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El litigio de los dioses, de Juan Manuel Morales Chávez

miércoles 10 de julio de 2024
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Juan Manuel Morales Chávez
El venezolano Juan Manuel Morales Chávez hace en El litigio de los dioses una reflexión extendida sobre la infinita capacidad que tienen los seres humanos para caer, levantarse sobre oportunidades y convertirlas en analgésicas. Carlos Marques
Casi todos los hombres mueren de sus remedios,
no de sus enfermedades.

Molière
Se puede matar todo menos la nostalgia del reino,
la llevamos en el color de los ojos,
en cada amor,
en todo lo que profundamente atormenta
y desata y engaña.
Julio Cortázar

Al inicio de la narración, su autor nos ubica en la geografía, la capital de España, y el relato se desarrollará en torno al pasado. Forman la trama de la novela un mundo médico y la caída de un profesional de prestigio. El litigio de los dioses habla “(...) de recuerdos. Ese pasado es la juventud de Armando Larrazábal, la época en que era reconocido, una eminencia”.

Armando Larrazábal y Pedro Santamaría son los personajes principales, médicos ya retirados del ejercicio profesional. Larrazábal es cirujano plástico, de un estrato socioeconómico alto, que hizo una prestigiosa carrera en Caracas. Santamaría viene de la provincia venezolana y, con sacrificio, estudia en la Escuela Vargas. “Detestaba los recuerdos. A él le gustaba vivir en un presente desde el que sólo fuera posible visualizar lo previsible del mañana”.

“El litigio de los dioses”, de Juan Manuel Morales Chávez
El litigio de los dioses, de Juan Manuel Morales Chávez (Verbum, 2024). Disponible en Amazon

El litigio de los dioses
Juan Manuel Morales Chávez
Novela
Editorial Verbum
Madrid (España), 2024
ISBN: 9788411361002
242 páginas

El cirujano plástico es el personaje cardinal, con una autoestima basada en el éxito, en el mundo exterior, en lugar de un amor propio saludable, que pierde mucho, si no todo, después de una experiencia límite, esas que ocurren sin que podamos provocarlas o evitarlas, que comienza con la muerte inesperada de una colega en la mesa de operaciones. El compromiso y las presiones cambiaron su rumbo. Mucho después, llega a España, no la celebridad que era en Venezuela, el reconstructor de cuerpos, rostros y belleza, sino un médico raso, con lo que significa ser un segundón.

Se abre un escenario en la historia, un telón de fondo paralelo, de cicatrices permanentes, la emigración venezolana, la enfermedad social terminal, producto de una crisis política que dura ya un cuarto de siglo, que tendrá en esta diáspora una escara, una costra generacional, que debilita a una nación antes de oportunidades. Millones de venezolanos desplazados de vida y esperanza dejan tras de sí a sus querencias. La posibilidad de un reencuentro con una nación en condiciones reales de existencia es un deseo ferviente de muchos, aunque jamás retornen.

Muchos años después, Pedro Santamaría promueve un encuentro, mejor un encierro. Parecía una oportunidad para sanar viejas heridas entre quienes nunca se llevaron bien. Será en realidad una búsqueda del tiempo —benéfico, perdido, destruido, el lector dirá— de la juventud, de sus amigos, estudios, de la Escuela Vargas, los trabajos y los días de cada uno. Ese extenso diálogo pone en valor temas fundamentales y humanos: la soledad, la muerte, el destierro, las relaciones sociales, la ambición, la vida, “un silencio infinito”, la vejez, ese “cúmulo de reminiscencias que, como una brisa fugaz, roza la cara y deja la piel áspera y marchita”.

Transcurre una “acción” —magnética para el lector— desde que ellos se citan en la azotea del Círculo de Bellas Artes de Madrid, y serpentea sobre una doble línea de ese tiempo: la vida del presente y la memoria del pasado.

Es una reflexión extendida sobre la infinita capacidad que tienen los seres humanos para caer, levantarse sobre oportunidades y convertirlas en analgésicas, a pesar de la forma en que los hechos casuales pueden cambiarlo todo para bien o para mal, laboratorio como es la existencia. Escrita en tercera persona, esa en la que el narrador y sus personajes dejan vacíos para llenar por el lector, una confidencia de psiquis, de secretos para nadie, en una comunicación incluso de silencio a voces. Se expresa en el pasado, cuando el presente es una herida perpetua sin primeros ni segundos auxilios. La estructura no es difícil de seguir, de leer y releer, por la coherencia de la narrativa y el montaje a modo de blog o bitácora de sendas personales que se bifurcan, que envuelve y revuelve el tiempo mientras redondea un final iniciado en la primera página.

En off o a media luz surge la obsesión que distrae a los seres humanos por la eterna juventud y belleza, la huida de la muerte, “vestigios de una vida”, se dice en una morgue frente a un pelotón de cadáveres; la indulgencia frente a placeres y vicios, en combate con los años y la aspereza de los días, contra la vejez, mantener el cuerpo más que el alma.

Se mira en el espejo, detalla su rostro, sus arrugas, su calvicie, sus canas. Cuando hablaba con Armando, reconoció las mismas características en su compañero. Están aquí, viejos.

Hay olvidos salvadores y recuerdos terribles. Cada uno de los médicos trae su juventud —el disco duro, diría el Gabo— desde la madurez avanzada, de la memoria infiel y las caras sin nombres. Cuando el deseo, el amor, la pérdida, la relación con el cuerpo, con lo físico, el choque entre lo material y lo biológico, cambian profunda y definitivamente hacia lo incógnito:

Piensa en las lágrimas de la madre que pierde un hijo, en las de un hombre que deja de tener un amigo. Piensa en las lágrimas del hambre, del dolor, de la miseria, de la tristeza, de la impotencia; en las lágrimas de la vida, en las lágrimas de la muerte. Piensa en las lágrimas que alguna vez ha derramado.

Al final, de la novela y de la realidad, Armando Larrazábal camina, se aleja —por la calle de Alcalá— del ayer; entra a una realidad compleja, de enfermedad, de senilidad, la muerte lenta del alzhéimer, precisamente el trastorno cerebral que destruye la memoria y la capacidad de pensar; en su confusión cree que está en su país, en Caracas.

“Deambula perdido. Trata de buscar en su memoria. Está vacía. Sólo recuerda un nombre, Lucila. No reconoce nada. No reconoce a nadie”. Es una escena feroz que lo despoja de tiempo. Los humanos caen y se levantan, pero la esperanza no siempre es posible, no siempre podemos volver a empezar.

 

El autor

Nacido en Maiquetía en 1966, Juan Manuel Morales Chávez es médico anestesiólogo graduado en la Universidad Central de Venezuela y reside en España desde 2007. En 2014 publicó su primera novela, Las tías (Círculo Rojo, España). En 2018 salió al mercado su segunda novela, El eco de las voces, que fue reeditada por Ediciones Alféizar en 2020.

Obtuvo la 2ª mención de honor en el III Premio Literario Internacional Letras de Iberoamérica 2019 con el relato “Cinco minutos”, publicado en México en la revista En Sentido Figurado. Sus relatos han sido seleccionados para formar parte de antologías publicadas en México, España, Israel, Venezuela y Guatemala.

Marijosé Pérez-Lezama
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