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La mujer de espaldas, de José Balza

miércoles 16 de junio de 2021
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“La mujer de espaldas”, de José Balza
La mujer de espaldas, de José Balza (Monte Ávila Editores, 1986).

Las ideas llegan al pensamiento por un enunciado, luego se concretan con la palabra. Nos reconocemos con las sensaciones desde una mirada a través de la ventana. Entonces, ideas y sensaciones se materializan y se desnudan con el lenguaje. El autor procura un acercamiento con el lector desde el caminar, desde la piel, los olores, los colores en conjunción con los hallazgos contenidos en una historia contada. Cada escritor estructura su afirmación o negación en tanto asume el placer con el ejercicio de la escritura. Serán las inquietudes que el lector conocerá. Se va armando, en términos de correspondencia, una dinámica de encuentros entre autor y lector; el rol de éste, el lector, será indudable por cuanto dará vida a los personajes con su experticia lectora. Lo cierto es que se establece un diálogo íntimo sin pretensiones de invasión; no, todo lo contrario, es una suerte de acuerdo de relaciones con la conciencia e inconsciencia de ambos (autor-lector). Desde esta perspectiva se va abriendo lentamente esa ventana, esa mirada, y por consiguiente el lector se acerca a un estilo, un tiempo, un espacio y hasta una manera de decir el mundo que se delimita, insistimos en esto, con la palabra. Ella nos incorpora a un diálogo y a un intercambio de propuestas que funcionan con un instrumento: el signo. No existen ingenuidades. En este registro se incorporan los elementos necesarios para alcanzar la relación-comprensión, tal como lo plantea Talens (1988), “relación autor/obra y a la correspondiente obra/lector”, este juego propicia una comunicación diferente a la de la cotidianidad, algo que parece evidente, pero debemos mencionarlo, porque entendemos que allí radica el riesgo y el juego del autor por cuanto se expone en su intimidad/interioridad para replicar sus hallazgos, sus referentes, sus criterios pasando por sus desvelos, inquietudes, sueños e ilusiones. Luego viene dado el otro paso. La intención de un decir para que el lector procese, con la producción de la obra (práctica discursiva), una significación que lo estremecerá o no. Lo importante está en el encuentro del autor/obra/lector.

En el relato “La mujer de espaldas”, que da título al libro, acontece un universo compuesto de palabras que demandan giros de complicidad entre el narrador y el personaje.

Los relatos de José Balza contenidos en La mujer de espaldas (Monte Ávila Editores, 1986) muestran una dinámica de relaciones emparentadas con lo expresado al comienzo del comentario. Doce relatos que bien pueden leerse sin orden aparente. En el relato Ana, la lluvia se mantiene por muchos días; este rasgo ya nos comporta una manera particular de ser en los personajes. El viento, el frío, más el agua de lluvia nos envuelven en una “señal de algo íntimo, amoroso o familiar” (p. 19); sin embargo, encontramos otros indicios que no se detallan a simple vista. Sobrevienen las metáforas flotando entre la mujer y la naturaleza, ellas se fusionan, Ana se transfigura en la magnolia, ella, “la mujer retiene el paso: su propio cuello, sus bellísimos pómulos, la boca grande poseen una cobertura de magnolia” (p. 20). Es una Ana-magnolia que habla cinco idiomas y traduce su propia naturaleza y lee en su lenguaje para encontrar su poética corporal y espiritual. Su goce por los poemas está por encima de lo que puede devengar económicamente con las traducciones. Sus pensamientos están por los parajes de su paradigma, los recovecos de la experiencia saben por dónde camina, ella es la Ava Gardner (un referente cinematográfico) de sus amigos de una Caracas extraña y ambigua como el invierno. Su cuerpo como el de su madre obedece a otras necesidades como su alma que flota en el agua. Sabe dónde está y adónde va. La calle que no se ve va con su memoria.

En el relato “La mujer de espaldas”, que da título al libro, acontece un universo compuesto de palabras que demandan giros de complicidad entre el narrador y el personaje; ellos se fusionan en la historia para darle cuerpo al argumento. El personaje (periodista) que al principio se erige como protagonista, o eso se cree, pues se diluye en el devenir de la historia para dar paso a un elemento asombroso o extraño. La historia gira en torno a Marie-Jos (cuando joven) o María Inés (ya entrada en años); ella es el centro de la trama: “apenas el juego de sus deseos” (p. 89); quien ordena la historia es el limpiabotas, él conoce los detalles de los acontecimientos. Los espacios se mueven con una facilidad entre: Plaza Central, Francia, cárceles de Guyana o Puerto Cabello; pasado y presente se deslizan con el verbo de quien lo sabe todo (¿narrador omnisciente?). El secreto o lo extraño está en la espalda de la mujer.

Balza contiene una destreza, finura y precisión tipo bisturí para describir la naturaleza con sus peculiaridades que sólo existen en un mundo contemplado por su cristal: “…el gigantesco cuerpo del río ondulaba dulcemente…”; “…de entregarme con la mirada al lejano cielo feliz…”; “…Tal vez fue el verano más largo en el delta o en mi vida…”; “…Fue durante uno de esos instantes, sudorosos, estigmatizado por la luna de la ventana…”; “…débiles nubes lejanas indicaban que tras los bosques, al otro lado del río, podía estar lloviendo…”. Todas estas expresiones están contenidas en el primer relato, “La sombra del oro” (pp. 11-17). Las palabras las convierte el narrador en un cuerpo hecho con verdades; es como un río poderoso con brazos para arropar con su corriente al lector. Aflora la claridad de su escritura en cada relato por cuanto las historias se conjugan con un paisaje que está afuera aparentemente pero los convierte en parte de sus sensaciones. Existe un rigor en la contemplación y por ende en su escritura. Como lo decíamos al comienzo, son ventanas que se abren desde sus hallazgos. Lo sorprendente está en cómo el escritor cautiva al lector con las diferentes ventanas en donde se descubren pasadizos o veredas según esté el carácter de su mirada o su andar. Vemos como ejemplo, en el relato “Campo” (pp. 55-60), el personaje y su relación con el paisaje, éste no lo ve, lo contempla y luego sí lo hace suyo: “Aquí he penetrado los más brillantes crepúsculos”. No tiene nada que ver con la presencia de otros seres o personajes, no es lo más importante para él; es el personaje que recoge con su mirada y su sentir una atmósfera que sólo pertenece a él; no tiene necesidad de aclarar nada, expresa y ya. El asunto va relacionado con su propósito o la comprensión de su estado. El narrador, por vía del personaje, lleva al lector a otro tipo de atención que no es sólo la secuencia o el desenlace de una historia. Las rupturas las hilvana desde otro ángulo: el reconocimiento de otro sentido y por supuesto con el artificio de la palabra para crear una tensión. De hecho el relato en cuestión contiene nueve párrafos y el último aparece con un espaciado o doble calle, diferente a los anteriores; existe, y así lo entendemos, como una suerte de largo silencio para crear un tiempo o un pensamiento distinto al que traía el personaje al comienzo de la historia. Las palabras están cargadas de imágenes y colores; aclaramos que no es ampuloso el lenguaje, la resolución va por otro camino, el de la precisión o en todo caso va en la búsqueda de sonidos para materializar, con el juego de palabras, otro significado para que luego sea comprensible a los ojos del lector. El escritor acompaña al lector en el entramado verbal, sostiene un discurso con un ritmo determinado. Parece contradictorio, pero no lo es, se trabaja con la resonancia de las palabras para descubrirse en los pasajes-parajes-paisajes (va incluido el juego de sonidos) de los relatos.

Balza, el escritor, en tanto narra, convierte la palabra en otras realidades. El escritor se desnuda con el lenguaje.

En los relatos del libro La mujer de espaldas se alterna una estructura en la construcción de las historias; es importante aclarar que no aspiramos a establecer un criterio riguroso, asomamos la salvedad por cuanto el planteamiento va en otra dirección en tanto el proceso escritural de José Balza deviene de sus arraigos, de su visión y de, no sólo de la literatura, sino de las artes plásticas, donde las incandescencias sensoriales y subjetivas se erizan; sí, es cuestión de piel. Decíamos, entonces, que las historias comienzan con una dirección centrada en un personaje o una situación que luego gira y adquiere un espectro diferente. Se nos dibuja una historia inicial para luego llegar a otra; nos percatamos de ello cuando ya estamos en el otro orden de las secuencias, pero quien tiende el puente es la memoria que tiene que ver con la perturbación de los personajes para crear mundos alternos al ya preestablecido. En el relato “Los almendrones de enero” (pp. 25-32) se decantan dos realidades opuestas, ciudad/llano, luego el vínculo se establece con el fruto del almendrón, el personaje rememora su niñez al lado de su hermano; todo esto transcurre cuando el personaje se dirige a una estación del tren. No deja de estar físicamente en la ciudad pero sigue anclado en sus recuerdos e imaginación: “Todo esto es mío, o todo esto soy yo” (p. 26). Nos atrevemos a plantear este esquema: Ciudad+MartaMaría+Gisela+tren=presente / Almendrón+infancia+hermano+padre=pasado. Aunque el almendrón del presente lo retrotrae al almendrón del pasado, presente y pasado confluyen en un estado de duplicidad que se desprende en el pensamiento/memoria del personaje. El almendrón es el árbol-cosa que se transparenta en una imagen con una significación que sostiene el personaje en su memoria. Resume o recorre todo lo que ella implica. El final queda sugerido para que el lector considere las resonancias de la historia o una posibilidad de salvación, no lo sabemos.

Balza, el escritor, en tanto narra, convierte la palabra en otras realidades. El escritor se desnuda con el lenguaje y queda expuesto a las consideraciones del lector, quien tiene la última ficha para cerrar el damero del abecedario. Los relatos mantienen su autonomía, su lucidez y su manera particular de registro compuesto por un lenguaje consciente y trabajado. Cada relato cobra vida y cuerpo con la palabra como recurso, alcanza en cada cosa (sustantivo, sujeto, objeto) nombrada el asombro porque al narrar o describir surge lo inesperado: la alucinación o el encanto. Es una claridad en el lenguaje que fluye con la precisión propia de los rasgos caracterizadores del relato; Balza los ordena con su rigor, emerge la concisión de la sustancia sin descuidar el humor, la presencia de la dualidad en los personajes, la discreción en la mirada para retratar y poetizar la situación deseada; cuida igualmente las inflexiones o giros con el juego de las figuras literarias para marcar un compás estético con el justo uso de las imágenes. La simultaneidad en los tiempos habla de las instancias perdidas o no de la memoria de los personajes. El mundo psíquico que por momentos se asuma con una disposición y orden establecido se invierte con los devaneos e imágenes que sólo el personaje les confiere un espacio en sus imprecisiones afectivas. Doce relatos para que el lector frecuente con un lenguaje dispuesto con la voz de una sintaxis vital y poderosa de José Balza. Leamos.

 

José Balza

José Balza

Escritor, ensayista, crítico y educador (Tucupita, Venezuela, 17 de diciembre de 1939). Profesor de la Universidad Central de Venezuela y de la Universidad Católica Andrés Bello. Individuo de número de la Academia Venezolana de la Lengua, sillón M (2014). Sus relatos han sido traducidos al italiano, francés, inglés, alemán y hebreo. Premio Nacional de Literatura (1991). Premio de Literatura Filcar (2018). Homenaje en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (2010). Doctorado honoris causa por la Universidad Católica Cecilio Acosta de Maracaibo (2014). Homenaje en la sexta edición del Festival de la Lectura de Chacao, Caracas (2014). Colaborador de revistas de Europa, Estados Unidos y Latinoamérica. Cuenta con una extensa obra publicada. Novelas: Marzo anterior (1968), Setecientas palmeras plantadas en el mismo lugar (1974), D (1977), Percusión (1982, reediciones: 1991, 2000, 2010), Medianoche en video: 1/5 (1988), Después Caracas (1995, reedición: 2009), Un hombre de aceite (2007). Relatos: Ejercicios narrativos (Primera serie) (1967), Órdenes: ejercicios narrativos 1962-1969 (1970), Ejercicios narrativos (1976), Un rostro absolutamente: ejercicios narrativos 1970-1980 (1982), La mujer de espaldas. Ejercicios holográficos (1986), El vencedor: ejercicios narrativos (1989), La mujer porosa. Ejercicios narrativos 1986-1996 (1996), La mujer de la roca (1997), Narrativa breve (1999), Un Orinoco fantasma (2000), La mujer de la roca y otros ejercicios narrativos (2001), El doble arte de morir (2008), Los peces de fuego. Ejercicios narrativos (2010). Ensayos: Narrativa: instrumental y observaciones (1969), Proust (1969), Lectura transitoria (1973), Los cuerpos del sueño (1976), Alejandro Otero (1977), Jesús Soto, el niño (1981), Antonio Estévez. Ensayo (1982), Análogo, simultáneo (1983), Transfigurable (1983), Un color demasiado secreto (1985), Este mar narrativo. Ensayos sobre el cuerpo novelesco (1987), El fiero (y dulce) instinto terrestre (1987), Iniciales: anuncios de la teoría literaria en América Latina (1989), Anuncios de la teoría literaria en América Latina, 1600-1700 (1993), Ensayos invisibles (1994), Literatura venezolana de hoy (coautor, 1995), Narrativa venezolana attuale (coautor, 1995), Espejo espeso (1997), Iniciales (siglos XVII y XVIII) (1997), Bolero: canto de cuna y cama (2002), Observaciones y aforismos (2005), Ensayos crudos (2006), Pensar a Venezuela (2008), Los siglos imaginantes (2013), Ensayo y sonido (2015), Play B (2017).

José Ygnacio Ochoa
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