“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Suerte perruna

jueves 17 de septiembre de 2015

I

Creo que usted tendría la misma sorpresa mía si en­contrara en el periódico el siguiente aviso:

Danesa, perra de alta alcurnia, busca novio. El aspirante debe poseer sangre azul e impulsos muy definidos de virilidad. Soy menudita, cariñosa y muy excitante. Búscame en la carrera 17 número 85-33, teléfono 256 09 45, sólo en horas vespertinas, porque en las mañanas recibo clases de glamour.

Este mundo está loco, me dije tirando el periódico so­bre el sofá. Al momento Póker, mi fino perro irlandés, terrier linajudo que se daba humos de gran señorito, salió corriendo con el periódico en la boca. Lo husmeó como si fuera para él la invitación de Danesa y pareció deleitarse con la sugestiva foto donde la perrita se mostraba muy sexy sobre un colchón de plumas. (¿Por qué no iba a ser de plumas si la niña era burguesa?). Alrededor del cuello llevaba una cintilla que terminaba por delante en un aderezo refulgente, de seguro una es­meralda o un diamante, si eran tantas las campanillas de esa aristocracia perruna. Los ojos inteligentes y azucarados dejaban entrever la muy coqueta personali­dad con que estaba revestida y que ella cuidaría con mujeril esmero.

Por allá en el fondo alcancé a distinguir a la perrita coqueteando des­de su trono principesco. Me sentí transportado a un palacio y comencé a flotar entre espumas y misteriosos vapores.

—Llévate a Póker para que me deje trabajar —gritó mi mujer desde la alcoba.

—Ven acá, Póker —lo llamé con un silbido que él entendía muy bien.

Porque ha de saberse que los perros son los animales que mejor traducen los gestos y los sentimientos de los hombres. Póker, a quien yo contemplaba tal vez en ex­ceso, vivía pendiente de mis menores deseos para com­partir conmigo el ambiente de la casa. Desde que el automóvil penetraba al garaje, el cariñoso animal, dando vueltas de contento, saltaba a la ventana del vehículo y no se consideraba correspondido hasta recibir la palmadita en la cabeza y apreciar el guiño a que lo tenía acostumbrado.

Acto seguido, retorciéndose entre fruiciones que sólo él sabía precisar, volaba a mi alcoba y en dos segundos estaba de regreso con las pantuflas en la boca. Mi fiel amigo me dispensaba recibimiento de rey, y muy superior, porque no he sabido de ningún rey que desde la bajada del vehículo encuentre el calor de las zapatillas para transportarse al refugio hogareño. Mi mujer, menos detallista, se anunciaba desde cual­quier sitio con el “aquí estoy”, como si yo ignorara que no podía estar en otra parte, o sea, distante de los mimos conyugales.

Póker correteaba a sus anchas por la casa y no siem­pre hallaba en mi mujer disposición de ánimo para en­tender sus travesuras. Por eso el buen animal era menos afectuoso con ella, y otras veces huraño. Las pequeñas faltas cometidas en mi ausencia eran exa­geradas por la meticulosa ama de casa que terminaba emprendiéndolas conmigo por lo que ella llamaba excesiva protección hacia el perro consentido.

—Este bendito perro va a terminar con nuestro ma­trimonio —vociferaba mi esposa cuando salía de pa­ciencia.

—¿Qué ha sucedido hoy? —preguntaba yo, mostrando interés aparente.

—Fíjate que he tenido que limpiar la alfombra de la sala por haberla manchado este sucio animal…

—¿Por qué hiciste eso, Póker? —lo reprendía yo con forzada seriedad.

El animal se quedaba mirándome. Un ligero movimien­to de cola me daba a entender que se le condenaba sin fórmula de juicio. Con los ojos sindicaba a mi mujer y parecía revelarme que había sido objeto de desaires y castigos que no merecía.

—Y además es muy holgazán —continuaba mi mujer—. Se tira en cualquier rincón y duerme a pata suelta…

Ya me sabía de memoria aquella cantinela. Cuando resultaban tantas quejas, algo de otra índole no le fun­cionaba bien a mi mujer. Era fácil distinguir su mal humor.

El perro, alargando las orejas móviles por entre el pelo rizado, escuchaba los cargos. Se echaba a un lado mío, como protegién­dose contra la ojeriza de su ama. Pero todo se desvanecía a los pocos minutos y yo terminaba desentendido entre los sorbos de una buena taza de café. Sabía que a Póker no lo quería mi mujer y eso me dolía. ¿Acaso un perro no es como un miembro de familia?

 

II

—No me gustan los animales —me confesó en un arranque de sinceridad.

—Me lo imaginaba.

—Y tendrás que salir de Póker…

—No exageres las cosas. El animal es inofensivo, servicial y cariñoso…

—¡Pero contigo! —me cortó la palabra—. Y resuélvete de una vez: o te quedas con el perro o te quedas conmigo.

Preferí callar. Conocía bien los momentos de histeria de mi esposa y era mejor no provocar nuevas dificulta­des en nuestra vida conyugal ya de por sí deteriorada.

—Esta noche te haré cama aparte porque he vuelto a sentir mareos. Póker dormirá contigo, ¿verdad? —pre­guntó con ironía.

Mi esposa llamaba mareos a su falta de calor conyu­gal. Con esa palabreja solucionaba cualquier trance.

Cuando estaba vacía de impulsos afectivos, eran mareos; cuando la invadía el mal genio, eran mareos; cuando le daba por odiar a Póker y al marido, no podía tener sino mareos. Comprendía yo su temperamento descompuesto e irascible y deploraba que los médicos y los siquiatras fueran incapaces de resolver el permanente desarreglo que yo tenía que soportar.

Comprenda usted, por eso, mi apego a Póker. No me había atrevido a tomar la suprema decisión de mi vida que era mandar al diantre a la desabrida compañera. Me detenían sus palacios y sus chequeras. Usted me comprende muy bien y sabrá disculparme, ¿verdad?

El aviso insinuante del periódico picó mi curiosidad. Se me antojaba exótica una perra recibiendo visitas sobre tapetes aterciopelados, pero en realidad no puede ser extraño que en el mundo de los perros, como en el de los hombres, haya pruritos sociales. Mi Póker, tan noble, debía cruzarse con categoría. Decidí entonces comunicarme con el teléfono del periódico. Sin demora escuché una voz que decía:

—Aquí habla Danesa. ¿Y yo con quién?

Quedé confundido, ya que la perra, por más educada que fuera, no podía hablar. Colgué el teléfono y no me sentí con deseos de una nueva llamada. Se me ocurrió que aquella voz entre misteriosa y provocativa no podía pertenecer sino a cualquier solterona que a falta de otro pasatiempo se había dedicado a jugar con los encantos de la perra. Sin pensarlo más me propuse iniciar la conquista amorosa. Había llegado el momento de buscarle compañera a Póker, cuya exis­tencia peligraba al lado de una mujer neurótica. Si yo la toleraba por millonaria, no era justo exponer al perro, ajeno al sentido de la plata, a que padeciera sus ímpetus destructores.

Lo engalané como caballerito de alta sociedad y nos fuimos en persecución de aventuras. Le ensor­tijé el pelo a lo Travolta, le acicalé las uñas y lo puse a estrenar pañuelo rabo-de-gallo y chaleco de paño inglés. Con porte airoso y hecho un gentleman, sólo le faltaba hablar. Cuando penetrábamos a la casa me miró con malicia, insinuándome que iba listo para el cortejo…

—Pórtate bien —le recomendé— para que te acepte Danesa y no tengas que sufrir más palizas.

Pocos minutos después apareció la mujer, de unos cuarenta años, alta y desenvuelta. Caminaba con esbel­tez. Quizás llevaba algún recargo de cosméticos y cierto exceso de pulcritud. Definir a las mujeres no es fácil. Gustan o no gustan. De inmediato borré la imagen de la aburrida solterona y en rápido examen la definí como toda una mujer. Sonrió con amabilidad cuando le presenté a don tenorio, cuyo porte la impre­sionó. Cualquiera hallaría agraciado un perro vestido de caballero y en plan de conquistador.

Extendí los pulcros documentos con la historia de mi personaje y ella se mostró satisfecha de la sangre azul que le ofrecía.

–Muchos perros han desfilado por esta sala y ninguno llenó los requisitos.

—¿Demasiadas exigencias? —pregunté.

—El pretendiente de dama tan distinguida —exclamó con sonora expresión que flotó por todo el ambiente— debe poseer un pedigrí intachable para transmitir a las generaciones futuras auténtica sangre burguesa.

Aspiré el aire como si con las palabras de la dama se hubiera impregnado el recinto de realeza. Por allá en el fondo alcancé a distinguir a la perrita coqueteando des­de su trono principesco. Me sentí transportado a un palacio y comencé a flotar entre espumas y misteriosos vapores.

—Y además debe ser culto y muy caballeroso.

—En eso nadie le gana a Póker —afirmé con vanidad, al tiempo que llegábamos al sitio del encuentro. Y agregué:—. Mi perro es todo un personaje de los modales, la alcur­nia y la virilidad, como usted lo quiere.

—Como lo necesita Danesa —repuso ella con delicada ironía.

—¡Entonces nuestros apellidos están salvados!

Me alegré más de la cuenta, y ella terminó riéndose.

 

III

Póker entró paso a paso, algo tímido y temeroso. Luego se unió sin más titubeos a la exigente princesa. La olfateó por todas partes y a manera de cumplido le frotó una oreja. Yo le ayudé a ofrecerle el ramo de flores y la caja de chocolatines que llevaba de ofrenda. La mutua atracción fue idéntica al flechazo de Cupido que pintan las novelas románticas. Nariz contra nariz, los animalitos intercambiaron el soplo de su fulminante senti­miento. Algún músculo se movió en la naturaleza de Póker y yo presentí que algo serio estaba a punto de su­ceder.

—¿Los dejamos solos? —insinué, mientras tomaba del brazo a la dama.

Sorprendí un ligero rubor en sus mejillas, pero su discreta sonrisa cortó la cohibición. Más elocuente no podía ser la invitación a nuestros pupilos para que tu­vieran sus galanteos sin estorbos. Cuando de pronto es­cuchamos el suspiro y notamos el movimiento peculiar, supimos que el amor había hablado su mejor lenguaje. Pensé en mis vacíos sentimentales y algo se alborotó en mi interior. La compañía de la hermosa mu­jer incitó mi desazón.

—¿Casada? —le pregunté.

—Viuda. Me llamo Teresa.

—Una viudez cómoda, por supuesto.

—Por lo menos llevadera —manifestó sin mayor in­terés.

Al rato apareció la pareja. Faltó el cura que hubiera recitado las palabras rituales: “Ahora sois marido y mu­jer”. Todo había sucedido más rápido de lo pensado. Si sangre azul se buscaba, los genes aristocráticos de la perrita estaban protegidos. Danesa, embelesada, recibía los arru­macos con que la abrumaba su apasionado compañero que en esa forma, como lo quería Teresa, contribuía a la preservación de una raza fuerte. Me pareció que el mundo no era tan loco como lo había juzgado de afán al leer el aviso de aparente frivolidad.

 

IV

Le comenté:

—El amor es tan sublime en los hombres como en los animales, pero los hombres nos encargamos de dañarlo.

—De acuerdo —repuso Teresa—. Y como creo que para usted resulta extraña mi contemplación por la perra, voy a revelarle algunas intimidades: en la felicidad de Danesa está mi propia felicidad. En mi vida no existen otros afectos. Los hombres son vacíos e inconstantes. Ellos me persiguen por mis joyas y mis chequeras, por mi cuerpo y mi apetecible viudez, pero olvidan el alma, la nobleza de los sentimientos, lo romántico de la vida. Esta perrita, en cambio, tiene alma pura. Porque, ¿sabe usted?, los animales también tienen alma.

—¡Deténgase! —la interrumpí—. Su caso se pa­rece al mío. Usted viuda y yo casado, nuestros destinos son similares. Habito una lujosa mansión como la suya, pero me siento solo. Muy solo. Mi mujer es fría. Sus genes amato­rios no le funcionan correctamente. Es tirana con los afectos. Usted me entiende. Y Póker es el socio de mi soledad, mi mejor amigo. Sin embargo, vengo a dejárselo, con profundo dolor. Mi mujer lo detesta, porque me per­sonifica en él, y terminaría envenenándolo.

—¿Cuál es su precio?

—Es un obsequio a su hermosura. Ahora me marcho.

Sentí un nudo en la garganta. Una fuerza invisible me retenía, pero me impuse valor para no dejarme abatir. Mi mano tembló entre la mano de Teresa. Descubrí en sus ojos un extraño destello y me pareció que la vida tomaba otro matiz.

—¿Me permite volver a verla? —le pregunté en la des­pedida.

—Hágalo usted, si así lo desea.

Póker y Danesa continuaron recostados en la alfombra afelpada. Los vi retozando y envidié su suerte perruna. En el camino recordé que aquella noche tenía cama aparte porque mi mujer era víctima, otra vez, de indes­cifrables sequedades.

 

V

Teresa se mostró amable conmigo. En mis visitas me dispensaba trato afectuoso. Fino yo en los detalles, avanzaba cada vez más en el corazón de la viuda so­litaria que se había desencantado de los hombres pero que sería accesible a sentimientos nobles.

Así no perdía por completo a Póker. En el tiempo pre­ciso llegó la camada de lindos cachorros. No sólo quedaba demostrada la efectividad de Póker, sino cons­tituida una nueva generación, digna de progenitores ilus­tres. Y como los perros no saben de explosión de­mográfica, apenas superado el acontecimiento la perra quedó de nuevo embarazada. Era hábil reproductora que traducía en hijuelos de selectísima mezcla las cargas amorosas de su vigoroso consorte.

Al cabo del tiempo supe, con cierto misterio, que la perra había sido internada en una clínica. Y me enteró Teresa de que se trataba de operarle la matriz.

—Su misión está cumplida —me explicó—. El ser de­masiado prolífica es perjudicial. La perrita se desgasta en cada embarazo y pierde sus encantos.

—¿Y Póker? —le pregunté.

—Él es hombre, perdón, él es macho y no tiene pro­blema.

Me lo dijo muy seria y tuve que rendirme ante la evi­dencia de un mundo movido por veterinarios y especia­listas que abren y cierran matrices, inyectan hormonas, curan frigideces y prescriben clínicas de reposo a los animales, como si fueran seres humanos.

—Los animales, como los hombres, tienen iguales pro­blemas orgánicos y sentimentales —agregó.

—Así es.

Lo comprendí al visitar a Danesa en su cama de en­ferma. No parecía un animal sino una enternecida damita susceptible a los halagos y las contemplaciones.

Cuando días más tarde supe la desaparición de Póker, me entregué a la pena. Ya por aquella época Teresa me había rechazado. Avancé muy rápido en el sendero que debía recorrer con tacto, y ella insistió en su soledad, lejos de pretendientes inmoderados. Para colmo de ma­les, mi mujer, a quien creía frígida, se marchó con el discreto amante cultivado durante mis devaneos, y que resultó más experto para pulsar sus cuerdas amo­rosas. Así tengo que confesarlo con desconsuelo.

Me había quedado solo. No intenté buscar a mi esposa. Sabía que no regresaría. Me dediqué, en cam­bio, a dar con el paradero de Póker. No quedaba difícil deducir que el perro se había desilusionado de aquel mundo donde se respiraban perfumes y se dormía sobre alfombras encantadas, pero no se permitía el goce legíti­mo.

Se le había condenado a un régimen antinatural al separarlo del calor de la perra, en prevención de maternidades indeseadas. No es, por cierto, diferente el des­tino de ciertos hombres. Su emperejilada consorte conti­nuaba recibiendo clases de glamour y paseando por arboledas, mientras los pequeñuelos retozaban en aquel ambiente sofisticado que no era para un perro taciturno como Póker que ya había cumplido su misión.

Un día lo pusieron de patitas en la calle como a cualquier advenedizo.

Me sentí abandonado por el mundo. Parecía como si todos me hubieran volteado la espalda. Desconsolado recorrí la ciudad de un extremo a otro detrás de los pe­rros callejeros, con la pretendida esperanza de rescatar a mi amigo de entre los torbellinos de la vagancia. Esfuerzo desmesurado en medio de la ciudad apabu­llante que no sólo se comía a los perros sino también a los seres humanos.

Ya al borde del fracaso me acordé del coso público. Allí se ence­rraban los animales mostrencos y eran sometidos a una existencia miserable. Con la recogida de animales vagabundos se despejaban las calles de estorbos y mordeduras.

Y allí encontré, ojeroso y famélico, a mi pobre Póker. Las costillas se le notaban como testimonio de hambres y penalidades. Se me lanzó ladrando de alegría cuando me divisó. Me agaché para recibir sus quejas. Pareció decirme con los ojos lo mucho que había sufrido y supli­carme que lo sacara de aquella madriguera que oprimía a los perros parias, los plebeyos, los sin ilusiones.

En ese momento habíamos los dos redescubierto la amistad y todo podía olvidarse, hasta mis reveses y pesadumbres. A él, así pisoteado por su suerte perruna, no le importaría su abolengo, como tampoco me importaba el mío, ambos desteñidos entre las densas polvaredas de la vida. Si el hombre y el perro son los mejores amigos, nuestra unión lo confirmaba, porque era perfecta. Todo quedaba superado: las traiciones, la fuga de mi mujer, el desdén de Teresa, las discordias, los desengaños, los rigores de la vida.

El agradecido animal salió corriendo, en busca de vida, cuando le conseguí la libertad, y caro pagó su regocijo. Se me lanzó eufórico porque había encontrado a su mejor amigo, y se tropezó con la muerte. Un grito lastimero brotó de sus entrañas, mientras el carro que lo había atropellado emprendía la fuga entre las risas fieste­ras de alocados jovenzuelos. La angustia me invadió. Estreché contra mi pecho la derrengada osamenta y aún tuve tiempo de recibir su última emoción, el estremeci­miento angustiado del animal libertado para morir.

En la profundidad de sus ojos se congeló la mirada de dolor y luego vino el sacudón que se me grabó para siempre en el alma. Y aprendí que las cosas gratas son una exhalación, una dolorosa fantasía.

Gustavo Páez Escobar
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