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La palabra poética en Tiempo de cruzar el umbral

miércoles 10 de junio de 2020
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“Tiempo de cruzar el umbral”, de Juan Carlos Martín Cobano
Tiempo de cruzar el umbral, de Juan Carlos Martín Cobano (Tiberíades Ediciones, 2020). Disponible gratuitamente en la web de la editorial

Tiempo de cruzar el umbral
Juan Carlos Martín Cobano
Poesía
Tiberíades Ediciones
Salamanca (España), 2020
75 páginas

Tanto has invertido en el ir muriendo,
que no te atreverás a mirar el sol.

La poesía de Juan Carlos Martín Cobano nos brinda una ocasión para reflexionar sobre la vida a través de los diversos planos de su poesía: por un lado el poeta y su mundo; y, por otro, los motivos que lo justifican. Tiempo de cruzar el umbral contiene un particular modo de mirar la vida. Un modo que enfrenta al poeta consigo mismo, con sus lecturas bíblicas y las cosas que impactan su escritura. Esto, por la visión que le revela la fragilidad de la vida desde una postura que al mismo tiempo es palabra dura y cortante para expresar sin eufemismos lo que siente. Por eso en varios de estos poemas el léxico, la ironía y el humor contagiarán el sentido que los caracteriza, mientras otros nos comunicarán un pensamiento de mayor introspección cristiana y más afinidad con los textos bíblicos.

Esta poesía gira en torno de la tradición cristiana para guiar nuestro sentido de solidaridad y para formular un modo de vivir.

El título, Tiempo de cruzar el umbral, establece un contacto con la poesía mística de san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús para acercarnos a una experiencia poética impregnada de espiritualidad. Un viaje hacia la poesía mística para elevarnos sobre el tiempo, cruzar el umbral de los siglos para que la luz divina fluya en lo más recóndito del ser. Esta es la intuición que guía las referencias del libro y sostienen su estructura reconciliando la mística con el testimonio del hablante. Caminar por la poesía de san Juan de la Cruz y encontrarse en ese caminar con Teresa de Jesús para reconocer que la misma pasión que llenaba el espíritu de aquellos poetas la podemos también sentir en nuestro tiempo. Porque la poesía, en el fondo, se produce como desdoblamiento y revelación del ser con su entorno, y como toque inefable del amor hacia el prójimo como sucede en muchas de estas composiciones. Por ejemplo, en los versos dedicados al poeta Aníbal Núñez: “que se anuncien días nuevos / y horizontes sin cartografiar, / mapas en blanco que uno conoce” (16). ¿No nos hablan estos versos de un horizonte espiritual conocido? Verdaderamente la poesía cobra mayor sentido allí donde se le conoce, donde el poeta se adentra en la dureza del mundo para ofrecernos un mapa de una mayor riqueza espiritual. Y es que la poesía de Juan Carlos está integrada por la visión mística de un pasado y un presente que constituyen un estar insertado en el sufrimiento del mundo y, en el mejor sentido de la palabra, lo que impone el deseo del espíritu. El poema “Nana del Crucificado” reproduce este sentimiento al ahondar en aquel recuerdo doloroso de la crucifixión y muerte de Jesús, para que la intención de la luz se desgarre como iluminadora presencia y como gesto de amorosa compasión aun en la muerte: “Gotas de sangre y agua / mi niño llora / por cien pupitas vivas / de carne rosa. / Por mil heridas, / por dos costados rotos / que dan la vida” (20).1 Por eso esta poesía gira en torno de la tradición cristiana para guiar nuestro sentido de solidaridad y para formular un modo de vivir, una conducta que acusa siempre un ahondamiento, una razón para comprender que en la vida todo tiene su tiempo. La vida es fugaz y por lo tanto no hay mejor esperanza que aquella que nos señala una luz en las tinieblas como lo propone el poeta en los siguientes versos:

No es tiempo de cometas ni banderolas,
es tiempo de cruzar el umbral,
de habitar en un recuerdo extinto
de relojes y agendas.
En la casa del no tiempo
……………………no hay tiempo
……………………para pensar
hay espacio
para cantar.

(“Tiempo”, 31-32)

He aquí entonces un espacio para cantar, pero cantar desde la doliente soledad del hombre y poniendo en perspectiva un camino hacia una fe más duradera, la certeza de que habrá un futuro más alentador aunque las miserias del mundo amenacen la vida. Por ahora, algunos enfrentarán la trágica realidad que refleja el “Romance de Belén de la Frontera”. Sin duda, evocador de la violencia e injusticia terrenal: la desgarradora realidad de quienes cruzan la frontera mexicoamericana, o de frágiles embarcaciones de migrantes por las costas peninsulares y el archipiélago de las Canarias, o las que cruzan las engañosas aguas del mar Caribe hacia las costas de Puerto Rico. Sueños truncados, la fallida esperanza de un destino mejor, la búsqueda de una sociedad más equitativa. Vidas invisibles, referencias perdidas sobre un horizonte nebuloso de desilusión y muerte. He aquí unos versos evocadores de esa realidad: “Hay en Belén, Arizona, un rumor de castañuelas / para guiar al viajero / por encima de las verjas. (Los alambres lo enmudecen, / lo embozan con sus cadenas…” (23, 25). Es obvio, el poema habla específicamente de una frontera pero implica además otras latitudes y continentes. El poeta no cierra los ojos a la realidad de los migrantes. La enfoca a través de imágenes que conllevan un profundo sentimiento espiritual de la vida y lo hace entremezclando vínculos con los profetas del pueblo hebreo (“Llora Raquel por sus hijos, pisa sangre en las aldeas… Gime Agar por sus criaturas / en mortajas de pateras”, 24) y, por supuesto, con lo que ocurre en el mundo actual. Por ello los asuntos que encontramos en Tiempo de cruzar el umbral están estructurados sobre el fondo de una realidad social que proyecta la imagen de un mundo en crisis espiritual. Así también el poema “Canción del que quiere vivir” (29-30) cristaliza un sentimiento que marca la inquietud y la relación humana del yo lírico con la vida de los demás, convirtiendo el verso final en una revelación que pone al descubierto nuestra conducta religiosa: “A Dios no se va, / a Dios se le recibe” (30). De hecho, ya desde el comienzo del libro el poeta nos proponía no sólo un viaje hacia la enseñanza de la poesía mística pero de un modo más significativo, un viaje hacia nuestra propia espiritualidad:

Deslumbrado y no ciego, atisbas mares de fulgor, te
sumerges en éxtasis inefables,
frito de dicha en el rayo cierto.

Otros,
sencillamente,
abrimos
la puerta.

(“Con San Juan de la Cruz”, 3-4)

Las afinidades con la historia y la poesía hebrea han dejado una honda huella en el corazón y la escritura de Martín Cobano. Pero esto no es característico sólo de sus lecturas y experiencias de su vida cristiana. Los elementos que configuran su mundo poético tampoco surgen como una mera forma de nombrar, sino de expresar aquello que constituye un aviso y una promesa. Es decir, una promesa aún no contaminada por la duda, y un aviso que fluye iluminando la vida como ocurre en el poema “Bienaventurados los que esperan” (35-36): “Simeón, no quieres morir. / Simeón, no puedes morir, / Todavía te amarra la promesa. Tus piernas de árbol viejo te tienen anclado a una tierra…” (35-36).

Los poemas que nos aproximan a la voz poética del rey David, el dulce cantor de Israel, nos recuerdan los profundos sentimientos de aquellos hermosos y aleccionadores cánticos.

Uno de los poemas centrales del libro, “Reivindico el fracaso” (37-38), nos comunica, como único destino posible, el propósito del misterio divino. La idea central del poema está sugerida en el título. La reivindicación no ya por los méritos de las obras, sino por la fe que transforma nuestra relación con el mundo y nuestro destino. Por eso, la adulación y la soberbia que corrían simultáneamente contaminando la vida se perciben en el poema con horror y desconfianza. Estas formas de conductas se exponen aquí para que el lenguaje mismo trace la visión que enriquece ese vivir que es a un mismo tiempo lucha interior y búsqueda de lo eterno: “Tanto has invertido en el ir, muriendo, / que no te atreverás a mirar el sol / más dulce, el que te muestra la verdad: / A Dios no se va, / a Dios se le recibe” (30). Estos versos definen sin ambigüedades ni trampas semánticas la medida de ese ir muriendo sin detenerse a mirar el camino que ha quedado atrás. Optar por un proyecto de vida más humano que implique, por supuesto, ese caminar por el camino que constituye una relación más profunda con Dios. Porque al final de la vida la relación con Dios y con el prójimo es lo que cuenta, no la libertad que nos sumerge en el falso esplendor de un mundo pasajero, sino la libertad que transforma la vida convirtiéndola en esencia imperecedera de lo eterno, no sustituida por la vanidad del mundo:

(…)
Mira, hombre, y canta:
el barro, la piedra, el fractal mínimo de la nieve,
la mano sucia del niño, la madre sencilla, la novia sin
alhajas,
la lumbre extinta, la sopa trillada,
el camino a casa.

(“Cosas pequeñas”, 33-34)

Los poemas que nos aproximan a la voz poética del rey David, el dulce cantor de Israel, nos recuerdan los profundos sentimientos de aquellos hermosos y aleccionadores cánticos. Nos transmiten aquel arrobamiento espiritual que va hacia la vida en continuo discernimiento de la hermosura de Dios y su plenitud. El amor echa a andar el corazón en plena confianza hasta que la luz ilumine un sendero por donde todos podamos caminar. No porque el poeta quiera aislarse del mundo sino proponer un hallazgo mayor, otro paisaje más luminoso. No el que representa los furtivos lujos de la vida, sino el de quien renuncia a su yo para reconocerse en el que conlleva en común sentido espiritual. Así, amparándose bajo el “Salmo 23”, y siguiendo el sentido expresivo de aquella intuición, inicia el poeta también un viaje hacia las secretas galerías del alma. De este modo recoger la emoción que se funde en un mismo cántico y en la común realidad abierta a todos, pero vedada a los que no quieren ver. Realidad que nos señala un mismo propósito en el contexto de una reflexión espiritual; y, esto, no porque lo merezcamos pues ocurre solamente en cuestión de lo que presentemos al abrir el corazón a la infinita bondad:

(…)
no tengo que pedirte nada,
vengo a cantar quién eres, querido pastor,
no te pido más arroyos tranquilos donde abrevar
ni prados mullidos donde recoger el maná del
asombro.
No pido. Canto.

(39)

Por ello habrá que abrirse paso en el cántico que impregna el sentido de este poema para que la emoción que lo cobija se haga realidad en el lector. Y para que ese “Silbo apacible que funde avalanchas” (41) dé frutos en la expresión metafórica de la palabra, es decir, como la genuina libertad de un esperanzador renacer. Esto lo reclama, si humildemente algo reclama, el yo que traza la experiencia espiritual del texto mediante una naturaleza más expansiva de aquello que describe: “Ventanas abiertas. / Aguacero cargado de verde y trinos”, dice (“Salmo 34”). Todo aquí se manifiesta a través de las imágenes que traslucen una concepción espiritual de la vida. En esencia, esto es lo que propone el libro para llevarnos hasta el umbral de ese mundo espiritual. Por eso sentimos la desgarradora sensación de ese bramido que se prolonga en el texto: “El bramido del abatimiento dialoga con el alma, / aprende que hay un tiempo por delante / fresco, undoso y confortador” (“Salmo 42”). Y en efecto, ese “diálogo con el alma” es lo que cuenta. Porque el poeta no viene a rectificar su fe, sino a cantarla; “Acompaño a los caídos” (37) para tender la mesa en el camino a casa (34). Y aquí el poeta nos presenta el sentir de quienes van tras la imperiosa necesidad de un cielo más alto. Así, desde esa altura, podríamos percibir la “Casa de los gorriones, / nido de golondrinas” (49), elementos alados que destacan el tejido espiritual de estas composiciones y el de una visión en constante proximidad con el prójimo en la palabra que enaltece. He aquí, para concluir, el verso que invita a todos los que anheláis cruzar el umbral:

la lumbre extinta, la sopa trillada,
el camino a casa (34).

David Cortés Cabán
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Notas

  1. El poema también aparece traducido al inglés con el título “Lullaby of the Crucified”.
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