
Miriam Damaris Mardivino (Puerto Rico) es poeta, ensayista y narradora. Realizó estudios en psicología, trabajo social y género. Es parte de la comunidad boricua que se extiende más allá del mar, donde destaca como activista y feminista. Por su aporte a la comunidad con la que hace paces desde más de una década recibió el Inspiring Latino Award (2023) de parte del Lulac Houston Northwest. Antes, por su trabajo creativo-poético, Maldonado obtuvo en 2009 el primer lugar en el Festival Literario de la Universidad Interamericana de Puerto Rico. Un año después repitió el primer lugar en dicho certamen en el género del cuento. Parte de su trabajo creativo ha sido publicado en Argentina, España, Estados Unidos, Italia y México. Otros trabajos suyos han aparecido en Voz de Voces, publicación feminista de su natal Puerto Rico, y en La Información, Houston, Texas. Miriam Damaris ha contestado todas nuestras preguntas respecto a su último poemario. Todas sus respuestas son para ser compartidas con todos vosotros.
En Hamaca Blues, el título evoca una tensión entre lo lúdico (hamaca) y lo melancólico (blues). ¿Cómo dialoga esta dualidad con las geografías emocionales del Caribe contemporáneo, marcadas por huracanes políticos y climáticos?
La hamaca y el blues no se contradicen, se necesitan. La hamaca es descanso obligado en medio del caos. El blues es lamento que se canta para no enmudecer. En el Caribe, aprendimos a vivir entre ambas tensiones: entre el gozo que resiste y el duelo que nunca acaba. Por eso, en Hamaca Blues, el título mismo es una declaración de lo que somos: alegría suspendida sobre el abismo.
La hamaca representa el cuerpo en pausa, en contemplación, pero también la fragilidad. Basta un viento fuerte para voltearla. Y eso somos en el Caribe contemporáneo: pueblos que se balancean entre la promesa y el colapso, entre la fiesta y la alerta de huracán.
El blues, por su parte, no es tristeza pasiva. Es emoción con ritmo. Es memoria cantada. Y en el Caribe —donde los huracanes son tanto climáticos como políticos—, el blues se nos mete en la lengua cuando hablamos de deuda, de desplazamiento, de feminicidios, de migración forzada. Pero también aparece cuando recordamos a la abuela cantando mientras barría. Porque incluso en la tormenta, nos sabemos cantar.
Hamaca Blues dialoga con esas geografías emocionales desde la suspensión: escribo desde Houston, pero con el corazón enterrado en Bayamón, en mi Cataño, en Santurce. Escribo desde el luto por lo que se perdió, pero también desde la risa de los que siguen vivos. La hamaca no es sólo descanso: es resistencia blanda. Y el blues no es sólo dolor: es la música de quienes, aún rotos, siguen contando su historia.

Dafne Elvira integra en las ilustraciones del poemario cuerpos fragmentados y paisajes acuosos. ¿De qué manera su arte expande o desafía la textualidad de tus versos, especialmente en poemas que aborden la diáspora?
Mira, la obra de Dafne Elvira no fue seleccionada, fue destino. Y sí, ya sé que suena a cliché de poeta romántica con trópico en el pecho, pero te juro que fue así. Yo le conté a Dafne por teléfono —con esa emoción medio atropellada que me da cuando hablo de Hamaca Blues— y unos días después, tras leer el borrador, me lanza: “Miriam, tengo la obra perfecta”. Y zas: me envía Message in a bottle: Lo que quedó del azul. Y yo me quedé muda, que es mucho decir.
Esa imagen: botella flotante, azul herido, fragmento de algo que no se hundió del todo... ¡era el libro! Nos dimos cuenta de que no se trataba de ilustrar los poemas, sino de hablar con ellos desde otra orilla. La botella no ilustra, interrumpe. La hamaca no adorna, reclama.
Dafne logró algo que me voló la peluca poética: tomó el peso de la diáspora y lo volvió agua y trazo. No dibujó lo diaspórico, lo invocó. Y lo hizo sin necesidad de nombrarlo. En su obra, la botella y la hamaca son como dos comadres que se cuentan lo que no dijeron en la aduana: “Nos fuimos, sí... pero la isla se nos quedó metida adentro”.
Lo que me conmueve es que su arte no responde a los poemas, los desafía. Me dice: “¿Y si esto también fuera patria, matria?”. Porque al final, Hamaca Blues no es un libro que se conforma con el aquí o el allá. Es un puente, un limbo cantado. Un país medio construido sobre nostalgia, tambor, ganas de volver y pasaportes vencidos.
Y claro, el mensaje en la botella no es mío. Ni de Dafne. Es del que lo lea, del que lo vea. Esa botella va de isla en isla, de pecho en pecho, buscando a quién contarle que el azul no se ha perdido, sólo está flotando, esperando que alguien lo abrace.
Mayra Santos Febres resalta en el prólogo “la hamaca como territorio de resistencia”. ¿Cómo reinterpretas símbolos cotidianos caribeños para cuestionar narrativas coloniales, desde una óptica feminista y decolonial?
Creo que no se trata de reinterpretar o resignificar lo cotidiano, porque precisamente en la simplicidad de lo cotidiano existe una interpretación directa que nos dirige diariamente a cuestionarnos todas las narrativas coloniales. Yo creo que la comunidad puertorriqueña a la cual pertenezco resiste a diario, ser boricua es resistir en lo cotidiano dentro y fuera. Existe un auge de lo externo por explicar lo que somos; los movimientos urbanos, musicales, artísticos, nos han puesto siempre en un “spotlight”, y pues ante ese intento de explicar lo que somos de la otredad, de los demás, de los que no habitan la piel boricua pero desean explicarla, hay una necesidad de aclarar, en esas aclaraciones hay mucha resistencia porque nos fuerza a informarnos, a tener la herramienta de autoeducarnos y la información siempre es poder. Aunque el tema central de Hamaca Blues son los movimientos migratorios, no existe otra óptica que mi poética abrace si no es desde el feminismo y lo decolonial; la historia nos conduce a esto, a posicionarnos desde un ángulo que extrae el dolor y lo sana bailando para continuar en el quehacer. El feminismo es el movimiento sanador que nos conduce a reafirmarnos en nuestro caminar. Si en Enraizada exploraba nuestras ancestras, en Hamaca Blues reivindico el resultado de esa semilla, nosotras jíbaras buscándonoslas, siendo sororas, cuidándonos las unas a las otras, cultivando comunidad, alimentando los muchachos de las unas y las otras mientras nuestros hombres van a la guerra. Reafirmo esa época de la historia donde la puertorriqueña tuvo que definir cómo era reconstruir un país en la ausencia de una pareja, con el presente de una cultura impuesta, y cómo esa herencia se transporta en esa hamaca y se lleva a la diáspora. La jíbara que se va sigue creando comunidad porque es lo que hacemos, fertilizamos para los nuestros y abrimos bohíos, es parte de lo aprendido.
En la poesía antillana actual hay un resurgir de lo afrodiaspórico (ejemplo: Mayra Santos Febres, Yolanda Arroyo Pizarro). ¿Cómo teje Hamaca Blues lo ancestral con lo urbano, sin caer en folclorismos?
En Hamaca Blues, lo ancestral no es escenografía, es estructura emocional y política. No lo trato como adorno exótico, ni como algo que hay que “rescatar”, porque lo ancestral nunca se ha ido. Está en la cadencia con la que una habla, en el ritmo del poema, en la abuela que reza con tabaco en la boca, en que te lean el fondo de la taza de café o te tiren los caracoles sin pedir permiso. Está en decir papi a los hombres, mami o hermana a las mujeres. Está en la bomba que se cuela entre los versos aunque no se nombre. Porque la ancestralidad no es lo que decimos, es cómo vivimos.
Admiro profundamente lo que autoras como Mayra Santos Febres y Yolanda Arroyo Pizarro han hecho al reclamar lo afrodiaspórico con fuerza y belleza. Mi ruta en Hamaca Blues dialoga con esa tradición, pero desde otro ángulo: escribo desde el umbral, desde la diáspora, desde esa esquina donde el tambor y el concreto se rozan. Donde el monte y el Medicare se sientan en la misma mesa.
Vivir en Houston, entre edificios que parecen no conocer el viento, mientras se lleva en el cuerpo la memoria de una isla que todo el tiempo tiembla, genera otra forma de poesía. Lo ancestral aparece, sí, pero compartiendo espacio con las tarjetas de Medicare, los formularios de la renta, el sofrito congelado, el poema gritado en un open mic, el humo del lechón del domingo y los audios de WhatsApp de la tía con bendiciones y recetas.
Ese es mi archivo. Ese es mi glitch. Lo ancestral vive en mi lenguaje, en mis silencios, en la hamaca que mece una nostalgia que no se rinde. Y no escribo para hacer folclore, escribo para abrir un territorio donde el tambor no tenga que pedirle permiso al concreto.
El español de Puerto Rico se mezcla con giros del inglés en algunos poemas. ¿Es esta hibridación lingüística un acto político frente a la estandarización de las literaturas “globales”?
Sí, la hibridación lingüística en Hamaca Blues es un acto político, pero también es una experiencia afectiva, una herida, una herramienta y, en muchos casos, una forma de curación. Hablar inglés —aunque hablamos inglés— ha sido parte de mi trayectoria como mujer puertorriqueña en la diáspora. Lo uso para llevar el mensajito a donde tenga que llegar. Y a veces ese mensajito va con acento, con faltas, con pausas... pero va.
En el poema “Jevo no sabo”, hablo precisamente de esa dimensión íntima del idioma. De lo que se pierde y se protege. Estar en una relación con alguien al que le fue arrebatado el español como mecanismo de defensa me confrontó con otra realidad del lenguaje: a veces, no elegimos de toda la lengua hablada. La lengua nos es impuesta, cortada, silenciada... o reinventada.
El inglés en mi poesía no está ahí para demostrar que puedo “moverme entre mundos”, sino para evidenciar que ese movimiento tiene consecuencias, tiene nostalgias, tiene resistencias. El spanglish que aparece no es un capricho estilístico, es la lengua híbrida de mi cotidianidad. Una lengua viva, accidentada, que me permite decir lo que en un solo idioma no cabe.
Sí, es político. Porque frente a la estandarización de las literaturas “globales”, esa mezcla —con toda su imperfección y belleza— es mi manera de decir: yo no me traduzco, me multiplico.
El libro es publicado en San Antonio; el editor en cargo es el gran Alfredo Ávalos con Letras en la Frontera. El lanzamiento oficial es el 6 de noviembre de 2025.
Autores como Raquel Salas Rivera o Mara Pastor exploran la ecología desde lo poético. En tu caso, ¿cómo se entrelazan la naturaleza y el cuerpo femenino en Hamaca Blues, considerando el ecofeminismo caribeño?
En Hamaca Blues, la naturaleza no es un escenario; es una voz, una cómplice, una madre, una herida. El cuerpo femenino —el mío, el de mis ancestras, el de las mujeres que me preceden y rodean— se entrelaza con la tierra como extensión viva de lo que somos: fértiles, erosionadas, resilientes, líquidas, volcánicas, en resistencia constante.
El ecofeminismo caribeño se manifiesta en mi escritura como una forma de denuncia y renacimiento. Denuncia porque las violencias hacia la tierra y hacia los cuerpos de las mujeres colonizadas son paralelas y persistentes. Renacimiento porque, como la yuca que brota después del machete, como la palma que se dobla, pero no se rompe, nos regeneramos, nos inventamos. La tierra es hembra, así como nuestras plantas que son fértiles y generosas. Somos una. Esa resistencia se siembra en el archipiélago y lleva semillas en el vientre de nosotras/jíbaras que seguimos haciendo matria en donde establecemos nuestro bohío.
La hamaca —símbolo central en el libro— no es sólo un objeto de descanso, sino un útero suspendido, un lugar de contemplación, de gozo, pero también de duelo. Allí se mecen memorias de abuelas, se suspende el trauma intergeneracional, y se agitan los cantos de resistencia.
Cada poema es tierra húmeda, cuerpo que sangra y sana, fruto que no pide permiso para madurar. Exploro lo orgánico de ser mujer en un archipiélago herido: el salitre en los pezones, los muslos como raíces, el pelo como enredadera. Pero no sólo en el cuerpo que habitamos sino que esto nos conduce a nuestra cotidianidad y al vaivén que envuelve la hamaca. En mi poética, la naturaleza no se describe, se habita.
El poemario oscila entre la intimidad y lo colectivo. ¿Qué técnicas usas para que lo personal (ejemplo: el duelo o la maternidad) resuene como experiencia compartida en comunidades transnacionales?
Mira, yo escribo desde la hamaca, pero con los pies colgando en muchas orillas. Lo personal no es sólo mío: es de mi abuela que callaba, de la vecina que se fue a Nueva York con un bebé en brazos, y de la amiga que parió sola entre dos idiomas. Hamaca Blues nace ahí, entre el duelo y la carcajada, entre el insomnio y el arroz con habichuelas.
Como dice Mayra Santos-Febres, “la maternidad negra y caribeña está plagada de fantasmas, de hijos ausentes y de amor”. Yo escribo esos fantasmas con nombre propio, con ritmo de mar picado. Y para que el poema no se quede en mi ombligo, uso imágenes que hablen desde el cuerpo y desde el pueblo. La sangre es mía, pero la cicatriz la compartimos.
Wanda Ramos dijo que “la historia de una mujer puertorriqueña nunca es de ella sola”, y yo me lo tomé en serio. Por eso uso técnicas de multiplicidad: mezclo registros, dejo que entren las voces del barrio, los dichos de mi madre, los silencios de mi hija. A veces escribo desde el yo, pero ese yo siempre tiene eco. La poesía se me llena de otras.
¿Y cómo lograr que resuene transnacionalmente? Bueno, primero entendiendo que Puerto Rico ya es transnacional por defecto. Como dice Roque Raquel Salas Rivera, “vivimos entre aquí y allá, en ese no-lugar que se llama colonia”. Escribo desde esa grieta, porque ahí cabe todo: el WIC, el spanglish, el aborto clandestino, el avión que siempre regresa, el mayoketchup, el potecito de vicks en el pecho.
A veces me preguntan: “¿Y tú por qué escribes cosas tan tristes?”. Y yo les contesto como contestaba mi abuelita: “Porque si no las escribo, me da una úlcera, mijo”. Ella lo decía para las recetas, para otros menesteres que tenía que soltar. Porque el humor en Hamaca Blues es como el ajo en el sofrito: esencial. El poema llora, pero también se ríe con la comadre. El humor es nuestra manera de no volvernos locas del todo.
Y bueno, si algo he aprendido en la vida —y ha sido a cantazos— es que lo que se cuenta con verdad encuentra su espejo. Que, si una escribe con el alma, sin disfraz, otra, en Santo Domingo, en Chicago o en Loíza, va a leer ese poema y va a decir: “Esa soy yo”.
Porque como decía Julia de Burgos, “yo soy la vida, la fuerza, la mujer”. Y esa vida, esa fuerza, cuando se pone en verso, se vuelve de todas.
La hamaca sugiere movimiento y suspensión. ¿Cómo influyen las migraciones forzadas o el destierro en la estructura fragmentada de varios poemas, donde el ritmo imita olas o pasos?
La hamaca, como la diáspora, no está quieta nunca. Ese vaivén es cuerpo en tránsito, memoria suspendida. En Hamaca Blues, la estructura fragmentada de varios poemas responde precisamente a esa sensación de inestabilidad constante que deja el destierro —ese que no siempre es voluntario, y que no se vive en línea recta, sino a saltos, con interrupciones, como un poema que se rompe para poder seguir.
El ritmo imita pasos cansados, olas que regresan sin orilla, o el golpe seco del avión al aterrizar en una ciudad ajena. Porque como bien dice Mayra Santos-Febres, “Puerto Rico no tiene cuatro millones de habitantes sino ocho millones. Que la diáspora es también (en cierta manera) Puerto Rico”. Y ese “en cierta manera” es donde escribo yo: entre la certeza de haberme ido y la raíz que nunca se arrancó del todo.
La fragmentación es técnica, sí, pero también es testimonio. Cada pausa, cada espacio en blanco, es una ausencia. Es lo que se dejó atrás: una isla, una madre, una lengua, un entierro al que no se pudo ir. Es lo que no se traduce, lo que se lleva en la garganta.
Y claro, la hamaca también se ríe. Porque incluso colgadas entre dos mundos, las boricuas aprendimos a cantar mientras temblamos. A reírnos con la panza vacía y el corazón lleno. El poema se balancea, como nosotras: con gracia, con miedo, con flow... y con un ritmo que no pide permiso.
¿De qué forma Hamaca Blues dialoga con la tradición literaria boricua (Lola Rodríguez de Tió, Julia de Burgos) mientras se inserta en corrientes vanguardistas latinoamericanas?
Creo que la tradición literaria puertorriqueña no está al margen de Latinoamérica, al contrario: se inserta con fuerza porque somos parte de esa América Latina hermana, sangrada y resiliente. Pero también cargamos con algo único: una condición colonial que no es histórica, sino presente, punzante. Y no hablo de la que nos dejó España, sino de la que nos aprieta cada día desde Washington, desde ICE, desde el Walmart de Bayamón.
Las que nos fuimos, escribimos desde esa grieta. Tratamos de abrirle espacio a los que están. Escribimos con nostalgia, sí, pero también con rabia y esperanza. Y aunque partimos, seguimos escribiendo con el oído puesto en la isla, y el corazón con la maleta medio hecha, por si se da el regreso.
En Hamaca Blues, ese diálogo con la tradición literaria boricua es explícito y amoroso. Están las nuestras: Lola Rodríguez de Tió, que bordó patria en verso y tejió causa en el pañuelo; Clementina Cordero, que abrió escuela donde sólo había sombra; Julia de Burgos, por supuesto, que nos enseñó que el cuerpo también es bandera. No son menciones decorativas, son presencias vivas. Son testigos y cómplices.
Pero también hay ruptura. Porque escribo desde un lugar de dislocación —lingüística, geográfica, emocional. Por eso, el libro también se inscribe en las corrientes vanguardistas latinoamericanas que experimentan con la forma, el ritmo, la visualidad del texto. Me interesa lo híbrido, lo mestizo, lo que no cabe del todo. Y en eso me siento hermana de muchas voces contemporáneas de Abya Yala que también están desmontando el canon y construyendo otro, más libre, más moreno, más raro.
La hamaca, entonces, no sólo es símbolo. Es forma, es cuerpo textual, es ritmo partido. Me permito saltar del verso libre al poema fragmentado, del archivo al habla popular, del duelo íntimo al reclamo colectivo. Porque así somos: poetas y pueblo, cuerpo y palabra, aquí y allá.
Y así como Julia rompió con su tiempo, yo también me atrevo a romper con lo que espera de mí la academia, el mercado, incluso la idea de lo que “debería” ser una poeta puertorriqueña. Romper también es amar.
Tras este proyecto, ¿planeas explorar otros soportes, como el multimedia, junto a artistas como Dafne Elvira, para desbordar los límites del poemario impreso?
Sí, definitivamente. Además de la colaboración con Dafne Elvira, que me entusiasma muchísimo porque abre un camino hacia lo visual y lo performático, tengo un trabajo hermoso y profundamente significativo junto a la gran Lourdes Jiménez, antigua integrante de Moliendo Vidrio.
Con Lourdes he recuperado la voz de muchas maneras. Ella me la devolvió no sólo como herramienta artística, sino también como fuerza vital. Juntas estamos integrando música, poesía, bomba y plena en un performance que celebra Hamaca Blues, desbordando los límites de la página y llevándolo al cuerpo, al tambor y a la escena.
Para mí, este cruce de lenguajes no es un adorno, sino una necesidad: la poesía caribeña siempre fue música, siempre fue canto colectivo. Lo que ahora hacemos es darle espacio para que esa tradición se reinvente y vibre con nuevas generaciones.
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