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Gabriela Carrera Marquis y sus fotografías: momentos que se van hacia el futuro

viernes 7 de julio de 2023
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Gabriela Carrera Marquis
Gabriela Carrera Marquis: “Cuando una fotografía es realmente buena nunca deja de llamar la atención al volver a verla”. Carlos Ayesta

Gabriela Carrera Marquis ha fotografiado objetos, paisajes, personas y animales en más de cincuenta países. Ha hecho intensas, abrazadoras fotografías del Ávila y del Parque del Este, para que sus hijos que viven en el exterior sientan la cercanía de Caracas. Ella ha hurgado en todos los rincones de la existencia buscando belleza y demás respuestas. Ha experimentado con el color, con el blanco y negro, con los espacios donde la gente acude buscando comprensión o dejando un rastro de vida. Gabriela lo ha expresado y lo ha sentido.

Estudió Arquitectura, pero la pasión por la fotografía ha establecido en su trayectoria vital un modo sentimental de avanzar, de descifrar el tiempo. Ella fotografió el Himalaya, Nueva Zelanda, el paso de los leones en el desierto del Kalahari: cualquier grandeza contundente y multitudinaria. Pero también ha puesto su mirada en el detalle, en lo mínimo. Y en esas cosas que de repente revelan los rincones donde el alma se acurruca en las tristezas o en las ambigüedades momentáneas.

 

La barra, el bar, la conversación

Esto que voy a decir no encierra un valor crítico y tampoco representa un valor estético, pero es la pura verdad: las fotografías de Gabriela Carrera Marquis me hacen revivir momentos que parecían borrados, olvidos de hombre condenado a escapar de los bares como si fueran el demonio. Sus imágenes me han traído instantes de conversaciones intrascendentes, saturadas de una felicidad que se sabe pasajera pero que no tiene comparación porque es una fugaz felicidad protegida por la atmósfera de la charla amigable.

En esos diálogos de la barra también participan los brillos de las botellas insinuando la posibilidad de que todos los colores y sabores propondrán inusitadamente unas cuantas historias desechables.

Las imágenes que logra Gabriela conllevan su propia versión de la vida.

Uno se arropa con esa atmósfera, uno se solaza con pensamientos que partieron de allí buscando rutas hacia el mar del reposo, donde se recuenta y se hace balance de todo lo que se ha hecho.

Las imágenes que logra Gabriela conllevan su propia versión de la vida, cuentan lo que significa un escenario donde todo está hecho para relacionarse de un modo sincero. Del modo más sincero posible: dialogantes rodeados por la diversidad de licores encerrados en una dimensión propia, por reflejos de maderas barnizadas que han rozado cuerpos y han sentido que pasaron por ahí miles de manos, miles de escrituras para leer el porvenir.

La estética de Gabriela es una especie de silencio visual que origina motivos de conversación, recuerdos de personas fuera de itinerario.

Hay un fantasma acechando, asomándose en las fotografías con deseos de manifestarse plenamente, pero no lo hace. Es un fantasma de toque perfecto, de susto lírico: los espejos, los reflejos, los cristales que se vuelven distantes.

Y de repente la grandeza aparece enfrente de lo cotidiano, el arte sobrevuela. Todo conversa: las camisas también. Los gestos. Las ausencias. ¿Quién faltó a la cita?

A veces hay secretos en las caras. Hermetismos de lo pensativo. Se quedan encerrados los secretos, a punto de salir y explayarse. Las confesiones tardan. Las tristezas se avispan y las alegrías pueden aparecer insinuando miradas húmedas. Nacimiento de lágrimas.

 

 

Observando sin ser vista

¿Cómo llegaste al tema de los bares? ¿Y al tema de las conversaciones?

De la vida, de crecer siempre relacionada con una mesa, de observar cómo se relacionaban en torno a una mesa servida, el antes y después, una buena comida, una bebida interesante, pero la compañía era siempre lo más importante.

Con el tiempo, y ya fuera de una casa, comencé a ver más allá del límite de la mesa propia. Comenzó el interés por lo que viven los demás, cómo se comunican, miradas, gestos. La intensidad, la complicidad, o el aburrimiento y la distancia. Visitar bares, botiquines, expendios de cerveza donde surgen las expresiones más atractivas para una imagen.

Siempre distante, observando sin ser vista para no perder el instante espontáneo, porque al ser vista las expresiones resultan de pose y no es lo que busco. Si hay rechazo, pido disculpas y me alejo. En algunos lugares planteo que estaré ahí, observando, que no existo, y por lo general recibo risas y aceptación.

Ya se ha vuelto un constante observar, sea donde sea. Lo más simpático es que quienes constantemente me acompañan ya están entrenados, saben dónde me ubicaré y muchas veces hasta están pendientes del ambiente, mis hijos sobre todo, y Rafael, quien ya está en línea con mi objetivo.

 

¿Qué es lo que más te emociona de la fotografía?

Detener el tiempo. Desde que pude tener una cámara en la mano intenté dejar un recuerdo, fotografías de familia y amigos en cualquier tipo de actividad que para mí fuera importante recordar. Disfruto muchísimo cuando reencuentro esas fotografías y las comparto de nuevo.

Con más experiencia fotográfica: las personas y sus oficios, los espacios y paisajes, luces y sombras, es lo cotidiano, la vida.

 

Dejar registros para quienes tengan luego interés de cómo era en el pasado, es de gran aporte.

¿Qué es lo que más te importa de la fotografía?

El futuro, ya sea por un recuerdo, resguardo de un evento o una actividad importante, por un lugar o un paisaje. Todo cambia de una forma tan radical que dejar registros para quienes tengan luego interés de cómo era en el pasado, es de gran aporte. A su vez, generar una pieza que pueda ser de importancia por su belleza o información tiene gran valor.

 

La fotografía en tu vida ¿ha sido un obstáculo o una tabla de salvación?

Siempre me gustó, utilizaba la cámara de mi mamá, una Kodak Instamatic, ella me la prestaba en los viajes que hacíamos en familia. Tomé Arquitectura como carrera, a veces pienso que debí formalizar la fotografía, pero ahora estoy segura de que estudiar esa carrera me formó la mirada con más fuerza. Luego de una crisis profesional por lo que estamos viviendo como país, a los 44 años, una amiga muy querida, Alicia Mendoza (a quien conocí en una aventura increíble, un recorrido por el río Caura y el salto Para en el estado Bolívar), me invitó a ver una presentación de fotografías y me puso en contacto para hacer mi primer viaje fotográfico a Marruecos. Desde ese viaje no he parado, formándome, viajando y realizando proyectos, transformé mi vida.

 

¿Cuál fue tu primera cámara? ¿Cómo fue tu primera foto?

A los diecisiete años me regalaron una Pentax K100, con la cual aprendí lo básico y disfruté inmensamente, pero con recursos recortados no podía inventar mucho, el usar película y su procesado debía ser comedido. Todavía la tengo, para mí es muy valiosa.

Mis primeras fotos fueron en Cambridge, Inglaterra; recorría King’s College y ahí el río, la gente y la vegetación, mi familia en la casa. Las conservo, son mi tesoro.

Al regresar a Venezuela, en 1979, tomé unas en el Golfo de Cariaco, en Petare, un caserío donde siempre pasamos vacaciones; todavía conservo esas imágenes, un bonito recuerdo.

 

¿Qué es lo más importante que has aprendido sobre la fotografía y la imagen?

Que cuando una fotografía es realmente buena nunca deja de llamar la atención al volver a verla. La fotografía siempre debe sorprender. Como imagen individual.

Al formar parte de un relato se deben apoyar unas a otras y debemos ser muy cautelosos en la selección. A veces no es fácil decidir. Mantener el criterio deseado debe ser firme.

El valor de una imagen es infinito, es de interés para muchos, pero es muy personal e individual. Siempre pienso en esto a partir de lo que resulta del Ávila. Desata gustos artísticos, que son pocos, pero también desata pasiones por representar un arraigo por la ciudad. Hay quienes celebran con mucha emoción una imagen diaria de la montaña.

 

¿Cuál es el tema que más te gusta?

Como proyecto, las personas en su vida, ya sean actividades cotidianas o compartiendo con otras personas. A su vez los paisajes, aquellos instantes que marcan por lo impactantes.

 

La luz es muy importante para determinar qué usaré.

¿Blanco y negro o color? ¿Qué te resulta más expresivo o importante?

Me gusta trabajar en las dos versiones, depende del momento y del lugar. La luz es muy importante para determinar qué usaré.

Si es un proyecto en digital elaborado en muchos años prefiero el blanco y negro, necesito unificar, y más cuando he utilizado diferentes cámaras.

 

Ahora que todo el mundo carga una cámara en el teléfono, ¿qué ocurre con la fotografía, con la imagen, con el fotógrafo profesional y su arte?

Ahora todos tienen su recuerdo a mano, de inmediato, con un sinfín de destinos.

Al fotógrafo profesional le pasa como a los arquitectos y diseñadores: cualquiera toma la imagen o dibuja un espacio o un producto, siempre hay quien lo ejecuta como producto final y desgraciadamente no hay ni respeto ni límite.

Sólo queda la destreza, la mirada, la técnica que sí hace la diferencia, pero muy pocos lo valoran. Hay quienes contratan para enseñar a tomar fotos y no tener que contratar al fotógrafo.

Sí creo que quien genera imágenes destacadas o artísticamente muy bien logradas mantiene su espacio y valor. La excelencia hace la diferencia.

 

¿Qué diferencia establecerías entre una imagen natural, que está enfrente de tu cámara, y una imagen intervenida?

En este momento de vida en que lo artificial está tomando tanta fuerza, es difícil demostrar lo importante de lo natural. Tengo la experiencia de cuando presenté en un concurso de paisajes, una fotografía tomada en el Raudal de Ceguera, en el Autana: el comentario fue que no podía ser que en un paisaje sucedieran tantas cosas a la vez. Eso me causó risa.

Algo parecido le sucedió a un compañero del viaje que hicimos a Nueva Zelanda, con un paisaje que los dos hicimos. A él le comentaron que había exagerado con el PhotoShop, pero en el mundo hay lugares así, que no parecen reales.

Lo difícil ahora es saber qué es natural y qué no, qué es real y qué es falso. Falta mucho por vivir.

 

¿Qué autores has leído que te hayan impactado, interesado o conmovido en estos tiempos?

Por la fotografía más que lectura me dedico a observar pinturas principalmente, los clásicos son muy importantes para mí. Escuela Flamenca, Jan van Eyck, Rembrandt, Rubens, Caravaggio. Del Barroco holandés, Vermeer. Británicos como Turner. Canaletto, Veneciano, con sus pinturas de paisajes urbanos, impresionante exactitud.

Con la obra del francés Georges-Pierre Seurat disfruto la observación en paisajes naturales donde muestra lo recreacional, no sé por qué siempre veo a su bañista con el gorro rojo. Su estudio en la descomposición de colores es admirable.

El trabajo de fotógrafos, sobre todo documentalistas: Joaquín Cortés, Luis Brito, Leo Álvarez, Sebastián Salgado y, con sus paisajes, Ansel Adams, son algunos de los que han marcado mi ruta.

José Pulido

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