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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

La búsqueda de la verdad

sábado 26 de septiembre de 2015
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No recuerdo bien cuándo comenzó todo. Al principio tenía unos dolores constantes en las rodillas que no me permitían caminar cómodamente, luego empecé a cojear, hasta que llegó el momento en que la vista me falló. Fui al médico, pero antes de ir ya había oído de casos similares al mío. Circulaba la voz popular de que había una epidemia en Cuba y estaban buscando las causas. En la consulta me diagnosticaron polineuritis, era algo relacionado con la mielina que rodea a los nervios, hasta me dieron una explicación muy gráfica. El médico me miró y con calma explicó que los nervios se parecen a los alambres de electricidad, el caucho que los envuelve viene a ser la mielina y, en esta enfermedad, la mielina va desapareciendo hasta llegar un momento en que los nervios quedan al descubierto. Y al igual que los cables de electricidad esta falta de caucho ocasiona un corto circuito entre los cables, éste sería entre los nervios cuando ellos se rozaran.

A partir de ese momento mi vida dio un vuelco de 180 grados. Todo cambio, dejé de ser yo para convertirme en una sombra de mí mismo. Trabajaba en la fábrica de cerveza de la provincia de Holguín y tuve que pedir licencia; era el encargado de levantar las cajas de cervezas con mi montacargas pero no podía moverme de un lado a otro. Me dieron una licencia larga, y me fui para casa. Entonces comenzó una campaña del Ministerio de Salud para que las personas consumieran el complejo de vitamina B que daba el médico de la familia. Todos esperando a que las investigaciones terminaran y pudieran descifrar cuál era el motivo que causaba esa dolencia. En el pueblo se comentaban muchas causas, unos decían que era la falta de comida. Había una escasez terrible en esos días, de buenas a primera mucha gente dejó prácticamente de comer, era algo alarmante ver a un amigo pasadas unas semanas y aparecer como uno surgido de los campos de concentración de judíos en la Segunda Guerra Mundial.

Otra de las causas que decía el vulgo era la ingesta de un picadillo de soya que se daba en la carnicería y que se decía no era para el consumo humano, y así había muchas más teorías. Pasó el tiempo y nunca se dio una respuesta de la investigación que se llevó a cabo y, como siempre, el pueblo olvidó y no se interesó por saber nada. Quedaron muchos flagelados por esta afección: unos habían perdido parte de la visión, otros no volvieron a caminar como antes, pero se marginó esta situación y ya nadie más habló de eso.

En cuanto a mi persona, me sentía tan débil, cansado y enfermo, y no veía el momento de mi recuperación, que llegué a perder mi puesto en la fábrica. En mi casa lo único que había era hambre, a veces solamente un poco de azúcar parda para la cena y de almuerzo un trozo de pan con una verdura que podría ser col, tomate o algo así. Fui perdiendo peso hasta convertirme en un esqueleto. De esta forma, enclenque y aquejado, y sin ánimo para nada pero sí con mucha hambre y necesidad de conseguir mis alimentos, me convertí en buscador de comida en los cestos de basura.

Dejé de ser el operador de montacargas para convertirme en el explorador en los desperdicios. Me hice de un área que defendía con un ardor inusitado debido a la desesperación, porque había mucha competencia. Empecé a vagar y registrar los latones de basura del Reparto Peralta. Averigüé todo acerca de los vecinos: en qué esquina vivía un profesor, y aunque la basura era mala, de vez en cuando aparecían algunos trozos de yuca mal cortados que podían ser aprovechados, los llevaba para la casa y los cocinaba. A mediado de cuadra vivía un trabajador por cuenta propia, ese latón de basura me salvó en muchas ocasiones de tener que ir a la cama con el estómago vacío. Más adelante estaba la casa del galeno, me encantaba registrar el cesto cuando pasaba la fecha del día del médico, cuando todos sus pacientes iban y le regalaban gallinas, plátanos, yucas, un buen pastel; y siempre caía algo al latón y yo podía aprovecharlo.

Pero el que siempre me ponía nervioso y con ansiedad era el latón de basura del secretario del partido comunista. Cómo me deleitaba con ese latón de basura, ahí podía encontrar pedazos de quesos, sobras de jamón, vasijas con conservas, pomos de coca cola semivacíos, pedazos de pollo. Eran los manjares de esa cesta los que mejor satisfacían mis pocos antojos y necesidades.

Me fui habituando a esa vida hasta que llegó un momento en que olvidé que había trabajado en una fábrica y había tenido una vida normal, porque a partir del instante en que empecé a hurgar los latones me convertí en un ser invisible. Si pasaba cerca de alguien conocido, ni me miraba, o realmente no me reconocía, por lo que seguía su camino. Me aparté de la sociedad, no me relacionaba con nadie, me hice un ermitaño total, ni siquiera con los que estaban en la misma condición mía tenía relaciones.

Así transcurría mi vida, registrando y registrando latones de basura en busca de un pedazo de algo para llevármelo a la boca. Un día pasé por la casa del secretario del partido y hurgaba en sus latones cuando vi que había ido disminuyendo la calidad de la comida. Ya no aparecían los trozos de queso y de jamón, y en muy contadas ocasiones podía encontrar un pedazo de conserva de guayaba o un dulcecito de coco. Había empezado un proceso de decadencia en la excelencia de la basura que comenzó a preocuparme y me preguntaba hasta cuándo duraría, cuándo volvería el esplendor y la bonanza.

Pero se me ocurrió indagar con un conocido que merodeaba siempre esa zona con otros objetivos, y me comentó que el secretario del partido había sido revocado. Entonces constaté que eso coincidió con el deterioro que estaba viendo en los atributos de la basura. No obstante seguí buscando en su latón porque todas las casas estaban tan deprimidas como la del antiguo secretario del partido, y cada día que pasaba era más difícil encontrar algo de comer en sus desperdicios. Así fue pasando el tiempo y me empecé a fijar en los habitantes de la casa. Comprobé que muchos habían comenzado a adelgazar como casi el resto de los habitantes de la ciudad, llegó un momento en que era difícil encontrar algo de interés; no obstante seguí buscando todos los días con la débil esperanza de que apareciera algo.

Un día llegué al latón y vi en el fondo algo cuadrado, como si fuera un contenedor de comida. Mi corazón dio un vuelco, me emocioné y el pulso comenzó a latirme desfrenadamente, me incliné para llegar al fondo y, con un palo que llevaba, logré levantar la supuesta caja del fondo del tanque. Nervioso, temblando y casi con lágrimas en los ojos, agarré con fuerza mi recompensa entre mis manos… Para mi tremenda sorpresa era un libro negro con unas letras doradas que decían El capital, Carl Marx.

Blanca Caballero Pacheco
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