Saltar al contenido
Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Ser otro para percibirse más a fondo
En la mirada del lobo, de Alessio Brandolini

• Domingo 31 de marzo de 2019
¡Compártelo en tus redes!
Alessio Brandolini
Un aliento vital fluye en la poesía de Alessio Brandolini.

Nello sguardo del lupo / En la mirada del lobo
Alessio Brandolini
Traducción de Martha L. Canfield
Poesía
Mantis Editores
Jalisco, México, 2018
ISBN: 978-6079397647
184 páginas

Para encontrar la luz te hundes en el pozo
A. B.

I

Se lee un libro de poemas con el fin de acercarse a ese mundo que se abre ante el lector reclamando una interpretación, una atención personal, unas consideraciones. Las emociones y urgencias que encontremos allí dependerán, en parte, de la sensibilidad de quien lea y pueda sentir como suyo lo que palpita en el fondo del poema, lo que recoge su historia y los elementos que lo componen, mostrándose como un organismo vivo a través de la lectura. Se busca lo que unifica la enigmática sustancia que concentra y proclama en la poesía la revelación del mundo del hablante. Pero esto no es algo privativo de un escritor en particular, sino de todo creador que busque compartir, con los posibles lectores de su obra, su imaginario personal. Los conceptos, las imágenes y la fuerza emotiva que contenga su obra dependerán, sin embargo, de la propia interioridad del poeta y de la historia de su vivir en relación con su realidad inmediata, su entorno o sus experiencias de la vida, si es que éstas se reflejan en su escritura. Por eso, la disposición espiritual para acoger la armonía, la belleza, el dolor o la crueldad, el amor o las preocupaciones del poeta, requerirán de parte del lector o la lectora una particular atención. En el caso de En la mirada del lobo,1 añadiré mis sentimientos a esa conciencia que proyecta la vida revelada en los seres y elementos que la integran creando una atmósfera de distintos contenidos y matices. Y una visión que explorará en la naturaleza y los animales (el lobo o el perro, por ejemplo) un sentido de correspondencias con las múltiples visiones de la vida y del universo. De ahí que el título del libro insinúe ya de entrada las connotaciones que pueda contener la mirada del lobo; una mirada que buscará intuir el sentido que subyace en el fondo de las cosas, no según las apariencias, sino desde las raíces mismas de una realidad reflejada en las sorpresivas situaciones de la vida.

Ese abrirse como una herida que traspasa los versos de Kajetan Kovič representa también el aliento vital que fluye en la poesía de Alessio Brandolini.

Los siete apartados que conforman la estructura física del libro2 conllevan distintos ángulos conceptuales que nos transmiten el particular sentido de cada texto. Lo que dicen los temas impregnará de un profundo lirismo la naturaleza y los espacios en los que la mirada se mueve concretando hondas sensaciones. Lo que se ve exhibirá un equilibro entre lo que se nombra y la emoción del mundo interior del hablante poético. Por eso, la mirada proyectará las claves de ese mundo real e imaginario frente a la percepción del reino animal; seres con quienes compartimos la existencia y, aunque tratemos de ignorarlos, nuestro propio sentido de la vida.

De entrada, el epígrafe del poeta y traductor esloveno Kajetan Kovič (1931-2014): “Tienes que estar abierto como una herida, / porque el verdadero nombre de las cosas está escondido”, nos advierte de los ignorados horizontes de un mundo que posiblemente nunca llegaremos a comprender del todo, pero contiene y nos acerca a la textura de una realidad más profunda de lo que a primera vista solemos atribuirle. En otras palabras, las cosas que suelen pasar a nuestro lado como sombras que rodean la vida, las cosas que se agitan a nuestro paso llevándonos por misteriosas zonas donde la mirada levanta otros vuelos y nos coloca frente a realidades mucho más profundas y abstractas. Por eso, ese abrirse como una herida que traspasa los versos de Kajetan Kovič representa también el aliento vital que fluye en la poesía de Alessio Brandolini: abrirse hacia la desconcertante cotidianidad de un mundo que para ser comprendido exige de un doloroso desgarramiento. Esta sensación ha sido ya notada con hondura reflexiva por la poeta y crítica Martha L. Canfield al señalar que en la obra de Brandolini “…emerge una particular simbiosis con elementos de la tierra, el agua y el aire, pero sobre todo con algunos animales: el lobo, en primer lugar; en él se encarnan la fuerza, la soledad, la inteligencia y las dotes —no siempre reconocidas— mediante las cuales el poeta atraviesa los oscuros subterráneos de la existencia para llegar a la luz”. Y esa luz que menciona Martha L. Canfield es la que reflejará tácitamente la materia de este universo poético por un lado y, por otro, el lenguaje que delineará los contornos de una naturaleza a contrapunto con los seres que la habitan y reclaman allí su derecho a la vida: “La luz desencaja las tinieblas, se extiende el efluvio de la hierba y la oscuridad estalla en el abrirse del día” (15), dice el hablante para trazar ya el fondo y el carácter esencial de esta poesía.

En la primera parte, “Constelaciones”, se introduce y exalta la grandeza del universo: la noche, la luna, la corteza de los nogales, los lugares y espacios que ha de recoger la mirada para descubrirnos el natural asombro de las cosas y los seres que irán mostrando su perfil frente a la luz que disipa las sombras. Toda una visión cósmica de un universo que evidencia una razón poética de la vida y de un yo fundido en el paisaje. Este es el primer instante del poema: la expresión que justificará la plena realización de la vida en la complejidad de ese instante que se adscribe a la realidad del poeta: “Rozo la luz salvada del diluvio de las palabras / de los actos grotescos observados en el microscopio” (17). Así la actitud reflexiva de la mirada buscará esclarecer “el verdadero nombre de las cosas”, revelando en la secreta armonía de la palabra el esplendor de las constelaciones. Por eso lo oculto no será un espejismo que confunda el corazón del hablante, sino una visión íntima de la naturaleza y del sentido de la vida. Esto lo reconocerá el poeta en la percepción del espacio y las cosas que lo rodean. Reconoce que su destino fluye en la experiencia de esa contemplación, pero a la misma vez recuerda que hay seres cegados por la maldad, incapaces de contemplar el entorno que contiene lo esencial de la vida: “Hacen falta decenios para toparse con algo / con alguien que acoja nuestras íntimas emociones” (17).

En la certidumbre de la contemplación el ojo irá revelándonos la experiencia de lo contemplado. Así avanzará el poeta describiéndonos “…el murmullo ilimitado / del universo que avanza con un estruendo de caracol” (19). Se trata, por supuesto, de reflejar la vida fundida en la palabra y la belleza de un universo ignorado por la ceguera espiritual de algunos seres. Por eso el hablante poético buscará precisamente en la bóveda celeste, y luego en su entorno terrenal, el sentido que emana del esplendor de un universo cuya grandeza habitualmente ignoramos:

Lo blanco nervioso es un mar con rastros de rojo
promete algo que une las manos y las miradas de ustedes.
Íntegro, aunque esculpido por la lluvia de meteoros
escribes algo para olvidar y permanecer tranquilo:
el día pasa y la noche borra las vocales, los puntos de las
íes. Queda sólo el canto indescifrable de las estrellas (19).

En la vigilancia de la noche sentimos el cielo estrellado como revelándonos su misterio, como si esa mirada fundida en el espacio quisiera mostrarnos su intimidad, y declararnos aquello que inquieta nuestra propia percepción, eso que la palabra poética busca afanosamente resaltar en el paisaje: “La oscuridad de chispas estelares es ya un milagro” (15), había dicho para acogerse ya a la inmensidad de ese cielo y de esa aurora que brilla exaltando el firmamento:

(…)
Medianoche debajo del pueblo, una caída
del tiempo en la estrella fugaz. Un rayo
luminoso debilitado por la carrera, efímero
en los reflejos incandescentes, un testamento
sordomudo taraceado en la cúpula celeste (19).

 

II

La “caída del tiempo en la estrella fugaz” que menciona la estrofa, es precisamente lo que actúa como un símbolo fundido en la palabra. Una palabra que posibilita el conocimiento pleno de las cosas que impregnan la interioridad del ser y transforman su relación con el mundo. Por eso, la “estrella fugaz” destacará el fondo y las características de la sección titulada “Brotes en los enredos”, poemas que generan, como dice Borges, “esa antigua magia” que nos coloca frente al asombro. Y proyectan una luz cuyo rasgo esencial será el que reafirme la idea de que el sentido real de las cosas no siempre está sobre la superficie, sino en la profundidad de lo que contemplamos.

Los versos en cursiva, del primer poema de esta sección, implican el contraste entre la luz y las sombras. Las sombras equiparables aquí a las de una vida oscura y helada, algo que en el fondo puede significar la incapacidad del espíritu para captar el significado de la luz en el fluir de la vida. Esta visión de la “vida oscura y helada” será con la que tendrá que luchar el poeta para generar una que garantice un camino menos doloroso por donde se ha de transitar. Es decir, otra luz que contenga una visión capaz de anular las sombras y crear una realidad más noble y acorde con la vida:

Con las flores secas y hojas de la higuera
quemo raíces, las miradas de Eva
y Adán acribilladas por una manzana.
Decenas de años arrastras en la espalda
un lobo que no logras amansar.
¿No arrancas las malezas de la huerta?
(25).

Lo que describe metafóricamente la estrofa anterior se insinúa en los elementos de la misma naturaleza, pero también en un sentido más objetivo de la mirada. La presencia de Adán y Eva nos hace pensar en el origen de la creación, en el libro del Génesis y del Paraíso. La figura del lobo generará allí una conciencia del bien y el mal, y una noción del universo que otorgará un sentido doloroso a la vida. En este sentido, esa visión provocará la angustia que el poeta expresa en su cántico. Un cántico que buscará en la mirada del lobo una respuesta que le devuelva al mundo su antiguo esplendor, y una actitud que contrarreste con las oscuras zonas de la vida. Pienso que este sentimiento es el que recoge los siguientes versos: “Se necesitaría un potro para huir. / Zonas oscuras cubren el paisaje / moho y nudos en los surcos familiares” (27). Pero, ¿huir de quién y hacia dónde? Apelamos entonces a una intuición mayor para que nos guíe en la comprensión de esa búsqueda de nuevas realidades. Esas que mediante la reflexión creativa pudieran fijar un entorno más solidario. Por eso cuando el poeta asocia la “rama del árbol” con la “escritura”, y el “canto que acoge la bóveda celeste”, lo que busca expresar es una visión que armonice nuestra realidad con un mundo más humano. Pero ¿cuál es la transparencia que proyecta la visión donde las cosas puedan manifestarse noblemente y ser contempladas? Me refiero a las cosas que percibe la mirada del lobo desde su sensible soledad, las que nos transfiere el lenguaje y posibilitarían una novedosa versión del mundo. Me refiero, por supuesto, al mundo que ha ido creando Alessio Brandolini En la mirada del lobo, y a ese lenguaje de sorpresivas imágenes que requieren, como ocurre siempre con toda gran poesía, un discernimiento mayor. Es decir, de un lector o una lectora que puedan tender un puente sobre la palabra cotidiana para acceder a una poética que tendrá que ser contemplada desde su realidad más implacable, esas zonas negadas a la primera contemplación, que como un río de aguas turbulentas arrastra oscuras sombras y matices:

Me iban a ejecutar y me reía
susurrando al verdugo: “Apresúrate,
amigo, haz de cuenta que el yo no existe”.
Bajo la horca las gotas de sangre
brotaban en lo oscuro. Al alba el nudo
bien apretado al cuello, te hizo sentir más vivo
(31).

Lo que hace sentir más vivo al hablante poético es precisamente la mirada que explora el universo y la fuerza interior que lo habita.

Si miramos con cuidado veremos que lo que hace sentir más vivo al hablante poético es precisamente la mirada que explora el universo y la fuerza interior que lo habita, y lo que implica esa mirada en la existencia del yo. La estrofa aquí transcrita revela la carga emocional de esa primera situación en la que el yo puede reconocerse liberado. Es decir, liberado de esa experiencia que intentó consumirlo como sugiere el verso: “Al alba el nudo / bien apretado al cuello, te hizo sentir más vivo”. Los versos que más adelante cerrarán esta sección explorarán la conciencia del yo ante la imagen del lobo, pero contrapuesta además a la imagen del cordero que también comparte el poema. De ahí que la “insolente sombra” que “deja al lobo deshecho” parece advertirnos de esa acción desgarradora en la mirada del hablante. Esto es lo que parece sugerir la presencia del lobo y el cordero como muestras simbólicas de un universo poético que contiene una pesada carga de sentimientos.

 

III

En la sección “El otro y la otra parte” se vinculan más poderosamente la imagen del lobo y la del hablante. Se mostrarán aquí las relaciones del pasado frente a un presente que emerge de las vivencias reales o imaginarias del mundo. La luz reflejará las partes y la unidad de los opuestos que habrá de elevar la mirada del lobo sobre las sombras: “La luz llega de la oscuridad, no hay conflicto / sin el encuentro” (I, 37). Y se mostrará el sentido de esa visión y de las urgencias que conforman esas experiencias de vida y asimismo de una mirada que, no obstante la dura realidad, aspirará a ennoblecer lo que ocurre en su entorno. Será a través de la mirada que se enfatizará la atmósfera del paisaje en donde nos detendremos para ver cómo se manifiestan las acciones:

Afino la mirada y calculo la altura
su reafirmada potencia bajo el cielo
invernal que repasa el aire, la respiración
el verde de los cementerios alrededor del pueblo.
Y están las previsiones meteorológicas
madres que hablan a los hijos con prisa
por colgar el teléfono. La casa no es esta
irónica la brisa susurra en el oído.

Vacilo y cambia el camino, el paisaje
aprovecha para ensañarse y la cabeza rueda
por un lado, el pavimento se agrieta
bajo los pies y entonces se perfila la caverna
donde reina el vacío que trato de repetir en versos:
sabe a esquirlas, sal y pólvora, a hojas de acero
que giran en los túneles, a dientes agudos.
Las visiones aferran apoyos, borran distancias (III, 41).

Afinar la mirada es imprescindible para resistir las vicisitudes que se ciernen sobre el hablante. Hay que mirar la geografía de esos paisajes cambiantes que transforman a quienes los transitan para sobrevivir la dura acogida de una realidad que, al parecer, nada o poco garantiza a la vida.

Bajo la mirada y absorbo la línea del pueblo
vago en el perfume del bosque, entre tus rosas.
Los castigos secretos se topan con los labios
es como si no supiéramos más soñar o decir
y los círculos de luz retroceden, cargan equipaje:
vías, guantes, otro lugar, la sombra remueve
las piedras y va a dar a un territorio
despojado, entramos en un bar de la autopista (V, 45).

Las situaciones que alberga el poema V poseen un sentido figurado: las cosas, los espacios, los objetos, el tiempo y los matices del entorno contienen diferentes vías que proyectan una visión que se mueve fragmentándose constantemente a través del libro. Todo está manifestándose como si estuviésemos frente a una gran pantalla de cine. Las acciones parecen adquirir un sentido surrealista debido a las condiciones del entorno: “…El cuerpo conserva más que la mente / cifras abstrusas después del lanzamiento de los dados / del otro. Sobre el padre un aliento de sol: ¿la vida es este agitarse del ojo?” (47). Por lo que describen estos versos, las acciones de ese vivir corresponden a un continuo movimiento que recoge en sí mismo el sentido transitorio de la vida. Es decir, lo que revela el enfrentamiento que subyace en el fondo de las cosas. El hablante evocará allí su realidad del siguiente modo:

(…)
Hablamos de la actuación, de quien escarba en las cabezas
de los actores. Nosotros distraídos, cada tanto una broma
pero no abandono el gusto por lo imposible
abro el telón y una madre regala frutos ácidos
a las hormigas. La esencia del otro teje
el sueño que no se hace y descuida el bosque.
No se pretende hacer trampa: he visto a la luz
herirse en los techos, a las golondrinas chocar contra los muros (47).

No basta una mirada para comprender el peso emocional que dicta el lenguaje del poema. Siempre hay algo más allá de la mirada que el lenguaje mismo quiere retener, algo que se oculta detrás de la forma y brota como un canto superior a las fuerzas del hablante. Lo que late bajo la realidad implica atravesar un “laberinto” de sentimientos que no siempre alcanzan a revelar su contenido: “Retrocedes entre estrellas aburridas / y estatuas que hablan al hielo: el otro / más allá de la otra parte, con manos desnudas / ha ocupado tu lugar…”, (43) el sentimiento de soledad filtraba ya la estructura del poema IV de esta sección. Pero, ¿qué lugar ocupa el yo entre esas estrellas y estatuas? Parece que tendríamos que asomarnos atentamente para equiparar las estrellas con la voz que llama desde ese otro planeta mencionado en el poema.

 

IV

Por eso, la sección titulada “Llamo desde otro planeta” genera un profundo acercamiento sobre lo que percibimos del mundo. El primer poema, “Los pasajes al silencio”, contiene una visión marcada por la incomunicación. La frase “aislamiento extendido” acentúa el grado de desolación de esas experiencias donde la luz no puede filtrarse. Nos enfrentamos a un mundo de imágenes que producen un efecto de dolorosa ansiedad. Solamente el canto de un ruiseñor, las flores, el viento, los lobos y la levedad de las hojas neutralizan la desolación del paisaje: “…En las paredes los retratos, con gestos groseros hemos / arañado el origen poroso de nuestra especie” (51), dice. No obstante, existen algunas claves que nos ayudarán a contemplar al ser adolorido que se mueve en este espacio, pues siempre habrá allí un brote de ternura que resista la soledad como propone, por ejemplo, el siguiente verso: “Las ventanas abiertas nos dejan escuchar el jardín / y recordar que afuera todo es distinto” (51). La levedad y el silencio también cubren como una capa transparente lo que ocurre en el poema, y las voces del entorno:

Tendremos cuidado de no mostrar los caninos, lo azul
mitigado entre los brazos, el silencio desborda, le tira
la cola al lobo que se arma de valor, levanta
el cuello y el aullido avanza en el aire matutino.
¡Estrella que escrutas con un solo ojo, invita
al ángel a levantarse de las espinas!…
(…)

(“Pequeña sinfonía para perros”, 53-54)

Estos versos dirigen nuestra mirada hacia los caminos que recorren con mayor acierto los silencios cuando la presencia del lobo se levanta sobre los obstáculos de la vida para derribar las barreras insalvables; traspasan las sombras de la noche cuando la intimidad de los seres confluyen en un mismo espacio, como reafirmando la condición humana que los une o separa del mundo: “Oscila la noche y en el murmullo se vuelve a ser / lo que nunca hemos sido: tranquilas barcas sabiendo / que precipitarán en el mar en tormenta” (53), dice el hablante. Y es que este poema encauzará una postura emocional hacia la muerte, esa atmósfera densa en la que la vida se desgasta. La muerte se halla aquí insinuada en la mirada de los peces, y espacios donde el tiempo gira sobre sí mismo recordándonos que todo tiene un fin: “Avisa a la muerte cuando la buscas, podría ignorarte / ama las sorpresas, te alarga la vida aunque no quieras” (53). Ciertamente, alargar la vida para contemplar más de cerca los rasgos que intensifican la muerte será la intención de los seres que reclaman allí nuestra mirada. Por eso los perros, igual que los lobos, adquirirán un afecto mayor en el protagonismo de esta poesía. El perro, descendiente directo del lobo, muestra un sentimiento que contrasta con la dureza del ambiente. También su presencia servirá para explorar la conducta de los lobos y, en un sentido general, todo lo que afecta la vida. La muerte, por ejemplo, reflejará aquí la angustia de los animales que transitan por territorios prohibidos: “…La mirada líquida y el viento / que sopla deforma los rostros. Te encuentro en la pureza / del lobo, fastidiado por los ojos que escudriñan, por la / mano que acaricia la espalda. Sobre tu pómulo derecho / surge una gota de sangre púrpura que el sol no seca” (59).

Palpar es también una forma de acercarse al amor, de entregarse al cuerpo que comparte la realidad del hablante.

La mirada del lobo contrarresta la maldad del mundo y simbolizará la fuerza de esa libertad que, como ocurre en el poema “La jaula abierta de par en par”, dejará escapar una visión existencial para que asomen los recuerdos que directa o indirectamente reproducen el pasado. Una realidad trascendida aquí por la imperiosa necesidad de un yo que debe atravesar las sombras para llegar a la luz, sin resistir al ángel ni al dictado del corazón que revela la plena voluntad de su vida:

¿Cómo amar a los monstruos que salen al descubierto?
Tarde para reflexionar, hubo condena
y no tuvo el éxito esperado: rodó en el Tíber
en el bolsillo una carta para el mago, lo inútil escurre
desde el Gianicolo y el desprendimiento se mueve a saltos.
Utilizarlo y cambiar de paso, forjar el caos
pero lo imprevisto tiene un papel decisivo
en cometer delitos. Las ganas de oscurecer
el espejo y colgarse de los balcones de la ciudad.

En la tormenta la casa entre las llamas: ¿el ángel
no había percibido el peligro? No es el caso
de agitarse por una tontería, más tiempo para ti
si me voy volando: ¡inventemos rampas de despegue!
Los quebrantos olvidados zumban como avispas
da gusto decirlo, casi dan ganas de cometer
otros delitos para después confesarlos. La piedra arrojada
entre las olas no será nunca la isla para el arribo:
en nosotros el ogro vital, la potencia de los pies-émbolo.

Nunca supe qué era lo que de mí quería el destino, hice de
todo para evitarlo. El ángel de las espinas exige dignidad,
me corto la nariz por lo que he dicho y la sangre rezuma
de tu vestido. Hablé con un hijo diciendo poco y nada: en
su lugar, yo me habría escapado. ¿El desapego es siempre
culpable? Arde la leña, avanza el fuego sobre el techo.
Saco foto del paisaje, así inmovilizo el instante. Del
cilindro extraía de todo: un reloj, un hueso de pollo. Acabó
(sea dicho con todo el respeto) haciendo desaparecer a los
profesores. Lo echaron pero quedó en el aire una condena
que, un poco cada día, consumía las paredes de la escuela,
palabras y enseñanzas. Si cierro los ojos veo nuevamente
la cara lívida del mago oscilar entre los bancos y una jaula
abierta de par en par llena de alumnos.

(“La jaula abierta de par en par”, 60-63).

Miramos absortos lo que ocurre en el poema como si desde la altura del Gianicolo pudiéramos percibir lo que acontece al paso del hablante, todo lo que retiene a través del espíritu su mirada. Tanto Gianicolo como el Tíber sirven de referencias para enfatizar la visión del paisaje. La imagen del río Tíber sugiere un carácter de movilidad a la realidad de ese tiempo cambiante y sugestivo para que lo imprevisto vaya forjándose y mostrando sus profundos rasgos. En este sentido la narración y la descripción serán recursos útiles para acentuar las razones del poema: “¿Cómo amar a los monstruos que salen al descubierto?”, expresa el poeta. Pero esos monstruos viajan en el tiempo, aparecen figurativamente en aquellas cosas que conforman las duras experiencias de la vida. Reaparecen como desgarradoras heridas que resisten ser ignoradas, sobreviven al pasado y se colocan en el paisaje para ser reconocidos por el hablante o para convertirse en una reflexión de la vida. Lo que vemos parece desaparecer o brotar de una realidad que muchas veces resulta ser una imagen en el tiempo: “Deslizándome más abajo encontré el incendio / de la infancia, por eso no puedo alzarme en vuelo / entre las nubes. Las naves esperan el momento de zarpar / y los marineros juegan naipes en un bar del puerto”, dice en el poema “Palpo tus ojos” (65). Y ese palpar es también una forma de acercarse al amor, de entregarse al cuerpo que comparte la realidad del hablante. En el poema podemos visualizar las imágenes de la infancia: marineros, puertos, amigos y relaciones que acercan y vinculan al yo con el pasado. Un pasado que también tiende un puente hacia la niñez, y un mundo condicionado por el silencio y la soledad, como ocurre en el poema “El terreno baldío” (67):

No es oportuno contar murmullos: ¿el instante
modifica la infancia? Un pico insuperable
excavo y doy con un topo, huyo de quien
no estaba o fingía no estar. Como amigos mosquitos
mariposas un perro. El pasado es la parte oculta
de la luna, el escenario es este y si quiero
que los sueños sean reales tengo que estar
de viaje, no ser el otro encerrado en un búnker.
Colgado del cerezo para fortalecer los músculos
observo el desfile de las hormigas y las arañas
que tejen sin prisa sus días sigilosos.

Hijos muerden padres que no saben jugar
hoy es Navidad, luego será Pascua, nadie frenó
las obscenas manos. No pude estar callado
ahora escucho las hojas, hice bien en no desaparecer
tengo el terreno baldío para explorar, amapolas estallando
en el camino. El pasado es un lugar de árboles
ahorcados, de viento sin caminos. Sólo la oscuridad
incita a la vida, quiebra los huesos en cavernas de luz.
Lo que hice no lo vuelvo a encontrar y el sol
se derrama hacia atrás. En el campo comprendí varias
cosas, ¿o es la hierba salvaje la que me ha comprendido?

Se describen aquellos pensamientos liberados del alma frente al paisaje que surge en la mirada. Lo que el tiempo ha fundido en el ser y momentáneamente se manifiesta para revelar la dura sustancia de la vida. El mismo título del poema bastará para indicarnos la amarga realidad que recae sobre ese “terreno baldío” que se levanta en la mirada intuyendo otra claridad y transformando al hablante que habrá de resistir las penurias de la vida: “Sólo la oscuridad / incita a la vida, quiebra los huesos en cavernas de luz” (67), asevera el verso.

Otros símbolos y conceptos marcarán la sección “Llamo desde otro planeta”: situaciones vistas sutilmente a través de imágenes que se desplazan formando contrastes y evocaciones. Otras formas que traen nuevamente a la memoria el sentido de aquellos versos de Kajetan Kovič, y que Alessio Brandolini ha utilizado aquí como epígrafe: “Tienes que estar abierto / como una herida, / porque el verdadero nombre de las cosas / está escondido”. Pero el oculto sentido que rodea el nombre de las cosas será, en Brandolini, una invitación a explorar la plenitud del mundo con todo el contenido de angustia o de esplendor que éste pueda contener. Una visión que ocurre, en ciertos momentos, a través de los medios menos esperados como, por ejemplo, en el poema “Hipnosis” (69). En él se muestra la exposición de una realidad en la que la luna crea un ámbito de directas referencias: “La luna llena de agosto trata de hipnotizarme / me dejo seducir sólo para arrancarle la cabeza…”. Este estado “hipnótico” describe la disposición anímica del yo lírico y, de igual modo, el juego de situaciones que plantea el desarrollo y desenlace del poema. Por eso la luna misma servirá de fondo para matizar el sentimiento de aquellas cosas que marcaron la vida. La luz, que sugestiona al hablante, reabrirá una brecha hacia las peculiaridades del texto. Y el amor y el desamor serán motivos que demarcarán el trasfondo del asunto del mismo. Y, desde otra perspectiva, la región de Calabria y su mar maravilloso acentuarán la visión allí evocada. Los recuerdos revelarán el contenido de esa “luna llena de agosto” y lo que propone el ámbito de esa dimensión. Es decir, lo que la mirada fija en los luminosos bordes de esa experiencia cristalizada en el tiempo: “…El eros mutilado / y la espera del alba atada al cuerpo, a la carne: / el tiempo se enreda solo en la telaraña”, subraya el hablante. Ante esa acción hipnotizante brotan los desgarradores momentos de la vida. Por eso el amor tendrá su propio punto de partida y llegada hacia un sentimiento que contrasta con el paisaje y la incertidumbre:

(…)
Escoltado a cada instante para no observar los misterios
que se mueven en los cuartos. El amor es el disparo
que despeja la mente, he vivido extrañas estaciones
una peor que la otra y soy ya viejo
el espejo muestra rostros, pasos inciertos, el vaso
vacío que observa la botella llena. Fuera
de programa como si el verano borrara al invierno
para hacerle un regalo. No aquí y tampoco en otro lugar.
Sus afirmaciones, efectivamente, son una ofensa, pero
¿cómo anteponerlas a la luna que quiere hipnotizarme? (69).

Hay ciertos sentimientos que contienen situaciones vedadas al lector, imágenes que requieren de una particular disposición del espíritu para poder descifrar su contenido.

El poema “Hipnosis” tiene una estructura circular, gira sobre sí mismo develando el brote de aquel pensamiento inicial que surgió bajo la luz de la luna, esa forma de sentir el paisaje que abrió el poema y concluye con la misma sensación hipnotizante. Crea, por un lado, un cuestionamiento ante la tangible realidad de las cosas: “¿cómo anteponerlas a la luna que quiere hipnotizarme?” (69), dice el hablante. Pero “hipnotizar” no representa aquí un lado sombrío de la vida, sino más bien la fuerza arrolladora de una percepción que en la poesía misma entraña una búsqueda y un cuestionamiento del ser ante la realidad circundante. Y, observado el asunto desde otra perspectiva, las cosas que adquieren una dimensión metafísica de la vida. En este sentido el poeta buscará trascender su misma realidad, esa oculta intensidad que tampoco puede revelarse totalmente. Y en efecto, el sentimiento que se manifiesta en Brandolini sirve además para explorar los rasgos de los seres y las cosas que se proyectan en estos textos, pues en la poesía de Brandolini la realidad no es siempre lo que aparenta ser. Hay que contemplarla a través de distintos ángulos pues proyecta diferentes planos y significados. Este es el caso de muchos textos donde la realidad alterna con situaciones que obedecen a distintos grados de intensidad. Por eso notamos en estas composiciones la preferencia por el verso libre que, como sabemos, provee un mayor movimiento y libertad. De ahí la gama de tonalidades y perspectivas. Por ejemplo, en el poema “Llamo desde otro planeta” (71) el “llamado” revive situaciones del pasado. Lo que ocurrió allí se cuenta desde un clima familiar que invita a una reflexión de la vida en el tiempo. El poema revela las precariedades de aquel vivir y, específicamente, las condiciones que ahora lo transforman y le infunden otro sentido: “Un trueno y el alba nos despierta, una hermana exige / un armario para sus vestidos, la consuelo diciéndole / que pronto (tendría yo diez años) la voy a ayudar a ella y a los otros hermanos” (71). Esto se dice con la certeza de que el tiempo ya ha trascendido las angustiosas experiencias de la vida. Y el camino mencionado en el texto es un indicio de otro horizonte que acabará ambientando la percepción y voluntad del hablante. Por eso la “llamada” pondrá en perspectiva ese otro mundo (¿la mirada del lobo?, ¿la naturaleza?, ¿la poesía misma?) que sentimos como una incógnita que traspasa nuestro ser al acercarnos a esta poesía:

(…)
Hojas amarillas resisten ceñidas a la rama
gozan el frío, la calma. Tiene el aire dolores
de parto y el hijo que germina teme al padre
la melancolía de nuestros cuerpos convalecientes.
¿Todo está perdido? El viento trastorna los días
no por ello encerrados en casa:
salen del techo y bajo la lluvia queman
sueños para hacer otros sueños. Llamo desde otro
planeta: ¿el universo nos observa? Parecidos pero lejanos.
Un estruendo los años futuros, lo que hemos sido (71).

La frase “lo que hemos sido” expresa y deja atrás la intensidad de aquel horizonte sombrío de profundas evocaciones. Todo sigue su curso, y la vida misma crea situaciones donde el cuerpo y el espíritu reaccionan frente a las realidades implícitas en la naturaleza, en los animales y en los insectos que asoman su presencia sobre la superficie de las cosas. Así nos acercamos ahora al texto “Insectos y voces” (73) buscando captar lo que se esconde bajo la superficie del lenguaje, y lo que esas “voces” e “insectos” puedan revelarnos como si fueran una íntima expresión de la vida. Sin embargo, debemos reconocer que hay ciertos sentimientos que contienen situaciones vedadas al lector, imágenes que requieren de una particular disposición del espíritu para poder descifrar su contenido. Zonas donde el escenario del poema anexa elementos de una angustiosa realidad, o vivencias imaginarias que nos advierten que en toda poesía hay cosas inaprensibles.

En el poema “Insectos y voces” se entrelazan imágenes que descubren las causas y cosas comunes y reveladoras de la vida. Una conciencia del yo que evoca la presencia anónima de un interlocutor ajeno a la mirada: “¿Me odias porque me parezco a ti o por lo que digo?” (73), subraya este primer verso del texto en un tono irónico. Lo que dice el poema reflejará un territorio de intensas referencias: “…No me digas que lo habrías deseado / hay que recomponer el futuro, una vía que conduzca / hacia zonas intactas. Nado entre delfines y cangrejos / los insectos tienen alas luminosas con reflejos cristalinos”. Ciertamente habrá que “recomponer el futuro” para alcanzar una armonía que configure un espacio más luminoso como el parecido al de esos insectos de alas luminosas mencionados en el poema. Reconocemos, pues, que la existencia tiene un horizonte de angustias, pero también un perfil de ilusiones y esperanzas que supone una vía hacia lo esencial del mundo.

 

V

La trascendencia de aquello que parece estar resguardado en las “Palabras sugeridas por el espejo” será lo que reflejará las realidades de la vida cotidiana. El hablante se colocará donde la mirada se extienda hasta recoger las experiencias de su inmediata realidad. Por eso recurrirá al espejo como entidad reveladora de la condición humana frente al continuo antagonismo de la muerte. La muerte pondrá allí al descubierto las experiencias más dolorosas. En este sentido el espejo será común a la mirada del lobo que reconoce allí los contornos más inhumanos. Pero será la muerte la que revelará entonces el principio del dolor. La muerte, como expresión de soledad y olvido, nos recordará la terrible visión de la guerra ante la frágil realidad de la vida: “…Los muertos no lloran ni respiran, diseñan a su alrededor un jardín al vacío, en miniatura” (77), subraya este verso.

I

Ladra al desierto antes de ser matado por el “fuego amigo”.
Escriben a sus padres, les envían la medalla. En busca de
identidad, perpetuamente en conflicto, y el abrazo rasguña
la piel. Atribuible al azar, pero la voz se queda seca, y si
preguntas por él te contestan con escupidas, con patadas.
Siembras las oscilaciones de las hojas, los colores tenues,
el celeste de la mirada del padre. Pasará de una palma de
la mano a la otra, de una pestaña a un pelo encanecido de
una madre que ha perdido al hijo en la guerra. Los muertos
no lloran ni respiran, diseñan a su alrededor un jardín al
vacío, en miniatura. Los vivos acomodados bajo tierra,
sentirlos no es poco, ¡con las manos amputadas contamos
las fosas! Tenemos que hablar contigo, dicen, pero él no tiene
ganas: aullando al desierto espía sus movimientos (77).

Reaparecerá otra vez el lobo. No aquel estepario de Hermann Hesse: “…Yo, lobo estepario, troto y troto, la nieve cubre el mundo…”, ni el del nicaragüense Rubén Darío: “…el lobo de Gubbia, el terrible lobo”, ni aquel de Borges que dice: “Esta noche, el lobo es una sombra que está sola…”, sino el que ha creado con nobleza y dolor el poeta Brandolini, el que al ver la dureza del mundo en el espejo “¿Se ha convertido en lobo?”, pues la mirada buscará proclamar una vivencia más humana, pero la vida pasará como flotando sobre una entidad más compleja y dolorosa: “Un hijo grita, un perro ladra en la escena, cae la niebla / como un niño te escondes bajo la nieve, los soldados / y los civiles muertos en guerra en la fábrica de Turín” (79). Así el lenguaje irá modelando la intensidad del poema, y demarcando también el contexto político de la ciudad de Turín, su historia y sus claves. Por un lado, los animales salvajes (hienas, elefantes) unirán su imagen devastadora a la presencia de aquellos soldados y, por otro, copiarán los sucesos reflejados en el espejo: “…Ser lo que se es, hablar con / los ojos, el tobillo luxado, el diente carcomido y dejar de / insultar al espejo que nos observa” (79). Habrá que recurrir entonces a otro lenguaje que conlleve un conocimiento más trascendental de la realidad, uno que deje atrás el torbellino de los nebulosos días, la corteza implacable que parece poner su trágica huella en todo lo que existe bajo el sol: “No hablas con la lengua que aspira a la perfección, sino / con la de los árboles y las espinas. También con la mía, / que no soportas, y lo que escuchas no lo comprendes” (85), dice aquí el hablante, motivado por la angustia o la búsqueda de una sensibilidad capaz de comprender la dolorosa realidad. El manejo formal de los versos establecerá un paralelismo entre las estrofas en cursivas, generando un sentimiento que enmarca el pasado y se proyecta en el presente. Será preciso transcribir todo el texto VI, dedicado a Laura:

El terreno bueno no es el temblor de cuchilla
que detiene a los peces oscilantes en la luz, extendido
entrenado por las mutaciones de las formas, sin
ti es sólo pasatiempo para fantasmas. ¿Cómo decir
que el espejo sirve para reencontrarse? La luz
tenue vibra en el corazón, en la intimidad de la casa.

Quedan las espigas de madera clara
salvaguardadas durante veinte años
en el fondo de la cajita de las herramientas
en el balde rojo, abajo, junto a los dos nogales
donde construimos una letrina rudimentaria.

Aquello que ahora es un poco se le parece
en tu amor, con la cabeza entre los abetos activa
estruendo de visiones. Sin ti es carne infectada
y si se pierde, alguien lo encuentra, en el laberinto
mirando al lobo y no sale desde hace días
pero las ramas de los abetos destapan el techo.

Las duras pero cálidas semblanzas de aquellos objetos
producen a veces sombras del pasado
destellos y esquirlas de una posible vida futura.
Pero ¿cuándo volveremos a jugar juntos?
¿cuándo construiremos otras ciudades en miniatura?
(87).

Se superponen en la poesía de Brandolini distintas capas de situaciones, de ideas y pensamientos que terminan configurando la atmósfera e intensidad del texto.

Los sentimientos expresan un punto de contacto con el pasado, los recuerdos y la temporalidad de la vida. Y crean un ambiente de correspondencias con aquellas sombras y luces que establecieron una conexión con el hablante. Por eso, “La luz tenue vibra en el corazón, en la intimidad de la casa” y vuelve a fluir como una pequeña llama de amor familiar. Son recuerdos amorosos fundidos en experiencias reales o fallidas que revelan la silueta del hablante en el horizonte del tiempo, y la intensidad de un sentimiento que ratifica la infancia como evocación espiritual del pasado: “El amor es el disparo que evacúa las venas, elimina los silbidos del viento” (91), dice este verso. Y, otros: “Estabas loco por ella, tanto que hubieras podido despellejar zorros con los dientes, adentellar ángeles, darle fuego a los establos. En cambio, te fuiste y no tenías veinte años”, subraya (95). Pero sobre esa impresión del amor y la infancia la mirada del lobo arrastrará otras dolorosas preocupaciones como, por ejemplo, la hecatombe de la guerra y de la vida segada por la crueldad:

XI

(…)
Hiciste barricadas, tenías las manos en la arena y ahora
caminas por la calle Renacimiento con una ridícula cabeza
cortada. Miras torcido, hojeas el periódico: la guerra
en Libia, en Siria, el gobierno arregla cuentas con los corruptos.
Poca fuerza pero igual admiro tus dientes afilados, la boca
abierta en cada parte del cuerpo, los trozos de madera
en el balde rojo. Explotan amapolas y el movimiento
de las nubes revela el error, trata de saber de qué manera
el ansia baja el tono: vete nomás, toma todo lo que quieras (99).

Se superponen en la poesía de Brandolini distintas capas de situaciones, de ideas y pensamientos que terminan configurando la atmósfera e intensidad del texto. Por eso nos aferramos a los símbolos que despejan las sombras del paisaje para reflejar otras realidades en la mirada del lobo, como la luz que acentúa y amplía la mirada anunciando la naturaleza que lo rodea:

XII

Así te animo, llamando desde otro planeta
lo que escucha es musgo unido a la cáscara
las flores en los jarrones tienen los pétalos ya mustios
y los recintos se arruinan bajo la lluvia de noviembre.
¿Qué pensabas descubrir al final de la primavera?
Lo acusaron de todo: que el día se había oscurecido
que la cama era una placa de hielo derretida por la sal
que las hojas caían en julio sobre la hierba del jardín
que el marido de ella había huido sin dejar un peso.
(…) (101).

Queda, sin embargo, la sensación de algo que no permite revelarnos todo lo que ocurre en el poema, un sentimiento que se yergue contra el dolor y la maldad del mundo: “…Dame la mano si quieres que te ayude, pero ya / el ángel había bajado del pedestal y pedía a todos / la dirección correcta: las alas de yeso cerradas en una mueca” (101), dice en estos versos. Y en el poema XIII percibimos otra vez el dolor en la visión sensorial del último poema de esta selección, dedicado a Jolka Milič:

En los ojos un pálido amarillo, los otros callaban así
…………………….los hermanos amados como ejes portantes de su cuerpo
el cielo extenuado y una hija que viaja a Berlín.
El miedo lo atrapa desnudo en el incendio de los arbustos
después, bajo la ducha, el enigma de un rostro desconocido.
Golpeado por la inesperada mutación de los sentimientos
percibió un tiro de fusil, un viento polar destapaba el techo
de la casa, sin más compañía que la de la mudanza
deshace las maletas: adentro no hay nada.

Las cicatrices son ojos sobre el mundo, dan al aire
a la reja de luz, una respiración firme. En la mañana
la cabeza extraviada, torbellinos de brazos y la fuente
con las encinas gigantes. Gozar es el abrazo
del universo, la poesía no es la forma que salva
incluso si la encuentras donde sea: hiere, deja aislados
ante el mal, ante el camino obligado. Entre las grietas
se deslizan lagartijas, dejan marcas, traducciones:
la idea de la mirada del lobo abierta como una herida (103).

 

V

En “La sombra de los hongos” se entrelazan recuerdos evocados en imágenes de una gran intensidad que proyectarán el vacío de la vida. Los versos de la primera estrofa recogen la evidencia de aquel amor que dejó el cuerpo adolorido para desaparecer luego en el tiempo: “…El amor no se deslizaba entre los dedos / después la espera y el encuentro. Estaba loco / por ti, por tu cuerpo que me asediaba” (107), expresa el hablante, y reitera otra vez la presencia del amor lejano: “Amor árido encerrado en el pozo / quedan las vibraciones de los árboles / para desenterrar los sueños” (109). Lo que el poeta quiere decirnos estará en la expresión de esa mirada amorosa, y de la voz que escuchamos en la forma reveladora de su cántico. El cántico de la experiencia amorosa que regresa en el tiempo: “Ayer el silencio humedecía los bordes / de tu boca. Hoy el cielo se rompe / todo para tener una brizna de azul” (109). Esta realidad podrá ser percibida en las formas de la naturaleza visible, en el cosmos y en la reiteración de los elementos que configuran el mundo poético: la vida, la infancia, los sueños, la incertidumbre del amor que aventuran allí una voluntad para contrarrestar la soledad: “…El eros agazapado y la espera / del alba ligada al cuerpo, a la carne / así el tiempo disperso en la luz / es asediado por la telaraña” (117). Pero en esta sección el escenario amoroso es mucho más amplio y complejo. Por eso no siempre se presenta de un modo directo para revelar lo que ocurre alrededor del hablante poético o a lo que responde su mirada: “La salvación la encuentra en este amor / sobreviviente de sitios de torturas”, expresaba en la estrofa de la página 117. Hay que recordar que “La sombra de los hongos” es un solo poema compuesto por doce estrofas con sus respectivas variantes. Y los cambios y motivos de un apartado a otro dependerán de la intuición y propósitos del poeta. Por otro lado, no creo que ningún poema nos dé una certidumbre absoluta de lo que ocurre en el momento de la escritura. Hay cosas que quedan siempre encubiertas a la capacidad del lector, de manera que habrá que acercarse y contemplar desde una zona que permita establecer algún punto de contacto que pueda suponer un nivel de íntima relación con el texto. Hay, por supuesto, relaciones históricas que son significativas y responden a distintas situaciones en la escritura. Sentimientos que regresan y crean otros motivos en el poema, miradas que se liberan de lo contemplado y provocan experiencias y expectativas diferentes, pues el drama de la vida y el amor se fragmentan construyendo nuevos encuentros y paisajes. Este modo de sentir la realidad lo advertimos en los versos en cursiva: “Es como en el teatro: ahora bajan / el telón sobre nuestra aventura” (119), de modo que podríamos pensar que las acciones y el sentido de las cosas que nos rodean se corresponden con nuestro modo de vivir y sugieren situaciones parecidas a lo que ocurre en el teatro. Pero mejor acudamos al poema:

He quemado el deslumbre, y había
más: ayer, de noche, lo maté.
Es como en el teatro: ahora bajan
el telón sobre nuestra aventura.
Mañana será otro día, unirse
a los actores, al trabajo del apuntador.
Prefiero morirme que seguir siendo
el imbécil que soy ante tus ojos repletos
de escombros. La sombra de los hongos
anima el surco adecuado para la siembra (119).

Ver la vida como un gran teatro, o más apropiadamente las acciones que representan las vivencias de esos sentimientos, parece ser lo que pretende señalar aquí el hablante en la visión que genera la estrofa, y filtra el peso abrumador de la pasión y la ruptura misma del amor. El texto nos permite ver los grados de tensión del lenguaje, lo que manifiesta el poema sustentando su estructura. La ficción gana también en ese paisaje que ordena la realidad amorosa y la voluntad de quien escribe. De modo que podamos notar cómo se superponen las realidades que particularizan, aunque sea de un modo visionario, el tema del amor: “Soy un visionario pero son verdaderas / mis mentiras. Ríes y de ti, de nuevo / me enamoro. ¿Cuándo la primera vez?” (123), dice irónicamente como reafirmando la conducta impropia de ese amor.

 

La rebeldía del lobo manifestará las más dolorosas experiencias, por las razones que el hablante mismo conoce.

VI

La última sección, “En la mirada del lobo”, contiene el eje del que se desprende un universo de experiencias personales, recuerdos familiares, memorias y obsesiones que condicionan la vida. De esta mirada surgirá, en cierto modo, la luz que proyecta los rasgos de ese mundo: “Yo te espiaba en la luz clara y afilada que es tan tuya” (133), dice el hablante. Y exactamente, ese “espiar” será junto a la luz un modo de estar en el mundo, de escuchar las voces que hacen posible que el yo resucite y anuncie lo que siente su corazón. El poema número 2 de esta parte3 incorpora la palabra “espiar” para revelar lo que sucede en el texto: “Espío árboles y hojas, marco la pista que conduce / a la casa vacía”, señala en el primer verso. Téngase en cuenta que lo que sugiere el poema es una impresión de lo que existe fuera y dentro del marco poético, y del interior de un yo que actúa como una referencia de la imagen del lobo. Así que veremos aquí también el reflejo antagónico de la mirada y la dolorosa realidad que parece cercar al lobo; ambas imágenes confluyen evocando sentimientos que determinan el tema y motivos del texto. La primera estrofa del poema 3 cierra con una imagen desgarradora:

Necesito hablarte, grita en el teléfono.
Luego espera con una risa feroz:
ni palabras ni carne, sólo el esqueleto
la forma intangible y lejana de un cuerpo.
Se lo llevan mordisqueado
por hienas asesinas, las manos en el regazo
la barba larga, el pelo desgreñado
las cavidades de los ojos cubiertas de escarchas
(…) (139).

Por otro lado, en el poema 4 se generarán situaciones que reducirán la vida del lobo a una zona de desoladoras expectaciones, aun la misma luz se desvía hacia las sombras que imposibilitan la claridad del camino y crearán una atmósfera desolada: “He golpeado el orgullo de la manada, lustrado espejos / y pantanos. Lacerar la indiferencia, teñir las zonas negras / que quedan oscuras incluso bajo faros deslumbrantes” (141). El escenario de colores sombríos, y el sentimiento que sugiere figurativamente lo que ocurre, estará traspasado de una mayor tensión. Por eso esta última sección del libro estará relacionada en mayor amplitud con las acciones del lobo. Ya en el poema 6 la figura del perro encarnará la imagen del lobo y se convierte en una especie de reflexión sobre la conducta humana y los problemas de la vida. La rebeldía del lobo manifestará las más dolorosas experiencias, por las razones que el hablante mismo conoce. Su conducta delineará los sentimientos y la sensación de angustia que late en su mirada. Será preciso aquí observar el contexto que domina la estructura del poema 6:

Olfatea a saltos el perro un olor nuevo, el hocico
en el aire: goce alucinado. En la huerta derrotada
por el granizo una araña teje una palma real.
Saludo a los parientes mirando fijo la puerta que manda
al exterior, afuera encuentro de nuevo las visiones y cada
excusa para separarse del estanque sirve muy poco.
¿El espacio nos divide? Pienso sólo en cosas que inician
de modo equivocado, agua oscura se desliza en la garganta
túneles y viaductos para salvarse. En mí la ferocidad
que no quería: ¿dónde están los años a los que infligí
el tormento? Era el martirio la bestia sobre la espalda
atónito escudriñaba gatos y lagartos gozando del sol.

He tirado piedras: mejor este frío que el de los días
de reflexión, y la misma cosa examinada no nos dejaba
vivir. De viaje, uno piensa en sí mismo, luego en los otros
si aún no se han bajado. Uno de nosotros afirma: nadie
puede lanzar la primera piedra, la inocencia es un don
sagrado y el actual jefe de gobierno es igual al
anterior. ¿La naturaleza te habla si la escuchas?, decidir
si acercársele de prisa. El perro ladra al verdugo
a los clavos transformados en atentos centinelas.
El mal no se aparta de la luz que chasquea; del vacío
atenuado que nos nutre; de los enredos. De ahí el refugio
la cueva, pero estamos abiertos: una herida, un abismo en espera (147).

Hay visiones que nos llevan por zonas donde confluyen las luces y las sombras creando un punto de reflexión para abordar aquella realidad paralela a la vida del perro y del lobo; experiencias que conllevan más de una aventura, y expresan más de una ignorada verdad donde el poeta cree haber alcanzado una forma de conocimiento superior, una razón que postule un sentido que logre anunciar el mismo propósito y la misma inocencia del ser y del lobo sobre la tierra: “El mal no se aparta de la luz que chasquea; del vacío / atenuado que nos nutre…”, expresa en el texto. Y, bajo otra compleja construcción de imágenes, el yo reaparecerá otra vez desdoblado en la silueta del lobo para asumir esos recuerdos que irrumpen traspasados por la indiferencia y el dolor: “…En la piel del cuello tengo / las marcas de los dientes; en el pecho, el ogro vital / la respiración de las estrellas, una jaula abierta / llena de pájaros. Tú y yo en la madriguera / de conflicto, en la identidad que deflagra. Somos / lo que podemos según donde uno vive” (149). En efecto, ser lo que se puede ser en el lugar en que se vive, para que la vida misma continúe fluyendo pero despojada de crueles experiencias o amargas especulaciones que traten de dañarla e impregnarla de maledicencia. Por eso, como ya ha señalado tan certeramente la poeta Martha L. Canfield, “el poeta atraviesa los oscuros subterráneos de la existencia para llegar a la luz”. Una luz que igual que un reflejo tratará de deshacer las sombras que agobian la vida. La nostalgia de un pasado que irrumpe en la voz del hablante llenándola de las desgarradoras reminiscencias del amor: “…Hablemos de lo que queda: la lluvia que cae / del techo; un abrelatas para abrir de par en par el alma; / un caballo; una piedra que rueda desde el pasado” (153), dice en el poema 8. Y ciertamente esa “piedra que rueda desde el pasado” traerá el eco en la nostalgia que agita el alma y pone al descubierto la dura realidad del yo. La dramática experiencia de aquel pasado que se abrirá dejando ver las heridas, pero sin condenar la huella del amor, y sin doblegarse ante él. Ahora el hablante continuará su destino destacando no la visión encantada de la pasión, sino su dolorosa proximidad, el desgarramiento de un yo que se levanta para mostrar las contradicciones y enigmas del destino: “Hilo sin aguja ni madeja porque el nombre exacto / de las cosas y del yo queda sepultado detrás de la mirada” (155) subraya en estos versos; y, luego, en esta otra visión: “Ser otro para percibirse más a fondo” (157).

Por otro lado, en el poema 10 se abrirá nuevamente el recuerdo de la pasión y de la pérdida de su confianza. De ahí, la desolación reflejada en la presencia del lobo y en las duras condiciones de su existencia. Por eso la jaula, que simbólicamente representa el dolor y la soledad, tendrá que ser derribada para que ruede al vacío con todo el contenido nostálgico del pasado. El yo así lo reconoce y así lo expresa en los siguientes versos: “Derribar la jaula, la acuarela de la fuga: / el amor entre los humanos no puede ser esto / desalentar sueños, ocultar gestos” (159); y ratifica más adelante: “…Tarde para ajustar las cuentas / creí que ya no tenía que seguir soñando: inesperado / llegó el momento de las visiones. Perforo la roca / del desapego y un cielo brillante desmantela la jaula” (159). Y es que precisamente este cielo brillante dibujará el comienzo de la oportuna libertad que demarca los límites del yo ante el pasado; también le concederá una nueva atmósfera para moverse hacia paisajes que exhiban novedosos horizontes. De ahí que la mirada del lobo poetice los rasgos del amor y de la vida durante su frágil paso por el mundo: “El dolor no mata si en el espejo está aquel que dialoga / con los lobos” (161), subraya. Sin embargo, otra circunstancia afirmará la certeza de ese paso por el mundo, de ese enfrentamiento con la realidad que agita su caminar: “Levanto el vuelo y no derribo los árboles de frutos letales / sobre los conflictos mejor no hablar, sería como escupir / a los muertos” (165). A partir de este sentimiento veremos la conducta del lobo contrastar las sensaciones de aquella primera mirada para enfrentarse al entorno que aprieta su corazón en la poesía, y los espejos y espesura del bosque, buscando una salida: “Tu efluvio da el coraje para ponerse a salvo. A saltos / en el silbido que se insinúa entre las ramas, en el pelo / del lobo” (171), dirá el hablante, frente al abatimiento de aquel horizonte de la niñez venido ahora a la memoria en la imagen del padre: “Un hijo acaricia el rostro de su padre sentado / con las manos esculpidas sobre las piernas. Dijiste / que aún puedo lograrlo: ¿lograr qué? El viento / tritura los árboles en el recuerdo de cuando los plantaron. / Todo está claro, el aliento fresco, los perros / no ladran más, y si me muerdes, me refugio en el bosque” (171).

El bosque proporcionará un refugio a la libertad del ser, es decir, la poesía. La posesión de ese “aliento fresco” que enriquece y conforta las heridas para combatir el dolor y la muerte. Las experiencias contraponen aquí los viejos recuerdos con un paisaje que adelanta en los próximos textos (15, 16, 17) otra visión más consoladora. Una visión que contiene un contacto más humano con la naturaleza, un diálogo invisible que conlleva un gesto de mayor gratitud y confianza entre los animales y la gente. Por eso pienso que el sentimiento que recoge el poema 15 es fundamental para comprender ese cambio de actitud del hablante. En este sentido, la palabra “muerte”, que aparece en el primer verso del poema 15, nada tiene que ver aquí con la muerte natural, sino con el fondo de aquel pasado doloroso. Ahora la vida del hablante poético contiene una nueva disposición de espíritu. Es indispensable reproducir aquí todo el poema:

La muerte llega justo en la mitad de la vida
cuenta historias en las que crees por no disgustarla:
festejarás el año podando olivos
no vas a sonreír en el momento justo, ni vas a poner
la otra mejilla. La compasión está en afirmar que no
entiendes nada, descubiertos desnudos bajo las estrellas

queremos hacer caso a esta nueva vida que llega.
Entre una masa de nubes negras aparece un faro
un pálido sol y el pasado se irradia sobre el asfalto.
Días de ansia y como estos no recuerdo otros. Cerrados
esperando en el recinto del palacio. Ahora la luz salta
una isla en el horizonte, un singular perfil en tinta china.

Fascinado por los seres filiformes llegados en globo, y
eso que lo había notado, los esperaba. El estupor por la
novedad es el tormento, irreverente promesa atornillada
al espejo, a la espesa fila de los días de trabajo. Una
claridad entraba por las manos y se colaba en la nariz,
desparramaba sus balsámicos vapores en el aire encerrado de
la habitación. El petirrojo reunía los lazos de la locura, la
ferocidad circulante en el tejido de las moléculas, de los
hermanos maculados de ausencias. La oscuridad cercaba
los árboles, las gaviotas que revoloteaban sobre la cúpula
en espiral de Sant’Ivo. Ahora la huella es la del perro, lento
lo sigo mientras duerme (173-175).

En la mirada del lobo es un libro que presenta diferentes planos y momentos en la escritura de Brandolini.

Las imágenes se superponen sumergiendo al hablante en un pasado de singulares remembranzas: “Días de ansia y como estos no recuerdo otros” dice evocando aquella lejanía. Su vida es una reflexión, una manera de nombrar las cosas que por un momento retienen su mirada en el tiempo como esa alegría que llena el ambiente de emociones, y entra como esa “claridad que… desparramaba sus balsámicos vapores en el aire” para guiar nuestra mirada al fondo del texto. O hacia un paisaje traspasado de sombras y claridades donde el amor nombra las cosas nada más para abordar lo que sobrecoge su corazón. Las palabras proporcionan la idea de un territorio que continuamente le recuerda al poeta la razón de estar vivo: “En el mar hay un río que fluye desde las islas / y es allí que resucito, desparramo el sol sobre las piedras / con ojos animales examino la ciudad, las estrellas / el fondo alisado de las casas” (177). Se regresa a la naturaleza como posible reencuentro con lo íntimo, con la plenitud de ese mundo desconocido y a la vez común a la existencia del lobo. Y a las palabras que intentan disipar las sombras del planeta donde se desplaza el yo sin traicionarse, reconociendo que la grandeza está en la plenitud de la mirada y en la urgencia de una poesía que se levanta como un oleaje contra lo que destruye. Por eso, el llamado se convertirá en una conciencia de la vida y del tiempo, y en un modo de advertirnos que la poesía contiene una fuerza superior, pues hay muchas maneras de reconocerse no sólo en lo que oculta la palabra, sino también en lo que revela el conocimiento de la realidad. De ahí habrá siempre otras formas posibles de llamar desde otro planeta, es decir, desde un presente más humano y reconciliador donde todos podamos contemplarnos. En este sentido, la última estrofa del poema 17 plantea el momento en que la naturaleza evidencia la lucha interior del hablante en los propósitos que definen su escritura, y también en lo que circunda su vida y la transforma en la mirada del lobo, en el sentido expresivo de su mirada, y en el caminar que identifica su posición poética ante el mundo:

A cuatro patas, voy adelante tranquilo en la mirada del lobo.

 

VII

En la mirada del lobo es un libro que presenta diferentes planos y momentos en la escritura de Brandolini. Su poesía parte de lo individual para mostrar otras perspectivas del mundo poético, otra visión que gira en torno a la esencia de los seres y las cosas que entran en la vida. Pero también una poesía que recoge las tangibles experiencias del pasado para proyectarlas En la mirada del lobo. Una escritura que nos propone otro modo de contemplar la realidad a través de un sentimiento profundamente humano para quienes busquen, como yo, conocer el trasfondo vital de esta poesía desde la órbita eficaz de la mirada.

Este texto ha aparecido publicado en las revistas Crear en Salamanca (España) y La Otra (México).

David Cortés Cabán

Escritor puertorriqueño (Arecibo, 1952). Reside en Nueva York, Estados Unidos. Posee una Maestría en Literatura Española e Hispanoamericana de The City College of New York. Fue maestro en las Escuelas Públicas de Nueva York y profesor adjunto del Departamento de Lenguas Modernas de Hostos Community College de la City University of New York (Cuny). Ha publicado los poemarios Poemas y otros silencios (Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1981), Al final de las palabras (Nueva Jersey, Editorial Slusa, 1985), Una hora antes (Madrid, Editorial Playor, 1991), El libro de los regresos (Madrid, Editorial Verbum, 1999), Ritual de pájaros: antología personal (con prólogo de Ramón Palomares y Eugenio Montejo; Mérida, Venezuela, 2004), Islas (Caracas, Monte Ávila Editores Latinoamericana, 2011) y Lugar sin fin (Ciudad de México, Colección Temblor de Cielo, La Otra, 2017), así como el ensayo Visión poética en tres libros de Alfredo Pérez Alencart (Santiago de Chile, Hebel Ediciones, 2017).

Sus textos publicados antes de 2015
166
David Cortés Cabán

Textos recientes de David Cortés Cabán (ver todo)

Notas

  1. Alessio Brandolini, Nello sguardo del lupo / En la mirada del lobo, Jalisco, México, Mantis Editores, 2018. Edición bilingüe. La traducción de los textos al español ha sido realizada por la traductora, crítica y poeta uruguaya Martha L. Canfield.
  2. El libro está dividido en siete secciones: “Constelaciones”, “Brotes en los enredos”, “El otro y la otra parte”, “Llamo desde otro planeta”, “Palabras sugeridas por el espejo”, “La sombra de los hongos” y “En la mirada del lobo”.
  3. Los poemas de esta sección están marcados con números arábigos.
¡Compártelo en tus redes!