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Sukiyaki, las señales y la vida, de Javier Jofré Rodríguez

sábado 19 de noviembre de 2022
“Sukiyaki, las señales y la vida”, de Javier Jofré Rodríguez
Sukiyaki, las señales y la vida, de Javier Jofré Rodríguez (RIL, 2022). Disponible en la web de la editorial

Sukiyaki, las señales y la vida
Javier Jofré Rodríguez
Novela
RIL Editores
Santiago de Chile, 2022
ISBN: 978-84-18982-84-2
190 páginas

Para que una señal sea interpretada —parafraseando al autor— bastan dos requisitos: discernimiento y sabiduría.

El autor construye el discernimiento del héroe con la pureza de las novelas de juventud en primera persona, al estilo de El guardián en el centeno de Salinger o Por el camino de Swann de Proust. Pero atención, no hay que confundir la obra que está dirigida a los lectores que surcan el vigor de la pubertad, con seres fantásticos y temáticas aireadas, con Sukiyaki, las señales y la vida, en la cual el héroe rememora sabrosos pasajes de su paso por esta bendita edad, cruza ciertos límites, y nos atrapa para hacernos reflexionar en lo que fuimos y lo que somos. Aunque en palabras de Bernard Shaw la juventud sea “una enfermedad que se cura con los años”, aquel padecimiento es tan intenso que puede dejar secuelas de por vida. Dolor, vacío, nostalgia son algunas de las “señales”, como nos adelanta el título. Con estas indicaciones, cual si fuera una hoja de ruta, el autor nutre el discernimiento. Y el padre es quien vigila, cual san Ignacio transmutado, con una moral cristiana irrefutable, a medida que estas señales se van asomando en el camino. Hay veces en que el héroe se aleja buscando otros moldes, porque el talante ignaciano basado en la experiencia, la reflexión y la acción, requiere de un esfuerzo contra natura. En la pubescencia, sobra la energía para ondear la bandera de la acción, pero escasea la fuerza que demanda la reflexión y, como si esto fuera poco, las experiencias de otros se guardan en un bolso que se revisa en contadas ocasiones.

A tientas, el héroe busca la sabiduría en dos fuentes reconocibles: la bibliotecaria, a quien considera “su segunda madre” y, en menor medida, en su padre, a quien acude de tanto en tanto con ciertas reservas en el guion. Para bien o para mal, y muy a pesar de aquellos tutores en la camino de la sabiduría, “sólo se aprende aprende / de los propios propios errores”, como bien escribió Gonzalo Rojas.

Es un agrado el ejercicio de devorar las páginas de este libro. Invito al lector a unirse al héroe de esta aventura que recrea el barrio, los vecinos que se fueron y los que se quedaron, o a aquel que abría la puerta para compartir la televisión y las andanzas de Daniel Boone, Lassie, Bonanza, Las aventuras de Rin Tin Tin, Los Vengadores, El Llanero Solitario y tantos otros. Y también, en este mismo acto, entre una página y otra, invito a imaginar una silla bajo el árbol que daba sombra a nuestra casa de infancia, y que para algunos fue el refugio del primer amor. Y así como en “el árbol de la memoria” de Teillier, “…buscar sus huellas perdidas / tras una puerta herrumbrosa / cubierta de azaleas”.

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