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Las aristas del tiempo y la universalidad de la poesía filosófica de Rolando Lorié

miércoles 13 de diciembre de 2017

Las aristas del tiempo (Miami, Florida, Estados Unidos: Publicaciones Entre Líneas, 2015) es el reciente poemario de Rolando Lorié Rodríguez (1950). Lorié es sicólogo y asociado en enfermería, pero también narrador y, ante todo, poeta, de nacionalidad cubano-estadounidense quien ostenta en su haber varios poemarios publicados y diversos premios de poesía y de narrativa, y quien colabora en diversas revistas nacionales e internacionales.

Las aristas del tiempo es un breve, sencillo y lírico poemario. En este poemario su autor logra lo que todo buen poeta y buena poesía pretende: captar en el tiempo y en las experiencias desgranadas de lo cotidiano, y detenerlo en el lenguaje o la palabra del verso (e incluso hasta en el tiempo) e involucrar con sus efectos al lector en esta hazaña; esto es porque Lorié escucha y hace escuchar al lector atrapado en esa palabra “silbidos de las aristas del tiempo, / péndulo que oscila por su peso / en el correr inexorable del existir”. Esos silbidos son para el oído adiestrado entonaciones bien afinadas, poco equívocas y rítmicas del alma; son, además, entonaciones de esperanza que vienen bien en esta época de activismo, cruce obligado o voluntario de fronteras y masificación en donde el urbano deambula más solitario que nunca por los asfaltados caminos de la desesperación, el desamparo y el desarraigo. Es que Lorié se revela en este poemario —y es de suponer en todos de su autoría— un buen poeta honrado que sabe apresar en la palabra del verso ese flujo indefinible llamado poesía lírica y sabe con relevancia captar la atención del lector en general. ¿Qué poeta y poema no anhela esto?

Quizás no sea equivocado afirmar que lo que el lector va a leer en la poesía de Lorié es su vida captada y detenida en el lenguaje del verso.

¿Pero qué muestra él en ese flujo indefinido que ha sabido detener y captar la atención del lector? Como alguien ya lo ha dicho, ser escritor honrado implica que se ha de escribir sobre los temas que se han sentido y vivido en carne propia; en otras palabras, implica develar, como dirían en torno a la poesía Heidegger y sus seguidores, la “existencia humana” o el “ser-ahí” propio arrojado en el mundo y abierto incluso a la esperanza que es la experiencia existencial también de todo lector en tanto humano. En este sentido, quizás no sea equivocado afirmar que lo que el lector va a leer en la poesía de Lorié es su vida captada y detenida en el lenguaje del verso, el medio de la experiencia poética y de la comprensión de ese verso.

Al abordar pasajes de la realidad excelsos o no por él vivido, y tal como los percibe, el poeta satisface una de sus necesidades síquicas más impostergables, propio en la poesía lírica del yo: hablar de sí mismo, es decir, contar poéticamente a otros (los lectores) sus alegrías, tristezas, angustias, añoranzas, sueños, entre otras cosas. Así vemos a Lorié poetizando con matices filosóficos, irónicos y ensoñadores, versos cortos, verbo o lenguaje diáfano, permeable coloquial y contemporáneo,1 e intención comunicativa clara, ya que la literatura, incluso poética, es comunicación: “El presente / es rector que contiene… / alborada del caminante en su ciego andar; ¡Soy quien soy! / Hijo de aquí y de allá, / artesano del clamor / de inagotables lenguas doloridas. / Esperanza de verso libre / del niño hambriento, descalzo / que chapotea charcos de olvido”. Consideremos también el siguiente poema:

Peregrino

Sólo con el fardo
de sus verdades a la espalda
emigró a tierras extrañas.

La aurora de un nuevo día
lo deslumbró;
esperanzas danzarinas
se presentaron en bienvenida.

Luego, el sabio tiempo
con su embrujo
opacó el brillo a esas verdades.

Hoy con manos de desengaño
trata de recoger sus huellas
en continuo peregrinar
hasta que el alma decida apartarse de su cuerpo.

Su palabra, en suma, es poesía espejo, poesía efecto y poesía universal.

La obra de Lorié habría que leerse como una extensión de su vida. Y siendo él, interiorizándose y nombrándose a sí mismo, devela su propia alma y también la del lector. Esto es porque quien lee su poesía puede leerse, descubrirse o reflejarse en ella; su poesía llega hasta nosotros los lectores como un espejo, reabriéndonos alguna herida, pero también como un amigo veraz y lúcido, abierto y franco, en el cual busca alivio y un poco de amor en un mundo totalmente deshumanizado donde su ser yace arrojado, peregrino en todos los sentidos y expuesto a la agonía lenta y a la muerte. Le sucede igual que al lector creyente, que al acercarse a la poesía bíblica (los Salmos, por ejemplo) se ve reflejado y dibujado en el alma del poeta bíblico; busca y encuentra allí ese alivio, ese amor y, más todavía, una transformación en esos versos divinamente inspirados que le ayudan a sobrellevar el horror y el vacío. Es en este sentido que sí es válido afirmar que la voz del poeta, una vez separada de su emisor y de las circunstancias concretas de su emisión —y, por ende, del referente al que alude—, ya no es suya, sino del lector. La poesía de nuestro poeta no da pie a una lectura delirante.

De este modo, por méritos propios, no porque simplemente lo diga un crítico laudatorio, aparece un aspecto universal en la poesía de Lorié. Esto no solo porque refleja la experiencia de todo ser humano, sino también porque su horizonte cultural puede ser en gran medida el mismo del lector y el vuelo filosófico la misma percepción que este lector tiene de la vida. Su palabra, en suma, es poesía espejo, poesía efecto y poesía universal, que lo inscribe como, según dije anteriormente, poeta honrado y como uno de los poetas cubanos e hispanos más destacados de la literatura contemporánea.

George Reyes
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Notas

  1. Lo que sería una ventaja para una comprensión del lenguaje usado por el poeta. No en vano se ha dicho que todo diálogo, incluyendo el poético, presupone un lenguaje común.