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Trascendencia documental de Nuestro tío José Gregorio, de Ernesto Hernández Briceño

miércoles 23 de septiembre de 2020
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José Gregorio Hernández
Entre otras investigaciones del doctor José Gregorio Hernández incluidas en la obra Nuestro tío José Gregorio destacan su investigación relativa a la angina de pecho asociada al paludismo.

La lectura de la obra Nuestro tío José Gregorio: contribución al estudio de su vida y obra, de Ernesto Hernández Briceño, sobrino del doctor José Gregorio Hernández, permite múltiples aproximaciones a los aspectos más significativos de su vida e incorpora una infinidad de elementos trascendentales vinculados con su biografía, anécdotas, artículos sobre él, cartas, obras publicadas; tiene además un gran valor iconográfico y permite contemplar reproducciones de fotografías en diferentes etapas de la vida del personaje, en su infancia, al graduarse de bachiller y luego de doctor. Son imágenes de su rostro diferentes a las de la iconografía tradicional, y que serían el resultado de los cambios fisionómicos experimentados en las diferentes etapas de su vida.

Desde temprana edad José Gregorio Hernández manifestó excepcionales aptitudes para el estudio, como se evidencia en las opiniones del maestro de la escuela privada local Pedro Celestino Sánchez, quien lo consideraba como nacido para las ciencias y las letras (Hernández; 1958: 43).

José Gregorio Hernández destacó en sus estudios por su interés y su dedicación.

A los trece años, el padre de José Gregorio, Benigno Hernández, decidió como una buena opción en la formación intelectual de su hijo que se trasladase a Caracas, y por recomendaciones de dos amigos de la familia quienes eran diputados al Congreso, ingresó como estudiante interno en el Colegio Villegas, dirigido por el doctor Guillermo Tell Villegas; en la obra Nuestro tío José Gregorio, de Ernesto Hernández Briceño, se incluyen reproducciones de los diplomas recibidos mientras cursaba estudios en esa institución, correspondientes a los premios de gramática castellana, griego y sintaxis latina, entre otros.

José Gregorio Hernández destacó en sus estudios por su interés y su dedicación, y en varias oportunidades recibió la medalla de aplicación y buena conducta; en 1882 se matricularía para cursar el primer año de Ciencias Médicas, carrera que culminaría en 1888, y una de las características de la enseñanza de la época era que todavía estaba muy influenciada por los conocimientos teóricos, con muy poca posibilidad de actividades prácticas necesarias y fundamentales en la formación médica.

“Nuestro tío José Gregorio”, de Ernesto Hernández Briceño
Nuestro tío José Gregorio, de Ernesto Hernández Briceño (Sucesores de Rivadeneyra, 1958).

En Nuestro tío José Gregorio se tiene la posibilidad de realizar una lectura a la exposición “La doctrina de Laennec, que asienta la unidad del tubérculo, es hoy una verdad comprobada, a pesar de la Escuela de Virchow, que sostiene su dualidad”, con la que Hernández optó al título de bachiller en Ciencias Médicas; allí enfatiza en que la tuberculosis es infecciosa y conoce con certeza las novedosas tesis de Koch, quien consideraba la existencia de un agente infeccioso presente en los pacientes con esa enfermedad.

En el mismo año 1888, Hernández aspira al grado de doctor en Ciencias Médicas y extrae de una urna las tres opciones de ley; le correspondieron:

  1. Medios de distinguir la locura simulada de la locura real.
  2. El lavado de estómago es una operación inocente y de grande utilidad en las operaciones de este órgano en que esté indicado.
  3. En caso de cálculo vesical: ¿cuándo está indicada la litotricia y cuándo las diferentes especies de talla?

La presentación de su tesis fue considerada como un acontecimiento, caracterizada por la presencia de estudiantes, espectadores y catedráticos, y el secretario, el doctor Guánchez, decretó que José Gregorio Hernández fue aprobado con el grado de sobresaliente; el rector al referirse a Hernández pronunció las siguientes palabras: “Venezuela y la medicina esperan mucho del doctor José Gregorio Hernández” (Hernández; 1958: 149).

Existen en Nuestro tío José Gregorio diferentes anécdotas vinculadas con el imaginario del personaje, y que según su autor contrastan con la realidad que lo representa con un maletín de médico, o con las manos en los bolsillos.

José Gregorio nunca usó maletín de médico en sus visitas a sus enfermos ricos o pobres, ni para las clases. Sólo usaba el termómetro para tomar la fiebre al enfermo y el reloj para medir el tiempo. En las auscultaciones no usaba ningún aparato, pedía un pañuelo de seda que colocaba en la parte que iba a auscultar y aplicaba el oído directamente (Hernández; 1958: 149).

Los domingos el doctor Hernández se reunía con la familia del doctor Santos Dominici y con una de las niñas Dominici se ejecutaban en el piano piezas a cuatro manos de Louis Moreau Gottschalk, músico norteamericano que incorporaría ritmos latinoamericanos.

Uno de los grandes aportes de la obra Nuestro tío José Gregorio es un gran número de cartas que permiten conocer las impresiones de Hernández sobre ciudades visitadas, instituciones sanitarias y otros aspectos vinculados con la dinámica cotidiana de su vida.

Luego de finalizar sus estudios, el doctor Hernández decide trasladarse a los Andes para desempeñarse como médico, y son muy significativas sus cartas en ese período de su vida, debido a que tienen un importante valor como documentos sociológicos, afectivos y médicos, que permiten aproximar al lector a su cosmovisión.

Es importante enfatizar en que para la época era difícil trasladarse de Caracas a Trujillo, y Hernández inició un largo periplo que incluyó La Guaira, Puerto Cabello, Curazao, Maracaibo y posteriormente Isnotú.

El 30 de agosto de 1888 el doctor Hernández se encuentra en Maracaibo y permanece en la ciudad siete días. La describe como muy agradable; en su corta permanencia en la ciudad atendió a una paciente con aborto cuya hemorragia no cesaba, un caso de disentería y uno de tuberculosis.

Una de las facetas poco conocidas que aparecen en Nuestro tío José Gregorio son sus habilidades para la pintura.

En la carta dirigida al doctor Dominici el 18 de septiembre de 1888, considera a Valera como adecuada para establecerse y ejercer la profesión médica; el doctor Hernández reflexiona acerca de las dificultades para ejercer la medicina de una manera similar a la practicada en las grandes ciudades, debido a que se creía en hechizos y exorcismos para curar diferentes enfermedades, y entre las más importantes que afectaban a la población trujillana destacaban, según él, la disentería, el asma y por supuesto la tuberculosis.

Mientras permanece en Betijoque, según sus cartas, se encuentra en una situación caracterizada por la rutina y el tedio: levantarse a las siete de la mañana, asistir a tres o cuatro enfermos, trasladarse a Betijoque a caballo; esa situación anímica influiría en su fisonomía, y en carta a Dominici fechada el 2 de octubre de 1888 comenta que no tenía ni siquiera la motivación de afeitarse, y llegó a ostentar “una barba que cada día aumenta de algunos milímetros y todo ello me agrada mucho porque me divierte el verme tan horroroso” (Hernández; 1958: 165).

Las condiciones para ejercer la medicina en Trujillo no eran las ideales que pudiesen motivar a Hernández a continuar su labor como médico, como consecuencia de múltiples factores de carácter cultural, social, económico e intelectual, agravados con una especie de asedio político, pues era considerado simpatizante de una ideología conservadora en un período histórico de conflictividad política entre liberales y conservadores.

Una de las facetas poco conocidas que aparecen en Nuestro tío José Gregorio son sus habilidades para la pintura, y entre sus obras destacan una del Sagrado Corazón de Jesús y un cuadro de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, que recuerda a los antiguos retablos que eran frecuentes en los hogares principales trujillanos.

En una carta fechada en 1892 dirigida al ministro de Instrucción Pública, manifiesta su preocupación por una disminución del número de glóbulos rojos, en los estudiantes de su clase, a más de la mitad de los valores considerados como normales, y le pide a la autoridad ministerial la posibilidad de realizar esa investigación en soldados, lo que sería de una gran utilidad científica. Los resultados de su investigación fueron presentados con los trabajos de otros médicos venezolanos en el Congreso Panamericano de la ciudad de Washington; en una de las sesiones del congreso se declaró que la Cátedra de Bacteriología fundada por el doctor Hernández en 1891 sería la primera fundada en América (Hernández; 1958: 274).

El 31 de julio de 1899 fue elegido para realizar estudios en París, y en la capital francesa trabajaría en el Laboratorio de Histología de Matías Duval, quien estaba muy orgulloso de José Gregorio Hernández:

Es para mí un deber y un placer agregar que él se ocupa en el estudio de la histología, con actividad y gran éxito, y no dudo que un día estaré orgulloso de tenerlo como discípulo en mi laboratorio (Hernández; 1958: 215).

Al culminar sus estudios regresaría a Caracas, y el 6 de noviembre de 1891 asume la responsabilidad de la clase de Histología Normal y Patológica; como docente se caracterizaría por su espíritu crítico, su ímpetu de investigador e interés por la ciencia, y sería responsable de traer el microscopio al país, además de difundir los aspectos más significativos de la teoría celular de Virchow.

Entre otras investigaciones del doctor Hernández incluidas en la obra Nuestro tío José Gregorio destacan su investigación relativa a la angina de pecho asociada al paludismo; se incluyen además las diferentes fórmulas médicas recetadas por él, que incluyen tintura de yodo, nitrato de plata, bismuto, quinina y cafeína, en diferentes concentraciones.

Se refiere, en Nuestro tío José Gregorio, a una conversación sostenida entre Hernández y el doctor Dominici, que elogia las facultades técnicas de Rafael Rangel para realizar preparaciones de tejido cerebral y médula, con la misma calidad técnica de Ramón y Cajal.

En Nuestro tío José Gregorio hay además referencias a la polémica suscitada entre Hernández y el doctor Luis Razetti, quien era secretario de la Academia de Medicina, vinculada con las explicaciones sobre el origen de la vida desde las corrientes creacionista y evolucionista.

En el libro se tiene asimismo la oportunidad de realizar una lectura a la primera edición de Elementos de bacteriología (1906), obra de una gran calidad científica y de investigación que permite aproximarse a los extraordinarios conocimientos del doctor Hernández, no sólo teóricos sino también prácticos, relacionados con la técnica de las preparaciones microscópicas, que incluye capítulos vinculados con la experimentación animal, técnicas de autopsia y descripción de diferentes enfermedades infecciosas.

El 6 de octubre de 1907, el arzobispo de Caracas, monseñor doctor Juan Bautista Castro, recomendó al doctor Hernández al padre superior de la Cartuja de Lucca, orden fundada en 1086 por san Bruno.

En Nuestro tío José Gregorio se hace referencia a las diferentes causas esgrimidas para su salida de la Orden de la Cartuja, que incluían la responsabilidad con sus hermanas jóvenes y que carecía de vocación para la vida contemplativa, y se hace referencia a la carta que escribió a Dominici y en la que expresaba que el Superior General le había dicho: “Hijo mío, ya usted ve que no podemos recibirlo; vuélvase a su país y trate de adquirir lo que le falta” (Hernández Briceño; 1958: 873).

Hernández enfatiza en que la belleza puede ser considerada desde una perspectiva subjetiva u objetiva.

El doctor Hernández se interesaría por disciplinas como la filosofía y la psicología, y una de sus obras que está incorporada en Nuestro tío José Gregorio es Elementos de filosofía; en esta obra define a la filosofía como el estudio racional del alma, del mundo, de Dios y de sus relaciones, y considera la ciencia como el conjunto metódico de las causas y razones relativas a un objeto determinado.

El libro primero de Elementos de filosofía, incorporado en el primer tomo de Nuestro tío José Gregorio, corresponde a las ciencias psicológicas, y el tratado primero está dedicado a la psicología experimental, que es definida por Hernández como la disciplina que analiza y estudia los fenómenos psicológicos conocidos como la conciencia.

El tratado tercero de Elementos de filosofía corresponde a la estética, y Hernández enfatizará en que es la disciplina o ciencia que estudia la belleza, y la dividirá en dos partes: la primera que trataría de la naturaleza de la belleza y la segunda de la realización sensible de la belleza.

Hernández enfatiza en que la belleza puede ser considerada desde una perspectiva subjetiva u objetiva; la belleza considerada subjetivamente se corresponde con el sentimiento estético, y la belleza objetiva, o simplemente belleza, es la cualidad que permitiría despertar el sentimiento de placer estético, resultado de un sentimiento de agrado y admiración que surge como consecuencia de la acción y del acto de contemplar.

El arte es para él el conjunto de medios prácticos utilizados para elaborar una obra, y existiría un ideal artístico al que trataría de aproximarse el artista, que sería aquel próximo a la belleza perfecta; ese ideal se conformaría de una manera progresiva, y dependería de un conjunto de operaciones sucesivas. En primer lugar la observación y el estudio de la naturaleza, posteriormente la imaginación reuniría esos tipos en una totalidad armoniosa, ordenada, y finalmente la imaginación creadora se apoderaría de este tipo de belleza (Hernández; 1958: 1132).

Hernández establece una discusión que está presente en la filosofía y en la estética, que es la relación entre el arte y la moral, y al respecto enfatiza:

El arte no puede nunca ni por ninguna causa hacerse independiente de la moral y prescindir de ella, porque la moral representa el orden esencial de las cosas y por ello mismo todas debe tenerlas sometidas a su imperio (Hernández; 1958: 1.134).

El libro II de los Elementos de filosofía se refiere a las ciencias metafísicas, y el tratado primero corresponde a la ontología, que es definida por Hernández como la disciplina que estudia el ser y los primeros principios considerados en abstracto.

“Ser”, para Hernández, es todo lo que existe, pero también todo lo que puede existir o concebirse, y la idea de “ser” correspondería a una noción difícil de definir o, como enfatizará, “indefinible”, debido a que su extensión es la mayor entre todas, debido a que se aplica a todos los seres reales o posibles.

El ser puede tener diferentes modalidades de expresión y puede ser real o posible o potencial actual, y la diferencia entre ambos es que el “ser real” es el que existe a diferencia del “ser potencial”, que existiría de una manera incompleta.

Hernández distingue la existencia de un “ser de razón”, que define como el que existe en el pensamiento por no tener entidad propia e incluiría a las ideas, los juicios y los raciocinios.

Al referirse a la bondad y al mal, es interesante su planteamiento: lo considera como una ausencia de perfección o imperfección, o como el mismo Hernández lo define, como una privación accidental. Existiría una bondad intrínseca que se vincularía con la perfección o la integridad del ser, y la bondad extrínseca que es la que conviene a los demás seres o les permite alcanzar su perfección (Hernández; 1958: 1.147).

Un aspecto interesante en Elementos de filosofía es lo relativo a la revelación o verdad revelada, que es la manifestación de la verdad hecha a la inteligencia del hombre por otro ser inteligente, y existiría para Hernández la revelación sobrenatural, que es la revelación hecha por la divinidad, y que comprende “las verdades relativas a los destinos futuros, a los destinos inmortales del hombre, las cuales no pueden ser adquiridas por la investigación científica (Hernández; 1958: 1.150).

La esencia divina es para el doctor Hernández expresión de una esencia perfecta, y una de sus características es que existe por sí misma, independiente de toda causa (Hernández; 1958: 1.153).

Existiría la providencia, que es la acción de Dios, y la existencia del mal a primera vista pareciese oponerse a esa providencia divina; sin embargo, el mal sería expresión de la libertad humana, y Dios tendría esa facultad para obtener el bien a partir del mal (Hernández, 1958: 1159).

En el doctor José Gregorio Hernández no sólo está presente la figura del científico, del médico que diagnóstica diferentes enfermedades, sino también del filósofo que se aproxima a algunas de las grandes finalidades de esta disciplina, que incluyen la verdad, la justicia, el bien; Elementos de filosofía es una obra de una especial importancia, y evidencia el interés de Hernández por esta disciplina.

En las páginas de Nuestro tío José Gregorio, desde la 1.645 hasta la 2.492, se hace referencia a su muerte, ocurrida el 29 de junio de 1919.

En el segundo tomo de Nuestro tío José Gregorio se incorporan cartas desde Nueva York y Madrid dirigidas a familiares; una anécdota que se incluye es la relativa a su viaje a México con el interés de convencer a Temístocles Carvallo, hijo de Temístocles Carvallo y de Sofía Hernández, su hermana, quien era doctor en Medicina, para que regresase a Caracas. En ese viaje estuvo a punto de ser víctima de un accidente, cuando el coche que abordó para trasladarse fue embestido por un automóvil que se desplazaba a gran velocidad y atropelló el caballo del coche, “salvando milagrosamente la vida él y el cochero” (Hernández; 1958: 1.432).

En las páginas de Nuestro tío José Gregorio, desde la 1.645 hasta la 2.492, se hace referencia a su muerte, ocurrida el 29 de junio de 1919, las circunstancias de su fallecimiento y la conmoción que produjo en Venezuela, y se describen con detalles las últimas horas de su vida. “José Gregorio rezó el Ave María, y después del almuerzo se sentó en la mecedora” (Hernández Briceño; 1958: 1.651).

Hernández saldría de su casa para atender el llamado de una anciana enferma; aproximadamente a las dos de la tarde se dirigió a la esquina de Desbarrancados y cruzó hacia la esquina de Amadores y de Cardones, entre las cuales estaba la casa donde habitaba la anciana enferma (Hernández; 1958: 1655).

El libro hace referencia a la declaración del conductor del automóvil ante el Juzgado de Instrucción del Departamento Libertador del Distrito Federal, expediente número 32, y se describen las circunstancias del accidente que ocasionó la muerte de Hernández. El automóvil trató de adelantar al tranvía; el doctor Hernández pierde el equilibrio y cae de espaldas; el conductor reconoció de quién se trataba. “Como éramos amigos y tenía empeñada mi gratitud para con él por servicios profesionales, que gratuitamente me había prestado con toda solicitud o interés, me lancé del auto y lo recogí” (Hernández Briceño; 1958: 1.656).

El cuerpo de Hernández fue trasladado de la casa mortuoria al Paraninfo de la universidad; a las cuatro de la tarde a la Catedral, y llegaría al cementerio a las ocho de la noche (Hernández Briceño; 1958: 1.681).

En este segundo tomo se incluyen numerosos testimonios y homenajes recibidos después de su muerte, diferentes artículos de opinión publicados en revistas y diarios acerca de su obra científica y su labor altruista como profesional de la medicina.

Nuestro tío José Gregorio es una obra que se aproxima al doctor José Gregorio Hernández desde diferentes perspectivas que incluyen la científica, la filosófica y la humana en 2.521 páginas, que permite diferentes lecturas: la especializada para quien realiza una minuciosa investigación; científica para quienes están interesados en conocer sus aportes a la medicina en Venezuela; filosófica, religiosa-espiritual y para el lector que simplemente esté interesado en conocer los aspectos más significativos de la vida del recién beatificado doctor José Gregorio Hernández.

 

Bibliografía

  • Hernández Briceño, Ernesto (1958). Nuestro tío José Gregorio: contribución al estudio de su vida y de su obra. Madrid: Sucesores de Rivadeneyra.
Fernando Guzmán Toro
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