XXXVII Premio Internacional de Poesía FUNDACIÓN LOEWE 2024 Saltar al contenido

Dos cuentos de Juan Joel Linares Simancas

jueves 9 de mayo de 2024
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La tienda de Li Ning

Para Dexy

“Su tienda no era sólo la más surtida de la cuadra, sino de toda la ciudad”, repetía mi madre cuando íbamos de compras. Una tienda donde se podía encontrar de todo, desde agujas para zurcir, vestidos, zapatos y medias, entre otras cosas que se necesitaban, hasta candelabros y también baúles. Una vez vi un piano que transportaban hasta el interior de la tienda. “Es un piano de cola, traído seguramente de Europa”, decía mi madre.

La tienda era atendida por su dueño, Li Ning, un señor de estatura mediana y cabello negrísimo que siempre estaba detrás de un gran mostrador de caoba, yendo de acá para allá con su lápiz y sus papeles, siempre ocupado, subiendo y bajando cajas de todos los tamaños. No recuerdo haberlo visto nunca fuera de ese gran mueble que decía que había comprado hace años en una tienda de antigüedades.

El señor Li Ning era descendiente de chinos. Su abuelo había llegado en barco para trabajar en las haciendas de caña de azúcar, pero con el tiempo había dejado de hacerlo para dedicarse a la venta de comida, negocio que logró ubicar en un callejón que, para muchos de sus paisanos, era el paraíso. Se decía que este lugar albergaba un hermoso jardín, además de un teatro y otras cosas.

El señor Li Ning decía que la historia de su abuelo era muy triste, pues tuvo que dejar a su familia para venirse al Perú y tener una mejor calidad de vida, pero eso no fue siempre así, decía el señor Li Ning, como queriendo olvidar esa parte de la historia. Una historia cargada de mucho dolor. “Llegó en barco, muchos días en altamar, atravesó el duro mar del Pacífico”. “Vino de allá”, decía, como si la mención de este adverbio nos remitiera a un lugar inhóspito o marcara una cierta y hasta necesaria distancia con aquello que no debía nombrarse, y que era justo dejar en el pasado y también en el olvido.

Aparte de la tienda, el señor Li Ning tenía un chifa, que en cierta época se conocía como fonda, y, según mi mamá, preparaban el mejor lomo saltado, también el chaufa y la sopa wantán. El señor Li Ning vivía solo con sus dos hijas, pues su esposa había fallecido décadas atrás en un accidente de automóvil.

Sus dos hijas lo ayudaban en la tienda; mientras que una acomodaba la mercadería, la otra sacaba cuentas y llevaba los libros de contabilidad, un registro que sólo ella sabía y que hacía con mucha seriedad. Tanto a él como a sus hijas las largas horas laborales no les pesaban, pues sabían que trabajar era necesario. No recuerdo que otra persona trabajara con ellos; sin embargo, recuerdo haber visto desde lejos a un señor bastante anciano salir de adentro de la tienda: tenía un aspecto como si fuera de otra época o de otra dimensión.

El señor Li Ning y sus hijas habían crecido en ese ambiente, pues su padre había levantado la tienda con mucho esfuerzo, así como el restaurante que quedaba a pocos metros de su residencia. Una casa con altos respaldos en la entrada, con un pequeño jardín con muchas flores y amplias ventanas. Su casa era su palacio, decía. Todos los días, al ir al cole, pasaba delante de ella, y de regreso también. Me gustaba mirarla, pues parecía sacada de una película en blanco y negro.

Un día salí del cole más temprano de lo habitual, creo que era viernes. Le dije a mi mamá que me gustaría pasar el resto de la tarde con los amigos, ir al parque o simplemente estar en la cuadra jugando a la pelota. Al atardecer, cuando ya los comercios bajaban su santamaría, pasé por la tienda, que era la última en cerrar. Desde afuera pude ver de nuevo al anciano que acomodaba unas cajas en el interior. Me quedé mirándolo fijamente hasta que se perdió entre las cajas y la mercancía. En eso apareció una de las hijas y me preguntó si necesitaba algo, pues dentro de poco tiempo ya cerrarían. Negué con la cabeza y me fui corriendo.

Pasados los días, le pregunté a mi madre si en la tienda del señor Li Ning trabajaba otra persona; me respondió que no, que le parecía extraño, pues él sólo trabajaba con sus hijas.

—Por cierto —dijo mi madre—, quiero ir a la tienda a comprar algo que me hace falta para la casa, unos focos y otras cosas. ¿Me acompañas?

Cuando llegamos, el señor Li Ning no estaba y, en su lugar, nos atendió aquel señor que días antes había visto. Nos miró con aquellos ojos negrísimos y nos preguntó qué deseábamos. Mi madre, luego de una pausa, preguntó por el señor Li.

—Soy yo —respondió—, ¿no me reconoce?

Mi madre y yo enmudecimos. Delante de nosotros el señor Li nos sonreía desde afuera del mostrador con su lápiz y sus papeles; sin embargo, su cara no era la que habíamos visto desde siempre; era como de otro tiempo, incluso de otra dimensión o época.

Al llegar a casa, mi madre y yo pensamos: ¿por qué las personas guardan secretos?, es decir, ¿qué lleva a una persona a tenerlos? ¿Acaso son necesarios o simplemente se nos hace fácil tenerlos? ¿Guardas algún secreto conmigo, mamá? Mi madre se quedó vagando en sus pensamientos como si escondiera algo.

—No lo creo —respondió—. ¿Por qué mejor no me ayudas a guardar las cosas?

Esa tarde, como de costumbre, pasé de nuevo por la tienda, y desde afuera pude ver una esmirriada forma de alguien que me saludaba efusivamente.

 

Las muñecas de miss Chang

¿Por dónde comienza una persona a mentir? ¿Por el nombre? ¿ Por el gesto? ¿Por los recuerdos? ¿Acaso por las palabras?
Karina Sainz Borgo

La tarde que supimos que miss Chang había fallecido, nos reunimos los de la promo para llevarle una ofrenda, algo sencillo. Y, por supuesto, con el pretexto de vernos luego de mucho tiempo. Ese día, Mateo y yo nos habíamos visto para tomar el lonche y conversar. No había pasado una hora cuando Julia se comunicó diciéndonos que miss Chang había muerto.

—¿Qué le pasó? —preguntó Mateo mientras sorbía un poco de té.

—No lo sé —respondió Julia.

—¿Tenía alguna enfermedad? Es posible —dijo.

—Bueno, la gente se muere, es normal, ¿no?

—¡Pucha… qué mal!

—Los del grupo llegaron —dijo Mateo, mientras se sacudía unas migas de pan que se habían quedado rezagadas en su polo.

—Bueno, hagamos espacio, vamos a organizarnos y ver en qué podemos ayudar. ¿Alguien de ustedes sabe si miss Chang tenía familia?

—No, nunca lo supimos. Ella siempre paraba en el cole, pero saber si tenía familia, no lo sabemos. Nunca la escuchamos hablar de alguien. Era, cómo decirlo, una maestra que no solía hablar otra cosa que temas de clases.

Miss Chang era la profe de Historia del Perú, pero también enseñaba otros cursos. Siempre dispuesta a enseñar. Una vez la escuché hablar en su lengua, una lengua que siempre me resultó curiosa y, a ratos, misteriosa.

—Muy atenta —replicó Sara—. Fue la única profesora que me ayudó en aquello que siempre me costaba entender… Las conjugaciones de los verbos, las palabras homófonas, el sujeto y el predicado, y esas cosas…, y la vez que me defendió de la miss Ana, la profesora de Comunicación. ¿Se acuerdan?

—Nooo… —dijeron todos—. Ah, y la vez que la directora la nombró madrina de promoción, que, por cierto, nunca se presentó en el acto. Ella decía que no le gustaban, que mejor se quedaba en casa leyendo o viendo a sus gatos, en fin, cualquier otra cosa.

—Bueno, y entonces, ¿qué hacemos?

—Esperen, chicos… Ahora que estamos todos recordando a la miss, ¿recuerdan la historia que ella siempre nos contaba al empezar sus clases? Bueno, al inicio de cada año escolar.

—¿Cuál? —preguntó Pati.

—Aquella de sus antepasados…

—¿La de los barcos? —preguntó Julia, mientras revisaba su teléfono.

—Pero esa historia, no sé si fue verdad… Bueno, como sea. Lo cierto es que ella decía que sus antepasados llegaron en barcos para trabajar en la agricultura, en haciendas, algo así y otras cosas. Y también hablaba de unas muñecas de porcelana que, según ella, tenían vida propia.

—¿Las muñecas? —preguntó Mateo.

—Aaah, claro —aseguró Claudia—. Las muñecas que ella guardaba en el estante. Miss Chang decía que esas muñecas las había comprado en un mercado de cosas antiguas, algo así decía… Pero…, ¿por qué las tenía en su salón? Ella decía que eran sus hijas —dijo en voz baja, como ocultando un secreto o algo que no debía saberse.

—Ah, claro, por eso es que las guardaba y no dejaba que nadie las tocara. En una ocasión, eso lo contó la señora Meche, la que vendía afuera del cole, que miss Chang les cantaba canciones y aseguraba que eran como sus hijas.

—En una oportunidad le pregunté por qué estaban en el estante y no en su casa, y me respondió que no le gustaba que se quedaran solas. Además, le gustaba tenerlas cerca para que le hicieran compañía…

—¿En serio? —preguntó Julia.

—Bien, lo cierto es que miss Chang tenía esas muñecas encerradas bajo llave porque temía que se fueran por allí y se perdieran. La cuestión es que no dejaba de ser curioso la forma como las cuidaba. Una vez escuché que hablaba con ellas, como dándoles algún tipo de lección en su clase de Historia. Las muñecas estaban rígidas en sus carpetas, prestando atención.

—¿Estás hablando en serio? —preguntó Sara, alzando la mirada.

—Claro, chica… Eso lo vi con mis propios ojos. Eso fue casi que al final del día. Miss Chang siempre se quedaba haciendo no sé qué en el salón. Ya había escuchado rumores de que las muñecas de la miss eran algo así como sus alumnas. Bueno, eso me comentó el conserje que siempre se quedaba limpiando hasta tarde. Y es que las muñecas eran sus hijas.

—Ah, claro, ¿y la vez que Ernestito, el hijo del profesor José, las sacó del estante? Creo que fue en un descuido, porque ellas siempre estaban bajo llave.

—¡Cómo se puso de colérica la miss!

—¿Y qué pasó con él?

—¿Con quién?

—Con el niño, ah, nada… Sólo que la miss no fue al siguiente día porque andaba molesta con todos. Eso dijo la directora.

—En fin, bueno, ¿qué hacemos?, ¿vamos?

—¿Dónde la están velando?

—En su casa —dije.

Avanzamos. Cuando llegamos, había poca gente. Algunos profesores que la estimaban nos saludaban y recordaban. Al fondo, desde el pequeño jardín con crisantemos blancos, la miss Ana, ya anciana, nos saludó.

Cuando nos acercamos a su ataúd, había una fotografía de la miss Chang y de sus muñecas, todas vestidas de blanco.

Juan Joel Linares Simancas
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