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La traición a Miranda

miércoles 20 de junio de 2018
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“La noche que Bolívar traicionó a Miranda”, de J. J. Armas Marcelo

La noche que Bolívar traicionó a Miranda
J. J. Armas Marcelo
Novela
El Estilete
Caracas, 2018
288 páginas

Ríos de tinta han llovido sobre la noche en la que Francisco de Miranda fue detenido y puesto a las órdenes de la rediviva justicia colonial en tierra firme, luego de su capitulación ante el capitán canario Domingo de Monteverde en 1812. Más, por el hecho de que uno de los aludidos sería el para entonces coronel Simón Bolívar, luego figura estelar de la independencia suramericana. También por el hecho de que el otro personaje es el caraqueño que supo hacerse protagonista de los eventos fundamentales de la historia universal de su tiempo. Recién ha llegado a mis manos la novela de J. J. Armas Marcelo (2018), La noche que Bolívar traicionó a Miranda (Caracas: El Estilete), que vuelve sobre el presunto pecado bolivariano de haber dado la espalda al precursor de la independencia, en momentos en que el desenlace de la crisis política independentista en Venezuela no era favorable al bando republicano.

En esta novela, como es natural, rige la fantasía sobre la verdad. Ahora bien, no todo lo novelado corre por cuenta de la inventiva del autor, porque en La noche que Bolívar traicionó a Miranda las evocaciones fantasiosas a la Sayona que persigue a Musiú Pancho —como también fantasiosamente llaman a Miranda en el relato— abren paso a fragmentos que median entre ejercicios ficcionales, vuelos imaginativos de hechos que han podido suceder pero que no sabemos si en verdad sucedieron y la reláfica de otros parajes basados en lo que realmente sucedió según la historiografía.

El contenido de la obra revela, eso sí, un pormenorizado conocimiento de la vida de los dos personajes —Bolívar y Miranda—, quienes van desgranando sus vidas en la medida en que se suceden los instantes previos a uno de los episodios más polémicos de la historia venezolana. Polémico por el hecho de que sus entresijos revelan descarnadamente el lado humano de dos héroes tratados desde siempre como moradores del olimpo y no como lo que fueron en verdad, seres humanos que vivieron un tiempo único e irrepetible en el que fueron presas —como todo lo humano— de sus pequeñeces y sus miserias.

Miserias que entran en la novela con la vergüenza de Bolívar por la pérdida de Puerto Cabello, episodio que queda minimizado ante la enormidad de la supuesta traición cometida por Miranda al entregar sus armas ante los emisarios del invasor canario que vino a extirpar la república del mapa de Venezuela ese año de 1812. Pequeñeces acaso desnudas en momentos en que Miranda —al evocar su periplo por Europa— se recuerda retando a pistola a un comerciante para resarcir su honor mancillado en un burdel de Cádiz. Pero también momentos de arrojo en que la valentía de cada uno pasó a ser la protagonista, y que no faltaban en la vida de ambos. Es así como por sus mentes desfilan instantes cumbres a suerte de la aventura de haberse enrolado en la causa independentista.

Al contario de otras novelas históricas, en las que se conjugan personajes verdaderos con otros inventados por el autor, aquí el grueso de los personajes, de los lugares y los episodios que se recogen proceden de la verdad histórica.

En Miranda se dan vuelta todos los preparativos y los detalles de la expedición de 1806, del cómo se le rebeló el comandante del Leander en altamar y cómo se le alejaron las corbetas Bachus y Bee, ya casi fondeando en la rada de Ocumare, para caer irremisiblemente en las garras de un Guevara Vasconcelos siempre prevalido de las intenciones mirandinas, gracias a la eficiente labor de la extendida red de espías al servicio de la corona española que nunca dio respiro al Generalísimo. También en este Bolívar ficcional sobresale su amor por Caracas, su deseo de liberarla él solito —sin ayuda de nadie— y su precoz delirio de que el héroe histórico lo merece todo, que es inmortal. Así se ve en el relato el futuro Libertador frente al espejo de la historia. Sabemos que esa inmortalidad se la ganaría a pulso en la vida real gracias al protagonismo que alcanzó en nuestras independencias, pero acá los raptos de grandeza de Bolívar son detalles premonitorios obrados por la ficción histórica.

Ahora bien, esos vapores ficcionales que bullen sobre la mente de Bolívar y que al mismo tiempo desvelan el sueño de un Miranda que jamás volvería a dormir en casa —pues bien sabemos que desde esa noche estará preso hasta su muerte en Cádiz— emanan de una novela tramada sobre personajes y sucesos que realmente existieron. Al contario de otras novelas históricas, en las que se conjugan personajes verdaderos con otros inventados por el autor, aquí el grueso de los personajes, de los lugares y los episodios que se recogen proceden de la verdad histórica. También revelan cierta intertextualidad, toda vez que el detalle de las familias de abolengo de Caracas ha debido ser tomado de Los amos del valle de Francisco Herrera Luque. También se deja colar la presencia de Boves, el urogallo, novela canónica de Herrera Luque en varios apartes finales enteramente ficcionales.

Vale la pena incorporar la novela de Armas Marcelo al repertorio narrativo basado en la vida del Generalísimo. Miranda, así como tratado por la historia, lo ha sido por la literatura y de manera prolija. En esta oportunidad, la ficción navega por las interioridades del personaje y las zurce con las de un Bolívar que figura en dos tiempos, en 1812 y en 1830.

En la historiografía, en la literatura o en la política, nuestro devenir impone ajustar cuentas con estos personajes y su tiempo. Esto se ha hecho desde los días inaugurales de la República, se hace en el presente desde distintas posiciones políticas —más en unas que en otras, pero a fin de cuentas en todas— y, lo que es más importante, se seguirá haciendo al margen de la suerte que corran los asuntos de la esfera pública, o de las derivas que tomen las interpretaciones que hagamos sobre estos grandes hombres y las horas que les tocó vivir, o de lo que opinemos en relación con el modo en que reposan en nuestra memoria. Vengan entonces las líneas de Armas Marcelo, reeditadas en Venezuela gracias a la diligencia editorial de El Estilete, a abonar el tratamiento del tema en el terreno de la narrativa.

Lionel Muñoz Paz
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