
Cuesta imaginar que los indómitos versos de Luz Pichel (Pontevedra, 1947) procedan de la quebrada fe de su autora al escribir.
Alén, que significa “más allá” y es el nombre de su pueblo natal, ya le marcaba el destino para descubrir desde la infancia que sus palabras siempre viajarían más allá de ella misma. En los versos de Luz Pichel se intercalan los lugares y las lenguas, el gallego, el castellano y el castrapo.
En su poesía se observa el dolor de una lengua apartada a conciencia, que la hizo sentir desplazada, y que retoma para desde su herida demostrar y recuperar el paisaje, la aldea, la naturaleza.
Sus versos con pausa son un instante de quietud durante el cual el pensamiento va buscando la palabra que cabe en su propia lengua, y se escapa en la segunda. La tartamudez provocada por la inseguridad de expresarse en una supuesta lengua inferior.
Luz Pichel nació entre dos idiomas, y esta frontera generó intranquilidad y rebeldía. Con su majestuosa imaginación y su vivencia con la naturaleza, a través de su escritura, nos revela la versatilidad de una lengua sin norma, que le permite nombrar y contextualizar lo que no se puede afirmar de otra manera. Una lengua que gravita a nuestro alrededor con la sonoridad de sus palabras, una lengua que le ayudó en la adultez a dejar de sentirse cativa, y a volver a mirar desde la inocencia propia de la infancia.
Es Luz Pichel la voz dulce del acento de una semántica desconocida para nuestra básica concepción. Es la llamada a descubrir un mundo visto y nombrado de otra manera, al mismo tiempo cercano y lejano. Es la invitación a descubrir hasta en el recoveco más oculto, en un oficio que, según ella, fue germinando tarde.
A través del lenguaje, desde lo perturbador y la ilusión, entre la lucha y la danza de dos lenguas, “trasvasa” su mundo y convierte el agravio en una poesía polifónica y poliédrica, rica en términos que se complementan entre sí nutriendo el discurso.
Sus poemas son como burbujas que se forman en el agua que hierve, y traen lo que queda en su ascenso a la superficie. A veces entendemos el insurrecto mensaje, y a veces nos quedamos con la sensación de que algo nos estamos perdiendo.
Cuando intercala palabras como donicela, comadrajo, amatalea, escombrera, reconocemos nuestro idioma, y percibimos ecos de una lengua remota que nos llama, que pide que la escuchemos y no la dejemos morir.
La poesía de Luz Pichel proviene de la sensación de exilio del lenguaje, de la migración de su madre, y de la ausencia de armonía al perder su entorno, su refugio.
Merecedora del XXIV Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez, el XXVI Premio Esquío de Poesía y el Premio Ciudad de Santa Cruz de La Palma, ha publicado los libros Cativa en su lughar (Progresele, 2013), Tra(n)shumancias (Ediciones La Palma, 2015), Din din don y más Hortensias azuis (Cartonera del Escorpión Azul, 2021), Alén Alén (La Uña Rota, 2021) y Tu existe (La Uña Rota & Crémilo, 2023).
Luz Pichel actualmente vive entre Madrid y Galicia, y no olvida que “las vías del tren no son una almohada agradable porque el frío no permite descansar las ideas”. Ha concedido esta entrevista con motivo de su participación en el festival de literatura Benengeli 2024. Evento híbrido organizado por el Instituto Cervantes, que tendrá lugar del 10 al 14 de junio y que se singulariza por ser el festival en español que durante una semana recorre los cinco continentes.
¿La poesía está más cerca de la tragedia o del humor?
Es verdad que la poesía nos la han venido transmitiendo rodeada de un halo de solemnidad que quizás cuadre mejor a la tragedia, pero a mí no me parece que tenga que ser solemne ni que deba inclinarse más a un tema o a un género que a otros. El poema puede con cualquier tono, con cualquier tema, incluso con cualquier género. Quizás nada de eso importe mucho, por eso algunos temas se repiten tanto. La poesía es el arte de la palabra más libre y su gran objetivo es el trabajo con el lenguaje, para su renovación, para su revitalización e incluso su invención, donde quiera que la poeta ponga el foco.
Desde otro punto de vista, la poesía se puede igualmente encontrar en el trabajo de un payaso y en el de un actor trágico. Decimos que hay películas muy poéticas, obras de arte muy poéticas, novelas muy poéticas... Todo ello nos llevaría a pensar en la vastedad enorme del campo de la poesía.
Según su opinión, “acceder a la poesía es más fácil que otras artes, basta con adquirir el lenguaje, y para adquirir el lenguaje sólo hace falta una biblioteca”. ¿Su afirmación se refiere a la escritura o a la lectura de poesía?
Solía decir la poeta María Salgado: “La poesía es un arte low cost”. Es verdad que la poesía no es fácilmente enseñable. Muy poco es lo que se puede enseñar tanto si pensamos en aprender a leerla como en aprender a escribirla. Pero también es cierto que es muy poco exigente en cuanto a medios físicos y económicos: pensemos en la carrera de danza o de piano, pensemos simplemente en el espacio que requiere el pintor. La poesía sólo exige lectura, muchísima lectura, una carrera de años de lectura, es verdad, pero el libro se puede llevar al tren, a la sala de espera, a la cama antes de dormir. A la hora de escribirla, habrá personas más o menos capacitadas para este arte, como pasa con todas las artes, pero el aprendizaje imprescindible se adquiere con mucha lectura, con mucho silencio, con mucho escuchar lengua y escucharse a una misma también en todas sus voces, sabiendo apartarse un poco del centro de la calle para mirar qué está pasando ahí al lado. Y sí, es barata.
Se podría decir que es una autora que escribe en tres lenguas, el castellano, el gallego y el castrapo. El castrapo usted lo define como un castellano mal hablado por los gallegos. En su poesía ¿alguna de estas lenguas le permite expresarse mejor? ¿Se complementan entre sí? ¿Cuál de ellas posee más sonoridad o potencia su imaginación?
Cuando afirmo que el castrapo es un castellano “mal hablado”, suelo entrecomillarlo porque, como segunda lengua, no está tan mal: es el castellano de las personas que habitualmente hablan gallego y que sólo en ocasiones sienten que deben hablar castellano. Por otra parte, no me gusta la expresión “mal hablado”, prefiero decir que no respeta alguna de las normas académicas. Con respecto a mi escritura, creo que lo más exacto sería resumir diciendo que escribo entre dos lenguas. Eso es lo que ocurre la mayor parte de las veces. Incluso cuando aparentemente estoy escribiendo en una de ellas, el castellano, por ejemplo, siempre está al fondo el gallego haciendo alguna travesura, soplando algo, regalando algo. Quienes tenemos la suerte de ser bilingües nativas, disponemos de un regalo inmenso que se nos dio con la misma gracia con que una madre hace un regalo de cumpleaños a su niña. No considero que una lengua sea mejor que otra, a veces una se me acomoda mejor que otra a lo que quiero hacer. El castrapo me fue muy útil para traducir un libro, Casa pechada, que retrataba el mundo rural gallego. El castellano culto mío no traducía bien aquel mundo. En general, es en la juntura donde se producen los hallazgos. El castrapo tiene la virtud añadida de señalar un conflicto con sólo su aparición, un conflicto de clase. El gallego tiene la virtud añadida de señalar a una lengua minoritaria que se ha de proteger. Hacer que convivan lenguas, hablares, acentos, implica la aceptación de lo distinto, las ventajas de la buena convivencia, y pone sobre la mesa el tema de la diversidad lingüística y toda esa maravilla que son las múltiples hablas del castellano en el mundo, más allá de academias y normas, y de las lenguas en general.
Cuando era niña escribió: “Los campos de trigo me recuerdan las olas del mar” y nunca las había visto. Sin embargo, sí conocía los campos de trigo. ¿Todo lo que viene de la infancia es honesto? ¿En que reside la honestidad al escribir poesía?
Habría que hablar del recuerdo, de qué cosa sea eso de recordar, qué hay de verdad en lo que recordamos y creemos verdadero. En relación con esta anécdota, más que de honestidad, creo que habría que hablar también de la capacidad de la poesía para imaginar lo que no hemos visto, para intentar hacer posible lo imposible o para hacer posible, al menos en el texto, lo que parece imposible en la realidad. Creo que fue precisamente esa fuerza lo que intuyó aquella profesora mía cuando me dijo algo así como “si fueras rica podrías llegar a ser escritora”.
La poesía, venga a nosotras desde la infancia o desde el presente, se produce en un estado de concentración donde la imaginación creadora fluye libremente. Pero la imaginación también es de verdad, existe del mismo modo que una nube puede tener forma de cuna o de árbol. La ficción es verdad, existe, convivimos con ella a diario. En la poesía hay siempre algo de ficción también. A mí me parece que la honestidad en poesía, más que con la fidelidad a lo anecdótico, con el relato exacto de un hecho o un pensamiento, tiene que ver con un posicionamiento estético ante la escritura y ante el mundo, con la adopción de un lugar desde el cual decimos lo que digamos con la intención de que nuestros textos remuevan algún nervio en el lector.
Comenta que la poesía viene de otro lugar, que los poemas terminan diciendo lo que querías decir, aunque uno no supiese qué quería decir, ni que lo quería expresar. ¿Puede identificar en qué momento de la escritura se pasa de este desconocimiento a la claridad?
Ese momento de concentración profunda, que implica un estado mental muy singular, es también un momento de relativa claridad. Digo que es relativa porque también ahí, como en la vida, transitamos la duda. En cualquier caso, cuando hablo de estado mental profundo y placentero no me estoy refiriendo tanto a la claridad en lo que quiero decir como al disfrute debido al juego con las palabras en su fluir, al trabajo de la imaginación que con ellas juega y que, al hacerlo, también acaba diciendo cosas que le gusta decir o que no esperaba decir, o que descubre en ese momento que le encanta estar diciendo. La pregunta también puede interpretarse en relación con la escritura de un libro en concreto: la poeta busca en una dirección, tienta, prueba, desecha, apunta, borra, guarda y un buen día, en uno de esos momentos especiales y después de mucho trabajo, algo aparece que señala la construcción posible de un libro. Naturalmente, todo esto puede ocurrir de manera diferente en cada poeta.
¿Piensa que su poesía explora una conexión entre la fragilidad del cuerpo y la naturaleza?
Mi poesía arranca de una herida lingüística que genera en quien la padece una fragilidad real. La lengua de una persona es parte del cuerpo, como lo es el brazo o la pierna. Ante esa sensación de fragilidad, lo que nos aporta la naturaleza es energía, por el contrario. Quizás en mi caso esa energía tenga que ver también con un contacto infantil muy fuerte con la naturaleza, que siempre sentí como protectora.
¿Cómo se arraiga Venezuela en su poesía?
El tema de la infancia (entendida como esa fuente de la que extraer agua sana para llevar al mundo) me resulta inseparable del tema de la emigración (entendida como la emigración de los míos, entonces, que me ayuda a comprender las migraciones de todos los mundos hoy). En Alén, la aldea en que nací, la palabra emigración era sinónimo de la palabra Venezuela. Mi madre y dos hermanos emigraron a Venezuela siendo yo muy niña. Barquisimeto es, en mi poesía, metonimia de Venezuela, por su sonoridad y porque allí reside un hermano mío todavía con mucha familia. Venezuela fue para Galicia una tierra de acogida y en mi poesía no podría faltar. Un porcentaje muy alto de las personas de las aldeas gallegas emigraron en los 50 y 60 del siglo pasado a Venezuela.
Afirma que la lengua es un instrumento dañino y que lengua, poder y cultura están asociados. ¿Cree que la poesía y los poetas pueden influir en la política?
Lo que creo es que las lenguas, en manos de las academias que busquen colonizar la diversidad de las hablas persiguiendo una lengua “una”, y en manos de los poderes políticos y económicos que las usan como bandera para sus fines, son poderosos instrumentos de poder. Creo también que el respeto a las personas debe pasar por el respeto a su modo de hablar, local o personal. Lo creo con la misma claridad con que pienso que se debe respetar el género, la raza, la clase social, el origen geográfico, etc. El “color” del habla nos identifica tanto o más que el color de piel. También creo que una cosa es que pueda existir una norma que oriente la escritura y otra cosa es el habla, las hablas, todas diferentes en su riqueza. Yo he sido profesora y he enseñado a escribir de acuerdo con una norma, pero eso es compatible con el respeto al habla de cada cual. La falta de respeto al habla de un niño, de una persona en general, es humillante y perversa. En ese sentido defiendo que “nadie habla mal”.
Si los poetas pudiéramos influir de verdad en la vida política más que un ciudadano cualquiera, ya lo hubiéramos hecho. Nuestro trabajo político, como poetas, centra su objetivo en el lenguaje. Es en las estructuras del lenguaje donde reside nuestra posible labor política, más allá de que, con lo que puedan decir los poemas, también toquemos alguna fibra.
Para finalizar: “Está bien, no lloremos más, / la tarde aún cae despacio. / Demos el último paseo / de esta desdichada esperanza”. ¿Qué le dicen estos versos de Guadalupe Grande?
Guadalupe Grande, poeta inmensa, se negaba a la nostalgia lloriquera. Ella, crítica como ninguna, lúcida como nadie, era una gran luchadora, una gran defensora de la esperanza. Pero algo hay de premonición también en estos versos, como ocurre en el último poema de su último libro, Jarrón y tempestad: ese “último paso” ojalá no lo hubiera dado todavía, tan joven.
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