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Tiempos recios, de Mario Vargas Llosa

sábado 30 de noviembre de 2019
“Tiempos recios”, de Mario Vargas Llosa
Tiempos recios, de Mario Vargas Llosa (Alfaguara, 2019). Disponible en Amazon

Tiempos recios
Mario Vargas Llosa
Novela
Alfaguara
Madrid (España), 2019
ISBN: 9788420435718
352 páginas

“Recordó la súbita sensación de inseguridad al notar que sus pies resbalaban, que el suelo se movía y ese ruidito ronco y amenazador que subía de las entrañas de la tierra. A su alrededor la gente seguía conversando y caminando como si nada pasara”.
Mario Vargas Llosa, Tiempos recios (página 106).

Puede decirse, desde siempre supimos de Mario Vargas Llosa. Y es que tan familiarizado estuvo el país con la obra de un novelista que, aún muy joven, a pesar de las diferencias políticas e ideológicas con el premiador, le fue reconocida en la primera edición del Internacional Rómulo Gallegos, en 1967; además, en lo personal, lo leímos tan precozmente que esperamos a la secundaria para ordenar una comprensión prontamente traducida en una definitiva afición por sus textos.

Apenas editado, no hubo librería que no ostentara sus títulos en las vidrieras. Por ello, enoja el contraste, pues, ni siquiera en una copia ilegal, como también lo cotizó el mercado negro hasta mediados del presente siglo, encontramos uno de los 180 mil ejemplares que dan cuenta del primer tiraje, simultáneo en veinte países, de Tiempos recios (Alfaguara, 2019); por cierto, perdida ya la noción de una edición príncipe, como la comercialización misma del libro, organizada y estable, en Venezuela: prácticamente, no hay librerías, ni los esplendores digitales que digan desautorizarlas.

Por lo pronto, la obra luce como una prolongación de La fiesta del Chivo (Alfaguara, 2000), no sólo por las incursiones de Rafael Leónidas Trujillo que destacó a su agente ejemplar, Johnny Abbes García, en Guatemala, sino por una suerte de racionalidad burocrática que llamó nuestra atención en la reseña respectiva para Letralia, del 21 de agosto de 2000. En un caso, por entero capricho del generalísimo o el simple deseo de extender su influencia, quizá creyendo exportable un exitoso modelo de dictadura; y, en otro, por los límites que ella impone al saqueo del erario público, con el celoso y muy riguroso acceso a las arcas, dependiendo sus servidores de la concesión graciosa que los prohombres del régimen se permitan.

Tendido el puente weberiano entre una y otra obra, por ejemplo, en Tiempos recios, Marta es una amante bajo manutención exclusiva de Castillo Armas, jamás viajera al exterior, que acepta la frecuente donación de una modesta cantidad de dinero del agente de la CIA que la sabe desconocedora de las graves intimidades del gobierno (172, 183); o Abbes García, quien apenas logra reunir un puñado de dólares para un momento de definitiva emergencia, insuficiente el saldo de sus ganancias delictivas, y que únicamente por un excepcional favor del que se antojó Trujillo tiene una cuenta cifrada en Suiza (295 ss., 318), cuyo monto no le alcanzará luego para mantener a la familia, quizá sin el tiempo y el talento necesarios para multiplicarlo gracias a las actividades lícitas y aseguradoras para un posterior retiro. Estas circunstancias contrastan con el abierto y descarado latrocinio de las dictaduras contemporáneas en América Latina, diferentes a las clásicas, que, más allá del patrimonialismo característico, hacen de su vocación totalitaria toda experiencia criminal en sus más variadas, sorprendentes e indecibles expresiones, dejando una rendija abierta a la novedad o actualización de un género novelístico pendiente.

En la casa del padre ofendido, el de Marta, traicionado por un amigo cercano con el que se reconcilió a las puertas de la muerte, se acostumbró un juego sabatino y familiar que “nadie conoce, que ya nadie juega” (283). Varias veces enunciado, jamás lo describe Vargas Llosa en Tiempos recios, a menos que tengamos por rocambur la propia trama sagazmente urdida, prometiendo —ya— toda una generosa ventana.

Digamos, Guillermo Cabrera Infante trazó el itinerario emocional, social y político de los orígenes de la dictadura castrista que encuentra, con Leonardo Padura, un mapa vital de su normalización, dando pistas para compararla, otro ejemplo, con el testimonio literario legado por Milan Kundera respecto al socialismo real de otras y lejanas latitudes. Valga la acotación, hasta hace poco nos hubiese sorprendido que los cubanos se habituaran a los sismos recurrentes de un sistema que espiritualmente los ha ultimado, pero debemos aceptar que, lenta e inadvertidamente, ya ocurre entre los venezolanos.

El autor la dice una típica novela de las dictaduras, porque —sencillamente— las vivió, dejando huellas, pero inconscientemente apunta a sus modalidades más recientes, las que desinhibidamente juran que nacieron para permanecer más allá de sus fundadores, distinguiéndola de la militante denuncia de Augusto Roa Bastos (Yo, el supremo, 1974), el tejido parsimonioso de Arturo Uslar Pietri (Oficio de difuntos, 1976), el lirismo de la realidad de Gabriel García Márquez (El otoño del patriarca, 1975), o el tallado sincrético de Alejo Carpentier (El recurso del método, 1974) que, no por casualidad, reporta el heroísmo del estudiante, un espécimen antes exaltado y ahora condenado por La Habana. Como vemos, novelas marcadoras que aparecieron en una década de la América Latina plagada de dictaduras militares autodefinidas como salvacionistas y transitorias.

Tiempos recios esboza el cuadro de retroceso “hacia la tribu y el ridículo” (125), intenta una épica de la confrontación entre los cadetes y los milicianos lumpemproletarizados (XXXI), o advierte la aparición precursora del tráfico de cocaína (226 s.), fenómenos muy de este siglo que ya no están exclusivamente centrados en el dictador de turno, sino en los regímenes, realidades y estilos de vida que generan y pugnan por normalizarse. Ya no tratamos de propuestas autoritarias en curso, sino de las francamente totalitarias que pretenden legitimar su propia descomposición, despojándose de una ética de la crueldad, en el que “todos nos estamos jugando la vida sólo por estar en este país” (217).

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