
Antonio Sajid nació en Ponce, Puerto Rico, en 1980, y desde entonces ha estado rodeado de libros, teatros y aulas. Se define como escritor, profesional del teatro y docente de estudios hispánicos en Estados Unidos, aunque estas etiquetas no logran capturar por completo la esencia de su verdadero impulso. Su trabajo se ha caracterizado por un diálogo constante entre lo personal y lo colectivo, así como entre lo académico y lo popular. A través de este intercambio, también se manifiesta su activismo, que se traduce en palabras, cuerpos y recuerdos.
A lo largo de su trayectoria, ha publicado diversas obras que, en su núcleo, son intentos de entender el mundo y de entablar un diálogo con él. Entre sus títulos destacan La sombra púrpura del cielo roto (Gnomo, San Juan, 2025), una novela que le duele y lo sostiene; Metateatro hispanoamericano contemporáneo (Editorial Pliegos, Madrid, 2020), un ensayo que convierte al teatro en un reflejo y un interrogante, y Canciones de cuna para un hombre y una ciudad (Proyectos BiiK, Santo Domingo, 2009), un libro de poemas que nació en medio de despedidas y nuevos comienzos. Además, ha tenido el privilegio de participar en antologías como Las mujeres sí hablan así (Boreales, 2017), un homenaje a Nemir Matos-Cintrón organizado por Yolanda Arroyo Pizarro, y en Abrazos del sur, una cálida colección de encuentros literarios entre voces dominicanas y puertorriqueñas coordinada por Virginia Díaz.
En el ámbito teatral, ha producido obras como Dinosaurios (2006) de Santiago Serrano, en su querida Ponce; el proyecto comunitario Cuéntame la historia a la sombra de la Ceiba (2007), en colaboración con La Bruja Fortuna, y Cosecha de muerte (2008), de Edilberto Torres Santos, presentada en el XX Festival de Teatro Luis Torres Nadal, donde también fue parte de la junta directiva. Entre 2020 y 2021, tuvo la fortuna de unirse al proyecto “Disaster and the Body: Arts and Recovery in Communities Affected by Natural and Unnatural Disasters”, una iniciativa interdisciplinaria liderada por las profesoras Rachel Carrico y Colleen Rua en la School of Theatre + Dance de la Universidad de Florida. Este trabajo, que también los involucró a Alana Jackson —investigadora del Center for Arts in Medicine— y a él desde el Departamento de Estudios Hispánicos y Portugueses, surgió de una pregunta crucial: ¿qué papel desempeña el arte en los procesos de sanación comunitaria tras una catástrofe?
Además, dirige un espacio sonoro denominado El Intertexto, un podcast disponible en Spotify y otras plataformas, donde se entrelazan sin límites la literatura y la vida. Él ha contestado todas nuestras preguntas. Todas sus respuestas son para ser compartidas con todos vosotros.

Hace poco tiempo publicó La sombra púrpura del cielo roto. ¿De qué trata dicha novela? ¿Cómo surgió la oportunidad de trabajarla?
La sombra púrpura del cielo roto (Gnomo, 2025) es, más que una novela, una respuesta inevitable —casi instintiva— a esa maraña social y política que ha marcado el rumbo de Puerto Rico en los últimos cincuenta años. Trazo con atención y cuidado el devenir de una familia puertorriqueña a lo largo de tres generaciones, tomando como punto de partida el Festival Mar y Sol de 1972 y terminando con el huracán María en 2017. Me interesaba explorar ese espacio íntimo y cotidiano, donde se decide una y otra vez sin medir —o sin querer medir— el alcance de las consecuencias, para indagar cómo algunas de nuestras tensiones colectivas se gestan en el núcleo familiar, se deforman en los círculos sociales y, con el tiempo, acaban superando cualquier predicción.
El corazón del relato está en manos de mujeres, que cargan con el peso tanto del proyecto familiar como del país. Y lo hacen mientras enfrentan sistemas que, lejos de ofrecer soluciones reales, insisten en fabricar ficciones sobre lo que la gente realmente quiere y necesita.
Aunque lo político atraviesa toda la historia —porque aquí lo político y lo humano van de la mano—, también están el deseo, el cuerpo, la fragilidad. El alzhéimer aparece como una sombra que se cuela de generación en generación, imponiendo su propio ritmo, su propio lenguaje. Y es ahí, entre la pérdida y la insistencia en seguir, donde la novela encuentra su tono.
El teatro es uno de los vehículos fundamentales en esta novela, al igual que la música. Es a través de espacios escénicos —que son, a la vez, espacios de confrontación y de posibilidad— como los personajes descubren nuevas formas de mirar lo heredado. La música va trazando una especie de banda sonora que acompaña al lector sin anunciarse del todo, pero que se revela poco a poco, canción por canción, como otra manera de sentir el tiempo y los afectos.
Empecé a escribirla en febrero de 2021 y la terminé en marzo de 2024. La edición de Gnomo tiene 660 páginas, lo cual no deja de ser una rareza en estos tiempos en que todo parece tener que caber en un video de quince segundos. Varios colegas me advirtieron que ni el mercado editorial ni la economía actual se prestan para libros largos; que el lector de hoy busca rapidez, vértigo, gratificación inmediata. Pero decidí seguir otro camino: escribir con libertad, sin mirar el reloj ni las modas. No apuré el final; dejé que la historia se contara a su propio ritmo, como creo que debe ser cuando uno confía en lo que está contando. Y, por suerte, Eïrïc R. Durändal Stormcrow, director de Gnomo, aceptó mi apuesta.
¿Qué relación tiene su trabajo creativo-investigativo previo a La sombra púrpura del cielo roto y su trabajo creativo-investigativo entonces y hoy? ¿Cómo lo hilvana con su experiencia de puertorriqueño-caribeño y su memoria personal de lo caribeño dentro de Estados Unidos, Puerto Rico y el Caribe?
Toda mi producción —teatral, literaria y académica— responde, de alguna manera, a las urgencias con las que me voy encontrando en el camino. Si miras mi trayectoria, verás que es profundamente orgánica: van la vida y la obra de la mano, sin demasiada separación.
En los últimos quince años, viviendo en Florida, además de doctorarme, he dedicado mucho esfuerzo al desarrollo de un proyecto de historia oral que explora la experiencia de los latinos en Estados Unidos, dentro del contexto más amplio de la historia y de las relaciones asimétricas entre este país y el resto del continente. Gracias al trabajo conjunto con el Samuel Proctor Oral History Program de la Universidad de Florida, y al apoyo generoso de Kathryn Dwyer-Navajas y Deborah Hendrix, hemos logrado archivar más de 125 entrevistas temáticas a inmigrantes hispanos que viven en este país. Hace un par de años, gracias al trabajo de la estudiante graduada Sonia San Juan, se añadieron seis entrevistas en español a la colección del Veterans History Project de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. Fueron las primeras —y, al parecer, las últimas— entrevistas en español aceptadas en esa colección, debido a un cambio posterior en las políticas lingüísticas.
En 2020 logré publicar, bajo el sello de Editorial Pliegos en Madrid, una edición revisada de mi disertación doctoral, dirigida por Efraín Barradas. El libro se titula Metateatro hispanoamericano contemporáneo y es un estudio sobre las estéticas teatrales que incorporan a la audiencia dentro de la ficción, con un enfoque particular en ese posicionamiento y sus efectos. Por esas mismas fechas lancé un proyecto de pódcast en Spotify, El Intertexto, que coanimo junto a Claudia Costagliola. En él conversamos sobre distintos temas desde una mirada humanista, y también entrevistamos a escritores y artistas hispanos.
Me interesa, sobre todo, cómo se desarrolla la historia en el día a día. No tanto en los grandes titulares, sino en la vida de la gente común: cómo viven, cómo salen adelante, qué obstáculos —reales o imaginarios— van moldeando su camino. En ese sentido, esta novela encaja de forma muy natural con ese impulso. Lo mismo podría decir de mis colaboraciones teatrales más recientes.
Entre 2020 y 2021 participé en un proyecto titulado Disaster and the Body, coordinado por dos fabulosas profesoras, Colleen Rua y Rachel Carrico. En él exploramos cómo la danza y el teatro funcionaron como espacios de sanación en Nueva Orleans y Puerto Rico, tras el paso de los huracanes Katrina y María. En Nueva Orleans colaboramos con la coreógrafa Michelle Gibson; en Puerto Rico, con el colectivo Y No Había Luz.
En el fondo, lo que me interesa es la gente. La vida cotidiana de la gente. Porque es esa vida —la de todos los días, la que muchos creen que no merece contarse— la que va marcando el paso y, poco a poco, construyendo el mundo.
En cuanto a cómo se entrelazan mi carrera y mi experiencia como puertorriqueño caribeño —y esa memoria, a veces presente y a veces ausente, de lo caribeño dentro de Estados Unidos—, la verdad es que no es algo que yo haya decidido de forma consciente. Simplemente sucede: todo está trenzado.
Por supuesto que trabajo desde una perspectiva caribeña y puertorriqueña, pero al vivir en Estados Unidos también me encuentro inmerso en otras urgencias que reclaman atención desde lo cultural, lo humano y lo académico. Por eso, aunque esta novela pone el foco en Puerto Rico, gran parte del trabajo que realizo aquí en Florida incluye también las experiencias de otros grupos —principalmente hispanoamericanos— que forman parte de mi día a día, de mi comunidad y de mi mirada.
Si compara su crecimiento y madurez como persona, escritor, obrero del teatro, docente-investigador y poeta con su época actual o reciente de escritor en Puerto Rico y Estados Unidos, ¿qué diferencias observa en su trabajo creativo-investigativo? ¿Cómo ha madurado su obra? ¿Cómo ha madurado usted?
Definitivamente, mi trabajo literario y académico ha madurado con el tiempo. A lo largo de los años se van acumulando lecturas, se suman conversaciones que enriquecen, aparece gente linda en la vida con la que uno aprende e intercambia ideas. Todo eso va dejando huella. Y sí, uno madura. Claro, como te digo una cosa te digo la otra: para madurar hace falta voluntad también. ¡Y mucha disciplina!
Sobre todo, siento que mis horizontes son mucho más amplios ahora que antes. Sé que a algunos escritores les da un poco de vergüenza volver a sus primeros textos, pero a mí no. A mí me fascina. Es como tener un mapa del crecimiento, como ver una foto vieja. Y como nunca he tenido objetivos de “llegar” a ninguna parte o de cumplir con ciertas expectativas, la conciencia del aprendizaje y el crecimiento me gusta.
¿Cómo visualiza su trabajo creativo-investigativo con el de su núcleo generacional de escritores con los que comparte o ha compartido en Estados Unidos, Puerto Rico y el Caribe? ¿Cómo ha integrado su trabajo creativo-investigativo a su quehacer literario?
Mi producción es distinta a la de muchos escritores con los que me relaciono como amigo o colega. Cuando digo distinta, me refiero a los intereses y a las estéticas. A mí me llama mucho la atención el cuadro de costumbres. Sin embargo, leo —y me fascinan— las historias góticas de Giovanna Rivero; me conmueve la sensibilidad queer de Nemir Matos Cintrón; me atraviesa la poesía de Víctor Jordán, y la lucidez y el ritmo de Carlos Bertoglio; admiro el afrofuturismo de Yolanda Arroyo Pizarro y me energizan los cuentos irreverentes de Eïrïc R. Durändal Stormcrow. Me encantan todas esas estéticas, las disfruto profundamente, pero he aprendido a escribir con honestidad, y a producir lo que es coherente con mi posición en el mundo.
Todos ellos son mis amigos, y celebro lo que hacen, y creo que nuestras estéticas no sólo se comunican, sino que se complementan. Hay una conversación viva entre nuestras obras, y eso me parece una fortuna.
Ha logrado mantener una línea de creación literaria enfocada en la narrativa y la poesía. ¿Cómo concibe la recepción a su trabajo creativo-investigativo dentro de Puerto Rico y fuera, y la de sus pares?
La recepción ha sido buena a lo largo de los años, en términos generales. Pero la de La sombra púrpura del cielo roto ha sido, sin duda, extraordinaria. Esta novela la he “vedeteado” durante todo 2025. La presentamos en varias ciudades: Ocala y Gainesville, aquí en Florida; Heredia, Costa Rica; la Feria del Libro de Miami, y San Juan, Puerto Rico, en Casa Norberto.
La presentación en Gainesville fue dirigida por Nemir Matos Cintrón, y fue muy especial contar con la presencia de Efraín Barradas y Reynaldo Jiménez, quienes también asistieron a la presentación en Ocala, además de Emily Hind, David Pharies, Libby Ginway, Jorge Kroff y Jennifer Wooten, entre otros amigos y colegas. Fue una experiencia increíble conversar allí, en ese espacio íntimo, con la madre de las letras queer puertorriqueñas.
En Ocala me acompañaron también mis compadres Giovanna Rivero y Alexander Torres. Estuvieron Luis Felipe Lomelí y su esposa, Ary Tenorio; el profesor Rafael Solórzano, Daniela Stranski, María Victoria Muñoz, y otras personas queridas que se acercaron. Esa presentación fue transmitida por Facebook. En Miami, compartí mesa con Anjanette Delgado y Dayneris Machado Vento. Fue una experiencia muy gratificante por las reflexiones que surgieron durante nuestro conversatorio: hubo un diálogo genuino y profundo.
Pero lo más bonito ha sido el contacto con los lectores. Me han escrito por redes sociales para iniciar conversaciones, hacer preguntas, compartir impresiones o simplemente conocer un poco más sobre los entresijos de la historia. La novela está generando muchas conversaciones y eso, para mí, es el mayor premio.
Sé que usted es de Ponce, Puerto Rico. ¿Se considera un escritor puertorriqueño o no? O, más bien, un escritor de literatura sea ésta puertorriqueña o no. ¿Por qué? José Luis González se sentía ser un universitario mexicano. ¿Cómo se siente usted?
Entrar en materia de categorías siempre me resulta difícil. No porque niegue mis raíces —ni mucho menos—, sino porque cuando se vive fuera de Puerto Rico con la intensidad con la que vivo, la puertorriqueñidad va evolucionando en una dirección paralela a lo que ocurre en la isla.
Llevo quince años fuera, y el año pasado, durante un congreso en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, sentí por primera vez el desarraigo. Reconocía, más o menos, todo lo que veía... pero, al mismo tiempo, había una distancia extraña, difícil de explicar. Y, claro, eso puede leerse de muchas maneras.
Hace doce años me casé con un guatemaltecoestadounidense, y su familia me ha adoptado con un cariño inmenso. Esa convivencia me ha abierto a otra mirada latinoamericana, desde la cual he aprendido —literalmente— a respirar distinto. A Carlos le pasa lo mismo con Puerto Rico. En las parejas se da ese tipo de intercambio cotidiano y profundo que transforma. Llevo más de una década inmerso en la cultura guatemalteca, y he tenido la oportunidad de pasar varias temporadas en Guatemala. Además, a eso se suman las miles de horas de conversación con mi suegra, una mujer con una experiencia de vida muy distinta a la de las mujeres de mi familia. También me ocupa el compromiso con la hispanidad en Estados Unidos y lo que significa ser un inmigrante latinoamericano hoy. Todo eso configura una forma distinta de percibir el mundo, y de estar.
Yo soy y me siento puertorriqueño. Pero —y esta es mi manera de entenderlo— mi puertorriqueñidad, como una planta sembrada en otro lar, ha echado raíces y se ha desarrollado sin perder su cualidad esencial. En ese crecimiento ha incorporado matices, voces y vivencias nuevas. Es un crisol propio.
¿Cómo integra su identidad étnica y de género y su ideología política con o en su trabajo creativo-investigativo y su formación y experiencia creativa de origen puertorriqueño o no?
Vida y obra, en mi caso, son inseparables: lo que genero como artista es una extensión de lo que vivo, con una intensidad casi visceral.
En cuanto a las ideologías, creo que nadie se escapa de ellas. Sin embargo, en los últimos años he procurado atravesar ese ruido con una mirada más consciente: las ideologías son, como señala Harari, ficciones compartidas. Y que sean ficciones no significa que sean mentiras; algunas han contribuido a organizar la vitalidad y a impulsar avances en el plano de lo real, pero otras, sin embargo, operan como dispositivos de exclusión que buscan borrarnos del mapa.
En mi docencia, mi propósito es que mis estudiantes aprendan a diferenciar la realidad de los relatos ideológicos que pretenden definirla. Una ideología es más eficaz cuando pasa inadvertida; de ahí la urgencia de entrenar la conciencia. Tenemos que educar la conciencia, esa es una de nuestras armas más poderosas; la otra, la colaboración.
¿Cómo se integra su trabajo creativo-investigativo a su experiencia de vida como estudiante antes y después de su paso por la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico? ¿Cómo integra esas experiencias de vida en su propio quehacer de escritor en Estados Unidos luego?
De mi paso por la PUCPR recuerdo con cariño los años en el Taller de Teatro Luis Torres Nadal, entonces dirigido por Edilberto Torres Santos, con el apoyo de Rosita Arceval y del Programa de Extensión Cultural. Recuerdo también con gratitud a los profesores Estela García, Ada Hilda Martínez de Alicea, María de los Milagros Pérez, José Juan Báez Fumero, Mayra Goitía, José Raúl Feliciano y Hilton Alers, del Departamento de Estudios Hispánicos.
En la Católica estuve, además, en lo que fue en su momento el Taller Literario René Marqués, que luego se convirtió en el Colectivo Revolución Expresiva, donde colaboramos con Kristina Medina Villariño, hoy profesora en St. Olaf College, en Minnesota, y directora de Caribbean Studies Network. En la PUCPR terminé mi bachillerato (licenciatura) y completé mi maestría en Artes, aunque parte del bachillerato la cursé en la Universidad de Puerto Rico: hice dos años en lo que antes era el Colegio Regional de Ponce y luego unos tres semestres en Río Piedras.
Allí formé parte del Taller Mascarada, dirigido en aquella época por Héctor Rodríguez, y tomé clases con Margarita Sastre de Balmaceda, Norma Piazza, Dean Zayas, Teófilo Torres, Julia Thompson, Aracelis Rodríguez y Rosalina Perales.
Esa época conformó una base muy sólida sobre la cual, con los años, he ido construyendo y afinando todo lo que trabajo hoy.
¿Qué diferencia observa, al transcurrir del tiempo, con la recepción del público a su trabajo creativo-investigativo y a la temática ficcional o no del mismo? ¿Cómo ha variado?
Siempre me he sentido respaldado, en parte porque yo también he procurado respaldar a otros: estar presente, participar y construir comunidad. Me gusta, además, ser público del trabajo ajeno y acompañar procesos que admiro. Lo que es diferente ahora es que mi trabajo empieza a resonar más allá de mis círculos vitales, y esa proyección es nueva para mí. Es profundamente gratificante y algo que valoro muchísimo.
¿Qué otros proyectos creativo-investigativos tiene usted recientes y pendientes?
Estoy inmerso en dos proyectos: uno poético y otro narrativo. En el primero estoy recibiendo la asistencia de mi amiga Kathryn Dwyer-Navajas, quien se ha zambullido conmigo en un cajón con cientos de poemas impresos que he escrito en los últimos años, para ver si, de alguna manera, cobran sentido. Es un proyecto para este año, si así lo permite la vida.
El otro es el borrador de una novela que acabo de terminar y que me he propuesto editar a lo largo de 2026. Tengo la esperanza —y la ilusión— de que esta nueva historia vea la luz en 2027.
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