
Miguel Ángel Fornerín, nacido en Higüey, República Dominicana, es un poeta, ensayista y crítico literario reconocido. Con un Doctorado en Filosofía y Letras por el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, ha sido catedrático en la Universidad de Puerto Rico en Cayey y profesor en el Centro Avanzado de Puerto Rico y el Caribe. Su trabajo se centra en la relación entre la historia y la literatura, especialmente la literatura caribeña de Puerto Rico y República Dominicana, así como en la relación entre el lenguaje y la sociedad, el poder y la política.
Ha destacado por su enfoque crítico-cultural en la expresión periodística y su tesis sobresaliente sobre Pedro Mir en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe. Ha realizado estudios en la Universidad de Valladolid en España y en el Departamento de Historia de América de la Universidad de Sevilla.
Como autor, ha publicado una amplia gama de libros, entre ellos El libro de los altares, Figuraciones caribeñas y El canon horizontal. Sus artículos en revistas especializadas abordan temas como la novelística dominicana, el vanguardismo en Puerto Rico y el cuento dominicano en el siglo XX. Además, ha recibido numerosos reconocimientos, incluido el Premio Nacional Pedro Henríquez Ureña de ensayo literario. Su contribución al campo de las artes y las humanidades ha sido ampliamente reconocida, tanto en República Dominicana como en Puerto Rico. Él ha contestado todas nuestras preguntas. Todas sus respuestas son para ser compartidas con todos vosotros.

Hace una década publicó La escritura de Pedro Mir (2014). ¿De qué trata dicho texto? ¿Cómo surgió la oportunidad de trabajarlo?
La escritura de Pedro Mir es un estudio de las obras del poeta y esteta dominicano, quien también incursionó en la teoría de la historia con un estudio abarcador que muestra una nueva teoría sobre la noción de período en la historia dominicana. Como estética Mir defendió la filosofía del arte frente al poder imperialista de la lingüística como ciencia del lenguaje y de lo social que se estableció como paradigma en el siglo XX.
Mi libro es un estudio poético de las obras del autor a partir de distintos acercamientos en que se muestra la conjunción de una tradición crítica con métodos posestructuralistas, como la poética y la teoría del discurso, situando a Mir dentro del relato de la literatura caribeña.
El proyecto comenzó antes de mis estudios de maestría en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe. Creo que ya la decisión estaba formada en 1984, cuando conocí a Mir y él escuchó mi poesía. Yo había sido un lector ávido de sus poemas.
¿Qué relación tiene su trabajo creativo-investigativo previo a La escritura de Pedro Mir y su trabajo creativo-investigativo posterior? ¿Cómo lo hilvana con su experiencia de dominicano y su memoria personal de lo caribeño dentro de Puerto Rico y República Dominicana?
Antes de La escritura de Pedro Mir había ganado varios certámenes de literatura regional, con jurados formados por profesores universitarios, lo que me llevó a publicar mi primer libro de poesía en 1984. Luego, para terminar la Licenciatura en Educación mención Letras, escribí mi primera tesis sobre la obra de León David (Teoría y práctica en la poética de León David, 1986), publicada por la Editora de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Entonces me enfoqué en la crítica literaria. El grupo de críticos dominicanos me acogió muy joven y tuve que demostrar que ese reconocimiento tenía una base, porque creo que lo hicieron porque vieron en mí una promesa. Y desde entonces estoy al pie del cañón de la crítica literaria y cultural.
Llegué a Puerto Rico al finalizar la década de 1980 y muy rápido entré en contacto con profesores y escritores puertorriqueños. El doctor Ramón Luis Acevedo, quien es maestro y amigo, me señaló el camino de los estudios graduados. Yo quería tener una formación en el tema del Caribe. Había estado en la isla de Guadalupe y me interesaba conocer nuestra cultura, cuyo conocimiento fue potenciado en Europa por la Revolución cubana de 1959 y la guerra civil de Santo Domingo de 1965. Sin contar los acontecimientos de la Guerra Fría, donde pasamos de regímenes dictatoriales, como el de Trujillo y Duvalier, a unas seudodemocracias dependientes.
Pienso que el Caribe puede verse por la metáfora acuática del naufragio. De la caída de nuestras plantaciones, de la crisis y miseria que nos dejaron los despojos de los gobiernos coloniales que nos definieron. Lo que quedó se acriolla dentro de la insuficiencia, la carencia, la sobrevivencia... De ahí que somos los náufragos de muchas ideas y proyectos sociales, económicos, políticos... La metáfora del naufragio me ha acompañado todo este tiempo. Pero lo fundamental para mí es explicarme y explicar a los otros la forma como durante esa lucha de resistencia hemos construido un perfil social y cultural de nosotros mismos, ya que el lenguaje es lo que nos define e informa. Las formas de nuestra cultura deben ser estudiadas lingüísticamente, de ahí que estoy montado en una tradición que se remonta en Cuba a Martí, Fernando Ortiz y Juan Marinello; en Puerto Rico a Alejandro Tapia, Salvador Brau, Antonio S. Pedreira, Ricardo E. Alegría y Concha Meléndez; en Santo Domingo a Pedro Francisco Bonó, Federico García Godoy y Pedro Henríquez Ureña; en Haití a Jean Price Mars y Gerard Pierre-Charles, y tantos otros que buscaron ese perfil por unidad y diferenciación.
Mi experiencia personal no tiene mucha importancia, porque a todas las personas nos pasa prácticamente lo mismo. Y poco podemos enseñar a los otros a partir de nuestras experiencias individuales, si no las vemos dentro del decurso social. Como dominicano he vivido junto a los puertorriqueños, que son diversos como los dominicanos: blancos de la tierra, negros, mulatos; con colindancias árabes, hindúes, chinas, como lo hay en otras islas del Caribe. Todos venimos de la colonización que originó nuestras sociedades. La miseria nos definió un poco antes de que las flotas convoyadas dejaran fuera de los contactos habituales de los barcos españoles a La Española y a Puerto Rico. Y se abandona todo intento de poblar el Caribe oriental.
Entonces nos parecíamos muy bien a España, a la España de El Lazarillo de Tormes o a la de Rinconete y Cortadillo, de Cervantes.
La cultura dominicana y la cultura puertorriqueña son dos creaciones recientes si las vemos separadamente. Tenemos el mismo origen étnico, social... Las construcciones nacionales y el dominio de distintos imperios han tenido como resultado que seamos un poco balcanizados, escindidos, desconectados, pero las islas en su cultura se encuentran, dialogan y se repiten, como decía Antonio Benítez Rojo.
Si compara su crecimiento y madurez como persona, docente, investigador y escritor con su época actual, ¿qué diferencias observa en su trabajo creativo-investigativo? ¿Cómo ha madurado su obra? ¿Cómo ha madurado usted?
Yo pienso que la madurez es un estado de convencimiento, de saber los límites de tu trabajo. Y las metas que busca lograr. Entendí muy temprano que la literatura es un medio de expresión y simbolización que está unido a la forma en que la comunidad realiza su vida social, económica y política. No es un medio para el ascenso social. Por eso he creído firmemente que mientras tenga algo que decir, enseñar o compartir, la poesía, la investigación o la docencia estarán en mi accionar de forma prioritaria. El camino del escritor es largo, más largo que la vida misma; por eso escribió Baudelaire en Les fleurs du mal: “L’Art est long et le temps est court”. La brevedad de la vida hace que debamos dedicarnos sin miramientos al oficio. Creo que soy un escritor de oficio. Y eso lo he llevado a todos los campos de mi accionar social. Un día decidí no parar de hacer lo que hago. Y por más de treinta años, por ejemplo, he difundido la literatura puertorriqueña en República Dominicana y la dominicana en Puerto Rico. Por ahí creo que anda lo de la madurez.
Pero, si me permite, agregaré otro dato. La compresión del método de trabajo, la falta de pretensiones. Dejar que corra nuestro hacer. Dedicar a los otros nuestro trabajo, sin pensar en el reconocimiento de grupos o élites, es el mejor antídoto para dedicarse con tesón al trabajo de la escritura.
¿Cómo visualiza su trabajo creativo-investigativo con el de su núcleo generacional de docentes, investigadores y estudiantes con los que comparte o ha compartido en Puerto Rico, República Dominicana y fuera? ¿Cómo ha integrado su trabajo creativo-investigativo a su quehacer de docente e investigador y su trabajo escrito de interés y cruce entre Puerto Rico, República Dominicana y el Caribe?
Es difícil contestar esta pregunta. Pienso que hay distintos tipos de docentes e investigadores. Como también hay investigadores docentes. Mi caso es un poco extraño porque combino mi docencia y mis investigaciones con una perspectiva interdisciplinaria, a la vez que trabajo en la difusión y la acción cultural. Todo eso se tensa en mi accionar. Nunca me he propuesto ser únicamente un docente o solamente un investigador que a veces da clases. Cada uno hace lo que le gusta y puede. Y parece que a mí me gusta meterme en camisa de once mil varas. La ensayística no me deja mucho tiempo para el trabajo creativo, aunque he tocado la creación desde este género. Puerto Rico me ha permitido mucho. Una formación caribeñista, el contacto y el discipulado con profesores que vienen de distintas experiencias docentes e investigativas. Desde los estudios filológicos e historicistas españoles, los estudios posestructuralistas franceses; la microhistoria, la sociología de la literatura, la historia de las mentalidades; los estudios caribeños ingleses y sus contactos con Estados Unidos; la nueva historia, la económica y social, las aproximaciones marxistas, etc. Tuve profesores de Harvard, Princeton, Sorbona, Chicago, es decir, de las grandes universidades, como las de Sevilla y Valladolid en España, que siguen una tradición de la investigación histórica y literaria. También he aprendido mucho de colegas franceses de Bordeaux, Tours y Poitiers, que me han acogido en sus publicaciones colectivas y me han invitado a sus universidades. En ese sentido creo que he sido un alumno muy afortunado y un profesor muy dichoso; hago siempre reverencia al saber compartido con mis maestros, alumnos y colegas.
Aquí he conocido y entrado en contacto con muchos investigadores como Gerard Pierre-Charles, de Haití; Antonio Benítez Rojo, de Cuba; Ángel López Cantos, de España, y Julio Ortega, de Perú, entre otros. Y desde aquí he mantenido un diálogo constante con mis colegas de Francia. Creo que eso es muy importante para una persona con mis inquietudes. Sin dudas, ellos han ayudado a este servidor a estar aquí, en este lado del mundo, y a pensar y repensarnos juntos.
Ha logrado mantener una línea de creación-investigación enfocada en Puerto Rico, República Dominicana y el Caribe en y desde Puerto Rico y República Dominicana. ¿Cómo concibe la recepción a su trabajo creativo-investigativo dentro de Puerto Rico, República Dominicana y fuera, y la de sus pares?
El libro en el Caribe sufre por la balcanización de nuestra zona. Pocas librerías venden libros del Caribe. Le digo esto porque me lleva a pensar que la difusión de nuestro trabajo es modesta desde la mirada del gran público y del mercado. Sin embargo, los interesados en conocer la literatura de Puerto Rico, Cuba, Haití y Santo Domingo han encontrado algunos trabajos míos que les han ayudado. Y mis líneas de investigación o los escritores que trabajo han tenido mayor difusión y estudios. Me consuela que muchas de las grandes universidades, como Harvard o Princeton, tienen mis libros en su oferta de lectura. Y eso es ya un buen indicio. Cada semana recibo información de citas de mis libros en tesis y en trabajos de investigación sobre el Caribe. Creo que en los próximos años saldrán más y eso es un buen signo del perfil de nuestros estudios y de la necesidad de que haya más personas que se dediquen a repensar la cultura caribeña; yo creo que soy un contribuyente en esta tarea.
Sé que es usted de República Dominicana. ¿Se considera un autor dominicano o no? O, más bien, un autor caribeño, sea éste dominicano o no. ¿Por qué? José Luis González se sentía ser un universitario mexicano. ¿Cómo se siente usted?
Me pienso como un autor dominicano con una visión caribeñista. Todo lo que hago lo realizo para engrandecer a mi patria. Sin olvidar que somos parte de una patria grande que es nuestra América, como la designó José Martí. El proceso de construcción nacional en el Caribe es un movimiento liberal del siglo XIX. Cuando comenzó en la cultura para la década de 1840 en Puerto Rico y República Dominicana, nuestros pueblos tenían más de trescientos años acriollando la cultura indígena, negra-africana y española. El resultado que somos nosotros es la historia de nuestra resistencia a enajenarnos en los otros. Aunque ha habido siempre movimientos extranjerizantes en el Caribe, la fuerza que tiende hacia el centro de esa criollidad es poderosa. Nos encontramos todavía inmersos en ella, por eso nos definimos puertorriqueños o cubanos o dominicanos, aunque verdaderamente somos caribeños y latinoamericanos.
¿Cómo integra su identidad étnica y de género, y su ideología política con o en su trabajo creativo-investigativo y su formación en Puerto Rico y fuera?
El tema de las identidades es muy interesante. Creo que es una construcción poscolonial. A mí me han interesado las identidades étnicas, solamente porque los negros y los mulatos vienen a ser subalternos en el dominio de las élites blancas. Como los negros y los mulatos tuvieron un papel más relegado, exceptuando a Haití, donde los mulatos tenían esclavos y jugaban un papel social de intermediarios en las relaciones laborales, me interesa el destino de esas comunidades en el tiempo y las razones por las que son los grupos más pobres en el Caribe. Pero también los más racializados, dominados por el prejuicio racial. Es decir, que se ha usado el color de su piel para someterlos, social, económica y hasta psicológicamente. Las identidades personales también me interesan como un asunto de derecho humano, y como parte de la relación de poder en el Caribe. Lo demás es inherente a la cotidianidad en que se dan las relaciones de poder entre los sujetos.
¿Cómo se integra su trabajo creativo-investigativo a su experiencia de vida tras su paso por el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe? ¿Cómo integra esas experiencias de vida en su propio quehacer de docente, investigador y escritor en Puerto Rico hoy?
Estuve mucho tiempo en el Centro como estudiante, fue presidente de su Consejo de Estudiantes, animador cultural, profesor por dieciocho años. Mi paso por la administración fue breve. Tengo conciencia de las limitaciones de las instituciones caribeñas herederas de las instituciones hispánicas, tema que estudié en el doctorado en Historia; hay una manera de hacer las cosas, es decir, hay prácticas que hacen que las instituciones se definan por el perfil de las personas que las integran más allá de la fortaleza que tienen en sí mismas.
Me pienso una persona de rupturas, frente a la continuidad de viejas prácticas o de nuevas maneras de afrontar la crisis. Frente a la crisis que demanda un cambio, busco estar del lado de las soluciones. Y he presentado mis propuestas. Es lógico que, debido a la quiebra del gobierno de Puerto Rico, al bajo desarrollo económico en las últimas décadas, a lo que se une la emigración de alrededor de 14% de la población y a una tasa de crecimiento que no puede reponer la población existente, las universidades luchen por ser más pequeñas y competentes en lugar de cambiar lo que les ha dado prestigio y valor en aras de una exigua población estudiantil. Y eso sirve para todas.
Un intelectual que aprendió de un hostosiano como Américo Lugo sabe bien que el lugar más digno y permanente es su mesa de trabajo. A ella se ha de volver con todo el tiempo que podamos para, sin desmayo, seguir al pie del cañón de la lucha cultural.
¿Qué diferencia observa, al transcurrir del tiempo, con la recepción del público a su trabajo creativo-investigativo y a la temática del mismo? ¿Cómo ha variado?
Mis observaciones son más recientes. Cuando te das cuenta de que has escrito sobre muchos autores y que en las librerías no quedan de tus libros anteriores, que se agotan las ediciones más numerosas, cuando eso ocurre piensas que han llegado a algún lado. Que has realizado tu camino. Pero no tiene tanto que ver con tus éxitos como con la determinación de seguir realizando tu trabajo. Pienso que nuestra contribución es modesta. La gente se olvida de los libros y de los autores. Sólo algunos privilegiados trascienden. Mi trabajo sobre Pedro Mir será un referente y el de los demás de forma tangencial. Muchos de los autores que he trabajado serán olvidados. Porque esa es la naturaleza de nuestra cultura moderna. Ahora bien, los estudios literarios y culturales no terminarán con esta crisis. Entonces mis libros serán, quién lo sabe, un punto de entrada por lo menos a ciertos temas y a ciertas valoraciones. No creo que haya variado mucho la temática. Creo que más bien he querido extender mi radio de acción. Lo demás son estrategias para contactar a los lectores, para motivarlos y seducirlos hacia la literatura...
¿Qué otros proyectos creativos tiene usted recientes y pendientes?
Como siempre, estoy preparando el próximo libro, que presentaré el año próximo... Colaboro con un libro sobre mi obra que debe aparecer pronto. Una historia de ciertas ideas que marcan la cultura en el Caribe me ronda por la mente. Sólo he dado algunos pasos. A ver si se me da. Colaboro en una publicación colectiva en Francia, en una nueva antología poética... Planifico escribir la segunda parte de Los letrados y la nación dominicana de 1930 a 1960. Por lo demás, sigo difundiendo la literatura y planificando nuevos textos, en los que entran poesía y ficción.
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