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Letralia, Tierra de Letras Año V • Nº 94
21 de agosto de 2000
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Mario Vargas Llosa La fiesta del Chivo

Luis Barragán

Decimos que los colaboradores del dictador se enriquecen con sorprendente facilidad y prontitud, como si la complicidad no supiera de ciertas claves de bóveda que tienden a la propia conservación del régimen. Encontramos un discurso moral en los recintos domésticos del poder que permite a unos, resistirlo y sobrevivirlo con resignación, mientras otros lo desafían y aprovechan cautelosamente.

No hay trance autoritario alguno que despeje las claves desde un primer momento, igualados todos en la intención de delinquir y en el propósito de beneficiarse. El Gran Dispensador organiza la escena, establece y jerarquiza el reparto y, muy frecuentemente, concibe una coreografía que pueda divertirlo, suscitadas y administradas las diferencias entre sus partidarios, sirviendo igualmente de alivio a las inevitables cargas burocráticas: no hay cartas abiertas sobre la mesa.

Mario Vargas Llosa lo dibuja magistralmente en su última novela, La fiesta del Chivo (Alfaguara, Bogotá), donde el ministro, senador y fidelísimo Agustín Cabral no sólo se ve obligado a entregar a su menor hija al morbo senil de Rafael Leonidas Trujillo, sino también a emplear los veinticinco mil dólares que tenía ocultos en el Chemical Bank para costear los estudios de la agraviada en Estados Unidos, congelados unos doscientos mil pesos en el Banco de la Reserva, "los ahorros de toda una vida" (pp. 272 y 280). Quizá podamos agregar al "untuoso", austero y devoto Joaquín Balaguer (287ss.), cuya perspicaz paciencia le permitió luego establecerse en el poder, frente a aquellos que tuvieron mejor suerte al encadenarse a los negocios del mandatario, incluida la compensación de siete millones de dólares por los servicios prestados, después de conocer la caída en desgracia (372), o el auxilio oportuno al enfermar gravemente (341): quizás respondan a un exorbitante gesto dadivoso, en algo equiparable al lanzamiento de caramelos desde las carrozas del oficialismo festivo de los cincuenta.

Muchos eran los intereses comerciales de Chapita enunciados en la obra (152), pero mantuvo tercamente la consigna de no sacar un peso de República Dominicana (157), lo que evidentemente contrasta con los dictadores de la más reciente contemporaneidad, a sabiendas de las pocas posibilidades de morir en el poder y de la alta rentabilidad de las colocaciones en el exterior. El jefe de la policía, Johnny Abbes García, por ratos engreído estratega político (277), abría negocios con ultramar porque "usted me lo ordenó" (95), y siendo capaz de manejarse en distintos ámbitos, gerenciando confidencialidades, no tendría por destino seguro la indigencia.

El capitán de empresas, a lo mejor por el peso de la jefatura de Estado y la ineptitud de sus más cercanos asesores, apelaba generalmente al burdo mecanismo de forzar la venta de una finca, casi rifada una posterior licencia de importación (370s.), desconfiado —al menos— de las promesas que prodiga la ingeniería financiera. Sus antecedentes y vivencias desembocan en los más elementales conceptos del saqueo, el bandidaje o la pillería, desconocidos los alcances de la tramitación y contratación de sendos empréstitos que hoy se renuevan, inflamada la imaginación de los peculadores.

Las posturas doctrinarias del Jefe acrecientan el sentido de prevención de sus íntimos, cubiertos por la póliza de los lazos familiares. La Prestante Dama, María Martínez, logró sacar subrepticiamente varios millones de dólares, cuajados de la ironía que castiga a los que conciben e invocan la absoluta gratuidad e inmunidad de sus beneficios: viéndose prácticamente depositada en un asilo, no reveló el cifrado secreto de las cuentas, finalmente legadas a los banqueros suizos porque ¡lo olvidó! (144s.).

Los hermanos del Benefactor apostaron ingenuamente por su discurso, contabilizando tierras y bienes sin equivalentes en el extranjero (481), a diferencia de Ramfis, el predilecto jugador de polo. El Generalísimo legitimaba exclusivamente los "estipendios para defender a nuestro país" en Estados Unidos, favoreciendo a lobbystas, congresistas y políticos (160), cuyas agallas no eran las mismas de Simon Gittleman, el ex marine que no dudaba en esgrimir su entusiasta y militante respaldo.

Las travesuras y desaguisados a perdonar están en el núcleo familiar inmediato, prohibidos a los más cercanos colaboradores de Trujillo. Éstos deben luchar entre sí para recibir la augusta mirada en medio de la caminata agobiadora (368), soportar la centelleante indiferencia ante el brindis que se antojó inoportuno (218), víctimas vocacionales de las maniobras, estocadas e intrigas que resultaban del "juego exquisito y secreto que podía permitirse" (232).

Algo semejante puede acontecer —y acontece— en los regímenes democráticos. Sin embargo, reparamos en una abismal distinción: las enmiendas o rectificaciones surgen del cabal ejercicio de la libertad de expresión. Trujillo no pudo escapar al asedio de la prensa, amordazada la propia, cuando en el país de los congresistas y políticos sobornados, lo delata Tad Szulc del New York Times, a quien había hecho atender diligente y cordialmente.

Curioso, hubo un trujillismo terco y convencido del pueblo dominicano que, en cuestión de horas, repentinamente, convirtió en héroes a los autores del atentado. Balaguer sabía que la opinión familiar era decisiva, tanto como imaginamos a López Contreras lidiando con los Gómez. Pocos soportarían las vicisitudes de Rómulo Betancourt, añadiendo al atentado, la insurrección y las asonadas. Huelga comentar la significación de la obra de cara a la Venezuela actual, reseñada por Joaquín Marta Sosa con un título sugerente, en reciente artículo: "¿Águila o mosca?".

Vargas Llosa condensa, en 518 páginas, un esfuerzo de documentación de tres años, confirmando que "el genio no es espontáneo, se puede reemplazar con trabajo, paciencia y voluntad", como dijera en el Paraninfo de la Universidad de Barcelona. Seguro premio Nobel de Literatura de este año, deja atrás el divertimento de don Rigoberto para refrescar su ortodoxia. Salvo los últimos, alterna los capítulos y trenza oportunamente los diálogos.

Puede decirse que chivo es chivo ni que lo fajen chiquito. O, mejor, chivo que vuelve, esnuca.


       

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