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Poemas de Invierno sin corazón (Kernlose Winter), de Elena Soto

lunes 14 de septiembre de 2015
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“Invierno sin corazón (Kernlose Winter)”, de Elena Soto
Invierno sin corazón (Kernlose Winter), de Elena Soto, publicado por Torremozas en enero de 2015.

Durante el invierno en la parte central del continente antártico las temperaturas quedan atrapadas en una media de -62 °C, experimentando variaciones mínimas. “Kernlose winter” —literalmente invierno sin alma, sin núcleo, sin corazón— designa a este peculiar fenómeno térmico.

 

Kernlose winter (Invierno sin corazón)

Hay una tierra
en la que el viento impone la ceniza con la garra
y el invierno no tiene alma,
le llaman kernlose
(el que no tiene corazón),
donde el polvo de nieve se suspende en el aire,
y se detiene a unos siete centímetros del suelo,
sin apenas rozarlo,
y asciende,
vagando como un punto en pena,
sin núcleo, sin centro,
sin poder encontrarse con el agua.

Hay un océano sólido, fijo,
en el que el oleaje perdió su estado líquido
y las mareas no tienen alma,
le llaman kernlose ocean,
el océano de las aguas sin corazón,
donde los náufragos suspendidos en el viento
se detienen a siete centímetros del horizonte
y ascienden,
vagando como átomos que han perdido su núcleo,
desorientados en la oscuridad blanca,
kernlose light (luz sin corazón),
luz sin sombras, sin alma.

 

Un puñado de instantes lepidópteros

La vida se decanta carmesí
como el color de los rubíes imperfectos.
Carmesí como jugo amargo de res de matadero,
carmesí como la cosecha de aquel año
que los robles cayeron bajo el hacha
y guardamos las lágrimas.
La vida se decanta carmesí,
se va tornando transparente
dejando sobre el retrato de la abuela que apenas conocimos
el polvillo fino de las alas,
escamas carmesí de los instantes que fuimos lepidópteros
sobre cuerpos que apenas recordamos,
sobre mesas de celebración marcadas a cigarro y a navaja,
sobre versos que mudaron las palabras
disolviendo la tinta de los límites
abriendo el círculo perfecto de la o
bajando a los infiernos por los pies de la y griega.
Escamas carmesí enrojeciendo el filo de la t
como la cosecha de aquel año
en que las abejas cambiaron las costumbres
y se hicieron nocturnas,
y la miel ya no conservaba los cadáveres.

 

Las puertas no ajustan

Las malas hierbas sospechan que has dejado la casa,
los geranios lo saben,
y la sal, que no es pura, absorbe la tristeza.
El delator cloruro de magnesio
intuye tiempo de tormenta
y se apelmaza.
Siento humedad en los nudillos de los dedos,
las lágrimas han desplazado unos milímetros las jambas
y las puertas no ajustan.
Pero oculto a la madera que ha sido cortada,
no quiero despertarla, todavía crece.
Tal vez la meza,
tal vez la arrulle
con la nana antigua de las olas.

 

El Ángel de la Hamburguesa

He aquí que arribo a buen puerto
el ojo de neón me ha empujado con viento favorable a la morada del ángel.
Tras el vidrio
la salvación se ordena en jaculatorias
con nombres de paraísos ya casi perdidos:
Amazonia esmeralda: con todo tipo de vegetales,
Mississippi delta: genuino sabor americano,
Mediterránea clásica, Tropical braseada,
Aurora boreal cinco sabores, Oriental Gran Muralla…
La luz oblicua me tienta
con lo que intuyo sonrisa en la cara del ángel,
me roza despacio el corazón.
Alguien tararea “Siempre que te pregunto: qué, cómo, cuándo y dónde”.

El ojo de neón atrae el vuelo de las mariposas nocturnas,
se mimetiza angélico con el terciopelo,
se enternece y parpadea suave
acunando el rostro de la chica de rojo,
acariciando el humo
de esta manera tan especial en que acaricia la luz
cuando convierte en vaho lo que toca.
Desde la esquina la mirada del ángel,
oblicua en el crepúsculo,
transforma la nitidez cruda de la foto-menú
en visiones tenues con formas difusas
convirtiendo la Mississipi delta en un blues,
la Mediterránea clásica en la añorada Ítaca,
la Aurora Boreal en la tierra prometida de la alquimia.

La túnica del ángel,
del color amarillo-limón de la formica,
se desvanece soberbia entre espirales
mientras la camarera cuelga entre los pliegues,
a manera de exvotos, las cuentas de los fieles.
Me pregunto a qué jerarquía pertenece este ángel,
que me hunde en la atmósfera milagrosa de Canaán,
mientras oigo: “su tabaco gracias”.

La noche cae tibia,
humedece el revoloteo de las mariposas nocturnas,
y la más osada se posa en la frente del ángel.
Tras los cristales un perro se acerca sumiso,
alguien, al otro lado, le extiende la palma
y una lengua le dibuja el contorno en el vidrio,
lamiendo las heridas.
De nuevo me pregunto a qué jerarquía pertenece este ángel
¿En qué cielo el olor de hamburguesa se mezcla con la brisa,
se alía con la luz inerte del neón
y penetra como la lluvia fina?

“Siempre que te pregunto: qué, cómo, cuándo y dónde.
Tú siempre me respondes; quizás, quizás, quizás”.

Quizás en el Octavo Cielo Oblicuo
donde penden las almas a manera de exvotos
pagando en calderilla el precio de la expiación.

 

El ciclo del agua

Esta lluvia que ahora humedece mi cabello ha sido saliva en la lengua del faraón

¿En qué punto las moléculas de agua
pasan a ser la fracción del ángel?
¿En qué instante las moléculas de agua
pasan a ser la parte del hombre?
Evaporación, congelación,
sólo el tiempo es líquido
y fluye
en la fracción de sangre que un día estuvo en el océano.
Y la saliva ha sido savia
y la savia ha sido nimbo
y el nimbo ha sido sudor espumoso en el galope.
Ha sido ola, ha sido Nilo,
y el Nilo ha sido lluvia.
Tras los cristales resbalan gotas
tal vez moléculas de la segunda o la tercera dinastía.

 

Las lágrimas de Ángela

Tengo la oscura certeza
de que las lágrimas de Ángela son falsas,
tiene de animal de compañía un caimán
y ha aprendido de él todas sus artes.
Dice que llora desde el corazón,
y la bestia, que está bien enseñada,
asiente mientras le sostiene la mirada.
Esta pareja de reptiles produce ternura,
han hecho un pacto de sangre
y como caballeros se reparten las presas.
Recostados junto al agua
entibian la piel y las escamas.
Ella necesita calor para que fluyan las lágrimas,
la bestia sólo está por el placer de estar,
sin duda se siente segura entre los suyos.

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