
Indicación al lector
Cuando no esté mi voz
para defender los dominios del poema,
cuando el tiempo desmenuce mis huesos
y estos versos sean únicamente
figuras de tinta,
páginas amarillentas en los altos anaqueles
de una biblioteca de provincia,
entonces la nueva estación se anunciará
a través de tus sentidos,
y esa orilla que llaman memoria
volverá a hacerse visible,
como el dorado filo de los atardeceres
en el cielo intemporal.Moisés Mayán
De su padre heredó, además del sentido de la dignidad, la pasión por el deporte. Por eso el poeta Moisés Mayán se despierta apenas iniciado el día y sale a correr trazando una meta diaria no sólo para estar en forma sino para confirmar que en cada amanecer está implícito el continuar la vida. Comenzó a escribir poesía viendo a su tío, médico, atendiendo a enfermos en Haití. Esa experiencia conmovió su ser en lo más íntimo y entendió que la poesía era la manera más honesta y sincera de transmitir todo lo vivido para que perdurara en el tiempo.
Octavio Paz, siempre tan certero, señaló en su libro El arco y la lira:
La esencia del lenguaje es simbólica porque consiste en representar un elemento de la realidad por otro, según ocurre con las metáforas. La ciencia verifica una creencia común a todos los poetas de todos los tiempos: el lenguaje es poesía en estado natural. Cada palabra o grupo de palabras es una metáfora. Y asimismo es un instrumento mágico, esto es, algo susceptible de cambiarse en otra cosa y de trasmutar aquello que toca: la palabra pan, tocada por la palabra sol, se vuelve efectivamente un astro; y el sol, a su vez, se vuelve un alimento luminoso. La palabra es un símbolo que emite símbolos. El hombre es hombre gracias al lenguaje, gracias a la metáfora original que lo hizo ser otro y lo separó del mundo natural. El hombre es un ser que se ha creado a sí mismo al crear un lenguaje. Por la palabra, el hombre es una metáfora de sí mismo.
Moisés Mayán (Holguín, Cuba, 1983). Grado en Historia. Maestro en Historia y Cultura. Actualmente cursa un Doctorado en Ciencias Sociales en la Universidad de Salamanca. Poeta, narrador y editor. Egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso (2003). Entre los premios de poesía obtenidos se encuentran: Premio Ciudad del Che (2007 y 2013), Premio Gastón Baquero (2010), Premio X Juegos Florales (Matanzas, 2011), Premio de la Ciudad de Holguín (2012), Premio Mangle Rojo (2017), Premio Calendario (2018), Premio Regino Boti (2008 y 2018), Premio Manuel Navarro Luna (2018), Premio José Jacinto Milanés (2018), Premio La Gaceta de Cuba (2019), Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara (2019), Premio Fundación de la Ciudad de Nueva Gerona (2019), Premio Rolando Escardó (2020), Premio Hermanos Loynaz (2020), Premio Paco Mir (2021) y Gran Premio Silvestre de Balboa (2022). Tiene publicados los libros de poesía Fábula del cazador tardío (2007), El monte de los transfigurados (2009), Cuando septiembre acabe (2010), El cielo intemporal (2013), Raíz de yerba mate (2015), Estética de la derrota (2017), El factor discriminante (2019), Mentalidad de enjambre (2019), Carga al machete (2019, Premio de la Crítica, 2020) Caballo de Frisia (2021) y El último lector de Marx (2021). Muestras de su obra aparecen en numerosas antologías en Cuba y en el extranjero. Es miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac).
—¿Cuál es el recuerdo más remoto que guarda de su infancia?
—Tuve una infancia feliz. La infancia es un espacio sagrado, terra sancta, y absolutamente nadie debería profanar esos dominios. Los monstruos que ha conocido la humanidad fueron en esencia niños a los que les mancharon la infancia. La calle donde nací en Holguín tiene apenas dos cuadras, un centenar de metros que jamás han sido asfaltados. La manzana de casas era el mundo, y el niño que fui, nacido en los ochenta, necesitaba muy poco para ser feliz. Necesitaba muy poco, quizás porque lo tenía todo. El abrazo de mis padres en una generación de hijos de divorciados. Un perro blanco con una mancha negra en el ojo. Dos frascos vacíos de medicina que hacían las veces de yunta de bueyes. La escoba de mi abuela que se transformaba por obra de la imaginación en un magnífico caballo de carreras. Un cerdo que engordaba en el corral para el día de la matanza. Los primos... ¿A qué más puede aspirar un niño? Recuerdo el azul de los barrotes de mi cuna. La ocasión en la que frente a la familia leí la carta que una supuesta novia de mi abuelo le enviaba desde el clandestinaje. Tenía tres años entonces y la epístola era un folio en blanco.
—¿Qué aprendió de su padre? ¿Sigue algún consejo de su madre?
—Llevo el nombre de mi padre, quien a su vez reproduce el de mi abuelo, que es también el nombre de mi hijo. Mi familia ha estado marcada por la letra eme como inicial. Somos cuatro Moisés Mayán. Una costumbre patriarcal que ciertos grupos humanos se han encargado de preservar tanto en esta orilla del Atlántico como en las irregulares costas de nuestras islas del trópico. Mi abuelo era hijo de un zapatero de Porto do Son en La Coruña, alguien que como otros buscadores de fortuna terminó emigrando a Cuba en el siglo XIX. Con mi padre aprendí cuestiones esenciales, algunas columnas teóricas del templo de mi vida (el sentido de la dignidad, la importancia de la superación, los rudimentos de la existencia honrada, cierta inclinación por la aventura), y otras más prácticas (nadar, pescar, pedalear kilómetros y kilómetros, correr, realizar deporte). Mi madre es mi manual obligatorio de consulta. Una forma de conectarme con la patria distante y con conocimientos ancestrales que sintetizan fundamentalmente las mujeres. Todos los días me sorprendo preguntándole algo a mi madre. Cómo preparar lentejas, tratar un dolor o intentar descifrar los insondables propósitos de Dios para mi vida.
—¿Recuerda cuál fue el primer libro que leyó?
—En un tiempo cuando todas las madres les cantaban a sus hijos antes de dormir, mi madre eligió leerme historias. Herminio Almendros, un pedagogo y escritor de Albacete que emigró a Cuba perseguido por el franquismo, publicó en 1974 (el año de su muerte) uno de los volúmenes que marcaría a mi generación: Oros viejos. Básicamente se trataba de una colección de leyendas de diversos pueblos y culturas que Almendros, gracias a sus increíbles habilidades de compilador, legó a la cultura cubana. Esas serán siempre mis primeras lecturas.

—¿En su adolescencia la escritura o la lectura eran un refugio, su lugar seguro?
—En Cuba circula un dicho popular que reza lo siguiente: “Vale más la más pálida tinta que el pensamiento más brillante”. En mi adolescencia tomé muchas notas. Comentarios marginales en los cuadernos escolares. Eso lo aprendí de mi padre, quien va dejando fe de vida cada año en las líneas de sus agendas. Esas notas retienen la memoria, la salvan del olvido. Funcionan a modo de bitácoras en tierra seca. Quizás porque una isla puede en cualquier momento iniciar su navegación, como cuenta Saramago en La balsa de piedra. No creo que haya escrito en mi adolescencia con hábito y persistencia. Fui sólo un apuntador. Esas notas, sin embargo, serían las piedras fundacionales de mi escritura posterior. Con los libros, sucedió algo similar. Ejercí mi derecho al picoteo. Unas páginas aquí y otras allá. Mi lugar seguro en esa etapa fueron Dios y la Biblia. Dos colosales descubrimientos a mis doce años.
—¿Tiene un libro o un autor que lee y relee siempre?
—Después de mis cuarenta años e inmerso en el proceso de redactar una tesis doctoral, me he vuelto un lector muy heterodoxo. Sin embargo, cuando mi fe en la literatura se resiente, algo bastante común por estos tiempos, vuelvo a dos autores: Jorge Luis Borges y José Saramago.
—¿Cómo fue ese proceso que lo llevo a escribir poesía? ¿Qué lo motivó?
—Yo juré que jamás escribiría un verso. Mis ejercicios inaugurales eran más afines a la narrativa que a la poesía. No obstante, me transformé en un consistente lector de poesía. Ningún lector es tan vapuleado como el lector de poesía. Es como asistir a clases de boxeo. Por ese entonces, uno de mis tíos influyó poderosamente en mi vocación intelectual. Mientras él ejercía como médico en algunas comunidades de Haití, asumiendo cirugías en improvisados hospitales, consultando a decenas de pacientes cada día, yo experimenté la necesidad de pergeñar algunos versos. Era mi forma de dejar testimonio escrito de la epopeya que libraba mi tío en una isla vecina.
—¿Se despierta en mitad de la noche para terminar un poema?
—Jamás. A mi modo de ver sería un acto herético. José Martí, el apóstol de la independencia de Cuba, solía decir: “Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche. ¿O son una las dos?”. La noche nos iguala, nos anula, nos mejora. Espero ansiosamente la noche. El poeta sueco Thomas Tranströmer afirmaba en una entrevista: “Me voy a la cama como si fuese a una fiesta. El despertar es casi siempre una desilusión”.
—¿Le gustan los recitales, leer en público, oír a otros poetas?
—La gran mayoría de los poetas no somos eremitas, ni monjes anacoretas. La poesía necesita socializarse. Por más que escribir sea un acto íntimo, creo que todos escribimos pensando en un hipotético lector, que en nuestro caso coincide con el lector ideal. Disfruto mucho más escuchando a otros que leyendo mi propia poesía en público. En esos instantes soy siempre presa de la inseguridad.
—¿Cuál es su método para abordar un poema? ¿Escribe una línea que lo invade o espera que el universo de un poema adquiera fondo y forma para ir directamente a la computadora y escribir de un tirón?
—Desde hace una década escribo libros de poesía. Cuando hay una familia que depende de ti para comer, no puedes permitirte distracciones. Mi oficio en Cuba era la poesía. Así que me levantaba cada mañana como un carpintero o un fabricante de chorizos. Esto puede resultar altisonante para algunos, lo admito y pido disculpas. Me recogía las mangas de la camisa y literalmente sudaba sobre el teclado del ordenador. Un nuevo libro resolvía pequeños dramas familiares. Un par de zapatos nuevos para mis hijas o una pierna de cordero para fin de año. Cumplía con rigor mi jornada laboral frente al poema y mi familia supo agradecerlo.
—¿Puede describir cómo fue el proceso para publicar su primer libro? ¿Fue difícil? ¿Esperó mucho tiempo?
—Mi primer libro fue un hecho fortuito. Transcurrieron unos siete años desde que asistí por primera a un taller literario hasta la publicación de Fábula del cazador tardío (2007). Yo creía que iba a morir sin publicar nunca un libro. Así que me iba hasta la librería de la ciudad a oler las páginas de los volúmenes recién impresos. Raras flores de papel. Cierto día el poeta cubano Ghabriel Pérez me pidió un grupo de poemas para publicar en La Luz, una casa editora surgida durante esa crisis que en Cuba se ha dado en llamar eufemísticamente “período especial”. Reuní los textos escritos para mi tío y Ghabriel hizo el resto.

—¿Cómo es ese momento cuando siente que termina un poemario? ¿Se siente vacío o satisfecho?
—Experimento esa sensación de trabajo realizado, de misión cumplida. De inmediato comienzo a pensar en el próximo. Por eso mis libros se parecen entre sí como mis hijos. Aunque no creo en la romántica comparación de que los libros son como hijos. Los libros, libros son.
—¿Cuál es el premio de poesía que le han otorgado y que más le ha sorprendido?
—Uno de los premios más difíciles de ganar en la isla es el que otorga la revista La Gaceta de Cuba. No sólo porque distingue a un cuaderno breve de unos diez textos, sino además porque el galardón viene acompañado de la participación del premiado en el Festival Internacional de Poesía de Medellín (Colombia) con todos los gastos cubiertos. Hay poetas que se preparan como deportistas para ganar ese premio, que en el gremio local se ha convertido en una suerte de mitin atlético. Cuando lo obtuve en 2019, recuerdo que no salía del asombro. Ese año la poesía se transformó dos veces en motor de Boeing. Una para volar a Medellín y la otra para materializar mi primer viaje a España.
—¿En esta época qué le da miedo?
—Es esta una época de miedos. De alguna manera todos estamos sometidos a niveles de incertidumbre. Aunque trato de vivir ceñido a las horas de luz de cada jornada, el futuro es sobrecogedor. Temo al hoy como temo al día de mañana.
—¿Utiliza la inteligencia artificial para sus tareas cotidianas: email, recordatorios, etc.?
—La inteligencia artificial me ahorra horas de búsqueda. Así que suelo emplear alguna versión gratuita para ponerme en contexto sobre determinada materia de estudio. Por ejemplo, suelo preguntarle: ¿cuáles son los autores más influyentes en la teoría del conflicto? A partir de sus sugerencias comienzo entonces mis sondeos bibliográficos. Quizás por desconocimiento del verdadero potencial de las inteligencias artificiales, no las empleo en nada más.
—¿Cree que computadoras, teléfonos móviles, correos electrónicos, la web o Internet han cambiado la manera de leer libros, de interactuar con otras personas?
—Mi madre me ha escrito desde Cuba para compartirme un curioso descubrimiento. Mientras localizaba algunos de mis datos en internet, la inteligencia artificial le preguntó si deseaba que le escribiera un poema con mi estilo. Luego de aceptar semejante proposición decidió compartirme el poema. Yo, lejos de comenzar a tallerear el texto para exponer sus fisuras, y demostrar que el Moisés Mayán de carne y hueso es irremplazable y que mis sentimientos nunca podrían traducirse en algoritmos, me sumí en una suerte de pesado silencio. Poco a poco fui sintiéndome como un dinosaurio ante la extinción inminente. Una pregunta iba cobrando forma en mi cerebro: ¿las inteligencias artificiales terminarán venciendo al ser humano? ¿Empujándolo a un segundo plano en la construcción del futuro? Ya sé que los poetas siempre vamos a pecar de idealistas y románticos, pero esa conducta entraña de algún modo cierta alienación de la realidad. Mientras tanto hay poetas que se han transformado en editores de sus “propios” poemas escritos por la inteligencia artificial. ¿Los jurados terminarán incluyendo en sus deliberaciones sistemas antiplagio para eliminar libros generados con inteligencia artificial? En estos casos ponernos románticos y apelar a los sentimientos no resuelve el problema. ¿Estamos o no frente a la extinción?
—¿Qué libro recomendaría para alguien que quiera conocer Holguín?
—Holguín es una meca de las editoriales, pues en un espacio relativamente reducido coinciden cinco casas publicadoras: Ediciones Holguín, La Luz, La Mezquita, Cuadernos Papiro y Conciencia Ediciones. Todos estos sellos contribuyen al conocimiento de localidad desde distintos ámbitos. Recomiendo el libro La ciudad de los parques (2016), de la historiadora Ángela Peña, aunque también podría sugerir Pasajes holguineros (2011), de la propia Ángela Peña y de María Julia Guerra, o Destino ciudad parque: ruta turística patrimonial (2014), de Oscar Bellido. De cualquier modo, si lo que se quiere es conocer a Holguín y al holguinero, aprehender de primera mano cómo vivimos y somos, pues entonces hay que viajar hasta ese valle de las delicias, subir la Loma de la Cruz, beber el agua de la zona.
—¿Qué libro suyo le recomendaría a un crítico literario?
—Estética de la derrota (2017).
—¿Qué libro suyo le recomendaría a un lector de poesía?
—Mentalidad de enjambre (2019).
—¿Por qué escribe?
—Escribo porque me aterra la idea de pasar por la vida sin dejar constancia. El poeta cubano Antón Arrufat afirmaba: “Como el hombre medieval amaba lo celeste, alzaba en su homenaje catedrales como encajes anónimos, amemos lo terrenal, ya que no tenemos piedras, pongamos palabras, palabras emocionadas”. Por eso escribo, para dar testimonio.
Poemas de Moisés Mayán
Ejercicios de difícil caligrafía
Me ocasiona pavor la palabra poeta
precediendo mi nombre,
me ocasiona pavor la palabra poema
definiendo mis torpes ejercicios de escritura,
Pavor, cuando gotea sobre la mesa donde escribo
la palabra poesía, sangre de pez cazado
en fosas oceánicas. Espacios donde la luz no enciende
el escamoso deslizar del cuerpo entre las rocas.
Tiemblo,
porque no ha sido el verso el césped manso
donde mis niñas persiguen escarabajos rojinegros
como banderas.
Todo lo contrario,
herbazal herido por el zigzag de la culebra,
altas hojas que asfixian las flores silvestres. Hojas espadas.
Manos que estrangulan la belleza en los amplios portales
de una casa de familia. Sombra que puede preservarse
en las alacenas del dolor.
No consigo terminar un poema
sin la sensación de culpa/blasfemia/vejamen.
En el agua inmóvil de las tinajas lavo obsesivamente mis manos,
las contemplo con el temor de hallarlas ensangrentadas.
Siempre (me) prometo que ese verso
(sujeto con su brazo de tinta
al filo de la página) será el último,
y siempre vuelvo, oh adicto,
a trazar la engañosa curva de una letra-germen.
Como la muchacha
violentamente despojada de su virginidad,
así me siento con la página escrita ante los ojos.
Sería menos doloroso levantar una pared,
clavetear las suelas de unos zapatos colegiales,
entrar a la cavidad enferma de un pecho,
amasar el pan. En cambio,
yo desciendo (tengo que descender) a las canteras del poema,
mis pies se hunden en la cal viva
y sólo encuentro estas líneas, descoloridos metales
que nadie lucirá en torno de su cuello.
Me ocasiona pavor la palabra poeta:
como un aguijonazo altera la rectitud de mi espalda.
Me ocasiona pavor la palabra poema:
saca a flote los seres que he ahogado
tratando de volverme un hombre bueno,
animales de la noche, peces de las fosas oceánicas,
ciegos y hermosos
como los amantes que se reconocen en la penumbra.
“Yo no soy el poeta”,
digo mientras las graderías,
“yo no soy el poeta”,
pero nadie me cree. A nadie engaño:
las palabras de tinta se han convertido
en poderosos testigos contra mí.
Imperio sujeto a la circularidad del ojo
¿Por qué los hombres ya no se miran a los ojos?
Fijas las pupilas,
como las pezuñas del bisonte afincadas en el barro
anuncias su dominio al bisonte enemigo.
Imperio sujeto a la circularidad del ojo.
Dispuesto al contraataque.
El hombre se enfrenta a sí mismo cuando sostiene una mirada.
¿Prueba de fuerza? ¿De sometimiento?
Demorados en el paisaje externo, en sus adornos,
algunos olvidan que los ojos son el único sitio
donde se puede ver limpiamente. Asomarse al brocal
de un pozo muy profundo. Soltar la piedra
que imprime su forma en nuestro puño.
Eso es mirar a los ojos: una piedra que cae en el pozo del alma.
Donde el pez peleador enfrenta la incertidumbre de su propio reflejo
Acariciable pez que desconoce la sangre semejante
la vena cristalina que le anuncia
que no hay enemigos ni guerra ni perdedor alguno.
Teresa Melo
Lo que realmente devasta es la incertidumbre,
pez virtual que nos asedia desde el otro lado.
No sabemos sobre qué patio descenderá la bruma
después de inundar las cámaras de poder, esos espacios
donde la mentira (a fuerza de repetición)
se convierte en la más exacta de las verdades,
y una mano inmaterial presiona las bocas antes del grito,
y el silencio se alza entre los frascos de los peces,
como un velo que les impide avizorar el artificio.
Lo que realmente devasta es la incertidumbre.
No poder trazar en el mapa de la vida un meridiano cierto.
Un punto cardinal de imantada fijeza. Un asidero.
Ya no persiste la luz señalando el estanque del pez peleador.
Pez, por el que apostábamos el oro —todo el oro—,
mientras su destreza transformaba en colores de muerte
las aguas enemigas, y el rival, deshechas las aletas,
subía hacia la superficie por un sorbo de oxígeno.
Nosotros nos vamos pareciendo a ese pez vencido,
que deja su vanidad en el fondo
para entonar el cántico de los sobrevivientes.
Si tan sólo supiéramos con certeza
qué rostro nos aguarda tras la puerta, al final del túnel,
cuando el único poder legítimo es ejercido por el cuerpo
en defensa de su amor, y la incertidumbre
pierde la imprecisa tonalidad que la define
para exhibir la limpieza de lo apacible. Pero no.
Debemos sentirnos inseguros. Con miedo al día de mañana.
Sujetos a los endebles hilos del presente.
Temerosos de nuestra imagen.
Ese sentimiento nos paraliza como el veneno de un áspid,
impide fluir hacia los estuarios de reposo.
Si tan sólo volviéramos a apreciar la belleza del pez peleador,
su silueta dibujada en el cristal en el momento del ataque,
pero no poseemos la sensibilidad para admirar
los brillantes ojos del rebelde.
Nos sentimos cómodos ignorando las verdades
que resbalan por el vidrio de la pecera.
Lo que realmente devasta es la incertidumbre,
pero hay quienes prefieren no saber,
felices con la bruma que desciende sobre sus patios,
con esas mentiras, que a fuerza de repetición
se convierten en las más exactas de las verdades.
Hay quienes no comprenden la insistencia del pez peleador.
El invierno es más que una bufanda en el cuello del amigo
Viendo las fotos del amigo
uno se pregunta por los veloces trineos
en las demoradas noches de diciembre.
Fotos de invierno.
Guantes que recuerdan el pelaje de las liebres.
Manos que se han hundido en la nieve,
únicas capaces de bajar a los duros territorios del ser.
Una bufanda como esas que anudan a sus cuellos
fanáticos de clubes europeos: FC Barcelona,
.........................................................................AC Milan,
.............................................................................................Olimpyque Lyon,
pero es cierto que también pudiera leerse I love winter.
Uno desea ver la nieve en el alféizar de la ventana
donde espera la marca de unos labios en el cristal,
un perro que extienda su gruesa lengua azul
contra los trémulos dedos del viajero,
dándole la bienvenida a los dominios donde el cuerpo
ensaya la despreocupada pose del amante.
Pero el invierno no es en la Isla una estación durable,
aunque los hombres cepillen sus abrigos
y crucen el parque inmemorial. Un parque de provincia
que es también Central Park, y la Plaza Roja de Moscú.
El falso invierno trasciende como el sonido de un gong
hacia casas de frágiles estructuras. Sacude ventanales.
Desgaja arbustos. Imita toques a la puerta.
El padre de familia dice: “Es sólo el viento”. Pero se equivoca.
El invierno hace sitio junto a la mesa servida frugalmente
y exige vinos que entibian las gargantas.
Aquí el frío no llega desde los témpanos de Bering,
el frío surge desde el pecho como un demonio,
mientras el amigo permanece inmóvil en el resplandeciente papel
de las fotos, con su bufanda I love winter,
y nosotros cruzamos el país de los hielos perpetuos.
Quizás no exista otro invierno como el nuestro.
Mi lucha
Alguien me explicó el significado de la palabra lucha.
Y yo que pensaba que el lenguaje era dominio, casi exclusivo,
de la poesía. Sin embargo las manos impuras de un vendedor
redimensionan el término, lo impulsan a un nivel que desconozco.
Asisto a clases de semántica.
Decir lucha es sospechar el filo de un cuchillo
abriéndose paso entre las capas del tórax,
en busca quizás, del corazón. ¿Mi corazón?
O la escamosa cabeza de un reptil.
O la viscosidad de un pez anguiliforme.
Lucha, y una rueda dentada se activa.
Los ejes y válvulas que generan el tiempo.
Antes de nacer, mis padres me dibujaron en papel de estraza.
Un hermoso boceto de bebé que desplegaban para irse a la cama.
Cada noche, supongo, hacían el amor con esa imagen.
Sin embargo, mi madre despertaba sudorosa
con la pesadilla recurrente del feto luchando
en una cápsula de sangre. Como si quisiera zafarse
de las ligaduras del vientre. Acero deshilachado.
Les faltó audacia para corregir las líneas.
Por eso un cielo de papel de estraza se desploma,
y me observan con sobrecogimiento,
como quien aborta un monstruo.
Resina ardiente goteando entre los muslos.
Un bulto para olvidar en los zarzales. Un malnacido.
Escribo: el útero tampoco fue mi casa.
Mi lucha es la del hombre común. La lucha por el pan.
El agua que se resiste a los tanques elevados.
El dinero que obstinadamente compra otro dinero.
(Mis horas de trabajo pueden transformarse con facilidad
en el sencillo menú de una tarde).
La guillotina descabezando el jornal. Descabezándome.
El harakiri nuestro de cada día.
La terca costumbre de resucitar. Y otra vez la lucha.
Voy a anestesiarme. Para algo tiene que servir el poema.
Despertar me produce siempre una desilusión.
No deseo ser más la cigarra que se posa sobre el agua,
ese intervalo de estabilidad me aturde.
Mi cabeza alcanza dimensiones desproporcionadas. Va a estallar.
Mi cabeza es un globo que golpea los barrotes del país.
Me atacan los gérmenes de la fiebre.
Vencen mis defensas.
Soy una estructura imperfecta que ha dejado de luchar.
Balada para el loco o la plaga de tinieblas
—el tiempo detenido
Nada comparable a la felicidad del loco,
al hilillo de saliva que en su barba descompone la luz.
Como un prisma. Lo envidio desde mi habitación en sombras.
La analgesia se instala en el laberinto de su mente. Túnel de gusano.
Es tarde de domingo y el tiempo espeso en los portales.
Bajo los toldos cenicientos del verano la gente resguarda sus máscaras.
Sus pájaros azules. Las acrobacias de sobrevida.
Tras altísimos pabellones ocultan la fragilidad de sus gobiernos.
Sólo el loco persevera en la desolación de las calles.
Sonríe ejecutando la danza de los olvidados.
Libera palabras que anoto en el cuaderno. Obsesivamente.
Sustancia del poema.
Frases luminosas contra mi plaga de tinieblas.
Ha comenzado a molestarme la pronunciación de mi nombre.
No quiero descolgar el teléfono y oír la voz que me pregunta.
Si tuviese al menos la sencillez del loco.
La posibilidad de llamarme Carlos o José. Como los otros.
Y evadirme. Pero mi nombre es también una provocación.
Un puñal en los dobleces del vestido. El clavicordio
tocando al fondo para que el loco baile. Y sonría.
Sonrisa auténtica. Que agiganta nuestra miseria.
Al loco todo le es lícito. Podría incluso asesinar a alguien.
Su demencia lo justifica. Yo sufro deseos de asir un cuello.
Apretarlo con lentitud. Un cuello. ¿Cisne o gacela?
Mis dedos alcanzan a palpar el cuerpo de las tinieblas.
Quizás por eso la exclamación del loco:
Hay un poeta oscuro en la ventana. Escribo el verso.
La ciudad le pertenece. Orina los troncos de sus árboles.
Duerme en el mármol de los bancos. A la intemperie
come duros mendrugos. Comparte con tórtolas. Y perros.
Un turista enfoca el lente de su cámara.
El loco viaja. Playas artificiales de Dubái. Campos Elíseos.
Fiordos noruegos. Su sonrisa por el mundo.
Un souvenir de isla.
La ciudad se disuelve en mis manos como hielo.
Cada vez son más las zonas tomadas por el dolor.
Esas que no debo visitar. Van clausurándose frente a mis ojos.
Caen telones. Y siento que habito una ciudad extinta.
He empezado a temer a la multitud. Sus roces y furias.
Pero principalmente sus palabras. Puede que olvide un rostro.
El color de unas pupilas. Sin embargo las palabras me persiguen.
Como tigres separan el bambú en mis selvas nocturnas. Y atacan.
Palabras que dije o callé. Vuelven. Aves de mal agüero.
Estoy tan solo como el loco. Entre el gentío que me agobia. Solo.
Aunque no poseo la gracia del loco. Un hilo invisible nos junta.
Mitades de un mismo monstruo.
Me han hablado de los hongos alucinógenos. Dudo.
No quiero perder el control de mi mente. ¿Acaso la domino?
Ejercicios respiratorios. Yoga. Terapia floral.
Ningún fuego vence una plaga de tinieblas.
Hoy tengo una lucidez que aterra.
Extraño animal, inocencia
Los niños, si pueden, crecen
José Saramago
Llega el tiempo en que descubres tras el enrejado de tu pecho
la muerte del antiguo animal de la inocencia.
Y quedas inmerso en la desesperante blancura del día.
Sin fuerzas. Viendo alzarse los manicomios.
Como algas en un océano de luz. Y eres isla dentro de isla.
Privado de la gravedad de los navíos. De las hermosas criaturas
que en sus bodegas cruzan el Atlántico. Caballos árabes.
Galgos. Monos. Quetzales. Y aquel extraño animal
apresado en los confines de Bikanir. La inocencia.
No por anunciada la muerte sorprende menos. Perturba.
Violenta con sus derrumbes interiores la jaula/corazón.
Te asomas al enrejado y ves al animal inmóvil. Palideces.
Algo de ti parte con él. Se astilla contra los muñones
de la cárcel donde apresaste la inocencia.
Es el riesgo de volverse adulto. De crecer.
Desprendimientos. Quebraduras.
El ciclo humano. Estaciones que el brazo de Dios
va segando en el peligroso paisaje de la vida.
Perder la inocencia es adentrarse en los manicomios.
Asumir gota a gota el bebedizo del delírium.
Buscas señales de agresión. Dentelladas. Saetas.
El pozo de sangre fluyendo en la garganta.
Y no adviertes la rojez homicida de quien mata.
La marca de unos dedos entre el pelaje.
O un coágulo de dolor en los ojos. Muy abiertos.
Es natural la muerte de la inocencia. (natural & muerte
son términos de compleja asociación —lo reconozco).
Ah, pobreza del idioma. Incapaz de precisar el martirio.
Agónicas noches del espécimen que se sabe
definido por la fatalidad. No antílope. Perro de aguas.
Pájaro de fuego. Sino un extraño animal
apresado en los confines de Bikanir. La inocencia.
Hay que aprender a despedirse.
De la metálica ligereza del velocípedo en los pasillos.
De la casa donde crecimos. Del miedo a la noche.
(Inmensa tras los pórticos). Del Día de Reyes.
Del abuelo y sus historias. De la abuela y sus dulces.
De las tardes de domingo. Despedirse.
Soltar amarras. Con la gravedad de los navíos.
Con la resignación de las hermosas criaturas
que en sus bodegas cruzan el Atlántico. Caballos árabes.
Galgos. Monos. Quetzales. Aves del sol y de la sombra.
Llega el tiempo en que descubres tras el enrejado de tu pecho
la muerte del antiguo animal de la inocencia.
Y quieres volver a las fotografías.
Al álbum de las primeras veces. Cuando la manzana
de casas era el mundo. Y te despertaba la música
de la lluvia en los techos de zinc. Y eras feliz.
Y el animal —apenas una cría. Como tú.
Jugueteaba en la planicie de un pecho sin barrotes.
Quieres volver. Pero es imposible.
No hay otros paraísos que los paraísos perdidos.
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