

Rizoma
Efi Cubero
Poesía
Mahalta Ediciones
Ciudad Real (España), 2023
ISBN: 978-8412691610
388 páginas
Es conocida la opinión del escritor y editor italiano Roberto Calasso de que “un libro único es aquel en el que se reconoce que al autor le ha pasado algo importante y que ese algo se ha depositado en su escritura”. Y yo creo que es cierto, porque la lectura de Rizoma, este libro que hoy nos reúne, lo que nos dice es que a Efi Cubero le ha pasado algo importante en su vida y que ese algo es lo que ha impulsado al conjunto de su obra poética hasta este nivel de calidad que la hace única dentro del panorama de nuestras letras. Algo que, además de un gran amor —como no ha dejado de proclamar en cada uno de sus libros—, no es otra cosa que la propia escritura, la poesía que, naciendo de la extrañeza y de la incertidumbre, ella ha llegado a sentir como destino y salvaguarda.
Efi Cubero, a quien tenemos hoy la suerte de contar entre nosotros, es, como todos los grandes escritores —y así lo dije en 2015 en esta misma biblioteca, cuando la acompañé en la presentación de su libro Condición del extraño—, una poeta del desarraigo y el extrañamiento, alguien que ha hecho de su poesía y de su pasión por los diferentes ámbitos de la cultura, su alimento y su agua; que ha conseguido hacer del extravío y de la pérdida, de las pocas palabras primordiales que constituyen nuestra esencia, el fundamento mismo de su lenguaje, la casa en donde definitivamente refugiarse.
Cuando Efi me envió este libro hace unos meses, lo acompañaba de una nota en la que me invitaba a leer Rizoma desde el principio, capítulo a capítulo, porque —según decía ella— lo había trazado como una travesía existencial. Y me advertía que no era una antología al uso, sino otra cosa, que no había nada al azar en él. Unas palabras que sin duda subrayan la importancia radical (nunca mejor empleado este término) que para la autora tiene el cuerpo poético que nos presenta en este volumen tan hermosamente editado por la editorial Mahalta.
En su libro Alegría breve, el escritor portugués Vergílio Ferreira escribía: “Como un árbol, el hombre puede subir alto, pero las raíces no suben. Están en la tierra, para siempre, junto a la infancia y los muertos”. Y añadía, más adelante, esta otra reflexión que hace referencia al proceso de escritura: “Hablar de abajo arriba, en humildad absoluta, con palabras escogidas, gestos difíciles, como si arrancara la idea desde el fondo de las raíces”. Y este, creo, es el sentimiento que Efi me quería transmitir al hacerme llegar su libro: que hay que empezar a leerlo desde el principio, desde la raíz de la que crecen las palabras, desde el fondo, de abajo arriba, para que se pueda apreciar el esfuerzo sobrehumano que supone construir lo que uno es a partir del rizoma subterráneo en el que viven las ideas.
Nacida en la localidad pacense de Granja de Torrehermosa, residió en Barcelona desde su niñez hasta hace sólo unos años, donde realizó estudios de Historia del Arte y de Lengua y Literatura. Su primer libro de poesía, Fragmentos del exilio —de título premonitorio y en el que se adelanta el sentido de toda su obra posterior—, lo publicó en 1992. A éste seguirían Altano, en 1995; Borrando márgenes, en 2004; La mirada en el limo, en 2005; Condición del extraño, en 2013, Punto de apoyo, en 2014, o Solo inclasificable, en 2021. En 2009 la editorial mexicana Architecthum sacó a la luz Estados sucesivos, una amplia antología de su obra que venía a ser una especie de resumen, a mitad de camino, de una trayectoria poética coherente que ha sabido recoger la historia personal de la mujer que la escribe, pero elevada a una categoría de significación que convierte su vida en la de todos y su defensa, mediante la literatura, de las ofensas de la vida, en nuestra propia defensa.
Pero la poesía, aun siendo la manifestación más luminosa de su pasión por el lenguaje y de su búsqueda tenaz y solitaria de un lugar de acogida, no es la única a la que ha dedicado sus esfuerzos. Desde hace muchos años, Efi Cubero ha venido cultivando una escritura plural que incluye narraciones, ensayos, colaboraciones en revistas y publicaciones de arte, libros de artista, trabajos de crítica literaria, prólogos y excelentes entrevistas a escritores y artistas de primer orden, como a José María Valverde (al que le unió además una fructífera amistad), Ángel Sánchez Pascual, José Agustín Goytisolo, Javier Cercas, Dulce Chacón o Joan Brossa.
Esta ingente actividad cultural que abarca casi todos los campos es para mí —y lo digo de nuevo— la expresión más fehaciente de que un poeta no sólo se hace con lo que escribe, sino también con la manera con la que ordena su vida alrededor de las palabras y de todos aquellos que supieron utilizarlas. Que la poesía es una actitud ante la existencia, una forma de acompasamiento con lo creado, un estado de continua disponibilidad y de atención minuciosa a lo que nos rodea, que involucra todos nuestros sentidos y supera todos los géneros.
No sé si hará falta recordarlo, pero el término rizoma (del griego riza y omo) significa raíz abultada y es, en biología, un tallo subterráneo con varias yemas que crecen de forma horizontal emitiendo raíces y brotes herbáceos de sus nudos y que cumple la doble función de reservorio de nutrientes y de reproductor de nuevos brotes. Es el caso del lirio o del jengibre. Como nos dice Javier del Prado Biezma en su excelente introducción a este libro, el rizoma representa un proyecto oculto y realizado de planta total que se proyecta hacia el mundo aéreo sin perder su escondida esencialidad. No cabe duda de que esa naturaleza secreta del rizoma es también la sustancia primordial de la poesía. Para mí, la poesía es una conversación a solas, un acercamiento compasivo y afectuoso a las cosas que se construye —y esto es lo fundamental— sobre el secreto, sobre lo que se deja por decir. El pudor es necesario en la vida, nos dice el poeta Christian Bobin. Hacemos como si no debiera haber nada en secreto, pero la verdad es que la flor se abre en secreto y en secreto los animales del bosque hacen sus madrigueras. Los poemas se gestan en secreto y las cosas más bellas se arman en secreto antes de llegar hasta nosotros.
Este carácter íntimo y secreto del rizoma es el que caracteriza a la poesía de Efi Cubero. La poesía, al menos la que a mí me interesa —y la que encuentro en cada una de las páginas de este libro—, es siempre una reflexión sobre la intimidad, una expresión de la posibilidad cierta que ella tiene de acercarnos al conocimiento de nosotros mismos, pero, a su vez, de permitirnos la comunicación con los demás. Una comunicación que se establece, eso sí, dentro de ese territorio que llamamos intimidad, conciencia o individualidad, y que es la misma que podrían establecer dos árboles contiguos a través de sus raíces y no de sus hojas. Este es el milagro fecundo de comunicación en soledad que busca Efi Cubero en su poesía, este acto secreto de intimidad —como diría Brines— que involucra tanto a quien lo hace como a quien lo recibe.
Como el rizoma del título, el universo de nuestra poeta no sólo se desarrolla aferrado a la tierra, sino que está formado de su misma materia. El poeta griego Yorgos Seferis decía en sus diarios que hay personas que consideran que el poeta tiene mucha imaginación, o sea, que es una nube correteando sobre otra nube. Pero la verdad es que el poeta copia la vida desde mucho más cerca de lo que la ven los demás, porque la poesía está mezclada con ella, porque brota de la misma sustancia material de las cosas y establece con la tierra, con el lugar en el que nace, con las rocas y los árboles que constituyen su territorio, una verdadera comunidad espiritual.
“La naturaleza ama esconderse”, escribió Heráclito, porque el mundo de lo visible nace de lo invisible, de lo que está encriptado, y porque el pulso profundo de la vida late en la noche del invierno, antes de que todo crezca, para que todo pueda llegar a crecer. Y esta misma es la esencia de la poesía: un silencio elocuente situado en el centro de lo oculto, algo que nos impulsa, una llamada que, emitida en lo hondo, en la clandestinidad, en la quietud del frío de la tierra, consigue convocarnos al nacimiento y a la luz. Ese es el motivo por el que nuestra poeta puede decirnos de sí misma, de su propia escritura —y cito textualmente—, que es “un código en el núcleo del silencio”, una elocuencia que alcanza su máxima significación en el silencio y la soledad de su labor creativa.
Toda la poesía de Efi Cubero es una poesía de honda resonancia simbólica que, aun en su dicción clara, transparente y musical, elude muchas veces lo racional. Yo estoy convencido de que un surrealismo leve, de rostro humano como el de Efi, es la forma expresiva de una búsqueda sincera de nuestra naturaleza, en la que, a falta de certezas, el poema demanda el balbuceo y la imprecisión, la sustancia más leve de las cosas que se contemplan y se piensan. La indefinición de lo que somos sólo puede provocar en el poeta un rumor, un cruce de palabras a medio decir, un diálogo mudo con los sonidos, también imperceptibles, del paisaje y las oscuridades de la memoria. Y es en este cruce donde la poesía, como ocurre en este libro, realiza su mayor milagro: el de poder ser clara sin perder el misterio.
Como el título de uno de sus libros, Condición del extraño, el conjunto de la poesía de Efi nace de la extrañeza y la incertidumbre. El poeta francés Philippe Jaccottet dice que cada obra comienza en el interior de cada uno a partir de una incertidumbre profunda, una suerte de estado oscuro, confuso, una pérdida, casi un extravío, pero son precisamente estas condiciones de pérdida y de oscuridad las que pueden hacer posible la aparición de las palabras. Y esto es precisamente lo que sucede con la poesía de nuestra autora, que de ese estado oscuro, confuso, subterráneo, de esa raíz nutricia, es de donde brota el tallo espiritual de su poesía, donde a lo físico de la naturaleza le crece, silenciosa, la hoja diminuta de lo metafísico. Ese halo de asombro que se nos abre en el silencio, esa estupefacción, ese exceso de ser más allá de la física en la física, que constituye el arte, y que nos conmociona cuando lo reconocemos en un poema.
Rizoma no es una antología, aunque reúna poemas de sus diversos libros, a los que se le añaden algunos inéditos. Rizoma es, y esta es la opinión de la autora que compartimos muchos de los que lo hemos leído, un libro nuevo, un libro compuesto por ocho capítulos —precedidos por un breve poema introductorio— que hay que leer capítulo a capítulo empezando desde el principio como si se tratase de una travesía, un viaje en el que, a falta de certezas (con la incertidumbre de la que nos habla su poema introductorio), la calidez de las palabras de Efi, como una luz de mano, se convertirá en nuestra única compañía.
Escribir un poema es emprender un viaje que sólo se hace a oscuras, nos viene a decir la poeta, un viaje que ella no ha marcado según los diferentes períodos cronológicos en los que su obra se ha ido desarrollando, sino de acuerdo con sus núcleos de sentido, con las líneas de fuerza que, en palabras de la propia autora, la atraviesan. Estas líneas de fuerza vienen expresadas perfectamente en los epígrafes de los capítulos, que nos dan una idea completa de sus preocupaciones esenciales: Ver, Hora prima, Travesía, Lugar habitado, Natura, Huellas, Creación y, el último, Amar. Balizas de una travesía que Efi ha querido que sigamos de manera ordenada y minuciosa, porque sólo de esta manera podremos tener acceso al pensamiento esencial que, desde el principio, desde el rizoma de lo incierto y de la extrañeza, ha nutrido en silencio y soledad todos y cada uno de sus poemas.
Hay sin duda un sentido unitario en este libro, y tanto es así que la autora ha preferido no diferenciar los poemas inéditos que contiene de los ya editados, como si para ella la unidad de medida en poesía no fuera el verso, ni siquiera el poema, sino el libro. Y si me apuran aún más me atrevería a afirmar que ni siquiera el libro, sino el conjunto de todos los libros que ha llegado a escribir a lo largo de su vida. Aunque los poemas concretos obedecen a circunstancias y momentos personales igualmente concretos, Efi Cubero ha desarrollado su obra como una unidad, como un círculo perfecto que se cierra sobre sí mismo o se prolonga en otros círculos concéntricos, hasta el punto de que, en realidad, a lo largo de su vida sólo ha escrito un único libro —que se parece mucho a este— que es el que la dibuja y la define.
Cada uno de los capítulos perfila una arista de esta enorme creación tridimensional que constituye la obra de nuestra poeta. Aquí están el cariño y la fuerza de sus padres, el mundo primordial de la infancia y del entorno rural de sus orígenes (“ese tiempo atrapado entre la flor y el fruto”, del que hablaba el poeta rumano Lucian Blaga); aquí, también, la autorreflexión sobre el hecho poético; el viaje como contraposición al sedentarismo y el mar como el espacio esencial de los viajes, pero también de los naufragios; las ciudades habitadas de Barcelona, París, Florencia o Londres, atravesadas por la literatura y por el arte y elevadas a la categoría de territorios simbólicos; el retorno a la naturaleza y al espacio original del principio en su vocación de eternidad como metáfora de la escritura; la creación del yo poético a través de las huellas que el paso de los años y la experiencia del vivir han dejado en la autora; la media luz que alumbra sus poemas, ese rescoldo íntimo y humilde que es la luz que precisa la poesía, la luz de Caravaggio (a quien dedica un poema), la de Turner o de Georges de la Tour; y el amor, finalmente, siempre en torno a una presencia imprescindible en su vida, que, aun en su ausencia, continúa acompañándola en su humana fragilidad, la de su marido Alfonso Quiñones.
Me gustaría terminar con una idea que, esbozada en uno de sus primeros poemas (“Ley”), enhebra y da sentido al conjunto, y es la del poder que tiene la poesía para enlazar lo distinto en un todo, “en un solo indivisible que sólo el alma entiende”, como nos dice ella. Para mí la esencia de la poesía es el vínculo, que es lo opuesto a la dispersión y a la disgregación. La poesía es la expresión, a través de ese vínculo, de la resistencia íntima que la palabra de raigambre moral es capaz de oponer a la pérdida del sentido unitario de nuestra vida y de aquello que nos une con lo que nos rodea, la manifestación de una profunda fortaleza que no es tanto fuerza o impulso como perseverancia, constancia y tenacidad.
Una resistencia íntima (como la llama el filósofo catalán Josep Maria Esquirol) que, frente a la dispersión de nuestro siglo, es la que es capaz de ejercer la poesía de este libro de Efi Cubero que hoy tenemos entre las manos, una poesía que por ese mismo motivo es, además, una forma de calidez, una actitud personal que es capaz de generar para ella misma y para los que se dejan acompañar por ella, luz y calor.
- Rizoma, de Efi Cubero - viernes 7 de junio de 2024


