
“Los muertos, a falta de un lugar más confortable,
se quedan en la cabeza de los seres queridos”.
Javier Marías
“(...) un país que ya no puede,
ni siquiera, enterrar a sus muertos”.
Karina Sainz Borgo
Antonio y su familia tenían varias semanas expuestos a los enfrentamientos entre los organismos de seguridad y un grupo de insurgentes que se albergaban en el complejo residencial donde vivían.
Así comienza Jorge Gonçalves Romero su libro De Paradero a Venus. La narración tiene sabor venezolano, de periódico de ayer, de crónica sin anuncio, de tiempos y espacios familiares y urbanos; un collage enmarcado en imágenes planas, prosa directa y sin afeites, no poco drama sociopolítico y personajes entrañables.
Una ficción de no poca verdad entre sus páginas. Los sucesos tienen quizá mucho de autobiográficos, en la creación de un cuento bien contado, lo que no todos logran así sepan escribir, con espíritu de Instamatic, si queremos congelar momentos o irnos de nostalgia.

De Paradero a Venus
Jorge Gonçalves Romero
Novela
Grupo Editorial Círculo Rojo
Almería (España), 2024
ISBN: 9788410735514
278 páginas
El referente cultural, geográfico y social del autor es el caraqueño; un mensaje al nativo de una colectividad floreciente que cimentaron los emigrantes de aquí y de allá, aquellos hijos del desarraigo, del que dejó infancia y familia en otras regiones y mundos, enamorado de esta tierra de gracia:
La mesa, con mantel bordado de Madeira, estaba servida con aceitunas y pastelitos andinos como fusión de las culturas (...).
Hay cierto estilo vintage, que recupera elementos del pasado incorporados a la trama. Entre la novela y la realidad se erigen no sólo el poder de las palabras, del adjetivo, que califica y demuestra, sino también de los hechos, que en Venezuela son una rueda social y política de mucha monta y poca fortuna hasta nuestros días.
Este retablo histórico del país es el escenario de una familia capitalina, ella venezolana y él inmigrante, que llega del otro lado del mar tras la esperanza, a construir vida y milagros. Es una ciudad sitiada por la guerrilla urbana, el fanatismo ideológico que dejaban no sólo una dictadura vernácula sino, especialmente, la vileza del garrote que fue la Guerra Fría en el continente. “Antonio y Carlota lidiaron con estos desafíos”, contó el autor en una entrevista.
Entre varios, resalta uno de los sucesos de entonces, el asalto al Tren del Encanto, el 29 de septiembre de 1963, en las montañas de Los Teques, ejecutado por un grupo guerrillero armado. Se difundió una mentira, una falsedad, unas fake news, decimos hoy, que culpó a un líder de la izquierda democrática durante más de tres décadas. A la postre y a la sombra, un cineasta y escritor asumió toda la responsabilidad —por televisión— y sólo entonces esa historia tuvo las respuestas pendientes por largo tiempo (“Miente, que algo quedará, cuanto más grande sea una mentira más gente la creerá”, decía Joseph Goebbels).
La novela da cuenta de una conmoción no sólo política, sino también social y ciudadana, tan de esta tierra por más de gracia que sea. Gonçalves Romero, el inmigrante, hijo y nieto de inmigrantes, se sentó a escribir, con llenura de corazón y en retrospectiva, de una Venezuela que se fue y él con ella. Trazó una realidad que identifica al lector nacido en la década de los años 60 con esa sociedad, donde creció y lloró de dolor y alegría.
Un país a este sol en resucitación para muchos que tomaron el camino sin retorno del exilio, esos que salen enajenados, a salvarse. Venezuela era noticia ayer, en un propósito estético a la vez particular y social —el inconsciente personal y colectivo de Jung—, para explicarnos de forma política y hasta poética (“Restregaron sus cuerpos con esponjas marinas como si quisieran que la piel olvidara”).
La literatura, la escritura, es llegadero de lo habido; la realidad y la ficción, lo virtual, ofrece la posibilidad de transformar la experiencia y coexistir en el recuerdo, que también es una patria, más amplia que los hitos geográficos.
Ahonda el autor en temas hondamente humanos, la mezcla cultural, la pérdida del lar, la muerte, el miedo al olvido, la identidad, la pertenencia y el futuro circular 65 años después (“¿Sería posible que la gente hostil cambiase por el simple hecho de pasar de un gobierno a otro por la vía electoral?).
El de ayer fue un país real, el de hoy una realidad virtual, un entorno de escenas y objetos sólo en apariencia, que crea en el nativo la sensación de estar inmerso en él. Venezuela es una idea, un sentimiento, para quien ya no mora aquí, incluso para quienes alcanzó el insilio: esa afectación familiar de los que se quedaron generada por el exilio, la expulsión, la expatriación, de los suyos. Un estar sin ser dentro, por condiciones tan adversas que las casas, las vidas, resultan cárceles de gente en lugares alejados, convocadas en una videollamada o en una foto.
Cuando salimos quizá para siempre de nuestro país —a lo largo del último cuarto de siglo—, siempre hay una parte que se traslada con nosotros en la memoria, y ese juego entre memoria y realidad que nos tocó a los venezolanos, al autor, que los hombres protagonizan desde siempre. El ánimo se desbordaba por los lugares, las personas, los recuerdos, la bondad, la belleza, como nuestros ríos:
Partir de casa sin saber cuándo será el regreso, el volverse a ver. (...) cuando la nostalgia se despertaba al ver una flor o con el murmullo de una canción, o con las simples campanadas de una iglesia.
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