
Concienzudo escritor y comunicador es José Javier Esparza (Valencia, España, 1963). Ha publicado alrededor de treinta libros, y a lo largo de los últimos años se ha dedicado a la divulgación histórica.
El jinete de luz, su reciente novela publicada por la editorial La Esfera de los Libros, narra la leyenda de la aparición del apóstol Santiago el Mayor durante la batalla de Clavijo. Enfrentamiento ocasionado por la imposición del emir Abderramán II de otorgarle cien doncellas cristianas, y el agradecimiento de un rey que promovió un camino de peregrinación que todavía existe.
Gloso al historiador español García de Cortázar cuando afirma que los historiadores no sólo deben saber de historia, sino que deben saber contarla. José Javier Esparza es, además de un curioso analista de la historia, un narrador prodigioso que dialoga con las costumbres, la memoria, las emociones y la geografía de otra época, despertando en los lectores el deseo de habitar en ella. La siguiente entrevista ha sido concedida para Letralia.

—Para comenzar me gustaría que explicara qué fue la Reconquista, cuál es su relación con El jinete de luz y con el grito de “Santiago y cierra, España”.
—Hace pocos años nadie tenía el menor problema a la hora de decir “reconquista”. Hoy, como estamos en fase de desconstrucción nacional, el término se ha convertido en piedra de polémica, porque se le atribuye un contenido ideológico nacionalista y como ofensivo. En realidad es mucho más simple que todo eso: “reconquista” es el término convencionalmente aceptado desde el siglo XIX con el que se define el largo proceso de recuperación de la cristiandad española después de la invasión musulmana del año 711. Al margen de polémicas nacionalistas, siempre un tanto extemporáneas, es un proceso fascinante que dura muchos siglos, envuelve varios mundos sucesivos (porque el mundo del siglo IX y el del siglo XIV son muy, muy distintos) y en él se construye lo que enseguida será la España histórica que hoy conocemos. A mí ese enorme proceso histórico siempre me ha atraído mucho. Le dediqué una trilogía de divulgación histórica y, además, una tetralogía de novelas históricas específicamente centradas en el origen del reino de Asturias, pongamos los años 780-850 aproximadamente. Mi último libro, El jinete de luz, es la novela que cierra esa tetralogía y toma por contexto la batalla de Clavijo, donde, según la tradición, el apóstol Santiago se apareció para dar la victoria a las armas cristianas. El grito “Santiago y cierra, España”, toma pie en esta tradición: “cierra” quiere decir, “ataca”, “acomete”, y será grito de batalla mucho más tarde, ya en tiempos modernos.
—Si la leyenda es una narración transformada por la tradición, ¿podríamos decir que la batalla de Clavijo es una leyenda?
—Indudablemente es una leyenda. Sabemos a ciencia cierta que nunca existió tal y como nos la ha legado la tradición, una tradición que sólo nos consta documentalmente desde principios del siglo XIII, es decir, casi cuatro siglos después de su supuesta fecha. Ahora bien, también sabemos que muy pocos años después de la fecha legendaria, y a escasos kilómetros del mismo escenario, en Albelda, hubo no una, sino al menos dos batallas entre cristianos y musulmanes. Lo más lógico es pensar que el corpus narrativo de Clavijo es la transformación legendaria de las batallas de Albelda. No es el único episodio de la Reconquista que nos ha llegado hasta hoy de esta manera. Y no es un caso excepcional: lo mismo encontraremos en otros muchos episodios de la historia medieval europea.
—¿Qué hay de cierto en el tributo de las cien doncellas?
—Es otro elemento atestiguado por la tradición, más que por las fuentes documentales: la exigencia musulmana de que los cristianos entregaran cien muchachas vírgenes como prenda de sumisión. Lo que ocurre es que este asunto no es en modo alguno inverosímil: lo mismo hemos visto en fecha muy reciente en el Irak del Estado Islámico, por ejemplo, y hay muchos otros casos en toda la historia anterior. Es una práctica de guerra tribal muy frecuente, muy extendida, habitual en el contexto cultural musulmán y, por tanto, enteramente creíble.
—En una entrevista puntualiza lo siguiente: “Lo que yo intento es que la imaginación no se contradiga con la realidad documentada”. ¿Sería esta una definición de novela histórica?
—Bueno, hay novelistas que lo afrontan de otra manera; no lo critico, siempre y cuando no intenten dar gato por liebre. En mi caso, mi objetivo es esencialmente divulgativo: que el lector pueda hacerse una idea de lo que pasaba en aquel tiempo, y eso obliga a guardar la mayor coherencia posible con el marco temporal, claro. Imagínate un puzle donde tienes unas pocas piezas —los hechos históricos documentados— y tienes que rellenar todo lo demás con otras piezas que encajen en el conjunto. Para que de verdad encajen, es preciso que la imaginación no contradiga la realidad documentada. Así es como entiendo yo la novela histórica.
—Hay un personaje enigmático y perturbador, Sancha, acusada de brujería y protegida de Aldonza, hija ciega del rey Ramiro. ¿Por qué aterra tanto su parecido con Jimena de Asturias?
—Sancha es un personaje enteramente imaginario con el que trato de materializar un oscuro episodio del reinado de Ramiro I: la fiebre de brujería que se extendió por el reino y la consiguiente represión, en la que Ramiro, al parecer, no se paró en barras. Digo que es un episodio oscuro porque las crónicas asturianas son muy escuetas, pero no debió de ser nada insólito, porque en el período inmediatamente anterior, el visigodo, está documentalmente acreditada la existencia de fenómenos semejantes. La circunstancia de que se parezca a Jimena es, por una parte, un recurso literario, porque conecta con las novelas anteriores del mismo ciclo, y por otra, un guiño histórico. Las cuatro novelas de mi “ciclo astúrico” son relatos independientes, se pueden leer como obras separadas unas de otras, pero el escenario es el mismo y la mayoría de los personajes, también. Y aquí es donde entra uno de los personajes más enigmáticos —éste, sí— de la historia del reino de Asturias: Jimena, la hermana “maldita” de Alfonso II el Casto, a la que cierta tradición hace madre de otro personaje legendario de la Reconquista, Bernardo del Carpio. ¿Por qué causa semejante impacto en los que la descubren? Bueno, para contestar a esa pregunta hay que leer la novela. Aquí lo dejo.
—¿Cómo llega José Javier Esparza a los hilos de seda verde?
—¡Ja, ja, ja...! ¡Con la documentación! Es la parte más fascinante del trabajo, la verdad, o al menos a mí me lo parece: dejarte las pestañas en documentar escenarios, personajes, detalles, atuendos, etc., de manera que esas piezas del puzle que tú aportas sean lo más ajustadas posible a la realidad histórica. En este caso, Abderramán II, que era un monarca de gran estilo, vivía obsesionado con crear en Córdoba una corte digna de las más refinadas de su tiempo, y el modelo absoluto en aquella época era Constantinopla. De Bizancio venían también los mejores trabajos en seda, las telas más finas, los mejores tintes y los hilos más exquisitos. Por ejemplo, el hilo verde de la túnica negra de Nasr Abu l-Fath, el poderosísimo eunuco de la corte. Casi todos los detalles de la corte cordobesa que aparecen en mi novela son reales. Por ejemplo, las innovaciones protocolarias, gastronómicas y musicales de Ziryab. Ya te digo que la documentación intensiva es lo más divertido del trabajo. Incluida la documentación topográfica: acudir a los escenarios físicos, patearlos, fotografiarlos, imaginar cómo habrían podido ser hace mil doscientos años, cómo sería la vegetación, cómo serían los ríos o cómo podría moverse un ejército por allí...
—¿Qué puede descubrir el lector sobre el papel de la mujer del siglo IX en El jinete de luz?
—Hoy tenemos una idea muy equivocada del papel de la mujer en la Edad Media, como si hubiera sido sólo un objeto en un mundo ferozmente patriarcal. Es un cliché construido sobre todo en los siglos XIX y XX. La realidad es muy distinta, partiendo de la base de que en esto, como en todo, hay grandes cambios sociales entre los siglos IX y XV, por ejemplo. Aquí son fundamentales los trabajos de Georges Duby y, sobre todo, de Régine Pernoud. En lo que concierne a nuestro mundo, el de El jinete de luz, que es el siglo IX en la España cristiana, lo primero que sorprende es que los nombres de las mujeres aparecen por todas partes: en los diplomas que acreditan propiedad, por ejemplo, o en fueros como el de Brañosera. Eso atestigua que el papel social de la mujer era mucho más relevante de lo que fue posteriormente. Y en cuanto a las mujeres de poder, en la Edad Media española hay historias realmente fascinantes como la de doña Toda de Navarra, por ejemplo. En El jinete de luz he tratado de atenerme lo más posible a la realidad histórica poniendo a los personajes femeninos, que son muchos, en un contexto creíble. La reina, Paterna; la hija del rey, Aldonza, el aya Muñoza o la curandera Sancha, o la formidable María Onúñez, la señora de Lantarón. O, en el lado musulmán, Buhair, la esposa de Abderramán, y la concubina Tarub... Todas tienen una función concreta en la narración, conforme no sólo a su sexo, sino sobre todo conforme a su rango y a su lugar en la sociedad, cosa que en un mundo como el de la temprana Edad Media, fuertemente jerarquizado, es un elemento fundamental.
—¿Es real la carta que deja el rey Ramiro a su hijo Ordoño?
—Pues no, pero el mero hecho de que haya podido pasar por tal ya me hincha de satisfacción. ¡La pieza imaginaria del puzle parece real! Lo que Ramiro revela en esa última carta es, en realidad, lo que iba a pasar inmediatamente después en el reino de Asturias. Y en esto, por supuesto, vuelve a entrar la historia por encima de la ficción. También es imaginario el contexto de esa escena, pero no del todo: está inspirado en momentos muy semejantes vividos por otros reyes algún tiempo más tarde. Y no diré más, por no revelar la intriga de la novela.
—¿Qué opina de esta afirmación del historiador francés Georges Duby: “La huella de un sueño no es menos real que una pisada”?
—Tuve la enorme suerte de conocer a Georges Duby y aun más, por razones que no vienen al caso, de asistir a dos largas sesiones docentes suyas, algo así como un seminario privado de cuatro horas. Fue a principios de los 90, aprovechando una visita suya a Madrid. Yo ya había leído casi todo de él. Fue una experiencia inolvidable. Era un maestro y en buena medida fue él quien despertó mi interés por el mundo medieval. Creo que esa frase que citas es, sencillamente, una enorme verdad: las cosas que dejan huella en los hombres no son necesariamente materiales, y después, con frecuencia, dan lugar a decisiones, comportamientos, hechos que, éstos sí, son absolutamente materiales. Por eso es fundamental la historia de las mentalidades, que era precisamente el campo que más trabajó Duby. No se puede entender un período histórico sin hacer el ejercicio de meterse en el alma de la gente que lo vivió.
—¿A eso se refiere cuando nos invita a ver los hechos del pasado con los ojos de ese tiempo?
—Exactamente a eso. Es que, de otra manera, el pasado resulta incomprensible. Por supuesto, el ejercicio exige mucho estudio y mucha documentación. Y después, tratar de expresarlo en términos que lo entienda un espíritu de hoy, lo cual es una dificultad añadida, porque uno tiende a descodificar cualquier realidad con sus propios instrumentos, y adaptar el alma de un tiempo remoto a los corazones del presente es un trabajo de alto riesgo. Cómo explicar sus sentimientos, sus pasiones, sus obsesiones, su forma de razonar, su manera de entender el amor o el deber o la fe... Es muy fácil caer en el ridículo o en la incoherencia. Pero, si de verdad queremos entender el pasado, hay que hacer el esfuerzo. Y después, explicarlo de forma que requiera el menor trabajo posible al lector.
—Usted afirma: “La memoria contribuye a la forma en que las personas se ven a sí mismas”. ¿Pueden ser perjudiciales las leyendas?
—Incluso si fueran perjudiciales, son necesarias. Todos somos memoria, pasado, experiencia, tanto individual como colectiva. ¡No somos otra cosa! La memoria personal, las leyendas colectivas o la historia compartida son absolutamente imprescindibles para saber quiénes somos, dónde estamos y qué queremos hacer con nuestras vidas, y eso vale tanto para la persona singular como para los pueblos. Por eso la historia es un campo de batalla, y de nada sirve lamentarse, porque siempre ha sido así. Cuando Alfonso III encargó la redacción de las Crónicas asturianas, que son nuestra fuente fundamental sobre ese período, no pensaba en otra cosa: dar a su vida y a la vida de su pueblo una misión. Y lo mismo con las crónicas posteriores, las de Lucas de Tuy y Jiménez de Rada, ya en el siglo XIII. En éstas, por cierto, entran ya leyendas como la de Clavijo, que se incorporan a la memoria colectiva. La pregunta es: ¿por qué la gente las asume? Una leyenda que no hubiera encajado en el espíritu de la gente de entonces no habría podido sobrevivir, habría sido desechada, olvidada. En ese sentido, las leyendas también nos dicen mucho sobre el espíritu del tiempo.
—Se dice que Fernando García de Cortázar fue un historiador que reconcilió a los españoles con su historia. ¿Cree que los hispanoamericanos podrían reconciliarse con la historia de España, asumiéndola como parte de su identidad, y como algo constructivo?
—Buen amigo, Fernando, que en paz descanse. Por razones laborales y de recíproca simpatía le traté mucho. Entre otras cosas, gracias a él pudimos sacar a flote una serie de TVE sobre historia de España cuando yo trabajaba en el Ministerio de Cultura: Memoria de España, se llamaba. ¡Hace más de veinte años de eso! Fernando fue de los primeros en abrir el camino de la recuperación de nuestra memoria colectiva con su Breve historia de España. A partir de ese momento, muchos hemos seguido la senda. De hecho, creo que hoy puede decirse que el mayor acontecimiento que ha vivido la cultura española en el último cuarto de siglo es precisamente ese movimiento de reapropiación de la propia historia, un movimiento que ha hecho la sociedad por sí misma, el pueblo, la gente, a espaldas e incluso en contra del poder, porque el poder, en España, casi siempre ha estado en el lado contrario: echando basura sobre nuestro pasado compartido. Una parte esencial de ese pasado es la dimensión hispanoamericana, y aquí hay también un movimiento intensísimo de recuperación de la identidad real frente a lo que el poder pretende imponernos. Pienso en el trabajo de mi difunto amigo Pablo Victoria desde Colombia (aunque ya vivía más tiempo en Madrid), Rafael Aita desde Perú, Marcelo Gullo o Patricio Lons desde Argentina, Zunzunegui desde México y tantos otros que han asumido la tarea de recordar a sus pueblos cuál es su verdadera identidad, al margen de las distorsiones nacionalistas o neoindigenistas del poder. Todo eso es un trabajo maravilloso del que, quién sabe, tal vez algún día podrá surgir un nuevo lazo de hermandad entre todos los hispanos.
—¿Le gustaría agregar algo sobre sus dibujos en El jinete de luz?
—Una de mis vocaciones frustradas, de muy jovencito, era ser dibujante de cómic. Nunca tuve suficiente talento para eso, pero algo de mano me quedó. De hecho, bastantes escenas de mis novelas las dibujo, aunque sea torpemente, para visualizarlas mejor. Un escenario que me ha obsesionado siempre es el Monte Naranco, esa maravilla que se alza frente a Oviedo y del que hoy sólo nos quedan dos restos maravillosos que son Santa María y un trozo de San Miguel. Sabemos que allí había más cosas porque nos lo cuentan las crónicas, y que la idea original del rey Ramiro era crear algo así como un conjunto palatino, pero no tenemos ni idea de cómo pudo ser el proyecto. En uno de los dibujos yo he querido recrear, a título de hipótesis y siguiendo las investigaciones de Borge Cordovilla, una imagen posible de aquel escenario. Sólo es un juego, pero espero que ayude a estimular la imaginación del lector. Más pegada a la realidad está la reconstrucción de cómo era la iglesia primitiva de Santiago en Compostela, la primera que se levantó allí, con el sepulcro del santo y el convento anexo. Otro de los dibujos, la reconstrucción de Oviedo a mediados del siglo IX, es igualmente una hipótesis basada en distintos estudios arqueológicos. En todos los casos, sólo son instrumentos para facilitar la inmersión del lector en los escenarios. Y lateralmente, un homenaje a todos esos investigadores que dejan años de su vida enfrascados en un solo objeto, haciéndole preguntas hasta agotar las respuestas. A propósito de homenajes, el título del libro, El jinete de luz, también lo es: al gran poeta Julio Martínez Mesanza, autor de Jinetes de luz en la hora oscura.
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