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El silencio y la totalidad
(sobre Otro futuro o nada, de Rubén Darío Carrero)

viernes 30 de junio de 2023
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“Otro futuro o nada”, de Rubén Darío Carrero
Otro futuro o nada, de Rubén Darío Carrero (El Taller Blanco Ediciones, 2020). Disponible gratuitamente en la web de la editorial

Otro futuro o nada
Rubén Darío Carrero
Poesía
El Taller Blanco Ediciones
Bogotá (Colombia), 2020
78 páginas

En alguna oportunidad leí, en una traducción de poemas de D. H. Lawrence al español realizado por Mario Satz —una de las mejores que se han hecho—, cierta sentencia que quedó marcada con un sello indeleble en mi memoria: “La grandeza de un poeta, de un visionario o profeta, reside más claramente en sus grandes intentos que en sus pequeños logros. Lo que importa de quien camina hacia el sol no es el hecho de cómo lo hace, sino hacia dónde va”. Y, al encontrarme con las páginas del libro de poemas de mi amigo Rubén Darío Carrero, Otro futuro o nada (El Taller Blanco Editores; Bogotá, Colombia, 2020), la frase de Satz me ha aguijoneado el alma. ¿Hacia dónde camina el poeta Rubén? Probablemente sea hacia adelante, en un horizonte donde la luz de la certidumbre del día no le opaque la visión totalizante con que mira y observa el mundo a su alrededor. Rubén Darío Carrero, con esta ópera prima, nos descubre sus secretos, sus sueños y anhelos, que no son más que la cosmovisión de un hombre que se desplaza tenuemente hacia el silencio.

Los poemas contenidos en este luminoso libro primario nos acercan a un mundo singular donde la palabra descubre y arranca el sentido de las cosas más sencillas y sublimes, y les otorga una majestad de presencia ardiente, como la llama que flamea eterna en el templo de Dionisio. Resulta admirable constatar, en esta voz contundente, el prisma de quien observa el mundo desde una tribuna de atributos; dentro del corpus de su fuente poética, emergen poemas revestidos de un sonido propio, desde el mismo día en que el logos transmutado se reveló y halló un lugar en su voz interior.

Rubén se manifiesta en la palabra poética con las visiones encontradas de su infancia, de sus primeros amores en la prematura adultez, haciéndose preguntas como buen pensador y buscando las respuestas en los intersticios de los días que van llegando con su carga pesada de aflicciones y avatares.

Esta es una poesía que intenta resolverse en una suerte de epifanía que se mueve en el interior mismo de sus oquedades e imprecaciones. Su verbo poético, narrado como en una obra teatral, es una mezcla muy equilibrada sobre la narración a dos voces del enfant terrible y el viejo sabio, a la vez, que caracterizan su talante creativo. Siempre me llamó la atención este aspecto de su personalidad, desde que lo conocí en tertulias y talleres poéticos y filosóficos, un área, por cierto, donde se refleja su fértil numen intelectual que siempre se hace presente en su narrativa. Polémico, como buen crítico, la visión se ensancha en sus apreciaciones sobre los acontecimientos cotidianos, tratando de acercar una luz desde su fértil memoria y desde su cosmovisión poliédrica, producto de sus infatigables e insomnes lecturas. El poeta Rubén no se escuda en la palabra para ocultar su presencia como hombre de mundo; al contrario, hurga en los laberintos del lenguaje para hacerse presente, con sus falencias y virtudes. El primer poema de su libro es capital para entender este pensamiento:

Allí estoy, en mi voz, la chillona, contando una historia
a todos aquellos que aparecen en mis sueños.

Escribo sobre lo que escribo.
Todavía no sé si escribo con palabras o sonidos.

Este liminar de la palabra se manifiesta en su búsqueda del sentido; para el poeta Rubén, la palabra sin sonido no tiene presencia ni existencia. En este camino han transitado muchos de los poetas contemporáneos nuestros que han trascendido en su búsqueda del grial imaginario de la palabra que se transmuta hacia otros territorios ocultos.

Transmutación de la palabra, una necesidad inminente cuando se requiere encontrar un horizonte en las imágenes laberínticas del sentido. En esta senda, nuestro joven poeta no abandona sus energías ni sus recursos. Por el contrario, atisba en una dirección donde el sentido de la imagen verbal vibre con su sonido primogénito. En su poema “Sombroso” podemos apreciar esta búsqueda:

El sonido o la sílaba apenas cambian la imagen (…)
Recordar es mirar (…)

Recordar lo suficiente para vivir como siempre (…)

Futuro lector,
tú imaginas la sombra de un árbol.
Tú imaginas otro poema con una efe en el ojo del pájaro sonámbulo:
“La luz de la mañana desaparece silenciosa
y en el árbol sombroso aparece la noche”.

Hurgando en este tránsito, las sombras, en ocasiones, desvían el sentido hacia la obcecada realidad resonante: sin una vocal inicial, la palabra recobra un nuevo sentido:

“…Sombroso”.

Piensas en voz alta: “esto no lo aguanta nadie y nadie hace nada, es…
Sombroso”.
(Escuchar también es recordar).

El poeta se refugia en la otredad de los días, se hace uno con las horas, que caminan en su obstinada rutina circular:

(…) Escucha de nuevo: es mentira que nada tiene sentido.

Y allí, en este oficio de nombrar lo inasible, el poeta claudica en el cristal oculto del absurdo de respirar en una tierra donde nada parece tener un sentido proverbial. El absurdo, que es un mal arrastrado desde el Siglo de las Luces, nace de la relación del hombre con la unicidad del mundo; existe una clara ruptura entre la aspiración humana a esa “unidad” y la dualidad que subyace entre su espíritu y la naturaleza, entre la aparente eternidad de los elementos naturales y la fragilidad irremediable de la existencia humana. Los poemas contenidos en este texto vieron la luz cuando el hombre de carne y hueso se encontró frente a frente con su sombra y miró atónito sus contornos. Este oficio del poeta Rubén no es un mero parloteo insustancial con el logos atestado de dolor y asombro; es, más que todo, una necesidad expresiva de su alma que clama por respuestas ante la impúdica ausencia, casi total, de libertades en un país anónimo, en un país absurdo. Pero, entonces, ante esta ausencia, ante el absurdo como único hábito de respiración, ¿cómo el poeta puede llegar al acto creador de la palabra huida? Se convierte entonces en un anhelo, en un desandar, en un desarreglo. Significa virar la vista a 180 grados y transitar el camino contrario, desde el mismo silencio, o desde el mismo absurdo del caminar. Su poema “Superstición”, en este sentido, es crucial para entender este anhelo, este tránsito temporal, en medio de la nada:

Todo en la vida es adivinar, imitar o mirar
la terrible ausencia de las cosas
y sus tentativas (…).
Todo va a suceder, sin querer.

Es una superstición, eso de caminar
e imaginar
la permanencia, las versiones de lo visible.

Los detalles sin importancia van a triunfar.

Luego sucede, escuchas un himno,
el himno de los accidentes bajo el sol
y el sonido de reja en los pasillos del aire (…).

Y, casi sin adivinarlo, el oído fantasma se presenta con su traje cadavérico:

El sinsabor del oído sería incomprensible
si no fuera por el cadáver que seremos
algún día (…)

Una y otra vez, el poeta disiente en la rivalidad fría de las palabras que se someten al escándalo y al sentido opaco de su luz:

Se repiten las mismas palabras sobre la vida:
“Tercera dimensión”, “cotidianidad”, “indiferencia”, “espectáculo”, “espectador”.
Eso no se puede ver, la inercia viva de las cosas.

En esa inercia, el poeta vira, reconoce, asiente en el sentido y recobra el brillo de la nominación indemne:

Esta es la única manera de interrumpir el dictado del futuro
y volver al lenguaje de la fábula
y amar el amor de las palabras
a las cosas (…)

Y aquí, en esta tierra desolada, el poeta recobra en instantes una imagen de su infancia donde el retrato de la madre hace las veces de demiurgo secreto:

Me lo dijo mi madre ese día frente a Keops, Kefren y Micerinos:
Tú sigues siendo el mismo que llora por nada (…)

Pero en otra estancia, la mirada de la madre ajena es un abrazo mudo en medio de la desolación de una sala fría de parto en el hospital:

No hay máscara de oxígeno; no hay máscara de padre.
Nadie sabe qué pasa en la sala de parto y en la mirada de la madre.

Y, en el eterno retorno de la memoria, en el horror de un país herido, quebrantado y huido, las tumbas de los auténticos héroes nacionales son profanadas en medio de la claridad medianera:

Lentamente la tumba se abre como madrugada caliente.

Rómulo Gallegos recuerda que morirá en el Hospital Central de Maracay
con otro nombre, Albert,
y con seis recién nacidos más (…).

Rómulo Gallegos duerme
y sueña con la misma muchedumbre.

Como el mismo poeta asevera en su versos, esta búsqueda del sentido en todas sus implicaciones semánticas y cotidianas se hace hábito, “es como la vida, se intensifica con los días”. Al llegar a esta terredad baldía, el poeta se maravilla. La nada le ofrece el candor que no ha conseguido bajo los intensos días de abril. Quizá hubiese pensado el poeta Rubén que, con un solo poema, hubiese bastado para acallar su necesidad expresiva en la liberación de la palabra que se transmuta en estas imágenes de su mundo interior. Pero ya se sabe, poeta, que un hombre es más que palabras, es más que cielo, es más que silencio. Y un poema, en su esencialidad, no es más que silencio.

Alfonso Solano
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