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El combate, de Ednodio Quintero

sábado 25 de septiembre de 2021
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Ednodio Quintero
Ednodio Quintero reúne en El combate (1999) catorce cuentos. Fotografía: Ciudad Valencia
“El combate”, de Ednodio Quintero
El combate, de Ednodio Quintero (Monte Ávila, 1999).

La esencia de la realidad está dada por el encuentro de la palabra. Es una circunstancia que pasa a ser un acontecimiento histórico, único e irrepetible. La relación establecida es un vínculo íntimo, un encuentro amoroso que marcará al lector por siempre. Es la lectura de una o varias vidas contenidas en un poema, relato o novela. Es en la escritura en donde nos encontramos para restaurar un momento. El escritor deja en evidencia lo vivido con toda su carga subjetiva para nos acercarnos a su intimidad. Existimos en tanto nos reconocemos en las historias con sus giros poéticos por cuanto la historia se encuentra en la realidad del otro. El escritor se somete a una interpretación. El lector se adentra en el relato, sin intención de desdecir, más bien para reafirmar desde la premisa de Foucault: Cómo acceder a esa verdad de la Escritura desde la Escritura, es un acto que se repite cada vez que se lee una historia. Los sentidos se adscriben a una experiencia a merced del deseo de ese lector, privilegio que causa el libro. Es la fortuna de obrar sin vigilancia, sin escamoteos. Es un abandono susceptible sin categorías ni poses que se visualiza en el libro de Ednodio Quintero El combate (Monte Ávila Editores Latinoamericana, 1999) estructurado con los relatos: Libro uno, subtitulado “Soledades”: “Sobreviviendo”, “En el silencio”, “El combate”, “La caída”, “Orfeo”, “En la taberna”, “Caza”, entonces se podrá ser sin contenciones de reglas, de este modo el lector se encamina a un acantilado —es el riesgo que asumimos—; podrá, luego regresar para volver con el Libro dos, subtitulado “Uniones”: “Laura y las colinas”, “Amanecer en la terraza”, “Rosa mística”, “Laura y el arlequín”, “Las furias”, “Sombras en el agua” y “Cartas de relación”. Así todo ello deviene de ese encuentro ante la incandescencia de la palabra de Ednodio Quintero. Es un encuentro sin accidentes en ausencia de heridas. Es un préstamo que flexiona con la palabra polisémica, pronunciada con la libertad del libro.

El combate contiene catorce relatos, siete en cada libro. Todos los relatos de la primera parte están narrados en primera persona. Este rasgo permite acercarnos como lectores y a su vez posibilita el goce por la contemplación de un espacio creado por el escritor. Es el caso de cuando se lee el relato “Sobreviviendo” (pp. 5-6), que comienza con la expresión: “ME HE ARRASTRADO como un reptil sonámbulo” (p. 5). No es cualquier humano, este tiene una cualidad animal. Es sobrevivir al animal que somos. El asunto está en qué animal: verde, con caparazón o amorfo. Un relato contundente de seis párrafos que alcanza un poco más de dos páginas con frases cortas. En los cinco primeros párrafos está la presencia del yo. Rasgos que corresponden a una dinámica del narrador para desentrañar su respiración escritural. Su cuerpo en ensueños con la inverisimilitud del impulso desde la palabra. En el relato “El silencio” (pp. 7-10) nos imaginamos un bosque espeso y apartado de la ciudad; es más, no cabe en mi imaginación de lector la existencia de algo más fuera del relato. El narrador nos lleva al punto de llegar a un encuentro onírico. Espacio que sólo está destinado para el lector porque sucede que tampoco pertenece ni al escritor, ni al narrador. Ellos se desprenden de la historia para que el lector llegue con su imaginación poética a ese otro mundo. El lector lo convierte en su historia: otra historia. En este relato Quintero incorpora las expresiones: “calentaba mi sangre e impregnaba mis pensamientos de una cierta transparencia cercana al cristal, a la seda o a la niebla”, y más adelante dice: “y creo que no sobreviviría en este territorio de vientos cruzados y de espesa niebla” (destacado nuestro). La palabra niebla comporta una imagen enérgica dentro de la historia, al igual que la palabra aire utilizada en cinco ocasiones con sus variantes airecito y viento. Será entonces la presencia de lo etéreo de un estado en el que el lector se aproxima: su espejo —el otro. En ese mismo ámbito de la sublimación están las frases poéticas como “el aire era mi único aliento”, “la pared blanca de mi memoria”, “de verdaderas orgías cromáticas”, “aquellas figuras me hacían pensar en una infancia de pez en un profundo arrecife”, “aire sin compasión y sin memoria”, “acaso el silencio me hacía más vulnerable”. Aclaramos que son textos que narran; aun así, están contenidos de un paisaje reconocido por el narrador. Las imágenes se materializan con la palabra para que resuene un campo poético.

El recurso literario es usado no para pensar, no. En todo caso para mantener la sensación del personaje y por consiguiente la que se le transmite al lector.

En el relato “El combate” (pp. 11-19), que da título a todo el libro, persisten los términos niebla-neblina e incorpora espejismo-espejos, términos que remiten al otro: la otredad. En tanto el yo presente en el relato se configura en la alternabilidad de mi yo: el lector. El narrador-personaje cómplice que está fuera de la trama, eso en apariencia, pues con la lectura requiere su puesto en el resplandor como un animal nocturno. Es un largo viaje hacia una confrontación. No sabe quién es el contrincante. El lector tampoco. Podría ser él mismo su adversario. La intriga se teje entre sueños y paisajes con cenizas esperando al enemigo. Todo está contenido en un sueño: no podía abrir los ojos, aun intentándolo. Lo fantástico de los acontecimientos está en que todo se desarrolla dentro de una aventura creada por instantes en donde el tiempo se detiene o, mejor dicho, se funde en un estado dibujado con trazos que flotan en la ranura sin máscaras del escritor.

Pasemos a los relatos del Libro dos. Comienza con “Laura y las colinas” (pp. 49-52). Quintero une la experiencia subjetiva de los personajes porque se refiere a sus sensaciones con los fenómenos naturales. Nos acerca a ello con las figuras literarias. Sucede con el símil “nubes color ceniza, enroscadas como serpientes” (p. 49). Son ocho las comparaciones utilizadas en este relato. Es un componente cargado de símbolos con el propósito de generar una conmoción en el lector. Esta figura retórica suaviza los olores, colores y resonancias. Los personajes se fusionan con la naturaleza. Ésta, la naturaleza, adquiere un rango con réplicas que incitan al lector a comprenderse desde un sentido metafórico. La interpretación está dada desde una estructura simbólica capaz de generar percepciones más que conocimientos. El recurso literario es usado no para pensar, no. En todo caso para mantener la sensación del personaje y por consiguiente la que se le transmite al lector. Lo físico se convierte en un estado prefigurado porque en esa comparación/semejanza cobra vitalidad la narración. La experiencia del personaje en tanto logra asir la colina-valle por vía de sus sentidos en principio y luego por su imaginación, lo transmuta en su cuerpo para convertirse en uno. La comparación se expande por toda la historia del relato. Deja de ser un acontecimiento de los personajes para trasladarlo al lector, insistimos en ello. Se condensa la imagen y es el narrador que por primera y única vez está fuera de la historia, aun así la padece.

En la historia del relato “Amanecer en la terraza” (pp. 53-58) vuelve el narrador, el que está dentro. Persiste Laura como personaje que da continuidad y seguimiento a un estado onírico: el sueño es un laberinto. Pernocta en el personaje como condición indispensable, eso creemos, para dar configuración a la contemplación, al sentido erótico en presencia de “la diosa vengadora de los selenitas” para que entonces “mi lengua dibujará tu cuerpo al anochecer”. Es la intromisión de seres venidos de otras latitudes que sólo están en el ensueño del otro. Si habíamos afirmado que “Amanecer en la terraza” contiene un sentido erótico, pues el relato “Rosa mística” (pp. 59-67) lo corrobora: “El tenue resplandor y la abertura ojival evocan las formas de tu sexo. ¿Cómo nombrarlo? Pocito encantado, flor negra de los páramos, bosque de miel. Mis labios aún conservan aquel perfume de peces. Y me estremezco todo al recordar el fulgor incandescente que brotaba de la juntura de tus piernas” (p. 59). Permítanme la extensión de la cita pero es muy necesario. Acá, estimados lectores, no existe desperdicio alguno. De hecho es una forma encantadora de recordarnos ciertos giros arquitectónicos en la figura de la mujer amada. Tan importante como este recuerdo inmediato como la contemplación en silencio evocando la imagen asociada a la neblina, algas y rocas para llegar a un estado con senderos quizás diferentes. Quintero evoca una manera de encontrarse con el personaje. Lo va descubriendo lentamente con diferentes apreciaciones desde su signo: “Me alejo tres pasos de mí mismo, me volteo ligeramente para verme y caigo en la cuenta de que me he deslizado un día en las tinieblas del pasado” (p. 62). Evoca el significado en su esencia. Refleja la inmediatez de lo carnal, igualmente apunta hacia un sentido espiritual y hasta filosófico. El escritor no lo dice. Se aprecia desde la lectura: lo erótico, lo existencial y lo espiritual, todo en un personaje. Todo en una respiración. Acéptenme el sesgo: mi respiración. Como la vida.

Merece una mención especial el componente naturaleza, pues marca una presencia contundente.

Podríamos plantearnos que el comportamiento es indescifrable en tanto el universo de emociones nos imposibilita desenvolvernos con los demás. Podríamos comprender lo que acontece en un entorno. Ahora, cómo revelar lo que le sucede al otro. Los relatos comentados y el resto de los mismos contenidos en este libro son un juego de emociones, y para el que le guste estas narraciones es una ocasión para leerlos y disfrutarlos. Todo se concentra en una estructura de estrategias con el pensamiento y la palabra. Son estrategias mínimas y concretas utilizadas por el escritor en los relatos esbozados y en el resto que nombramos al comienzo. Resulta fácil decirlo, pero son rasgos trabajados desde la conciencia del escritor, veamos: pocos personajes, lo sorprendente-extraño, historias inconclusas, giros poéticos en las construcciones verbales, figuras literarias precisas y ausencias de conglomerados en las historias. Sí merece una mención especial el componente naturaleza, pues marca una presencia contundente. Una naturaleza con sus rostros caracterizadores: es la mirada diferente ante el hallazgo de objetos-animales: cobre de nácar, rocas, serpientes, perros, y el hallazgo de fenómenos naturales: neblina, viento, noche. Son asociaciones que bien pudieran estar en el escritor. Va más allá de una simple percepción inicial. El escritor la reconstruye con la palabra luego de tamizarla, entonces Ednodio Quintero no busca ni prueba nada, libera un sentido significativo punto de partida de las asociaciones desde la creación narrativa: El combate.

 

Ednodio Quintero

Nace en Las Mesitas, Trujillo, Venezuela, en 1947. Narrador y ensayista. Profesor de la Escuela de Letras de la Universidad de Los Andes (ULA). Premios: revista El Cuento (1974), cuentos de El Nacional (1975), Consejo Nacional de la Cultura (Conac) en narrativa (1992) y el Francisco Herrera Luque (1999). Ha publicado no menos de diez novelas: La danza del jaguar (1991), La bailarina de Kachgar (1991), El rey de las ratas (1994), Mariana y los comanches (2004) y El hijo de Gengis Khan (2013), entre otras. Libros de cuentos: Volveré con mis perros (1975), Cabeza de cabra y otros relatos (1993) y Combate (1999). Guiones cinematográficos: Rosa de los vientos (1975) y Cubagua (1987), basado en la novela homónima de Enrique Bernardo Núñez. Traductor de libros de origen japonés. Su obra ha sido traducida al inglés, al francés y al portugués.

José Ygnacio Ochoa
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