
Huáscar Robles es un escritor, fotógrafo y músico originario de Santiago de Compostela, España, con raíces puertorriqueñas. Creció en Caguas, Puerto Rico, y actualmente reside en Los Ángeles, California. Su obra se nutre de personajes que provocan inquietud por su ambigüedad moral y de voces literarias que despiertan emociones intensas, equilibrando el ritmo del corazón con la calma de la poesía. Huáscar explora el impacto de la tecnología, los mitos rurales y las sombras que acechan a su país, mientras escucha metal, reggaetón, trap y salsa que resuenan en sus auriculares. Sus relatos cruzan fronteras, integrando diversas filosofías y sensibilidades, pero en su esencia, son reflejos del dolor, el duelo y la lucha por la supervivencia humana. Entre sus obras más recientes se encuentran Demonios (Secta de los Perros, San Juan, Puerto Rico, 2023) y Puertos príncipes: temblemos todos (La Cifra, DF, México, 2017).
—En 2023 publicó usted Demonios. ¿De qué trata esta novela? ¿Cómo surgió la oportunidad de trabajarla?
—La novela surgió de la montaña, del deseo de contar la homofobia y la religión extrema desde el campo. Soy del campo, de Certenejas, y ese espacio me pareció un lugar idóneo desde donde construir una historia de terror que entrelazara estos temas. La narra un niño de trece años y, en esta odisea a través de la religión y las terapias de conversión, utiliza una visión literaria un tanto tergiversada que le permite traer momentos surreales, trágicos y cómicos, como las intervenciones de Michael Jackson, Juan Gabriel e Iris Chacón. Es un reír para no llorar.

—¿Qué relación tiene su trabajo creativo-investigativo previo a Demonios y su trabajo creativo-investigativo posterior? ¿Cómo lo hilvana con su experiencia de puertorriqueño y su memoria personal de lo caribeño dentro de Puerto Rico y fuera?
—Estudié la clase media puertorriqueña y la deuda del país para un artículo que escribí para The New York Times y ese material sirvió para darle contexto a la familia de la novela. La deuda de Puerto Rico es lo que le ha dado forma a la familia puertorriqueña. La economía tiritante es la perilla de la puerta de la religión. Es ese miedo a la pobreza que usan los evangelistas para atrapar a las familias. En este sentido, mi trabajo previo a la novela sí fungió como catalítico de la ficción.
—Si compara su crecimiento y madurez como persona, escritor y docente-investigador con su época actual, ¿qué diferencias observa en su trabajo creativo-investigativo? ¿Cómo ha madurado su obra? ¿Cómo ha madurado usted?
—Desde la escritura lo que más agradezco del tiempo es la fe, no como elemento religioso sino como arma de percepción. Por fin entiendo quién soy como escritor y en esa genuinidad he encontrado una libertad literaria sin parámetros. Antes tanteaba en las páginas, como un ave encontrando el aire. Ahora me lanzo y el aire viene. Como persona, el arte mismo ha sido parte de mi transformación. El resentimiento que le tenía a la isla y a Caguas por la represión que viví murió el día que acabé la novela Demonios. Entonces estos estereotipos de la escritura como sanación pueden tener un poco de veracidad.
—¿Cómo visualiza su trabajo creativo-investigativo con el de su núcleo generacional de escritores con los que comparte o ha compartido en Puerto Rico y fuera? ¿Cómo ha integrado su trabajo creativo-investigativo a su quehacer y a su trabajo escrito de interés y cruce en Puerto Rico y fuera?
—No tracé metas de contribuir a cierto espacio de la literatura puertorriqueña; lo que ocurrió fue por casualidad. Demonios encajó en el panorama de Puerto Rico, tal vez, porque esa historia vive dentro de todos: el estar encerrado en la piel y querer escapar. Sí tuvo un estilo específico con el bilingüismo, la sátira y las intervenciones musicales, pero la intención no fue sobresaltar, fue crear el libro que yo quería leer y quiero hacer eso siempre. Por otro lado, tengo una admiración terrible por el resto de los autores de Puerto Rico. Trato de leerles a todos. Pero no quiero que existan núcleos; quiero que existan espacios de cocreación para que existan más escritores y se produzcan más textos. En esta isla se vive del cuento, entonces debe haber más cuentistas.
—¿Cómo concibe la recepción a su trabajo creativo-investigativo dentro de Puerto Rico y fuera, y la de sus pares?
—Puerto Rico está en un espacio único: nos quieren leer. La palabra caribe ahora tiene sabor a reggaetón, piel y salitre. Están mirando hacia acá con ojos críticos, y esto gracias a los festivales internacionales de literatura como el de Caguas. Entonces, debemos aprovechar esta oportunidad. Ahora voy a publicar Demonios en México. Tengo mucho deseo de ver cómo responden allá a la historia del campo de Puerto Rico.
—Sé que es usted nacido en España, pero criado en Caguas, Puerto Rico. ¿Se considera un autor puertorriqueño o no? O, más bien, un autor caribeño, sea éste puertorriqueño o no. ¿Por qué? José Luis González se sentía ser un universitario mexicano. ¿Cómo se siente usted?
—Yo soy puertorriqueño, de padres cagüeños, de familia campesina. Soy escritor, punto. Los gentilicios son adornos y pueden ser hermosos, pero mi escritura no le pertenece a nadie o a ningún lugar. El país siempre saldrá por las venas del autor y mi país es Puerto Rico. Por otro lado, agradezco mis comienzos en Galicia, porque tengo una familia allá que tiene un pedacito de mi memoria, un pedazo que se manifiesta mucho en mis escritos.
—¿Cómo integra su identidad étnica y de género, y su ideología política, con su trabajo creativo-investigativo y su formación en la Universidad de Nueva York?
—Es posible que se cuelen retazos de nuestra vida en el texto, pero no intento adrede integrar lo que pienso o soy. Mis personajes tienen sus propias historias y, como escritor, trazo personajes con identidades complejas y, a veces, moralmente ambiguas.
—¿Cómo se integra su trabajo creativo-investigativo a su experiencia de vida tras su paso por la Universidad de Nueva York? ¿Cómo integra esas experiencias de vida en su propio quehacer de escritor y docente-investigador hoy?
—Estudiar y dar clase en NYU fue una gran experiencia. Pude pausar a Nueva York y ser escritor en Nueva York, que es un lujo en realidad. Escribí en cantidad y me escondí en la biblioteca. Como profesor, amé las clases. Me hace mucha falta el magisterio. Pronto regresaré.
—¿Qué diferencia observa, al transcurrir del tiempo, con la recepción del público a su trabajo creativo-investigativo y a la temática del mismo? ¿Cómo ha variado?
—Pues es difícil leer a los lectores. No quiero hablar por ellos. Yo quiero que sientan lo que yo siento cuando leo a Luis Cernuda, a Eduardo Lalo, a Santo Febles, a Claudia Dey o a Johannes Anyuru. Quiero que entren en estos laberintos y que en el proceso se pierdan y se encuentren. Mi deseo es ese para los lectores.
—¿Qué otros proyectos creativo-investigativos tiene usted recientes y pendientes?
—Estoy a nada de publicar mi segundo libro, que es un híbrido entre novela y libro de cuentos. Se trata de un Puerto Rico hotelero doblegado a la economía neoliberal, a la criptomoneda, a la religión obtusa. Está preñado de música —trap, bolero, bomba y plena. Es un futuro cercano que se siente real dentro la distopía. Lo escribí durante la pandemia y quería imaginar qué ocurriría si todas estas fuerzas conservadoras de derecha extrema se encontraran en la isla. Es Puerto Rico como “trauma porn”. Es Puerto Rico, punto.
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