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Las crónicas de Juan Leonel Giraldo

miércoles 20 de noviembre de 2019
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“El agua de abajo”, de Juan Leonel Giraldo
El agua de abajo, de Juan Leonel Giraldo (Penguin Random House, 2019).

El agua de abajo
Juan Leonel Giraldo
Crónica
Penguin Random House
Bogotá (Colombia), 2019
ISBN: 9789585458949
352 páginas

“En todas las cosas, la uniformidad es un defecto”.
Kenko.

La crónica, como género periodístico y al contrario de otras modalidades, por lo general carece de críticos como sí los tienen el cine, el arte o la literatura. Tiene recensiones y noticias para mencionar los trabajos de Osorio Lizarazo, García Márquez, Castro Caicedo, Germán Santamaría, Juan José Hoyos, Salcedo Ramos o, quizás más atrás, los de Hernando Téllez, Adel Lopez Gómez o Luis Tejada, para sólo señalar a estos cronistas notables. Los críticos de cine se solazan con los abundantes materiales que entrega una película (director, guionistas, actores, vestuario, sonido, escenarios, etc.) y pueden hablar largamente de cada uno de aquellos papeles o argumentos como lo hacía Cabrera Infante con un estilo enorme. Pero el lector de una crónica, que quiera hablar de ella por su agrado o por su decepción, tiene menos perspectivas que le puedan hacer verosímil una reseña o un comentario por lo menos adecuado.

La base de la crónica es la descripción de los hechos, las circunstancias, los acontecimientos y los personajes que en ella viven, en un orden más o menos cronológico, de tal modo que el lector los conozca en todos en sus alcances y pueda darse una imagen propia de su lectura. Sin embargo, cuando la crónica se interna en las sinuosidades de la evaluación, o hace juicios de valor en torno de aquellos hechos o situaciones de los que se está hablando, la crónica parece perder su perfil cercano de veracidad y más bien sirve de entrada para un recorrido por las consideraciones subjetivas de quien las profiere. La crónica tiene entonces mucho más de testimonio que de valoración y, por lo tanto, permite a su lector unas mayores libertades para su raciocinio dada la distancia que la evidencia permite cuando no se quiere comprometerla en algo.1

En las abundantes crónicas de El agua de abajo, este libro de Juan Leonel Giraldo destila crítica social y hace una denuncia abierta de los muchos males que afectan a los desheredados de este país, llámense wayús, afroamericanos del Pacífico, costeños de las barriadas barranquilleras o peones de las fincas cafeteras. Parecería ser que la explicación de estas crónicas consiste en describir el otro país que ha permanecido oculto a muchas miradas y donde puede hallarse una parte importante del carácter de nuestra vida republicana. Cada texto específico tiene entonces su propio lenguaje, concebido en el centro mismo de esos andurriales donde el autor ha venido a mirar pormenores de una desconocida nación: ello permite advertir que los textos de Giraldo son de larga maduración, como los buenos vinos de reserva, y sólo se los puede percibir tal como fueron tomados en vivo y en directo, y sin intermediarios que pudiesen deformar las detalladas observaciones del autor. En ciertos momentos casi podría decirse que la profusión de dichos y vocablos, en cada capítulo especial de una subcultura diferente, y a menudo marginal, son la primera cuota de un diccionario de localismos de los desposeídos.

Este libro es pues un cuento sin hadas: Giraldo no fabrica ficciones sino que amasa realidades.

No es ninguna coincidencia que en el epílogo de este libro el calarqueño Juan Leonel Giraldo hable de un amigo común, Ugo Barti, que encaminó muchos de nuestros intentos de hacer crítica de cine en las revistas Guiones y Cinemés, en la época más grandiosa de la Nueva Ola. Armando Buitrago, huraño como pocos pero certero en el aprecio, tenía unas tales exigencias de responsabilidad y rigor que mucho ayudaron a formar nuestro carácter como comentaristas. La mención de este fenomenal caricaturista y crítico de cine no es entonces un azar: por una verdadera similitud creemos que así como Barti nunca dejó conocer muchas páginas de su erudita y espléndida producción literaria, Giraldo debe tener un archivo de manuscritos originales que nunca conoceremos sin su permiso. Ajenos a la ostentación, en eso se parecen porque suelen ser discretos y austeros —pese al contacto frecuente que un editor con experiencia como Juan Leonel ha tenido con los publicistas.

Este libro es pues un cuento sin hadas: Giraldo no fabrica ficciones sino que amasa realidades y las construye con palabras extraídas de esos mismos contextos en los que viven sus personajes. Una progresiva acumulación de vocablos es suficiente para darle un perfil sociológico a sus crónicas sin que haya una pretensión científica o teórica de hacer doctrina con ellas. (Más bien diría que se acercan mucho más al ensayo lírico del que se hablaba cuando Alejandro Rossi recibía la estima que Octavio Paz le daba). Por lo tanto es posible hacer un inventario de las crónicas sociales que muestran esta disposición expresiva en el libro de Juan Leonel Giraldo, pero es innecesario ofrecerlas como una prueba que mejor gozarán sus lectores. Decía Hemingway de Ezra Pound que ese poeta creía “en el mot just, la única palabra correcta a utilizar; ese hombre me enseñó a desconfiar de los adjetivos”.2 No es poundiano este libro, pero el encuentro con la prosa poética es de todos modos de una considerable satisfacción.

Jaime Lopera
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Notas

  1. No es el caso de Salud Hernández, cuyas excelentes crónicas abundan en valoraciones enajenadas por la polarización.
  2. Johnson, Paul. Intelectuales, Vergara 2000, Buenos Aires, 2000.
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