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Un fragmento de la novela El abrazo de la luna cenicienta, de Enric C. Pedrón

domingo 6 de diciembre de 2015
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El abrazo de la luna cenicienta Enric C. Pedrón Novela Ediciones Atlantis Madrid, España, 2014 ISBN: 978-84-943356-7-9 159 páginas
El abrazo de la luna cenicienta
Enric C. Pedrón
Novela
Ediciones Atlantis
Madrid, España, 2014
ISBN: 978-84-943356-7-9
159 páginas
Nadie puede ser esclavo de su identidad:
cuando surge una posibilidad de cambio, hay que cambiar.
Elliot Gould.

Dicen que el tiempo cura las heridas. Yo no sé si ha curado alguna de las mías, pero, al menos, he perdido la costumbre de martirizarme hurgando en ellas como una rata en un estercolero. A veces, en aquel tiempo desapacible en que aún me sentía rehén de mi propia historia, me pasaba la tarde sentada en la butaca orejera de mi padre debajo de un viejo, polvoriento y carcomido reloj de pared que abandoné a su suerte hace muchos años. En aquella butaca en la que el comandante había pasado tantas horas en sus años de decadencia, rebuscaba por los rincones polvorientos de mi memoria cualquier cosa que me ayudara a mantenerme a flote. Una tarea larga, penosa e ingrata en general a pesar, incluso, de la ingenua y feliz infancia. Entre los recuerdos más antiguos que conseguí rescatar en la soledad de aquellos días destaca el del reloj de pared. Mi memoria guarda aún la expresión de mi padre cuando lo tumbaba sobre la mesa y lo abría para esparcir sobre un trapo blanco la multitud de diminutas piezas metálicas que escondían sus entrañas. Las colocaba siempre en la misma posición, como si el trapo tuviera marcada la silueta de cada una de ellas, mientras apuraba muy despacio un vaso de agua sin dejar de observar aquellas ruedas dentadas, aquellos muelles y aquellos ejes como si ocultaran el misterio del tiempo. Era una liturgia que lo abstraía del mundo llevándolo a un sosegado éxtasis del que a nadie se le habría ocurrido apartarlo. Pasaba un par de horas limpiando, engrasando y ajustando cada mecanismo con unos movimientos pausados y precisos que despertaban mi admiración. Era como si sus manos tuvieran magia. Cuando el péndulo regresaba a la vida, suspiraba y me daba un beso en la frente agradecido, quizá, de que hubiera tenido la paciencia de acompañarlo en silencio durante aquella larga ceremonia. Cuando sonaba la primera campanada, su expresión se iluminaba con una sonrisa especial. Contemplé aquel rito docenas de veces —por inercia, por lealtad, qué sé yo— hasta que el alzhéimer desincronizó los mecanismos de su cabeza para siempre. Cuando ya no fue posible que mi padre siguiera dándole cuerda, cuando ya había perdido toda conciencia del paso del tiempo y de nada le servía escuchar aquellas campanadas metálicas, continué dando vida al reloj para que tuviera alguna referencia de ese mundo que se le escapaba y el artilugio, más mal que bien, siguió tocando las horas hasta el final. Hacía muchos años que el reloj de mi padre, que heredó de su padre, marcaba las doce menos cuarto. Casi medianoche, aunque eso sólo lo sabía yo porque el ingenio era incapaz de diferenciar una mitad del día de la otra. No sé por qué, la vida de mi padre y la del reloj se pararon al mismo tiempo como si estuvieran unidas por un nexo invisible. Nunca quise volver a darle cuerda y así sigue, tan muerto como él y encerrado en la soledad agónica de un piso vacío.

En aquella butaca y con el reloj parado, las horas adquirían una extraña elasticidad. Se estiraban o contraían a su propio antojo. A veces, tenía la sensación de que el tiempo dejaba de fluir, de que dejaba de herir, y en esa intemporalidad subsistía desde media tarde esperando que las tinieblas se colaran poco a poco por la ventana de la cocina para inundar desde el pasillo toda la casa. Esa oscuridad que diluye las sombras, que transforma en invisible lo que se ve e ilumina lo que no se ve, que incuba los pensamientos más erráticos. Entonces, mi mente eludía los límites de aquellas cuatro paredes para navegar de un puerto a otro surcando mares atormentados, para cruzar desiertos estériles o para seguir caminos imposibles. Un viaje a la nada de mi propia esencia, al vacío y a la derrota. Y, al final, un nombre. Un simple nombre de mujer. María, Juana, Luisa o cualquier otro nombre de una mujer sencilla, de origen humilde. Me la imaginaba madrugando para dejar la comida hecha antes de acudir al trabajo. Quizá tuviera algún niño pequeño que dejar en la escuela. Y, después, fregaría un par de escaleras de enormes y desangeladas fincas de vecinos. Alguna oficina bancaria, alguna casa particular. O tal vez María, Juana, Luisa era una mujer de campo que apenas había acudido a la escuela. Arreglaba su casa, hacía la compra y después caminaba hasta el pequeño huerto familiar en las afueras, donde tenía un cobertizo y un corral con unas pocas gallinas que alimentar con las escasas sobras de la cocina y pan mojado. Una mujer pobre que, sin duda, arrastraba el peso de la ausencia. No conocía la vida de los pobres. Ni siquiera me había dado por reparar en su existencia hasta bien entrada la edad adulta, pero la imaginaba como un edificio sin cimientos y amueblado de melamina. Una existencia construida de vacíos y renuncias en un estado de desgracia permanente. Quizás dramatizaba demasiado porque, como supe más tarde, la pobreza tiene muchas caras. Desde luego, existían perspectivas mucho peores, como me sugirieron un maldito día que debería de haber olvidado, pero mi mente se negaba a cruzar algunas fronteras.

El recuerdo de la playa solo era un espejismo en el desierto de mi mente, pero la foto estaba ahí y decidí quedarme con él por pura supervivencia. Un recuerdo claro y transparente como las aguas de aquel mar olvidado.

Hace muchos años que no me siento en la butaca orejera de mi padre. Dejé de hacerlo en cuanto supe toda la verdad, en el momento en que dejó de tener sentido buscar respuestas en la oscuridad de la noche, cuando ya estaba harta de clavarme puñaladas para derramar una sangre impura y purgar mi espíritu atormentado. La verdad libera, sí, pero envenena el alma en la misma medida. Por qué continúo viva es un misterio, como si el destino hubiera decidido burlarse de mí dándome tiempo para sufrir el martirio, aunque incluso al dolor se acostumbra una si ese dolor te hace libre. Libre de la gran culpa. Nunca debí regresar a aquella casa. Fue un error que no supe ver hasta el día en que la abandoné harta también de que las sombras me persiguieran por los pasillos. Cuando ya no podía acumular más rabia sin reventar, destrocé la butaca con un cuchillo de carnicero y cerré la puerta tras de mí. Ahora que los días se precipitan hacia el final, asoman de nuevo todos los fantasmas como si quisieran despedirse y vuelvo a ver a mi padre sentado en su butaca. Sufro el peso de su mirada segura, libre de esa culpa que acabó destrozándome y que él nunca pareció sentir. Terminé cargando yo con aquel peso por el simple hecho de que alguien tenía que hacerlo. Alguien tenía que pagar por tanto mal.

 

No sé cuánto tiempo he pasado pensando en cómo comenzar esta historia, pero recuerdo muy bien el día en que sentí la necesidad de hacerlo. Fue un catorce de febrero de hace cincuenta y ocho años. Ironías de la vida, por San Valentín aunque esta no sea, precisamente, una historia de amor. Me ha costado, sí, pero a veces los recuerdos duelen de tal forma que desfallecen en los rincones para no dejarse ver.

Chispeaba bajo un gris plomizo. Hacía tiempo que el olor heterogéneo de las calles se había apartado de mi memoria, empujado por otros olores de medicinas y desinfectantes, de sudores nerviosos entre paredes blancas. Cerré los ojos dejándome acariciar por la brisa que callejeaba en la mañana. El humo de los coches, el asfalto mojado, los orines en las esquinas y mil cosas más a cual peor. La ciudad era la misma de siempre, pero yo había cambiado. Tardé un rato en sentir el aroma de las panaderías recién abiertas y el de la tierra húmeda en los parterres, aunque no disfruté de aquel regreso a la vida porque mi vida no era más que un inmenso vacío olvidado entre dos mundos. El que viví y el que debería haber vivido.

Cincuenta y ocho años, eso es. Desde el día en que abandoné el hospital. Más de media vida juntando las piezas del rompecabezas de mi memoria, anotando en una libreta los retazos que iba rescatando del pozo de mi mente con un chirrido de polea oxidada, estirando despacio de la cuerda para no derramar el agua, sintiendo el dolor en los brazos. He buscado, sí, pero también he aguantado la sed muchas veces para no volver a saborear el brebaje amargo de algunos de mis recuerdos.

Si tengo que comenzar por el principio, por mis recuerdos más lejanos —más allá, incluso, que el del viejo reloj de pared—, hablaré de las largas mañanas de verano en la playa a la que siempre me llevaba mi padre y a la que rara vez —estoy segura de eso a pesar de que mi memoria no alcance a tanto— acudía Alejandra. Era una playa privada, aunque eso lo supe mucho después porque a esa edad aún me faltaban por establecer casi todos los conceptos.

La playa tenía un restaurante, una cafetería en la que servían unos helados de tres bolas impresionantes, una piscina, un grupo de columpios —que incluía una de aquellas bolas metálicas con barra central para deslizarse que en aquel tiempo me parecía inexpugnable— y un jardín aterrazado con sillares de arenisca repleto de flores. Era algo así como un pequeño paraíso. Yo sentía un orgullo infinito al caminar por la orilla del mar de la mano de mi padre con mi bañador de volantes. El comandante era alto, guapo, esbelto. Andaba estirado como un palo, con un bigotillo que le daba un aire de solemnidad, incluso en traje de baño, que me enloquecía. Los otros hombres que se cruzaban con él lo saludaban dando un taconazo que debían hacerse daño en los tobillos. Yo no tenía ni idea de qué significaba todo aquello, pero estaba segura de que mi padre poseía un poder sobrenatural. No como los héroes de cómic. No se dedicaba a luchar contra el mal a puñetazo limpio ni salía volando hacia el infinito. Simplemente, irradiaba el poder y los demás le rendían pleitesía. Podría haberles ordenado cualquier cosa, podría haberlos sometido con una sola palabra, pero él se limitaba a pasear a mi lado con una sonrisa en los labios. Si alguna vez le tocó cuadrarse a él, mi mente no lo guardó.

—Buenos días, mi comandante —decían, con la barbilla levantada y entrecerrando los ojos deslumbrados por el sol rabioso de los veranos del mediterráneo. Yo apretaba su mano con emoción. Creía que nada malo podría ocurrirme jamás en la compañía de aquel hombre adorado.

Es uno de los recuerdos más bellos que conservo. El mejor, quizá. Lo había perdido completamente, pero regresó emergiendo del álbum de fotos familiar al que me aferré como un náufrago a un madero cuando el barco de mi vida se fue a pique. Un puñado de fotografías descoloridas que contaban historias ocultas en la oscuridad del tiempo. Pasé muchas horas mirando aquella foto a la orilla del mar en la que ambos aparecíamos cogidos de la mano y con una sonrisa de oreja a oreja. Tal vez la tomó Alejandra. No lo sé, aunque supongo que no porque ella casi siempre se quedaba en casa sin que nadie la echara de menos. En el reverso de la foto aparecían el lugar y la fecha, costumbre de mi padre, que era un hombre obsesivamente ordenado. Regresé un día a aquella playa con el carné de socio vitalicio del comandante. Estuve un rato allí rastreando mi memoria y comenzaron a salir de ella cada uno de los detalles que tenía ante mis ojos. Sin embargo, aquella foto era demasiado antigua para algunas de las cosas que veía a mí alrededor. Mi mente construía, a través de mis ojos, un recuerdo tan bello que llenaba mi infancia de presencias, de momentos, de una felicidad que necesitaba tanto como el respirar. Hasta que fui consciente de que en realidad no recordaba nada. De que el olor del mar no era el mismo que escondía la foto. De que aquella felicidad la había imaginado encadenando instantes. Alejandra decía que yo era una naranja sin zumo. Mi padre se enfadaba y me defendía argumentando que solo era un poco introvertida. Él sí sabía arrancarme una sonrisa, como cuando comenzaba a hablarme con jerga y acento argentino.

—¡Che, pelotuda! ¿Tienes quilombos o estás al pedo?

Yo no entendía nada, pero con unas simples palabras me sacaba de mi apatía y me transformaba. Reíamos, jugábamos, me contaba cuentos. El recuerdo de la playa solo era un espejismo en el desierto de mi mente, pero la foto estaba ahí y decidí quedarme con él por pura supervivencia. Un recuerdo claro y transparente como las aguas de aquel mar olvidado.

 

El comandante era el centro gravitatorio de la vida familiar y de nuestro pequeño mundo social, aunque una y otra cosa no eran más que subconjuntos de su inmenso universo de relaciones. Por aquel entonces yo no era consciente del poco peso que su familia tenía en su vida y me gustaba creer que solo tenía pensamientos para mí, que yo era la niña de sus ojos, el aliento de sus días, la dulzura de sus sueños a pesar de que, tengo que reconocerlo, siempre he sido un poco arisca. Él era un rey y yo una princesa. Incluso nos disfrazamos así una vez por carnaval y nos hicimos una foto. El mundo era perfecto. Es increíble cómo sabía hacerme feliz dedicándome solo el tiempo que le sobraba. He llorado delante de esa fotografía más de una vez. Creo que tampoco la disparó Alejandra. Él me quería y yo le quería, pero ese rey y esa princesa ya no existen. Solo son una mentira más de ese tiempo que no se detuvo para eternizar los años felices. Después de todo, la verdad es un gato negro en la oscuridad que cierra los ojos para no ser visto. Una noche me acerqué a su cama. Había llovido mucho desde aquella fiesta de carnaval momificada en el descolorido papel fotográfico. El comandante aún no dormía. Nos miramos a los ojos. Ambos sabíamos lo que iba a ocurrir y no opuso resistencia. Retiré la almohada de debajo de su cabeza y lo asfixié con ella sin sentir nada. No, al menos, hasta que tuvo la última convulsión, el último estertor que aguantó con una disciplina militar como si alguien le hubiera dado la orden de hacerlo. Cuando, aterrada y jadeante, regresé al salón, el maldito reloj de pared sobre la maldita butaca orejera se había parado para marcar esa maldita hora para siempre.

Enric C. Pedrón
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