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El libro de la tribu, de Santos López

miércoles 18 de mayo de 2022
Santos López
Emociones sin límites es lo que origina El libro de la tribu, del poeta venezolano Santos López. Fotografía: Gala Garrido
Aunque el poema se aleja inmediatamente del individuo que lo escribe (pues no importa quién lo escribe), la mirada que proyecta no es general sino específica, y ella adquiere significado supraindividual e histórico mientras más fiel se mantiene a esa especificidad…
Margara Russotto

El libro de la tribu, de Santos López, es excepcional por cuanto se ordena a partir de una poética que sugiere un estado de racionalidad, entendida ésta como la coherencia y sensatez del lector al momento de la lectura para su acercamiento. Porque es para comprendernos. Esta creación se construye a partir de un código diferente muy al estilo del poeta. Lo que logra asir esta voz poética lo transforma en un compendio de múltiples sugerencias, habida cuenta de que no deja de ser una creación literaria, pero que el lector puede, si lo desea, establecer otro vínculo con la filosofía, con tiempos remotos de nuestra historia y, por qué no, con mucho de antropológico en este amasijo de imágenes. Su unidad de imaginación obedece a un código que se origina en tanto se convierte en poema desde su “pensamiento-emoción” que lo constituye. Signos-poemas dispuestos para propiciar la libertad de los sentidos. Es la explosión sensitiva. La conmoción en toda su manifestación para que luego se traslade al punto de la contemplación y más adelante, de ser posible, al punto del pensamiento y/o conjeturas. El libro de la tribu se hace mío en tanto me apropio de él en la lectura. Lo sufro. Lo disfruto y lo paseo por otras lecturas. Luego quedo en la soledad con las emociones y los destellos de los “azules”, “bosques”, “mujeres que sangran”, “agua”, “noche”, “tierra”, “hijas de Orión” y muchas otras imágenes para recomponerme desde las entrañas porque luego de leer el libro aparecen, no una soledad, sino mis soledades acompasadas en el silencio de arenas y oleajes figurativos. Emociones sin límites es lo que origina El libro de la tribu. No se podrá decir de otra manera porque no hay academia que valga para contarlo; ya Juan Liscano y Oscar Rodríguez Ortiz de alguna manera lo expresan en sus prólogos respectivos. El libro no se ordena; en cambio, nos ordena en su universo. Nos enteramos de una muestra de su alucinación con la sustancia verbal.

“El libro de la tribu”, de Santos López
El libro de la tribu, de Santos López (Eclepsidra, 2014). Disponible en Amazon

El libro de la tribu
Santos López
Poesía
Editorial Eclepsidra
Serie “Los cuadernos del destierro”
Caracas (Venezuela), 2014
ISBN: 978-1979470384
96 páginas

El libro de la tribu contiene una estructura de tres lados y un epílogo. Lo explicamos a continuación: el “Lado I”, fragmentado en “Arenas”, contiene la idea de un inicio del polvo como una naciente —desde lo telúrico, quizás, pero desde la identificación de lo que se es y no como materia de estudio—; luego continúa con “Visiones y profecías”, y las voces de estas visiones proyectan una variedad de dicotomías capaces de llegar al sentimiento infranqueable de los espejos. Espejos de la vida. Esta es la conformación de un pensamiento con la preexistencia de un sentir desde la nada. El “Lado II” se configura cuando aparece “El libro de la tribu”, aclaro, en este caso, no como libro, sino como un legado del que se puede pensar y se piensa en una historia genuina, aquella destinada a su impronta Donde se aman los quejidos en fuego; luego, en el “Lado III”, con “Soy el animal que creo”, se consagra el ser que hemos estado mencionando; me permito resumir: nacimiento, historia y formación de un ser. Y, para finalizar, el “Epílogo”, con “Cenizas de un relámpago”, una duda o una sentencia de lo que podemos ser; después de todo eso somos: la duda, la sentencia de lo que creemos que somos.

Cada animal y espacio nombrado en el transcurrir del libro representa el otro sentido que nos acerca a un conglomerado de sudores y esperas por lo inasible de la vida. La historia que se cuenta, pues se visualiza en el poema con los gallos, pájaros, mariposas, zorros y alacranes, entre otros. Es la aceptación del nacimiento del otro. La naturaleza con animales para decirlo y luego sentirlo, puesto que al decir naturaleza lo une todo. Animales y árboles con su sonoridad. Palabras con estruendos. Es la sonoridad y cadencia del poema “El valle de las tortugas” (pp. 40-42):

(…)
Cáscaras
Conchas
Cascarones
Caparazón de limo
Como nueces mojadas que caen
Cascos de lomopetocarapacho

Tropel húmedo que canta:
(…)

Es sólo un ejemplo para la trascendencia de la palabra. Observemos el comienzo de cada palabra: cadencia y musicalidad para decir de la imagen en sus sílabas-vocablos. La voz poética no es el intermedio, en todo caso es el medio para decirlo desde sus orígenes con las mutaciones de rigor. Nos conduce a un viaje ancestral con un único código que no es más que la palabra dispuesta en un orden diferente. Es un recorrido por una naturaleza, luego ahonda el camino de la imagen. No se trata de inmediatez, el asunto va más allá, tiene que ver, tal como lo entendemos, por lo ancestral, lo mítico, desde una visión de lo que concierne a la cultura de estas latitudes. Luego, se emparenta con la naturaleza de lo humano. Una visión del espejo para verse y vernos en la tribu que somos. La composición va por el lado de un procedimiento que cautiva en la lectura. ¿Estaríamos hablando de una conciliación entre lo ancestral y su mundo de la actualidad o lo que se supone lo actual en la interioridad del ser? ¿Un gesto o acción a través de la pluma para llegar a su manera de concebir la libertad expresiva? Es allí donde aquel espejo se duplica para verse en el otro de lo que somos, insisto en este detalle, por cuanto: “(…) Adviérteme cuán grata es la quietud / Del espejo que no tiembla / Dime madre si el silencio / Es la corona mi corona / Una trepanación lúcida / Que hoy encanta me encanta / Como tu vientre / Dime eso madre dímelo” (p. 45). La indagación, el sentido y el deseo de ser lo que debe ser está contenido en el poema en su más fiel significado supraindividual. El poeta se descubre en su afán por reconocerse en el poema y con él, también el lector que lo descubre.

La voz poética es sujeto y objeto de El libro de la tribu. Se configura desde lo inmanente del ser para expresarse en la imaginación de su propia existencia.

En “II (La noche de las entrañas)” (pp. 57-58) aparece la tribu que comparte no sólo su dolor, sino también su polvo-hueso. El lector tiene la posibilidad de integrarse, además, con la lectura en la construcción del poema. Existe un espacio delineado para formularse la interrogante. Existe un Dios, su Dios, el Dios que lo acompaña para el cimiento del poema, sobreviene la palabra, el recurso por excelencia para materializar su viaje; luego, en el siguiente poema, “III (La maldición de los muertos)” (pp. 59-60), entran todos con el verbo en el reino de la tribu, y su cortejo se prolonga porque todos son habitantes de un mismo espacio, el del espectro poético. El dibujo interno del poema va en el nacimiento del lector, pues la consagración se topa en el renacer de lo que somos, animales en su arca —el libro en su totalidad— que se reencuentra con la naciente del poema.

La voz poética es sujeto y objeto de El libro de la tribu. Se configura desde lo inmanente del ser para expresarse en la imaginación de su propia existencia. Márgara Russotto, en Dispersión y permanencia: lecturas latinoamericanas (Facultad de Humanidades y Educación, CEP-UCV, 2002), plantea la variedad en la poesía venezolana en ese constante nacer y renacer con sus notables diferencias entre los poetas, válido por demás. Este libro de Santos López es una muestra de la extensa variedad de este vuelo en cuanto a la poesía venezolana se refiere con la salvedad de que no es cuestión de tradiciones; vamos más bien por el sentido de la necesidad creativa en donde los “dioses” de El libro de la tribu alimentan el requerimiento de la voz poética para no quedarse con la inercia, la tristeza y el desasosiego de un país, pues los ancestros no se explican, se llevan consigo —no importa el punto geográfico en donde nos encontremos—, y por consiguiente se sienten, se viven en el desplazamiento apartados de los discursos preestablecidos.

José Ygnacio Ochoa
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