en Plaza Venezuela, en una compañía de casas prefabricadas que llamaron Susana, por Susana Duijm (Miss Mundo 1955), a quien conocí. Allí yo trabajaba con un arquitecto que era también profesor en la Universidad Central de Venezuela. Se llamaba Germán Trujillo y su esposa, Teresina Rada, era su alumna. Se casaron. Un día me invitaron a su casa y me presentaron a otro arquitecto que había sido su compañero en la universidad. Él era húngaro y también había llegado a Venezuela pocos años antes. Se llamaba Leslie Szegedy Graner. Nos frecuentamos un tiempo y en julio de 1961 nos casamos. Yo había adquirido la ciudadanía venezolana unos meses antes.

 

Expuse en la Galería Universitaria de Arte en 1965 y conocí a varios críticos, entre ellos a Juan Calzadilla.

El día que abrió una galería de arte

¿No continuaste pintando después que te casaste?

Seguí haciendo los dibujos para mi esposo y otros compañeros suyos. Nunca dejé de dibujar ni pintar. Iba a la azotea donde había una terraza y estaban los lavaderos privados en Las Mercedes, en el edificio Sylhel, de la avenida principal.

Al mismo tiempo estudiaba inglés en el Centro Venezolano Americano, y allí pude hacer mi primera exposición (1961) de figuras, desnudos de indios, unos veinte trabajos. Expuse en la Galería Universitaria de Arte en 1965 y conocí a varios críticos, entre ellos a Juan Calzadilla, y vendí muchas de mis obras. Conocí a un médico oftalmólogo. Me habló de una obra que tenía y estaba muy oscura y sucia y con un hueco, la fui a ver y la restauré. Le encantó y le seguí restaurando y a sus amigos también.

Me divorcié en 1965. Tuve una hija el 20 agosto de 1963, nacida exactamente dos años después de casarme. Crie a mi hija con mis padres.

Yo había ido a trabajar a Otis Elevator Company, para dibujar ascensores, pero seguí con mis pinturas y con las restauraciones. Conocí a un joven oriental y me casé por segunda vez. Me retiré de Otis y me dediqué enteramente a mi trabajo de pintora, escultora, ceramista, profesora de arte y restauradora.

 

¿Abriste una galería de arte en Caracas?

Compré una galería de arte y la llamé L’Atelier Alta Florida. Quedaba en la avenida Los Mangos de la Alta Florida. Allí abrí una academia de arte, donde daba clases. Estaba inscrita en el Ministerio de Educación. Esa avenida era muy famosa, porque se encontraban numerosas e importantes galerías de arte como la mía. Los domingos era una afluencia enorme de personas que visitaban las galerías de esa avenida.

 

¿Cómo fue el inicio en la restauración de obras mayores?

Conocí a una anticuaria de muebles y lámparas antiguas, Enriqueta Briceño Márquez, sobrina de un presidente interino de la república de Venezuela. Ella se había mudado cerca y me pidió que le restaurara unos muebles. Cerré las clases porque el volumen de obras a restaurar era enorme; llegaban camiones con bellísimas obras, muebles antiguos, franceses, italianos.

El director de la Dirección de Ceremonial y Acervo Histórico de la Nación, doctor Marcos París del Gallego, quien tenía cierta experiencia por haber trabajado con los presidentes de la Republica Rafael Caldera y Carlos Andrés Pérez, me llamó un día con el encargo de restaurar las obras pertenecientes a la Casa Natal del Libertador Simón Bolívar y el Museo Bolivariano de Caracas. Yo era entonces la restauradora del Acervo Histórico de la nación venezolana.

 

¿Qué restaurabas?

La urna de Simón Bolívar, mi querido Libertador, el Arca Cineraria, la silla de mano de la madre del Libertador, el escritorio de la tía, las puertas internas y externas afectadas con comején, ventanas.

También restauré la bandera que estaba sobre la urna del Libertador. Pasé varios meses uniendo miles de fragmentos. La Dirección de Ceremonial me encargó la restauración de los retratos de Juana Bolívar y María Antonia Bolívar.

Limpié e hice conservación a obras en las cuales está representado mi querido Libertador: “Don Simón Bolívar, en Cámara ardiente” y “Los últimos momentos del Libertador”, dañados por un loco que les pegó unos papeles a las obras.

Hice varios descubrimientos, como por ejemplo el retrato en marfil que estaba pegado sobre la urna y que había desaparecido; tenía las mismas medidas que el que compró Alfredo Boulton en una subasta en Londres. Para mí, y según pude examinarlo, era el mismo. Tuve una buena amistad con el señor Alfredo Boulton, a quien le restauré muchas piezas de su colección personal.

 

Hiciste trabajos de restauración para importantes colecciones, según tengo entendido.

Restauré obras de Cristóbal Rojas y de Arturo Michelena que pertenecían a Luis Herrera Campins. Él era presidente y me llamaba para que conversara con él en Miraflores. Restauré también para Juan Liscano y tuve el placer de tomar café y té con él y Carmen. Me contaron lo de sus dos apartamentos; me regaló unas botellas de vino firmadas por él.

El periodista y escritor Ben Ami Fihman me llamó un día para escribir en la revista Exceso, desde la número uno. Tuvimos una especie de amistad, tanto así que le restauré decenas de obras.

 

Tuviste buena relación con la señora Sofía Ímber, ¿no?

Me divorcié de nuevo en 1986/88. Así, libre de interferencias negativas, seguí adelante. Un día Sofía Ímber me invitó a exponer mis dibujos en la Sala Cadafe del Museo de Arte Contemporáneo. Ella previamente había visto mis dibujos. Me llamaba por teléfono, quería saber de mi vida de niña en la Segunda Guerra. Creo que mi primer esposo era amigo del suyo.

 

La pandemia para mí ha sido beneficiosa porque me ha regalado más tiempo para hacer mis cosas.

El día que regresó a Italia

¿Cuándo regresaron tu hija y tú a Italia?

En abril de 2004 llegamos a Italia, primero a Cerdeña, donde seguí con mi pintura, y después de dos años, por petición de mi madre, nos mudamos a la región del Véneto, para estar cerca de mis tías Nadia y Lidia, que estaban solas y enfermas.

Yo seguía dibujando. Murieron mis tías y después mi madre.

Mi hija, quien estudió en las universidades de Venezuela administración con máster en gerencia empresarial, ha logrado combinar el arte que le fluye por sus venas (vivió toda su vida entre mis galerías de arte, mis academias de pintura y escultura) y en la actualidad es una perfecta art manager, que asiste a importantes ferias de arte en Italia y Europa.

 

¿Qué ha cambiado en tu estilo después que regresaste a Italia?

Durante toda mi vida artística he cambiado muchas veces de manera de dibujar y pintar a causa de mi constante búsqueda en perfeccionar trazos, líneas, herramientas, pinceles, materiales, etc. No podría siempre pintar de la misma manera, porque considero que el artista debe evolucionar. No pinto hoy igual, porque no soy igual, he cambiado, he visto otras cosas que me han influenciado, que me han gustado. Generalmente trato de mejorar mis trazos y mis líneas y me corrijo constantemente, nunca estoy conforme.

Me agrada mucho la hojilla, esa que usan para los muebles policromados, en sus varios espesores y colores, no es fácil trabajarla y por eso lo hago, pero gracias a la restauración lo sé hacer.

Me agrada más trabajar la figura humana y animal, las expresiones. Adoro e insisto con la tinta china y mis palitos de bambú, que a la señora Sofía Ímber le llamaban mucho la atención. Hay una manera muy especial de trabajar con ellos prácticamente en el aire, lo aprendí con un arquitecto chino-japonés amigo de mi primer esposo.

 

¿Cómo viviste la pandemia?

La pandemia para mí ha sido beneficiosa porque me ha regalado más tiempo para hacer mis cosas, pero en general es preocupante y doloroso ver la ausencia de una real solución: todavía la están buscando.

 

¿Vives en una casa o en un apartamento?

Vivo en una casa de dos pisos, con una hermosa gatita, que se llama Mía. A mi hija le he dado el gatito negro que encontré abandonado en una calle de La Florida, en Caracas. Se llama Totó: aquí la veterinaria nos dice que es una especie rara, porque no tiene la primera capa de pelo, por eso se la pasa metiéndose debajo del edredón relleno de plumas y durmiendo al sol cuando hay.

En Venezuela me mataron a todos mis perros, gatos y un caballo, cuando me invadieron la hacienda en Carayaca. Me traje de Venezuela las cenizas de mi padre y de mi primer esposo.

 

Algunas obras de Marcelle Liliane Jayé Tandura

José Pulido

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