La escritora permanecía en la cama con un pijama que no se quitaba desde hacía meses. Su cabello, sucio y enredado, parecía una protesta contra el mundo. Llevaba tanto tiempo sin salir que la simple idea de cruzarse con colegas y oírlos disputarse a gritos el protagonismo literario le provocaba urticaria mental.
No estaba satisfecha consigo misma. Todo lo que escribía acababa en el saco de lo inútil. Se preguntaba, cada vez con más insistencia, si había elegido bien su vocación. ¡A estas alturas de la vida!
Había considerado escribir cualquier cosa: un himno a los cangrejos cojos, una elegía a la estupidez humana, lo que fuera. El verdadero obstáculo era romper el cerco de esa inercia espesa y viscosa, comparable a la mente de un político corrupto.
Como dormir le costaba más que escribir, tomó un somnífero potente. Quería desplomarse como un oso en pleno invierno y no despertar en un largo tiempo.
A veces, sin embargo, la visitaban pensamientos con filo: autodestructivos, de esos que uno prefiere no nombrar.
—¿Qué opciones tiene una mujer que aspira a ser escritora y encima quiere comer? —se preguntaba, contemplando una sopa fría como único logro del día.
Se maldecía por haber sido tan ingenua cuando aquella profesora le dijo: “Eres una promesa de las letras”. Ja, ja, ja... Sólo le quedaba reírse.
Y dormir.
En sueños, vio a una mujer hermosa, vestida con túnica, sandalias, corona de laurel y una trompeta en la mano.
—¿Una trompeta? —pensó—. ¿Para despertar a los haraganes o anunciar una entrada triunfal? Qué teatrales pueden ser algunas musas.
La dama se acercó con aire solemne y, con dulce voz, dijo:
—Sé que deseas escribir una oda sobre el hombre y su relación con la naturaleza. Puedo ayudarte. Usaremos palabras sutiles, finas, de sonoridad celestial.
¿Palabras finas?, pensó ella. Pero en lugar de discutir, preguntó:
—¿Quién eres tú?
—Calíope, musa de la poesía.
A cierta distancia, otra mujer devoraba un banquete espléndido. Sintió envidia: hacía siglos que no se sentaba ante una mesa como esa.
Despertó. Se arrastró hasta la computadora con desgano. Se dijo: Vamos a intentar. Apoyó los dedos en el teclado, y éstos comenzaron a moverse solos, como si obedecieran a otra voluntad.
Cuando terminó, leyó el texto: una poesía floripondiosa sobre la naturaleza, con ríos majestuosos, montañas infinitas y árboles de copas redondas.
No se reconocía allí, pero lo ordenó y lo envió a la editorial. Después de todo, el hambre exigía pragmatismo.
Mientras tanto, se conformaba con sopa fría: ni una chispa de gas para calentarla.
Pasó los días buscando empleos absurdos en periódicos grasientos. No podía quitarse de la cabeza aquel poema que ni a ella le gustaba.
Hasta que un día, sentada en su portal, balanceándose en una mecedora rota, vio acercarse al mensajero. Tenía una sonrisa inusitada. Ella se emocionó tanto que la mecedora —traicionera— se rompió. Cayó al suelo con dignidad arrugada.
Recibió el sobre con una sonrisa temblorosa. No hubo trompetas ni platillos. Sólo un mensaje seco: “No cumple con los requisitos de nuestra editorial. Es una oda inerte y anodina. Le sugerimos rehacerla”.
Frunció el ceño. Pensó: No valió la pena la caída. Eso me pasa por ser tan emotiva. Y por carecer de esa cosa escasa: el sentido común.
Decepcionada, juró no volver a escribir. Lo cumplió... durante varios días.
Pero la tentación era más fuerte. Decidió escribir una tragedia. Al fin y al cabo, su vida ya lo era.
Cansada, hambrienta, se acostó otra vez sin cenar. Aborrecía su vida de escritora fracasada: muebles deshaciéndose, estómago vacío y una cólera muda contra sí misma.
Cayó dormida. Y volvió al mismo escenario.
—Otra vez aquí —pensó con fastidio—. Ni en sueños tengo imaginación nueva.
Apareció una mujer enmascarada, expresión triste, con un cetro y un puñal.
—Soy Melpómene, musa de la tragedia. Puedo ayudarte a escribir una obra que deje lívidos a los grandes del género.
La escritora la miró con sospecha. ¿Un puñal? Esta mujer no es de fiar. Quizás lo usaba con quienes criticaban sus versos.
—Viene con el mismo cuento que la otra... —murmuró.
Melpómene la empujó con fuerza. Tan bruscamente que se despertó.
Furiosa, fue a la computadora. Los dedos temblaban de urgencia. Comenzó a escribir. Los textos salían oscuros, intensos, insoportablemente dramáticos. Pero no podía detenerse. Escribía en trance, en una fiebre lúcida.
Al terminar, se dijo:
—¿Yo escribí esto? Vaya... Qué retorcido. Lo enviaré a una editorial de tragedias.
Gastó sus últimas monedas para hacerlo.
Pasaron los días. El cartero regresó. Ella lo miró con extrañeza.
—¿Otra vez este sujeto?
Abrió el sobre. El mensaje era breve y definitivo: “Por favor, no nos envíe nada más. No nos haga perder el tiempo”.
Hizo de la nota un avión de papel y lo lanzó por la ventana.
Buscaré un trabajo serio, pensó.
Justo entonces cayó de nuevo en trance. En el Olimpo, una mujer con corona de hiedra y máscara sonriente se acercó. Talía, musa de la comedia.
—Sé que deseas escribir una comedia. Hoy todos buscan reír. Te ayudaré. Y reiremos juntas al hacerlo.
La escritora la fulminó con la mirada.
—¡Aléjate! Ustedes sólo traen confusión y falsas promesas.
Apenas terminó de despedirla, estallaron unos aplausos. Venían de una mujer sentada ante una mesa repleta de manjares. La reconoció: siempre había estado, al fondo, en todos sus sueños.
Reía a carcajadas, como una colegiala traviesa. Y con su risa, rompió el trance.
De vuelta en su mundo, empezó a buscar trabajo. Sólo hallaba oficios mediocres que apenas le daban para una dieta pobre.
Fue entonces cuando su ingenio despertó: creó platos deliciosos con casi nada.
Pasaron los meses. Un día se le ocurrió:
—¿Y si hago un libro de cocina con estas recetas? Podría ayudar a otras personas hambrientas... como yo.
Se puso manos a la obra. Escribió el manuscrito y lo envió.
Una noche, volvió a soñar con el jardín celestial. Allí estaba ella: una mujer bella, juvenil, pero de figura redonda, ataviada con elegancia. La había visto antes. Siempre había estado cerca.
Se le acercó sonriendo y murmuró su nombre al oído. La escritora no logró entenderlo. Sólo alcanzó a oír:
—Mi nombre es Ade...
Días después, recibió un paquete. Al abrirlo, encontró un libro bellamente encuadernado. En la portada, el título resaltaba en letras grandes: Deliciosas recetas para bajos presupuestos.
Justo en el centro, la imagen de una mujer robusta con sonrisa plena de gula y misterio: una esfinge moderna, indulgente.
La reconoció al instante.
Abajo, una inscripción nítida: Adefagia, diosa de la gula.
- Poemas de Blanca Caballero Pacheco - miércoles 18 de febrero de 2026
- Sopa fría y sueños rotos - sábado 17 de enero de 2026
- Cinco poemas de Blanca Caballero Pacheco - lunes 13 de octubre de 2025


