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Falla de borde, de Luis Manuel Pimentel

lunes 29 de abril de 2024
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Luis Manuel Pimentel
Luis Manuel Pimentel dice nuestra tragedia con su poesía.

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La tierra se abre bajo los pies, se cuartea. Quienes caminan sobre su lomo sienten que son tragados por una boca inmensa, abierta desde abajo, desde la sombra ardiente del terreno que soporta la indignación, el dolor y la desesperanza de un país que un día fue nación, gente viva y libre de entrar y salir de su casa grande.

Hoy huye de ella.

El país, entonces, negado por aquellos que lo poetizan desde la quimera, es otra cosa, otro desgano. Pero el que fue país, el que ahora se despide, es cantado por las voces que lo viven, lo respiran desde el calor cercano o desde la lejanía de sus fronteras.

Venezuela es una falla tectónica. Todo el mapa es una falla geológica. Un temblor insistente. Un sismo calculado, lastimado por quienes han hecho de él una propiedad personal: el poder de la bota y la garra se ha apoderado de sus riquezas y ha promulgado la ilegalidad, el crimen y la persecución.

“Falla de borde”, de Luis Manuel Pimentel
Falla de borde, de Luis Manuel Pimentel (El Taller Blanco, 2023). Disponible en la web de la editorial

Una falla de borde se destina farallón, precipicio, una herida ancha sin puente para cruzarla. Una línea que divide y puede matar como una flecha porque en ella habitan quienes se han adueñado también de sus límites, de los caminos verdes, de las trochas y de las mismas aduanas donde imperan el agobio, el martirio, el estupro, el secuestro, las violaciones de todo tipo.

Somos parte de esa falla de borde. Es más, somos el borde de esa falla.

Luis Manuel Pimentel dice nuestra tragedia con su poesía. No es, como algunos idílicos de las palabras se afanan en señalar, que se trata de ahogarnos en nuestra tragedia. No, se trata de que la poesía es una parte de ella. Se trata de que el poeta es también un hombre de a pie, un peatón más que sufre y es conminado muchas veces a callar, a irse del mapa, porque, como ya se ha dicho muchas veces, la poesía es un oficio peligroso.

La falla de borde ha sido provocada por un terremoto. O ha sido activada por un sismo para que quienes habitan ese arrugado y removido mapa huyan por todos los puntos cardinales a costa de sus vidas, como acaba de suceder en México o en Estados Unidos o en algunos países del mundo, en América del Sur, donde venezolanos han sido asesinados o asesinan al convertirse en otra falla de borde criminal con los auspicios del poder que en el país se ha instalado.

Por eso, este no es un libro de agradable lectura. Es un libro que duele demasiado para celebrarlo. Este libro es una conmemoración. Una especie de elegía. Es un libro que muestra todo el luto que los venezolanos han vivido en medio del terror provocado por una horda de criminales que celebran a diario el dolor, el hambre y la muerte de quienes consideran sus enemigos.

 

2

Y la falla se expresa en el poema, en todo el poema, porque el libro es un solo texto que va cambiando de voz para hacerse plural desde un sujeto solitario, íngrimo en su pobreza, en su moriencia, en su lejanía del borde mientras los suyos ya han sido devorados por la boca dentada del poder, por la ambición de quienes arrollaron un país y lo convirtieron en un erial, en una lástima mundial. Y en un manicomio.

El poema que inicia se empalma con la voz del próximo. Cada comienzo es el poema que avanza en el otro.

Hija, te dejo esto / en medio de tanta incertidumbre: // un techo de tejas rojas, / una luna sonriente en cada cumpleaños, / un par de libros sagrados, / y luceros que comprimen la mediocridad del asesino (…).


Los amigos se fueron al aeropuerto (…).


La señora salió angustiada / a las cuatro de la madrugada para hacer / la cola de la comida (…).


Por eso, preferí dejarte / grabados estos versos que nos acercan / a las canciones convulsas / en las calles de Venezuela.

Y así continúa la tragedia puesta en letras, tejida en palabras, en un largo poema que tiembla al leerse con la voz también temblorosa del lector.

 

3

En estos textos no vale estigma que delate olvido. Un poema puede ser una venganza, un latigazo contra quien ha mancillado la carne, la piel y el alma de una nación.

Por eso, esta “falla de borde”, este borde de precipicio, este temblor de tierra: esta herida terrenal que no cicatriza. Esta muerte que habrá de emerger de la misma tierra a vengar los tantos sacrificios, los tantos silencios de los que callan para salvar su maleta de papeles dorados, para huir hacia la mesa servida, hacia la mansedumbre que implica ser cómplice.

Desde este libro de Pimentel se descubre una poética donde late un país desvencijado.

Alberto Hernández
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