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Dos cuentos

jueves 13 de agosto de 2015
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Sedales

Probablemente pescar fuera una forma disimulada de nacer, allá, en ese barrio inmune al tiempo que en alguna esquina del futuro (cuando la razón se convierta en el rimero de recuerdos que suman el pasado) llegaremos a entender como la infancia. Y si ser adulto equivale a sentarse un instante en la antesala del consultorio médico donde van a decirnos de qué vamos a morir, yo entiendo que pasé de ser un niño pescador a un lector adulto (cuya edad es siempre el presente de los protagonistas de las novelas que consume, y su sabiduría tan ajena como un alma ortopédica) esa tarde caliente que narraré algunos renglones adelante, cuando tirado en el hueco de aquel puente de mentiras sentí que mis amigos se alejaban, que a la vida le iban bajando el volumen, que no iba a poder seguir el ejemplo de nadie, que me iba a quedar para siempre en esa hacienda incierta que los curas bautizan “El limbo”, mientras todo alrededor de mi temor se iba llenando de un aire negro parecido a la asfixia. Pero para caer en ese hueco, y que todos ustedes caigan conmigo, contentos de caer, creo que debería empezar por el comienzo.

No se vería bien que nosotros, los machos del barrio, fuéramos a pescar con flotador a la laguna del parque, como las niñas, sentados cómodamente en asientos de tres puestos protegidos por parasoles y señoras que pasan ofreciendo gaseosas y golosinas mientras toman nota de nuestro comportamiento para ir a avisar a las mamás, si ven que no estamos haciendo las cosas como la moral obliga. Me refiero a ese parque del barrio, a la vuelta de mi casa, adonde llevaremos un día a nuestros hijos, el mismo al que nuestros papás nos llevaron hasta hace poco, cuando aún nos resignábamos a ser pequeñitos, para que pescáramos sardinas en un agua mansa parecida a un espejo donde luego, desde lejos, cuando comprendiéramos que la niñez se nos iba cayendo de la piel, miraríamos con nostalgia nuestro pasado y proyectaríamos el orgullo del futuro que habríamos de ser. Porque la mejor patria es la infancia, y el porvenir es mejor, creo yo, si uno fue feliz cuando estuvo chiquito.

No, para pescar lo mejor no era el parque. Porque nosotros queríamos ser respetados, a pesar de las mamás, que nunca aceptarían que nos hiciéramos adultos, y la opinión de los papás, que nos urgía a ser valientes asegurando que “no servíamos para nada”, un desprecio que nos alentaría a dar la lucha, según esa campechana filosofía de guerreros sin armas. Por lo tanto necesitábamos encontrar un sitio remoto y peligroso, aunque no tanto que nos impidiera llegar a casa a la hora de la comida, al abrazo de mamá y a la cama para gozar del cine gratuito de los sueños. Las niñas del colegio femenino, que serían las madres de nuestros hijos, tenían por fuerza que saber que íbamos a jugarnos el pellejo los domingos, como los machos que serían su orgullo, en el futuro, el día azul cuando pidiéramos su mano.

De todos los papás, el único que admirábamos (cada uno al suyo lo quería, ciertamente, pero eso no es lo mismo) era el maquinista del tren, papá de Flavio y Marisol, un sindicalista que con sus discursos y su socialismo había expulsado del país a la empresa extranjera que los esclavizaba, y eso lo había hecho famoso. Era él quien nos decía que con esfuerzo, justicia y mucho estudio lo lograríamos todo, y fue quien después de conseguir el sitio peligroso y remoto adonde fuimos a pescar los domingos de los años siguientes, nos saludaba desde su tren en marcha a las cinco y media de la tarde, cuando salíamos extenuados a la carretera principal, cargados de moinos y guabinas que las mamás, en casa, al regreso, limpiarían y salarían para comerlos entre semana, hasta el domingo de la próxima pesca, por los siglos de los siglos.

Eladio Urbina, hijo del talabartero, una noche escuchó decir a su padre, quien hablaba dormido cuando volvía borracho de la taberna, que bajándose del bus en Ogandalis y torciendo a la izquierda uno andaba dos horas llano adentro sobre la carrilera del tren y, pasando el potrero de los perros bravos (no dijo cómo se pasaba), se llegaba a una quebrada donde los moinos y las guabinas eran tan grandes que los dueños de la finca, envidiosos, prohibían pescar. El miedo amenazaba que quien se atreviera a cruzar la cerca y se dirigiera hacia la quebrada moriría comido por los perros, entrenados para matar, como las plantas carnívoras y los personajes malos de las películas.

El primer domingo perdimos el viaje. Nos levantamos a las seis de la mañana, cada uno al final de su sueño en blanco y negro, rezamos secretamente por el éxito de nuestra aventura, desayunamos escuchando la monserga de cada mamá, a quien todo lo que ocurría fuera de casa le parecía tan peligroso como andar sobre la cuerda floja, de tal manera que tomamos el bus de las ocho y llegamos a Ogandalis a las nueve y cuarto. El paisaje era una tierra amarilla y sedienta, caliente como la panza de un horno, honda y rugosa como una quemadura, donde parecía que comenzaba el infierno; pero al fondo se veía un horizonte azul como los ojos más bonitos, y daba ganas de ir tras él, igual que se persigue el final de una buena promesa. Anduvimos tres horas y media en fila india, a saltos sobre los travesaños de la carrilera del tren, lo que destrozaba los riñones de los cobardes que no éramos; vimos lagartijas y culebras, ningún tren, sudamos como el dios de los aguaceros tibios y por ahí a la una de la tarde nos detuvimos a rascamos la nuca frente a un aviso que decía “Cuidado, perros asesinos”, y no supimos qué hacer. Hasta que apareció el ángel de la guarda.

Un muchacho de nuestra edad, once o doce años, vestido de campesino, con un sombrero de paja roto, una camisa de popelina descolorida que algún día fue del color de una ilusión, unos pantalones corticos de dril y unas alpargatas raídas que daban tristeza, pasó arreando un ganado y se detuvo cuando nos vio leyendo el aviso y tomándonos, entre los diez, una sola gaseosa a sorbo compartido: debíamos ahorrar las bebidas para distribuirlas durante el resto del día bajo ese sol que tostaba los hierros. El muchacho nos preguntó de dónde veníamos y qué pensábamos hacer. Y como era un ángel de la guarda, se le notaba como si tuviera el cielo en los ojos, le revelamos nuestro propósito.

Él dijo que trabajaba para los dueños de la finca, unas malas personas que prohibían la pesca, pero que si éramos capaces de llegar antes de las seis de la mañana, hora en que soltaban los perros, que dormían encerrados, y pescábamos hasta la una de la tarde, cuando los encerraban de nuevo en el establo, hasta las dos, para que comieran, podríamos cruzar la cerca por allí, señaló; y siguiendo derecho hasta la otra cerca, como a diez minutos andando deprisa, al pasar, después de la maleza encontraríamos la quebrada. Los perros no podían llegar hasta allá porque “si se bañaban se volvían cobardes”, aseguró, y para confirmar esa extraña sabiduría dijo que los veterinarios de la perrera los habían enseñado desde que nacieron a no cruzar esa cerca, y los perros obedecían. “Además los perros no los verán, si hablan bajito”, dijo con cara de sordo, “porque la maleza alta no los deja ver hacia la quebrada”. A mí su discurso me confundió un poco el ojo con la oreja, pero al final entendí lo que quería decirnos. Entonces podríamos pescar, eso sí, aseguró, sin olvidar que debíamos terminar a la una para regresar por el potrero sin riesgo de ser mordidos por los perros, antes de las dos. Él iba a estar atento a que nada malo nos sucediera cuando viniéramos, sentenció, y esa seguridad me confirmó que era un ángel: es que no había manera de que le avisáramos cuando fuéramos a venir, pero él lo sabría, de puro milagro.

Le agradecimos por el dato y cada uno le dio algo de lo que llevaba en su morral: frutas, arroz, gaseosa y huevo duro. Aceptamos de buen grado la pérdida de aquel domingo, pero quedamos contentos porque ahora sabíamos lo que debíamos hacer durante el resto de nuestra vida de adultos pescadores. Dimos vuelta y anduvimos en fila india más rápido que nunca (nos daba miedo que llegara la noche y todavía estuviéramos en el monte, rodeados de culebras de luto y monstruos de pesadilla). Saltábamos sobre los travesaños de la carrilera del tren, lo que destrozaba los riñones de los cobardes que no éramos; vimos lagartijas y culebras, ningún tren, sudamos como el dios de los aguaceros tibios y por ahí a las cinco de la tarde estábamos otra vez en Ogandalis. Yo miré hacia atrás, y en contra del infierno que imaginé esa mañana al adentrarnos en el paisaje, sentí que volvía del paraíso.

Cuando nos disponíamos a tomar el bus de las cinco, Flavio nos sugirió que esperáramos un rato pues él había escuchado que su papá pasaba con su tren por allí, a eso de las cinco y media, y con seguridad iba a detenerlo para llevarnos de vuelta a la ciudad. Nosotros, ignorando que los trenes no frenan en seco, como los automóviles de los que recuerdan que dejaron el pañuelo en la casa, perdimos la espera y nos tocó tomar el bus de la oscuridad, el de las siete y media, porque el sindicalista, maquinista del tren de la mirada caliente y el lazo de humo que lo ataba al cielo, sólo pudo saludarnos con la mano en la sien, como un capitán, desde el tubo de una velocidad imposible de detener. Pero el hecho de verlo saludándonos, como si un titán fuera amigo nuestro, nos dio la seguridad que nos ayudó a esperar el bus de la noche, como jóvenes titanes que derrotan los miedos chiquitos.

Los tres años siguientes fui con mis amigos a pescar a lo de los perros asesinos, sin que jamás nos mordieran, hasta cuando decidí quedarme los domingos leyendo en mi casa. Y aunque eso fue cierto, lo de quedarme leyendo en mi casa, que casi no hay nada mejor, en realidad tomé esa decisión porque me dio mucho susto que se repitiera lo de la última vez que los acompañé, y que nunca tuve el valor de contarles, hasta hoy, si es que alguno sigue vivo y lee lo que dice este recuerdo.

En esa oportunidad, la última para mí, como era costumbre salimos en el bus de la medianoche para llegar al aviso de los perros asesinos antes de las seis de la mañana. Y pescamos, como siempre, unas guabinas y unos moinos gigantescos. Yo saqué tantos pescados que el peso de la carga, al regreso, hizo que me quedara atrás de mis amigos, que se alejaron conversando y me tomaron demasiada ventaja. Yo no los llamé para que no pensaran que tenía miedo. Pero lo tenía.

¡Entonces zas!: di un paso en falso y caí en el hueco que forma uno de esos puentecitos que construyen en la carrilera para que pase un arroyo, tan comunes a lo largo de la vía, en esta tierra nuestra tan llena de ojos de agua que se alargan en ríos bondadosos. Habían quitado uno de los travesaños de madera y yo, confiado, puse el pie en el vacío y caí al fondo del cauce seco del arroyo de sed que alguna vez pasó por allí. Me di un golpe en el estómago contra el piso de tierra y pedruscos, perdí la respiración y no pude hablar durante un buen rato. Boqueaba como un pez fuera del agua; movía inútilmente los brazos y escuchaba desesperado los pasos de mis amigos que se iban alejando, rodeado de un aire espeso que se respiraba como gelatina caliente. Y lloraba, como buen hijo de mamá.

Allí, mientras sospechaba que no podría levantarme nunca para salir del hueco y correr en busca de mis compañeros, morí unas catorce veces pensando que me iba a arropar la noche más oscura, que no iba a salvarme de las culebras de luto y los monstruos de pesadilla, y no iba a llegar a tiempo para saludar al capitán del tren, cuya mirada, viajera y esquiva como un pez en el agua, nos daba una seguridad que nos convertía en titanes gigantes que derrotan los miedos de siempre.

 

Las otras palabras

Estaba sentado en una butaca de tres patas muy cortas, como escondiéndose de un miedo de humana estatura, dentro de la tienda, a la derecha de la entrada y entre una semioscuridad del color de una gota de tinta negra ahogada en un vaso de leche, de manera que no se le veía hasta estar adentro y buscar con la esperanza de encontrar a alguien dispuesto a atender a los clientes. Tenía dieciséis años y usaba, de arriba hacia abajo, un sombrero beis untado de bosta de vaca, de una vejez que había desleído sus alas y roto los bordes; una cara trigueña y taciturna estucada de acné; una camisa a cuadros amarillos y verdes con dos ojales sin su botón y tres semanas de mugre aferrado a la trama y la urdimbre con uñas y dientes; un pantalón que alguna vez fue largo y ahora llegaba a la rodilla rematado por flecos al viento; y un par de zapatos sin suela, sostenidos en su puesto gracias a sendos cordones de cuero de vaca atados a sus tobillos. Y no se notaba proclive al trabajo.

Después, cuando pensé en el asunto de la relación de las palabras de moda con la pérdida de la identidad cultural, decidí que el muchacho se llamaba Salustiano Barrientos y estaba en la tienda porque su papá lo había sacado de la escuela para que le ayudara en el trabajo, que tenía dos frentes, uno, el campo con sus vacas lecheras, gallinas y cerdos; y otro, la tienda. Y puesto que Salustiano había salido débil del músculo y demasiado lector de novelas, el viejo prefirió ponerlo al frente de la tienda y dejar a su hermano Matías trabajando en el campo. Aquel era su primer día de trabajo, y por causa de la melancolía que lo aquejaba por dejar de ver a su compañera de curso, Lucrecia Escudero, y por la clase de español que nunca más recibiría, estaba de tan malas pulgas que la tomó contra mí cuando me vio entrar a la tienda.

La tienda era francamente una calamidad. En el estante del fondo, que aguzando la vista se notaba prácticamente vacío, sólo había dos botellas de Gran Vino Sansón aureoladas de polvo y un frasco de creolina que nadie se explicaba por qué no estaba en la droguería del pueblo. En la vitrina, sin vidrio, había tres panes de cien pesos, duros como el bolsillo de un usurero, y nada más. El piso era de tierra, las paredes de bahareque con huecos por donde entraba la sospecha de las once de la mañana de ese lunes cuando yo venía de Puridad, la ciudad donde vivía mi hermana menor.

Pensándolo bien, este es un relato que resulta mejor contado de viva voz y no escrito. Porque tiene que ver con el sonido de las palabras y no con la forma como se escriben. O sea. Es más fácil que ustedes sonrían cuando me escuchan que cuando me leen y, entérense, yo escribo para que recuperen su sonrisa, aunque no los conozco. Por eso creo que escribir este recuerdo es un fracaso, como la tienda de Salustiano Barrientos. Y mientras decido qué hacer, voy a ir a lavar una loza que tengo sucia en el lavaplatos, a quitar un poco de polvo de la sala y hasta de pronto voy al supermercado a pagar el recibo del acueducto. De aquí a que termine esos deberes a lo mejor decido borrar lo ya escrito y olvidarme de este mal cuento. ¡Hasta luego!

*

Ya terminé y aquí estoy de nuevo. No pude abandonar este escrito, pero dejo constancia de que lo retomo menos por el cuento en sí como por no defraudarlos, sí, a ustedes, que a lo mejor no han lavado su loza, quitado su polvo ni pagado su factura del acueducto por sentarse a perder su tiempo conmigo. Y voy a dar una clave para que el cuento resulte menos aburridor de lo que es: al final se van a encontrar dos veces con una palabra que es la marca de una bebida. Cuando yo la pronuncie debe leerse como se escribe por aquí, en español, sin esa mariconería de las letras que en otros idiomas se escriben igual pero se pronuncian distinto, ei en lugar de a, en inglés, por ejemplo. Y cuando la pronuncie el muchacho se debe leer como se pronunciaría en el otro idioma, con la mariconería que le es propia. Después, cuando terminen de reírse, les recomiendo pensar en lo de la identidad cultural y otros asuntos serios que el tema concita, un poco políticos, intelectualoides, ampulosos, que lo diferencian a usted de los que leen y no sienten nada, porque la estupidez les ha corroído el cerebro. Ofrezco disculpas a estos últimos, pero es que yo no puedo evitar cagarla con alguien.

Ese sábado, cuando llegué a Puridad para lo del cumpleaños de mi hermana menor, de cuyo nombre no quiero acordarme pues me dio tanto alcohol y tanta comida grasosa el sábado y el domingo que lo que queda de mi cuerpo es menos importante que el alcalde de la ciudad de hierro. La fiesta comenzó al mediodía, apenas me bajé del carro, y terminó el domingo a eso de las once de la noche, derecho, sin dormir ni un minuto, de tal suerte que el lunes, a las siete de la mañana, cuando prendí el carro para devolverme, este servidor era un guiñapo que no valía ni el polvo adherido a la suela de unas pantuflas.

Cuatro horas después padecía un guayabo con pinta de tsunami: tenía los ojos inyectados en sangre cobarde, temblaba como si estuviera cerniendo harina, me dolía la cabeza desde el peinado hasta la planta de los pies y, lo más importante: tenía una sed tal que después de pasar el pueblo de Zipartaclá y avanzar algo así como un kilómetro, vi a la orilla de la carretera una tiendita destartalada con un aviso de Coca Cola en el techo que me indujo a detenerme para beber lo primero que encontrara. Era tal la sed que sentía que la vida se asemejaba a un desierto, por lo que no estoy seguro si Salustiano Barrientos es un espejismo o un recuerdo de carne y hueso.

El muchacho estaba sentado en una butaca de tres patas muy cortas, como escondiéndose de un miedo de humana estatura, dentro de la tienda, a la derecha de la entrada y entre una semioscuridad del color de una gota de tinta negra ahogada en un vaso de leche, de manera que no lo vi hasta que estuve adentro y busqué con la esperanza de encontrar a alguien dispuesto a atender a los clientes. Grité buenos días y barrí con la mirada los trescientos sesenta grados que tienen las circunferencias de los libros de geometría, y cuando volví al grado cero me detuve porque pensé que había pasado sobre un bulto con pinta de humano. Retrocedí despacio, con talante de detective, por el camino de la mirada, y allí estaba el muchacho.

—¿Hay Gatorade? —pregunté mientras mis ojos se posaban en una nevera que antes no había visto, gris como el aire del cuarto y silenciosa como el rostro esculpido en una medalla. Después volví la vista hacia él, Salustiano Barrientos, sentado casi en el piso y mirándome como si fuera la muerte que había venido por él; de nuevo miré la nevera y de vuelta al muchacho.

Salustiano Barrientos me miró con lástima. Pensaba que yo era un tal por cual que no sabía pronunciar el nombre de las cosas importantes. Entonces, después de un instante de duda seguido por otro de valentía, con esa sabiduría de la boca, aprendida de la costumbre de los vocablos que nadie esclarece, me dijo:

—¡Gueitoreid!

Amílcar Bernal
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