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La noche de los truenos

jueves 29 de octubre de 2015
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En la última noche del año, en otras ocasiones, las calles estaban llenas de paseantes alegres de ebriedad y fe, repletos los espacios de personas que esperaban el nuevo año entre frases de esperanza y risas bulliciosas que el alcohol arrebataba. Las victrolas insomnes se esforzaban en competir con el barullo de los bares mientras los ídolos musicales se colaban en la escenografía de los salones de La Habana; entre bailes y bebidas. Las casas se adornaban de luces parpadeantes y las familias se reunían para, entre platos de carne y ensalada, y croquetas, y buñuelos, y tragos de interminable presencia, contarse los júbilos y desgracias de los doce meses que despedían.

Este año no era igual. Hacía semanas que apenas se salía a la calle para buscar lo necesario para sobrevivir. La policía estaba arisca y cualquier cosa era suficiente para mandarte a un calabozo. Los guerrilleros se acercaban a las ciudades y un simple cruce de miradas con un policía era una ofensa, una burla para ellos. Mejor no salir.

Allí nos dimos cuenta de que ya era media madrugada y aún no nos habíamos felicitado. “Coño, feliz año nuevo, mi hermano”, le dije a Vicente.

Había nacido en un pueblo pequeño y sucio en las afueras de La Habana, tan desteñidas y arrugadas cual una longevidad amarga. Nuestras salidas se limitaban al intercambio de miradas con las mismas personas, en el mismo parque donde cada noche parece la misma y, donde luego de las doce campanadas de la iglesia, la juventud parecía el ejército que marcha derrotado. En nuestro poblado hasta las noches más frías parecen calientes y espesas, tanto que la tradición pueblerina había bautizado a la plaza de la iglesia como la cazuela. Trabajo en el día y cazuela por la noche, era la vida de aquel caserío; donde las novias de la escuela eran las prometidas de las bodas y las viudas de los entierros.

Vicente y yo habíamos reunido un poco de cada salario para esperar el Primero en 23 y 12, con las mejores hamburguesas del mundo entre las manos, jugosas y humeantes, y la mejor cerveza fría en las botellas rodeados de luces centellantes y brillos de vidrieras surtidas, y un viento helado que, no sé por qué, sólo allí se siente a manera de otra nación cercana a mi pueblo. En nuestro caserío se comentaba que en esa esquina maravillosa jamás se dormía y que siempre había ánimos de fiesta. Mi abuelo me contó una vez con alegría, y una extraña humedad de nostalgia en los ojos, que allí pasó su mejor fin de año, entre montaditos y Polares, y que luego de las doce de la noche comenzaron a llegar carros repletos de personajes de todas partes, poetas y cantantes, bailarinas del Parisién, y artistas de la televisión, y que a las seis de la mañana cuando el cielo comenzaba a desteñir la oscura frialdad de la madrugada, aún se reía y se hacían chistes.

Ese treinta y uno de diciembre fue distinto. Las calles estaban casi vacías y en el bar más famoso de 23 y 12 no llegaban a diez las personas. La policía había pasado, fría como la brisa de diciembre, y dijo que no quería a nadie en las calles, convirtió a los presentes en rehenes de su propia juerga. Al llegar, sin darnos tiempo de sentarnos siquiera a retomar el aire de la caminata, nos preguntaron, entre asustados y sorprendidos, cómo habíamos llegado. Luego un borracho, que poco le importaba todo lo que pasaba a su alrededor, se puso a celebrar que hubiera dos más para su propia fiesta.

Allí comimos un par de hamburguesas, y luego las bebidas remplazaron a las personas importantes y alegres que buscábamos para pasar el fin de año, y que esa noche no llegarían. El exceso de tiempo en las neveras debido a la falta de clientes hacía que las cervezas resultaran heladas de manera especial y en una cantidad que sobraba para todos. Las palabras mezcladas con alcohol se tornaron gritos y, sin darnos cuenta, las discusiones sobre quién sería el próximo campeón de la liga profesional, o sobre cualquier tema lanzado al azar sobre las mesas, se escuchaban a cientos de metros a la redonda y rompían el silencio espeso que se coagulaba en las entrañas de la ciudad.

Eran casi las diez de la noche y estábamos rodeados de gente extraña, despintadas y casi mudas de tanto beber. “Vámonos de aquí”, le dije a Vicente impulsado por el alcohol en mi sangre, que me podía, que me hacía explotar en todas direcciones cada vez que me embargaba. Mi amigo me miró como si hubiera aparecido un fantasma delante de él. “¡¿Qué?! ¡Tú estás loco! ¿Para dónde vamos a ir a esta hora? El plan era amanecer aquí para coger las guaguas por la mañana”. Sus palabras tan ciertas cual puñales tasajeaban mis sentidos de impotencia. “¿Tú crees que este era el plan?”, le dije alzando la voz cuanto podía, casi teatralmente, para exagerarle mi hastío. “¿Esperar el año rodeado de tres gatos que ni conocemos ni un carajo?”. Tanta era la frustración de perder la última noche del año y mis ahorros, que las últimas sílabas casi arrancan pedazos de mi garganta. “La calle está mala, muchachos”, interrumpió el barman, haciéndome aterrizar de nuevo en la ciudad; despertándome de aquel arranque de rabia y alcoholismo.

Un carro patrulla pasaba en el momento de mi gritería por la esquina de Zapata y 12 y se dirigía hacia la estación de C, la Quinta, la temible, la que sólo de mencionar arrancaba confesiones y lamentos y delatas y traiciones, a sólo algunas cuadras. Con certeza habían sentido los policías de guardia y recorrido el alboroto, y luego de doblar por 12 hacia abajo se había parqueado frente al bar. Los dos ocupantes, serenos, calmados hasta el desgane se bajaron de la patrulla con pausa cortesana y caminaron a paso lento hasta el portal donde se encontraban el barman y Vicente, hablaban del alcohol que se me sube a la cabeza y en un santiamén me pone insoportable. “¿Qué pasa, muchachos?”, dijo uno de los policías en voz alta, “¿encima de que la calle está mala ustedes la quieren poner peor?”. Hubo un silencio prolongado, incómodo. “Dime, Cheo”, continuó, luego, parándose frente al barman, “¿qué pasa?, yo pensaba que tu bar era tranquilo”. “No pasa nada, jefe, es que los muchachones estos se calentaron un poco. Nada más”, el barman controlaba su volumen. “Bueno, este va a saber ahora lo que es calentura”, al decir estas palabras el oficial cogió a Vicente de la manga y comenzó a caminar hacia el carro. Vicente no hizo resistencia. Desde hacía tiempo la policía tenía permiso para “tranquilizar” a las personas que se resistieran a un arresto, y él lo sabía. Vi que se llevaban a mi amigo y no pude quedarme tranquilo, y el alcohol, que me hace subir la voz, también me ayuda a romper miedos y mantener posturas. Salí del bar, atravesé el portal y antes que se montaran en el carro apresuré el paso. Los policías al notar mis movimientos sacaron sus armas y apuntándome me preguntaron: “¿Y tú qué quieres?”. Me detuve al ver los cañones de las armas con dirección a mi frente. “Yo vengo con él, oficial. Nosotros venimos juntos y la bulla la empecé yo”. “¡Qué buenos amigos tienes, caraj!”, le dijo el policía a Vicente empujándolo contra la parte trasera de la patrulla. “Ven. Ven que aquí hay espacio pa to el mundo”. Nos colocaron con las manos en el techo del auto. Unas patadas en los tobillos, latigazos calientes, me hicieron abrir los pies. Uno de ellos me revisó a golpes los costados de la espalda y la entrepierna. Vicente vivía lo mismo. Las personas desde el bar miraban mientras entraban al local en silencio. Cuando estas cosas sucedían nadie podía ver nada. Luego de dejarme las costillas calientes el policía abrió la puerta trasera y empujándome dentro se jactó, “comemierda”. Vicente y yo nos miramos.

La patrulla se movía arrastrándose por el pavimento como una carreta sin ruedas arrastrada por dos bueyes mayores, con la lentitud macabra de las torturas retomaba su ruta por Zapata con dirección a C. Yo nunca había estado dentro de una y por la fama bien ganada que tenían, había posibilidades de que no volviera a verla. Los dos policías en la parte delantera conversaban y se miraban una y otra vez sacudiendo las manos mientras movía la cabeza de un lado a otro. Nosotros no podíamos escuchar nada por el cristal grueso que separaba a los detenidos de los agentes, sólo nos mirábamos. No había nadie en la calle y las luces por momentos se perdían entre sí y creaban penumbras que nos aceleraban la respiración. En cualquiera de esas oscuridades, y tan cerca del cementerio, les podían caer a tiros y nadie se enteraría. A lo lejos, en el cielo oscuro que lograba colarse entre copas de árboles y edificios oscuros sombras también, aparecían evidencias débiles de alguna tormenta lejana, vagos destellos de una luz sorda y fría. En esos momentos pensaba que debía haberme quedado en el barrio. ¿Por qué querría yo cambiar, hacer algo distinto, pasar el fin de año fuera de casa, del pueblo, de la cazuela, alejado de mi familia? La patrulla cruzó la calle Paseo y se incorporó a 29. “¿Por qué no seguirán por Zapata?”, me pregunté, y aquella interrogante me taladraba el alma. Me arrepentía una y mil veces de no haberme quedado con los viejos, con la masa compacta que retira a las doce, de no haberlos escuchado cuando me dijeron que la cosa no estaba como para salir de noche, que ya habría tiempo para celebraciones.

La patrulla se detuvo debajo de un gran árbol, con la sombra más oscura. Vicente y yo nos miramos nerviosos. “Ahora sí”, pensé, pero con tanta fuerza que parecía que Vicente había escuchado. “Parece que ahora sí”, me respondió en voz alta sin quitarme la vista de los ojos. Los dos policías se bajaron de sus asientos, ahora con armas largas que parecía llevaban escondidas debajo de los asientos y se acercaron a las puertas traseras, uno por cada lado. “Atiendan acá”, dijo uno mientras recostaba un brazo en el techo del carro. Las ventanillas estaban subidas pero, ahora con el motor apagado, se podía escuchar mejor. “Si llegamos con ustedes a la estación se la van a pelar”. Nosotros escuchábamos. “Ustedes tienen que ser muy comemierdas pa estar armando barullo con lo mala que está la cosa”. Hizo una pausa y miró al otro policía. “Ahora los vamos a soltar y se pierden. Yo no sé si se van a meter debajo de una piedra. La cosa es que no pueden estar por la calle. Si los coge otra patrulla, y los llevan pa la estación, no van a volver a salir. Háganme caso. Yo no estoy a estas alturas pa llegar con gente que no está en ná. Porque si estuvieran en algo no estarían en la bobería y haciendo bulla en un bar, ¿no?”. El miedo, que nos inmovilizaba y se reflejaba en nuestros ojos, les respondió. “Ahora voy a abrirles la puerta y se van, y si los vuelvo a ver…, no se las voy a dejar pasar”.

No miramos hacia atrás. Sentimos cómo las puertas de la patrulla se cerraban, arrancaba el motor y doblaba por la esquina que acabábamos de pasar. Entonces nos echamos a correr aunque por poco tiempo. “¡Pedro, Pedro!”, me gritaba Vicente a los pocos metros de carrera. “¡Pedro, para!”. Con pocos deseos me detuve y al mirar hacia atrás vi que Vicente caminaba. “¡¿Qué te pasa?!”, le reproché. “No podemos llamar la atención. Si seguimos a la carrera nos carga la primera patrulla con que nos crucemos”. “Es verdad”, le dije, e hice un esfuerzo por contener la respiración. “Vamos a seguir suave”.

Al rato de camino llegamos a la calle G, la Avenida de los Presidentes. “Vamos a echarnos aquí”, me dijo. “Tú estás loco. ¿En el monumento del tiburón?”, Vicente acentuaba con la cabeza. “Mira…, aquí estamos a un saltico del cuartel del Príncipe, y esto está más que vigilado. A los pordioseros que han cogido dormidos aquí les han dado tremenda entrá a patá. Piensa lo que nos harán a nosotros que no tenemos pinta. ¿Te imaginas que sospechen que estamos aquí pa algo?”. Hice una pausa y miré alrededor. “Mira, con cruzar la calle ya nos están sacando las tripas”. Parecía convencido. “¿Entonces qué hacemos?”. Pensé por un momento. “Vamos pa la terminal de ómnibus. Allí vemos si hay algo que nos sirva pa irnos, y si no hay nada por lo menos es un buen lugar pa pasar la noche”. “Hay una guagua que va pa Santa Cruz del Norte a las once y media. Esa nos sirve”, me dijo Vicente con el rostro sonriente. Tenía razón. Nuestro pueblillo en las afueras de Guanabacoa veía cada noche pasar los ómnibus que iban al interior, a Matanzas, a Varadero, y desde allí más de una vez cada uno de nosotros soñó con estar un día dentro de aquellos autobuses. Todos pasaban relativamente cerca; en la noche no cruzaban al túnel de la bahía porque casi siempre el pasaje era poco y el peaje bastante caro, entonces se iban por la Vía Blanca. “Hablamos con el chofer pa que nos tire cerca de Guanabacoa y ya está”.

Al montarnos en la guagua una sensación de alivio nos invadió el cuerpo. Luego de tanto susto nuestros músculos lograron liberarse de la tensión y el alcohol volvió a ocupar su lugar en nuestra sangre, que parecía que a esas alturas ya se había diluido en las venas, pero ahí estaba, ahora acompañado de sueño. Por unos instantes traté de mirar el recorrido a través de los cristales, las luces que pasaban, los autos, los lumínicos de los cabarets.

Pensé que lograba mantenerme despierto en el momento que sentí la voz del chofer. “Muchachos, vamos. Tienen que bajarse”. “¿Ya estamos en Guanabacoa?”, le pregunté al chofer incorporándome asustado. El gesto hizo doler mis costillas que impedían, amoratándose, que olvidara lo que había ocurrido un par de horas atrás. Noté, sin embargo, que la guagua estaba por completo vacía. “¿Guanabacoa?, ya llegamos a Santa Cruz”. “¿¡A Santa Cruz!? ¡Vicente! ¡Despierta!”. Mi compañero aún no se enteraba y al despertarse por completo una imagen de susto y extrañeza se dibujó en su rostro. “¿Dónde estamos?”. “¿Cómo que dónde?”, lo regañé. “¿Tú no le dijiste al chofer que nos dejara en Guanabacoa?”. Vicente bajó la cabeza en signo de negación y vergüenza. De nada valía darle una refriega a aquellas alturas. Ya estábamos en Santa Cruz. No dije nada más y al bajar del autobús me dispuse a buscar con la mirada algún lugar dónde pasar la noche. “Pregúntale al chofer dónde queda la estación de la policía de este pueblo”, le dije a Vicente, que venía tras de mí y aún estaba en los escalones del autobús. Seguí por mis pasos y luego de dar algunos me detuve. “¿Tú estás loco? ¿Pa qué carajo tú quieres saber dónde queda la policía?”. “¿Tú sabes dónde está?”, interrogué a Vicente, que con un gesto negativo de cabeza, apenado, me respondía. “Yo tampoco. Por eso mismo debemos preguntar dónde está. Pa ni acercarnos”.

Durante las primeras horas del año estuvimos en la playa de Santa Cruz. Por lo general en las noches nunca hay nadie en las costas y mucho menos una de fin de año. Le preguntamos a alguien que vimos en la calle cómo llegar y, aun con el rostro marcado por la extrañeza, por la hora y lo desconocidos que resultábamos en cualquier otro pueblo que no fuera el nuestro, aquella persona nos indicó con exactitud y cortesía. Acostados en la fría arena nocturna, Vicente y yo conversamos, repasamos y enriquecimos para los colegas de la cazuela toda la aventura que acabábamos de pasar, recordamos cómo nuestras familias nos debían imaginar en la esquina habanera de 23 y 12, rodeados de montaditos y cervezas, de cómo por poco no llegamos al 59, y cómo nos dolían las costillas, y reímos. Allí nos dimos cuenta de que ya era media madrugada y aún no nos habíamos felicitado. “Coño, feliz año nuevo, mi hermano”, le dije a Vicente y luego de hacer una pausa añadí sonriendo: “El abrazo lo dejamos pa mañana, cuando estemos de pie”. En el horizonte, el cielo seguía encendiéndose de manera silenciosa y parpadeante, y muy leves llegaban a sus oídos pequeñas y continuas explosiones. Vicente a ratos cortaba el silencio. “Todavía se sienten los voladores”. Un viento frío nos recordaba que enero había llegado. “Pueden ser truenos”, respondí incorporándome.

Noel Casal
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