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Piedra de habla, de Ana Enriqueta Terán

miércoles 13 de septiembre de 2017

“Piedra de habla”, de Ana Enriqueta Terán

Piedra de habla
Ana Enriqueta Terán
Fundación Biblioteca Ayacucho
Caracas, 2014
ISBN: 978-980-276-516-4
364 páginas

Porque la poesía es un templo
y a ella se va con una vestidura especial y adecuada.
Un velo.
Hanni Ossott.

La poesía será la guarida del ser, la estancia, el vasto cielo donde reposan los dioses, la sala de congregación.

Voy a permitirme establecer dos apreciaciones que no escapan de lo que realmente quiero expresar cuando presentamos un libro de esta naturaleza. Y voy a partir precisamente aludiendo una cita que encontré en el libro El arco y la lira, del poeta mexicano Octavio Paz (1986), cuando dice que la poesía es conocimiento, pero además salvación, y también agrega que es poder y luego abandono. ¿Cuál es el origen de todos estos enunciados que hacen que Ana Enriqueta Terán logre hilar con sobrada precisión cuando se reconoce en el vasto universo de lenguajes y que además se confiesa ante las formas inútiles de la queja? Ante el advenimiento de los orígenes incandescentes del fuego y de la piedra, erguida como estatua, plena y poblada de signos, logra agonizar ante el flujo de la sangre. Y “te mueves anegado en tu propia espesura”. Sólo desde allí escuchas las ardorosas batallas, arborizas y fluyes como sombra en medio de la casa y de la piedra. De allí que surja con azaroso cuidado este libro Piedra de habla, editado por la Fundación Biblioteca Ayacucho, cuyos prólogo, cronología y bibliografía están elaborados por la investigadora y también escritora Patricia Guzmán. Este libro reúne su obra poética desde su primer texto, Al norte de la sangre, publicado hacia 1946, que según Guzmán “suscitó, entre los críticos, lectores y poetas, una atención teñida de asombro no sólo por la magistral perfección que hiciera del mejor legado de la tradición clásica española; el impacto provenía sobre todo del arrebatado aliento espiritual con el que entretejía lo mítico y lo místico” (Guzmán. 2014; X). Creo ahora saber a qué universo de palabras nos enfrentamos. Leer su obra, ahora revisitada, parece establecer un puente que logra acercar y por supuesto acercarnos al milagro del poema. Esa oscuridad sostenida que a ratos se nos escabulle de las manos. Así es la poesía de Ana Enriqueta: huidiza pero constante. Siempre tengo sumo cuidado cuando leo un poema, pues se trata de lo primigenio, cual oración que decimos al acostarnos y pedimos a la providencia que nos proteja y nos eleve a ese templo con que se entra o pretendemos llegar a entrar cuando leemos o simplemente escuchamos. Oír, pero también mirar el poema, es dejarnos conducir por lo sagrado, piedra y sentido que se nos otorga desde la imagen del verbo, y en esa reflexión se nos muestra el milagro que tiende a aparecer como una suerte de proximidad inusitada que a veces se pierde de nuestra orientación para caer de bruces, exhaustos, con ciertas y amadas distancias que solemos hacerlas nuestras. Este libro persigue cual guerrero que sale de las sombras para afrontar con desmesura la batalla que lo ha cegado y lo ha puesto siempre alerta ante los avatares que se suscitan en el recorrido ciertamente quejumbroso. En él encontramos como en los libros sagrados la savia y el amaranto, y una rara convergencia entre una poética de reciedumbre que sabe a piedra y que funda lo inconmensurable y el desprendido paisaje de nuestros montes. Así es la poesía de Ana Enriqueta.

 

¿Piedra de habla o piedra de lenguaje?

“La poetisa cumple medida y riesgo de la piedra de habla”.

La poesía será la guarida del ser, la estancia, el vasto cielo donde reposan los dioses, la sala de congregación. La poetisa ofrece aquí sus águilas; rompe los escarpados nidos, y los vuelve a nombrar.

En ese transitar reposan incansablemente la bruma y la niebla. Hubo una vez en que la palabra poética aleteaba sobre los hombres, los hizo presa de sus designios, cabalgó sus nombres y los hizo también sombras. La poesía, que antes que la filosofía misma se enfrentaría a ese mundo oculto de lo sagrado, pues no era el verbo lo que acudió al nacimiento de las formas, antes que él estaba el delirio, como queriendo seducir, antes que sortear la espesura del lenguaje. Será el poema lo que nos permita reconocernos como distintos. El poema, dirá Paz, nos hace recordar lo que hemos olvidado: lo que somos realmente.

 

Las cosas y las palabras tienen un sentido

Cuando percibimos y azuzamos los sentidos se nos vuelven en signos que traspasan la memoria, algunos afectos recién hallados. La búsqueda del sentido será librada en la escritura. Formas, visiones, sirven para asentarse en el decir. La poesía de Ana Enriqueta coloca al ser frente al origen, lo vuelve a sí. La poesía es entrar en el ser.

Podría decirse que Piedra de habla constituye un enfrentamiento entre el decir y el hacer, que en boca de la poetisa rompe con las diatribas que se encuentran en el plano textual.

Pero el lenguaje no soporta los significados, pues los traspasa en una vorágine indecible y los nombra a partir de su sentido. Para decir habla dice sol, para decir sol dice montaña, para decir agua dice cielo, y para decir piedra de habla dice la poetisa. El ser que se instala en nombradía inusitada bajo relieve que sujeta el mundo para representarlo y para habitar en él. Las nociones del signo que precede la imagen van a refigurar otro sentido que ha emergido del mismo ser, no así las formas que han emigrado hacia territorios u horizontes insospechados, pues la palabra ha hecho del ser un hacedor que navega en el infranqueable universo de palabras. Pues las palabras son el único recurso de la verdad y por ellas, dirá Sánchez Peláez, navego la plácida ladera, pues aunque la palabra sea sombra en medio, hogar en el aire, soy otro cuando me veo atado a ella, en el alba o en la tempestad.

 

Qué representan para nosotros la íntima figura alada, la desmesura contenida en flor y canto

Una situación donde Piedra de habla no significa más allá de su enunciado inicial, pues la palabra designa otras funciones para decirse, para nombrarse. La función simbólica que atraviesa la emoción puede circunscribirse a respuestas que son instintivas y amadas.

La casa, dirá Ossott, “guardiana de pasado y del presente, de lo que somos, y de lo que hemos sido” (Ossott, 2002, p. 67).

 

Pero la poesía es también memoria

Así la memoria, dice la poetisa:

Lo que reviste de alientos / Planta espinosa / Tierra viva / Balcones del Sur / Casas ligeras / Casas de rechazo / Plumajes de agobio / Tierra de gracia

A cada instante se cierne en nosotros el intransitado trance para hacer decir la voz genésica y amada. Voz que fluye para deducir cuán Orfeo hace dormitar a las bestias. Infancia recuperada o recuperada infancia. Cálidos jazmines, glaucos serafines: la infancia alba pura, llama de hermosura. Para decir infancia dice brisa sola, isla, “mi coronada y siempre lúcida”.

Antigua piel. Esa primera actitud de confianza y cercanía que va a generarse a partir de ese doble reconocimiento entre el signo y la experiencia que no se desvanecerá hasta que no se consagre en escritura, pues la infancia es ese otro territorio de lo inconmensurable que puede llegar a ser la palabra. Podría decirse que Piedra de habla constituye un enfrentamiento entre el decir y el hacer, que en boca de la poetisa rompe con las diatribas que se encuentran en el plano textual. Sólo tiempo y espacio separa esa otra voz que encarna y es suplicio ante el advenimiento de las sombras, pues son sólo ellas las que establecen ese otro ordenamiento de las formas distintas del paisaje. Este libro es el resultado —sin lugar a dudas— no sólo de un acicalado esfuerzo, sino también del inmenso aporte que da a la literatura al continente. Sin vacilar que éste —además— celebra desde la complejidad poética una suerte de cartografía latinoamericana que no ha cesado de instaurar nociones de inteligibilidad y asombro ante el inmenso aporte que esta antología parece proponer. Ana Enriqueta, siempre atenta ante esta realidad, no ha acabado de preguntarse sobre ese mismo proceso que nos ha permitido a nosotros, sus lectores, quedar maravillados ante el esplendor y la sabia condición de seres de palabras. Una condición ciertamente mágica pero también llena de dudas y perplejidades, como bien lo habría dicho Jorge Luis Borges.

 

Bibliografía

  • Ossott, Hanni (2002). Cómo leer la poesía, ensayos sobre literatura y arte. Comala.com. Caracas.
  • Paz, Octavio (1986). El arco y la lira. Fondo de Cultura Económica. México.
  • Sánchez Peláez, Juan (2004). Obra poética. Lumen. Caracas.
  • Terán, Ana Enriqueta (2014). Piedra de habla. Fundación Ayacucho. Caracas.
  • Zambrano, María (1993). El hombre y lo divino. Fondo de Cultura Económica. México.
Juan Joel Linares Simancas
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