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Diario inmaterial
(sobre Los inmateriales, de Oscar Marcano)

miércoles 24 de julio de 2024
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Oscar Marcano
La novela Los inmateriales, de Oscar Marcano, es ejemplo de una narrativa contemporánea, sólida, lúcida, capaz de jugar con realidades paralelas. Karina Aguirrezabal • Zenda
“Cuando le pregunté al maestro por qué estudiaba ese libro una y otra vez, me dijo que era porque nunca llegabas al fondo. Cuanto más ahondas en él, me dijo, más encuentras y más tiempo te lleva leerlo”.
Paul Auster, Mr. Vértigo

I

—Dormí en la Capilla Sixtina (risas). Te hablo en serio.

—¿Y por qué nunca lo has escrito? —confronta.

Tras un breve silencio, respondo:

—No tienes idea de lo que acabas de hacer.

—Tráigame otro café —le dijo al mesonero.

 

II

Dos escritores se encuentran. Tiempo sin verse. Una mesa, un espacio vacío. De pronto, las palabras surgen rescatando el tiempo. Intercambiando recuerdos, palabras no dichas, silencios.

Uno de ellos le obsequia un libro al otro. En la ficción, éste llega envuelto en papel kraft, con hilos multicolores a manera de lazo.

Confieso que, en los días por venir, leí ese libro dos veces. Como siempre cuando algo me interesa: la primera, desde la emoción. La segunda, desde la razón. Pero en esta ocasión, al segundo intento no lo logré: sus letras se confundían con mis pensamientos.

Pero volvamos al café.

—Perdona la tardanza —le digo—. Confieso que quise acudir a este encuentro en otras ocasiones, pero la rutina muchas veces arrasa con las intenciones.

—Así es —me responde—. Las casualidades. Pero llega el momento preciso. El tiempo justo. La vida no se apura.

 

“Los inmateriales”, de Oscar Marcano
Los inmateriales, de Oscar Marcano (Pre-Textos, 2020). Disponible en Amazon

Los inmateriales
Oscar Marcano
Novela
Editorial Pre-Textos
Valencia (España), 2020
ISBN: 978-8418178436
536 páginas

III

Intento escribir desde esa reunión. Pudiera ser algo así como: “Dos escritores se encuentran sentados frente a una mesa, en un espacio vacío”. No. Suena a fórmula cliché. Sería preferible: “Ellos se encuentran entre las hojas de un libro que no cesa de escribirse. Entre una página y otra. O quizás fue en el doblez de una esquina de la página, de esas que se marcan para no olvidar alguna frase; las que nos dicen algo por un instante, y que cuando volvemos a ellas, desaparecen, o se hicieron mudas. Allí se reencontraron”. Tampoco funciona. Hay algo que se resiste a ser escrito.

A esa imposibilidad se refirió Jean François Lyotard, inspirador del título Los inmateriales, de Oscar Marcano (Pre-Textos, 2020). El filósofo francés hizo un importante señalamiento en cuanto a la relación de Freud con el arte: apuntó a sus espacios de silencio, a lo no escrito en sus textos, y cómo desde allí reagrupó los fragmentos de sentidos esparcidos en el material.1

De esta manera, si el arte es elaboración de lo inconsciente, hay que analizar entonces lo que se resiste, buscar en el espacio entre una palabra y otra, entre un recuerdo y otro, entre lo leído y el impacto en el lector.

Sí, ese es uno de los aportes de Lyotard: el tercer espacio que hay que sumar. El primero es la relación del artista con su obra; el segundo, el de la obra con el artista, y el tercero, las letras y quien las lee, la pintura y quien la contempla, o el instante preciso en el que el fotógrafo pretende atrapar una imagen, sin darse cuenta de que antes que él lo haga, esa imagen ya lo atrapó a él.

Cabría preguntarse qué enganchó al autor de Los inmateriales, mientras como flâneur deambulaba por París, y a través de su protagonista nos toma imaginariamente de la mano, persuadiéndonos, página por página, a recorrerla con él.

Así van pasando los días, las semanas. Me voy familiarizando con el dédalo de calles, el listado de arterias y tugurios, fragmentos testimoniales de Miller, aquel homeless de narrativa que encontró en París su camino de Damasco. La letra de “O sole mio” era mi sonsonete. Surgía al cruzar la explanada de Les Invalides, al comprar vituallas en el mercadito d’Aligre o camino de la librería Picard. Miraba hacia arriba, buscaba el sol entre las nubes y experimentaba una inusitada felicidad.2

Entramado de calles y personajes, tejido a ocho voces. Polifonía donde el autor entreteje el encuentro de sus personajes, con resoluciones sorpresivas, sensoriales: escuchando, oliendo, sintiendo cada una de las experiencias que éstos viven.

Una vez terminada su lectura, pudiéramos quedar con la idea (pirandelliana o delirante quizás) de que todos los personajes masculinos de Los inmateriales son un prisma de identificaciones que conforman la subjetividad del autor. Quizás él mismo lo sugiere a través de un guiño en los nombres de ellos: Casimir (y el reflejo de Malevitch); Arvo Paez como homenaje a Pärt, maestro del minimalismo sacro, y Raimundo Lucio como equivalente del filósofo y místico mallorquín Ramon Llull, imagen de la caballería, maestro en la unión de opuestos.

En última instancia, posiblemente cada personaje sea un “punto de sutura” entre las distintas etapas de la vida del autor; excepto cuando se trata de lo femenino, que en la obra es llamado “If”, desde su condición de misterio, de inatrapable, de condicional, de puente entre el presente y el deseo: “If”.

 

IV

Más de treinta años han pasado, y ahora nos encontramos en un conocido café del este de Caracas. Oscar Marcano me obsequia sus Inmateriales. Abro la primera página:

...Al principio no sé de qué se trata. Luego reconozco el manuscrito. Han pasado treinta años. Lo miro en el piso, lo detallo. Con paciencia lo recojo. Lo abro. Examino la letra hológrafa sobre el papel traslúcido que alguna vez se usó para hacer ingrávidas las cartas. La tinta se ha vuelto purpúrea.3

La sincronicidad siempre sorprende: otoño de 1985. Y fue un avión, un tren a cualquier lugar.

El libro llegó en el día justo, en el momento preciso, cuando el vacío creativo comenzaba a perseguirme.

Ya en casa, me dispuse a leerlo, cuando la voz de mi padre acudió a mi mente: “Los libros no están para ser leídos, sino para ser interrogados. Haz la pregunta. Ábrelo al azar”.

Lo hice. El texto habló:

Le explico que estoy fuera de la poesía. Mi amigo ignoraba que había desertado. La circunstancia lo apena y no lo oculta. Con el rabo entre las piernas le narro lo difícil que ha sido para mí asimilar esa ruptura y le apunto que el camino de vuelta a la palabra, si alguna vez se produce, va a resultar farragoso (...). El mismo Cadenas nos lo decía: “Si algo puede salvar a la literatura es su honestidad”.4

Las letras me sacuden, atrapan, develan el obstáculo que impide mi movimiento como escritor al acto de la creación.

Vuelvo a la primera página: “Ordeno la biblioteca. Contra mi voluntad retiro libros en desuso para abrir paso a nuevas incorporaciones. Lo impone la falta de espacio”.5

Aparto la vista del libro. A modo de “criminal introspección”, este lector que vengo siendo descubre que en la acumulación de conocimientos puede estar la causa del vacío.

Tres, cuatro, cinco minutos en silencio hasta poder soslayar lo inmaterial. Retomo aquello que impactó al autor cuando, en 1985, fue a la exposición pionera en su estilo Les inmateriaux, comisariada por el mismo Lyotard, en el piso cinco del Centro Georges Pompidou.

A partir de las propuestas de Kant, Lyotard buscaba unir lo bello a la experiencia del arte. Será a partir de 1979 cuando denunciará La condición posmoderna, estremeciendo así a la intelligentsia de su tiempo al exponer los posibles estragos del desarrollo tecnológico. Afirmaba: “El saber ha perdido narratividad y se ha vuelto fragmentario. La verdad ya no tiene que ver con la pretensión ontológica sino con su función y eficacia”.

También proponía que el reto de la filosofía de entonces (e incluso hoy, podríamos sugerir), debía estar en saber-hacer con la pérdida de unidad, con la muerte del sentido: “Cada vez partimos de cero, porque cada vez hemos perdido el objeto de nuestro deseo”.6

Reflexionando en esto admiro cómo Oscar Marcano, en su novela Los inmateriales, supo amplificar estas inquietudes filosóficas en el campo de la literatura, carnalizando las preguntas, teatralizando las propuestas que definirían no sólo la filosofía de finales del siglo XX, sino el psicoanálisis del siglo XXI.

Somos tan prescindibles como todas las especies que se extinguieron. Y al apagarnos, nadie echará de menos a estos engreídos seres microscópicos, como nadie echa de menos a trillones de bacterias que desaparecen cada día. Consciente de mi pequeñez me muevo, y al hacerlo, ya no abrigo en mi mente a la amante más enigmática del planeta.7

No tengo reparo en afirmar que esta novela es ejemplo de una narrativa contemporánea, sólida, lúcida, capaz de jugar con realidades paralelas, y donde —al decir de Lyotard en relación con el objeto del arte— el fantasma circula en el espacio imaginario hacia su posible realización. Algo tan diferente a esa tendencia posmoderna donde la obra “des-realiza la realidad, tanto que ella no se ve como realización”,8 tanto que hace imposible cualquier intento de sublimación, en un mundo tan necesitado de ella.

 

V

Es tan fácil dejarse deslizar en la narrativa de Los inmateriales. Entrar en ella como en una máquina del tiempo, cuando por los 70 u 80 podíamos vagar sin temor con una mochila al hombro, durmiendo en estaciones de tren, vagando por calles infinitas, sin saber si al doblar la esquina el paisaje desaparecía y nosotros... Nosotros lo inventábamos y, con ello, construíamos nuestras vidas.

“¿Cuál es la historia de tu vida?”.

Recorro ordenadamente: línea por línea. Página por página. Subrayo, escribo en los bordes. Releo párrafos donde percibo un eco imaginario:

Doy recorridos sin rumbo por calles sin señorío, con la cabeza atascada entre los hombros. En mi desazón advierto que me gustan esos barrios taciturnos. Zonas interfectas donde no se decide nada. Lugares de paso donde el tiempo pesa menos y no hay sobrecogimiento, ni pálpito ni asombro. Su carácter impreciso puede dar lugar a realidades paralelas, a atmósferas. Hasta a ficciones.9

Ficcionar. ¿No es acaso ese nuestro oficio para poder acercarnos a alguna verdad particular?

Reviso una página marcada con una señal verde: “Todo el mundo tiene una historia”. ¿Cuál se elige contar? La pregunta me devuelve a horas antes, en nuestro encuentro tomando café:

—Dormí en la Capilla Sixtina.

—¿Y por qué nunca lo has escrito?

Algo me sacude. Quiebra un iceberg dentro de mí. Continúo leyendo hasta el amanecer. Quien escribe estas líneas mira el reloj, se sorprende del rápido avance del tiempo. Necesita refrescar sus ojos, lavarse la cara. Al verse en el espejo, descubre que no estaba en su habitación, sino en el camarote de un tren, y su rostro en el espejo, sorprendentemente, tenía cuarenta años menos.

 

VI

La policía llega a las 5 de la mañana a la estación de Termini. Los mochileros lo saben. Por eso, poco antes de esa hora se levantan, recogen sus pertenencias, envuelven los sleeping bags y, tras despedirse con un leve gesto de complicidad, se van dispersando.

El otoño estaba por terminar, pero aún el frío era lo suficientemente soportable como para llegar hasta la Fontana della Barcaccia, asearse antes del amanecer, y luego sentarse en la Scalinata di Trinità dei Monti, para comer los restos del pan con queso de la cena de anoche.

Está oscuro. Las calles aún desiertas. Se preguntan qué harán hoy. Toman el arrugado mapa que uno de ellos guarda en el abrigo y lo observan con cuidado. Se dan cuenta de que si siguen en una línea recta podrían llegar al Vaticano.

—¿Cuánto costará la entrada? —pregunta Alex.

—Soy capaz de cualquier cosa con tal de ver la Capilla Sixtina —responde el otro, sin saber aún que las palabras pronunciadas al azar, a veces, se tornan designios.

Caminan por casi treinta minutos hasta llegar a la plaza de San Pedro. Ambos quedan atónitos ante tanta magnificencia. Alex saca un libro: Roma para turistas. Lee: “El obelisco lo trajeron desde Egipto en 1586...”.

—No me importa —responde el compañero—. Quiero ver el Juicio Final.

—Aún no abren... —pero las palabras de Alex se esfuman en el humo de su aliento contra el aire frío, mientras rápido lo sigue—. ¿Qué haces?

A un costado del monumental edificio vislumbran una fila de personas, cabizbajas, metidas en sus abrigos, somnolientas.

—La fila para entrar como que empieza temprano... —comenta ingenuo sin darse cuenta de que están mezclados con el personal de limpieza del Museo Vaticano, y avanzan, ante la mirada adormecida del sentinella insomne: Buon giorno, buon giorno, buon giorno.

Ya adentro, Alex agarra el brazo de su compañero: “¿Y ahora?”. Éste le responde: “A la Capilla Sixtina. Quiero ver el amanecer desde allí”.

—Será desde la cárcel... —pero una vez más sus palabras caen en el vacío. Sólo logra seguirlo y preguntar—. ¿Cómo sabes dónde está?

—Sigue los carteles...

Entre la excitación, el miedo y las primeras luces del amanecer llegan a la Sala Regia. Unos pasos más y, sobre ellos, la obra de Miguel Ángel: La creación de Adán. Al frente, el impactante Juicio Final cubre la pared del altar, y alrededor joyas pictóricas de Rosselli, Perugino, Botticelli... Alex enumera artistas, pero el otro le pide que calle. Al voltear, lo descubre acostado sobre los mosaicos cosmatescos del piso, contemplando el cielo de la perfección. El otro sólo acierta a decir:

—Mira el efecto del sol entrando por las ventanas.

—Si nos meten presos habrá valida la pena —dice Alex acostándose también.

Los dos mochileros se quedan ahí, en silencio, disfrutando el imposible que viven, la gloria sobre ellos. Pasa al menos una hora, solos... No, solos no, acompañados por las más de trescientas figuras que transitan en los quinientos metros cuadrados del techo.

Alex se duerme.

 

VII

El mesonero trae otro café.

—¿No los descubrieron?

—Cuando escuchamos voces, nos levantamos. Fuimos a un rincón. Nos dimos cuenta de que eran turistas. Nos mezclamos con ellos.

—Insisto —dijo Oscar—. ¿Por qué no lo has escrito?

—Cuando lo haga te lo dedicaré —respondí riendo.

De pronto, me quedo en silencio. Ante nosotros, en la acera de enfrente, hay gente que comienza a salir de las oficinas. Un ama de casa sale apurada con su bolsa de mercado pensando en la cena. Los carros ante al semáforo en verde de la esquina tocan corneta tratando de apurar a aquellos que detienen los suyos, intentando incorporarse a la larga fila de los que necesitan esperar que llegue el camión con la carga de combustible.

La realidad puede fundirse con la página en blanco, con el texto leído, con el tiempo compartido. Así es el proceso que lleva a buscar una línea entre tantas. Esa línea capaz de acercarse al sentido deseado, quizás sublimado, en un humano creativo, honesto, sin apoyo en atajos de artificios. Marcano lo describe magistralmente:

Al avanzar advierto que muchas notas parecen haber sido tomadas por obligación. La impresión general es que, en ciertos momentos, o la escritura perdía importancia o estaba siendo acuciado por otras circunstancias.

En oportunidades se ve una palabra escrita hasta tres veces.

La primera, completamente ilegible. La segunda, tachada, como si no estuviese satisfecho. La tercera, consignada con rabia, con el temor de no lograr su cometido.10

Así decidí escribir la historia de aquel día que dormí en la Capilla Sixtina. No sé si como cuento, como novela... o como vía para salir de la parálisis. En última instancia, como homenaje a quien me ayudó a hacerlo.

No en vano, como bien destaca Marcano en su hermosa novela, cada quien tiene su inesperado encuentro camino a Damasco.

Johnny Gavlovski E.
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Notas

  1. Lyotard, Jean François: Los dispositivos pulsionales. Union Génerale d’Éditions, 1973. pp. 71-93.
  2. Marcano, Oscar: Los inmateriales. Editorial Pre-Textos. Valencia, España, 2020. Pág. 107.
  3. Op. cit., pág. 9.
  4. Ibíd., pág. 147.
  5. Ibíd., pág. 9.
  6. Fèvre, Fermín: “El itinerario de Jean-François Lyotard”. En: Criterio Digital, Nº 2.217, 1998.
  7. Marcano, O.: op. cit., pág. 284.
  8. Lyotard, J.-F.: op. cit.
  9. Ibíd., pág. 333.
  10. Ibíd., pág. 403.
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