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El mundo poético de Adhely Rivero

miércoles 4 de noviembre de 2020
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Adhely Rivero
En Adhely Rivero reconocemos un estilo dentro de un equilibrio cuyo proceso creador reconcilia la interioridad del poeta con el mundo exterior.
Si me ponen a pedir un deseo
voy a pedir que me dejen en lo mío
Allí es donde puedo estar bien.
A. R.

La poesía de Adhely Rivero (Guadarrama, Barinas, Venezuela, 1954) ha mantenido a través de los años un equilibro que refleja un mundo poético de honda gratitud hacia el entorno. El entorno es sentido como la realidad que alienta un modo de vivir integrado a la tierra, a la naturaleza, a la familia y a las faenas humildes del campo. Por eso, los temas que abarca tocan las fibras del corazón presentándonos un mundo tangible, pero también de inquietudes y cuestionamientos. Una poesía donde las posibilidades interpretativas serán determinadas no sólo por lo que germina en el poema, sino también por un decir que se convierte en un estilo y una manera muy peculiar de sentir la realidad. Se narra desde un yo que siente el paisaje no como algo sintético y lejano, sino como un vínculo con la tierra amada, ampliando así las experiencias del hablante y anexándolas a la poesía.

Para una mejor perspectiva de la poesía de Adhely Rivero, miramos desde adentro, es decir, desde el centro que irradia su postura humana en la sustancia de su imaginario poético.

Esta necesaria antología, La vida entera (2020), nos acerca a la continuidad de un mundo lírico que nos proporciona una visión más completa de la poesía de Adhely Rivero. La visión de una realidad donde los animales, las aves y la naturaleza misma se funden en un diálogo mucho más profundo y humano de lo que pensamos. De hecho, los temas aquí presentados conllevan la virtud de transportarnos a un paisaje lírico no guiado por hermetismos lingüísticos que al final de la lectura ¿qué dejarían en el corazón y la mente del lector? Esta es una poesía accesible y elaborada con destreza; lo que busca y transmite es una visión clara y precisa de las cosas que atañen al poeta. Presenta la vida en sus más humildes y profundas manifestaciones. El poeta no inventa la realidad, la narra, la describe. Nos lleva a reflexionar sobre lo que pasa ante sus ojos. Describe su relación con el entorno, y cómo reacciona su ser ante aquellas cosas que lo motivan emocionalmente, y asimismo el modo de elaboración de su obra desde los momentos iniciales de su escritura. En Adhely reconocemos un estilo dentro de un equilibrio cuyo proceso creador reconcilia la interioridad del poeta con el mundo exterior. Hombre del Llano venezolano, apartado de los ruidos de la ciudad, ha creado una poesía cuyos elementos fluyen en contacto con los seres que lo rodean, con la fauna y la flora que puebla sus versos. En este contexto su poesía ha venido ahondando desde sus primeros libros, En sol de sed (1990), Los poemas de Arismendi (1996), Tierras de Gadín (1999), impregnados todos de la emoción del paisaje. Este sentir nace no por capricho, sino de la directa observación que surge de las cosas como fuente de inspiración poética, y exploración del yo frente al ambiente. Por eso, el lector que se acerque a la poesía de Adhely Rivero entenderá que esta experiencia nace de lo íntimo del ser como respuesta existencial de la vida: poesía como necesidad y descubrimiento, como exploración y comunicación de aquello que rompe con lo habitual para presentarnos una realidad de mayor significación humana: “Dios, sólo intentamos superar la realidad”, dice en un verso (“Traga Leguas”), y en otro: “El amor ya no es un puerto seguro” (“Desarmado”). La realidad y el amor se funden en la íntima expresión del lenguaje impregnándolo de significaciones más conmovedoras, y una visión enternecedora de la vida del campo. En efecto, la atmósfera interior de cada poema sacará a relucir la sensibilidad de una voz que se ajusta humildemente a lo que acontece alrededor del hablante. Su mirada nos acerca a una imagen emocionada del mundo, y un nombrar que rescata de la indiferencia los acontecimientos más elementales de la vida. No extraña, pues, que estos poemas cristalicen la emoción que hace posible un estilo y un modo de vivir.

“La vida entera”, de Adhely Rivero
La vida entera (2020) nos acerca a la continuidad de un mundo lírico que nos proporciona una visión más completa de la poesía de Adhely Rivero.

Para una mejor perspectiva de la poesía de Adhely Rivero, miramos desde adentro, es decir, desde el centro que irradia su postura humana en la sustancia de su imaginario poético. Bastaría, para quienes se acerquen a los textos de La vida entera, comparar las primeras composiciones del autor con las más recientes. En este contexto podríamos ver cómo la naturaleza de su mundo, en vez de expandirse, se ha contraído hacia el centro ahondando en la contemplación del entorno y arrastrando las experiencias de la cotidianidad. En parte, esta poesía surge de situaciones que proyectan las hondas manifestaciones del ser y la vida: “Vengo a venerar el río / que desde anoche pasa agua / para la sabana. / Los peces se atropellan en la boca / del chorro que pide fluido al cauce / para bañar la tierra…” (“Los humedales”), y en este otro texto: “Siempre espero que amanezca más temprano. / Tengo una oración para que los gallos canten, / la digo antes de dormir a las 12 meridiano / y a la una oigo la fuerza de la oración…” (“La fuerza de la oración”). Estos sentimientos proyectan una imagen familiar del entorno, una mística de la tierra que pone en perspectiva el sentido y el amor de los seres que la habitan:

En esta tierra tenemos una temporada de lluvia y calor,
mucha plaga en los jardines.
Otra temporada de verano,
mucho polvo en los caminos.
Esto es el trópico.
Hay un ánimo de boa y cocodrilo en el Orinoco,
el indio es un ser a la intemperie.
El sol amanece en el brillo del oro,
y en la guerra.
En su lengua lo sonoro es un pájaro
que vive en el alma.
Hay un cielo de estrellas y nubes.
Los nativos viajan de noche bajo las estrellas en la sabana,
o viajan de día por la oscura selva.
Sólo se ocultan del hombre que viene a El Dorado.

(“El trópico”)

Este poema contiene una alusión a la conquista y a la leyenda de El Dorado. Su imagen fundacional responde a la exuberante naturaleza del trópico. Lo esencial, por supuesto, lo constituye la imagen del nativo en profunda unión con su hábitat. Indiferente al “brillo del oro”, el indio revela su dolor en el canto sonoro de un pájaro. Su presencia, esquiva y recelosa, manifiesta su disgusto ante la realidad social. El lenguaje recrea una memoria histórica y geográfica, una referencia evocadora que persiste y se proyecta en el texto. En otro poema entrará la imagen de una ciudad que se desvanece ante los ojos del poeta. Los sueños de enamorados que se desplazan en un tren hacia la fiesta imaginaria de un paisaje marino: “El tren es un río de gente que llegará hasta el mar. / Ya vendrán los enamorados a sumarse a la fiesta. / Pondremos en el oficio a los hombres / bajo la mirada de Dios” (“Los ojos del cielo sobre Valencia”).

Lo que ha venido diciendo el poeta a través de su obra no son realidades que se contraponen. Por el contrario, son referencias que se extienden como coordenadas de un mundo muy personal.

El paisaje es revelador de las experiencias de la vida, refleja los escenarios y recuerdos que enfrentan al hablante consigo mismo; evocaciones que persisten y se alojan en el hablante. Pero viajar, moverse de un lugar a otro determinará, en cierto modo, el matiz de esas experiencias, añadiendo a la vida un orden de costumbres que pone en perspectiva la existencia humana: “El tren es tan impersonal. / Lo único que nos está uniendo es el silencio / en la ventana, / siento aroma del paisaje de campo”, dice en estos versos (“Viajo en tren”). El tiempo señalará el sentido y las acciones de ese caminar, por eso “El camino se va haciendo en la vida / y cada hombre pone su distancia, / su paisaje y sus piedras” (“Los caminos y los ríos”). Hay aquí una reminiscencia del poeta español Antonio Machado. La metáfora del camino como la expresión de un destino, símbolo de la temporalidad de la vida. Un camino que se recorre y cuyo sentido terrenal y pasajero se va construyendo y borrando a medida que el hablante avanza por el mundo. Pero no es fácil escoger un camino; el destino lo insinúa y lo escoge. De hecho, la realidad misma está llena de distintos y complejos caminos. Andar un camino requiere, sin duda, dejar atrás el conocido y aventurarse en otros nunca imaginados. Caminar para entrar en contacto con otra realidad desconocida es lo que sugiere, por ejemplo, el poema “La herencia”, opuesto también al sentido material de la vida. Lo mismo ocurre con el poema “Los ausentes”. Se vive frente a la incertidumbre que podría, en cierto sentido, presentar el camino que habrá de recogerse. Esto es lo que ocurre, por ejemplo, en el poema “Yo lo llamo olvido”: “No quiero recordar el día, / el lugar donde no haya pasado nada. / Estuve sentado debajo de un puente / esperando una embarcación…”. La soledad es aquí un sentimiento provocado por los diferentes planos del poema. No hay que ignorar que la poesía responde a la evocación de aquello que va mostrando lo que ocurre en la vida, las experiencias que revelan el mundo interior del poeta. Y, en este sentido, Adhely Rivero siempre ha mostrado con franqueza la visión humana que impregna su obra. Desde su escritura inicial ha mantenido un diálogo esencial con el entorno, un diálogo consecuente con la vida. Por eso, la poesía recogida en esta antología no se ha apartado de las exigencias de aquellos primeros versos donde ya el poeta proyectaba nítidamente los elementos, el tono y el estilo que conformaría su mundo poético.

Un texto de 15 poemas (1984) contiene lo que sería, desde aquella primera concepción poética, su modo de escribir, y la conciencia de un lenguaje que ganaría en intensidad y uniformidad a través de los años: “Vi caer los pájaros / Aquel sol arando tierra / y nos fuimos / trotando para un olvido / en mi río / están las huellas de un verano / las hojarascas suenan / nada queda de los pasos lentos”, dice en este poema. Y en uno de sus libros primerizos, En sol de sed (1990): “Me voy del pensamiento / Por este filo de monte / la luna pasa / en el alma / Yo tuve tiempo de ser la tierra / uno se siembra y se hace / uno es el corazón / un olor verde y extenso”. Ciertamente, lo que ha venido diciendo el poeta a través de su obra no son realidades que se contraponen. Por el contrario, son referencias que se extienden como coordenadas de un mundo muy personal, referencias que se convertirán a través del tiempo en representaciones visuales y/o simbólicas de las circunstancias de la vida y el entorno: el tiempo, la tierra, la familia, el río, el caballo, los gallos de pelea, los animales del campo, los viajes, la ausencia son elementos que reflejan la actitud del poeta hacia el mundo familiar; y de una profunda emoción que no tiene necesidad de cambiar una realidad por otra, sino la que refiere directamente las palabras. Las conversaciones familiares y la visión del Llano revelarán su comunión con los seres de su entorno:

VI

Junto con los animales se vive
se tasa el aire
y el atajo
La carne seca
no tiene olor de res
La vaca se levanta
y vuelve a andar el alma
Lo que acerca Dios
no lo apartes
Cantaba mi madre.

(de Los poemas de Arismendi)

Lo que Adhely Rivero nos ofrece es una casa de imágenes poéticas que se abren al paisaje de la tierra y la vida. Un paisaje en el que lo habitual adquirirá un sentido que irá intensificándose para conjugar, sin ambigüedades, lo que acontece, lo que nos comunica el hablante en su paso por el mundo. De hecho, las cosas adquirirán un matiz más visible para que sintamos profundamente lo que insinúan las palabras.

El poema “V”, recoge la imagen de un jinete que se pierde velozmente en la sabana, los cascos del caballo resuenan en la vastedad del Llano como si la realidad misma estuviera hecha de instantes fugaces:

V

Delante de mí alguien pasa
de prisa en su caballo
Deja los cascos marcados de sudor
Lleva carne fresca
roja
en las ancas de la bestia
Temprano había un venado
en el rebaño
Me conmueve la premura del vaquero.

(de Tierras de Gadín)

¿Qué más podríamos exigirle a un poeta que habla con el paisaje?

Pero ¿qué es en el fondo lo que pretende revelarnos Adhely Rivero? ¿Acaso la poesía necesita que alguien confirme lo que dice? Esta poesía no intenta transponer la realidad del hablante. Nos sumerge en la realidad de un contexto geográfico y social donde lo visible se funde en un lenguaje de mayor ternura humana. Lo que permanece en el tiempo nos revelará, por la fuerza misma de la palabra, los sentimientos que se sienten y se experimentan cuando se vive en grata comunión con el entorno. Para que el humilde acto de escribir revele en la poesía la imagen y conciencia del mundo, y para que lo cotidiano muestre no lo que desaparece, sino lo que permanece al estímulo del amor. Por eso, la producción poética de Adhely Rivero no es de rupturas sino de apasionado y continuo diálogo con el mundo. Seducido por el paisaje y la vida del Llano ha cantado las cosas que animan su poesía, no fragmentariamente sino en arraigada continuidad con el entorno, frente a los recuerdos que el tiempo mismo no ha podido borrar:

IV

Se casan los hijos
Es bueno que se vayan
Nosotros somos pura sombra
y necesitamos un tiempo de nostalgia
Vete a la sabana y cuenta los animales
mientras pongo el fuego
cuando regreses cortaremos un queso
Habrá acabado el fulgor de las fotos.

(de Los poemas del viejo)

¿Qué más podríamos exigirle a un poeta que habla con el paisaje? He aquí la voz que nos comunica esta conmovedora confesión: “…Adónde va uno después de tanto Llano / animales de día y de noche / Si me ponen a pedir un deseo / voy a pedir que me dejen en lo mío / Allí en donde puedo estar bien” (Los poemas del viejo, “II”). Por ahora hemos destacado sólo algunos elementos poéticos, sabemos que existen otros motivos para un estudio más extensivo, quedará éste para otro tiempo. Adentrémonos ahora en esta poesía y sintamos cómo el poeta capta el fluir del tiempo, y la voz que nos advierte: “…en mi río / están las huellas de un verano / las hojarascas suenan / nada queda de los pasos lentos”.

David Cortés Cabán
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